" Los Isrealitas atravesaron el Jordan y se establecieron en la tierra prometida en su ultimo campamento (Campamento No. 42) al final del exodo , lo cual nos indica simbolicamente la libertad y conquista a la que esta llamada la iglesia al salir de la religión a una vida de libertad, en una relación directa, vital y real con Cristo Jesús; Cristo es símbolo de la tierra promedita y la herencia de los hijos de Dios.

La santidad es la obra del Espíritu Santo en nosotros, separándonos del amor del mundo. La santidad es un cambio de naturaleza desde dentro como resultado de la obra de Dios en nosotros. No es lo que hacemos externamente, sino quienes somos por dentro, lo que importa a Dios.

20 de octubre de 2011

MI VIAJE AL AFRICA


Paris Reidhead

Si me preguntan por qué fui a África, les voy a decir que fui principalmente para “mejorar” la justicia de Dios. No pensaba que estuviera bien que nadie se fuera al infierno sin la oportunidad de ser salvo, así que fui “para darles a los pobres pecadores la oportunidad de irse al cielo”.

Ahora bien, no lo he explicado más, pero si analizan lo que acabo de decir, ¿saben qué es? Es humanismo. Yo simplemente estaba tratando de usar las provisiones de Jesucristo como un medio para mejorar las condiciones humanas de sufrimiento y pobreza.

Y cuando fui a África, descubrí que los africanos no eran unos paganos pobres e ignorantes corriendo por la selva, esperando que alguien les explicara cómo ir al cielo. ¡Eran monstruos de iniquidad! ¡Estaban viviendo en contra de y con un desprecio al conocimiento de Dios, mucho mayor de lo que imaginaba!

¡Ellos merecían el infierno, porque se rehusaban a caminar a la luz de sus conciencias, a la luz de la ley que ya tenían escrita sobre sus corazones con el testimonio de la naturaleza y la verdad!

Estaba tan enojado, que en una ocasión, al estar orando, le reclamé a Dios que me hubiera enviado con gente que no estaba esperando escuchar cómo llegar al cielo; pues cuando llegué ahí, me encontré con que ya sabían del cielo, y no querían ir allá porque amaban su pecado, preferían quedarse en él.

(El hermano Paris habla con gran pasión en este párrafo). Fui allá motivado por el humanismo. Había visto fotografías de leprosos, había visto fotografías de gente con llagas, había visto fotografías de funerales nativos... y yo no quería que mis semejantes humanos sufrieran eternamente en el infierno después de una existencia tan miserable en la tierra.

Pero fue allí, en África, donde Dios comenzó a arrancarme el recubrimiento de este humanismo.

Y fue ese día, cuando estuve orando en mi habitación, con la puerta cerrada, que luché con Dios. Porque ahí estaba yo, llegando a la conclusión, de que la gente que yo pensaba que era ignorante, y que quería saber cómo ir al cielo, y que estaba diciendo: “¡Que alguien venga a enseñarnos!”, en realidad no quería tomarse el tiempo de hablar conmigo ni con nadie más.

No estaban interesados en la Biblia, ni en Cristo; y amaban su pecado y querían seguir en él. Y fue en ese lugar, en ese momento, donde sentí que todo el asunto era una burla, una farsa, ¡y que me habían visto la cara!

Allí, a solas en mi habitación, al enfrentar a Dios con toda franqueza, con lo que sentía en mi corazón, me pareció como si lo escuchara decirme: “Sí, Paris, así es. ¿Y el Juez de toda la tierra no hará justicia? Los impíos están perdidos y se van a ir al infierno; y no porque no hayan escuchado el Evangelio. ¡Se van a ir al infierno porque son pecadores que aman su pecado! Y porque se merecen el infierno. Pero... yo no te envié por ellos. No te envié por su causa.”

Y lo escuché claramente, como nunca; aunque no con una voz física, sino que era el eco de la verdad de los siglos, abriéndose camino a través de un corazón abierto. Escuché que Dios me dijo al corazón ese día algo así:

“No te envié a África por causa de los perdidos, te envié a África por Mi Causa... ¡Se merecen el infierno! ¡Pero los amo! ¡Y yo sufrí las agonías del infierno por ellos! ¡No te envié por ellos! TE ENVIÉ POR MÍ... ¿No merezco la recompensa de mi sufrimiento? ¿No merezco a aquellos por quienes morí?”

¡Y eso lo puso todo de cabeza! ¡Y lo cambio todo! ¡Y lo colocó en la perspectiva correcta! ¡Estaba sirviendo a un Dios vivo! Ya no estaba allí por causa de los perdidos. Estaba allí por el Salvador que sufrió las agonías del infierno por mí, aunque Él no lo merecía. Pero sí se los merecía a ellos, porque murió por ellos.

¿Lo ven? Déjenme concluir, déjenme resumir.

El cristianismo establece: “El fin de todo lo que existe es la gloria de Dios.”

El humanismo proclama: “El fin de todo lo que existe es la felicidad del hombre.”

Uno de estos principios nació en el infierno: la deificación del hombre; el otro nació en el cielo: ¡la glorificación de Dios! Uno es un humanista buscando la felicidad; el otro es un corazón que es indigno de servir al Dios vivo, porque ése es el honor más alto en el universo.

Diez monedas y una camisa - Paris Reidhead

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