" Los Isrealitas atravesaron el Jordan y se establecieron en la tierra prometida en su ultimo campamento (Campamento No. 42) al final del exodo , lo cual nos indica simbolicamente la libertad y conquista a la que esta llamada la iglesia al salir de la religión a una vida de libertad, en una relación directa, vital y real con Cristo Jesús; Cristo es símbolo de la tierra promedita y la herencia de los hijos de Dios.

La santidad es la obra del Espíritu Santo en nosotros, separándonos del amor del mundo. La santidad es un cambio de naturaleza desde dentro como resultado de la obra de Dios en nosotros. No es lo que hacemos externamente, sino quienes somos por dentro, lo que importa a Dios.

15 de diciembre de 2011

LA CRUZ ES LA PUERTA



George Davis y Michael Clark

“Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas.” (Filipenses 3:20-21).

Una vez yo (Michael) fui acusado por un pastor de estar “tan centrado en el cielo que no servía para nada en esta tierra”. ¿Cuantas veces no hemos oído esta frase de la élite cristiana cuando comenzamos a vivir como si nuestro reino no fuera de este mundo, queriendo empujarnos hacia una vida centrada en las cosas de este mundo? Pablo escribió, “Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo.” (Gálatas 6:14). La operación de la cruz nos corta del orden de este mundo. Si, tienes un corazón por los perdidos que están atrapados en el sistema de este mundo y quieres verlos salvos fuera del mismo, pero tú estás en el mundo sin ser DEL mundo.

Es mucho más fácil salvar a una persona que se está ahogando con una cuerda y un salvavidas arrojados desde un barco a un mar agitado, que nadar en el oleaje de agua salada y espuma, mientras la persona tira de ti en su lucha violenta, empujándote hacia abajo para conseguir sacar su cabeza del agua. Tanta iglesia se ha vuelto tan “amiga de los que buscan” y se ha centrado tanto en lo terrenal, que no sirve para nada en lo CELESTIAL. Pablo dijo,
“Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como Señor, y a nosotros como vuestros siervos por amor de Jesús. Porque Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo. ” (2ª Corintios 4:5-7)

La vida eterna que brillaba de estos vasos de barro es el poder de todo genuino evangelismo. Tal y como Pablo reveló a la iglesia de los Corintios,
“Así que, hermanos, cuando fui a vosotros para anunciaros el testimonio de Dios, no fui con excelencia de palabras o de sabiduría. Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado. Y estuve entre vosotros con debilidad, y mucho temor y temblor; y ni mi palabra ni mi predicación fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder, para que vuestra fe no esté fundada en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios. (1 Cor. 2:1-5)

Si no somos un ejemplo de las cosas celestiales por venir, el mundo tendrá el derecho de rechazar nuestros sermones. Nuestro objetivo tiene que ser uno solo si es que vamos a ser luces a un mundo moribundo a nuestro alrededor. Jesús prometió que solo permaneciendo en Él, y Él en nosotros ENTONCES llevaríamos mucho fruto celestial.

Fíjate otra vez en las palabras de Pablo, “…nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador.” El reino de Dios debería ser tal realidad para nosotros si la cruz ha hecho su trabajo, que “las cosas de este mundo se habrían difuminado extrañamente.” ¡Nuestra ciudadanía está EN LOS CIELOS! Nos hemos convertido en verdaderos extranjeros y peregrinos en tierra extraña aquí, en la tierra.

Deberíamos estar viviendo vidas humildes aquí, en el cuerpo de nuestra humillación, en lugar de pavonearnos con el pecho lleno de orgullo por las cosas de este mundo. Nuestra única esperanza debería estar puesta en Jesús, “que cambiará el cuerpo de la humillación nuestra para conformarnos al cuerpo de la gloria suya según la operación por la que Él puede sujetarse a si mismo todas las cosas”. ¡Que esperanza tan preciosa!

En la segunda carta a la iglesia en Corinto, Pablo dijo,
“Por tanto, no desmayamos; antes aunque este nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior no obstante se renueva de día en día. Porque esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria; no mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas. Porque sabemos que si nuestra morada terrestre, este tabernáculo, se deshiciere, tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha de manos, eterna, en los cielos. Y por esto también gemimos, deseando ser revestidos de aquella nuestra habitación celestial; pues así seremos hallados vestidos, y no desnudos. Porque asimismo los que estamos en este tabernáculo gemimos con angustia; porque no quisiéramos ser desnudados, sino revestidos, para que lo mortal sea absorbido por la vida. Más el que nos hizo para esto mismo es Dios, quien nos ha dado las arras del Espíritu. Así que vivimos confiados siempre, y sabiendo que entre tanto que estamos en el cuerpo, estamos ausentes del Señor (porque por fe andamos, no por vista); pero confiamos, y más quisiéramos estar ausentes del cuerpo, y presentes al Señor. Por tanto procuramos también, o ausentes o presentes, serle agradables.” (2ª Cor. 4:16-5:9).

Yo, Michael, que ahora tengo cincuenta y ocho años, veo como mi hombre externo se desgasta conforme envejece mi cuerpo. Si ESTA vida fuera mi única esperanza, me entraría el pánico de ver derretida la salud de mi juventud. Pero tengo esta esperanza en mi interior—veo mi hombre interior renovándose en Cristo día tras día. De vez en cuando he experimentado su gloria morando en mí, y he experimentado también lo que significa ir de gloria en gloria. Si, en este plano temporal vamos de muerte en muerte, pero nosotros los que estamos en Cristo vamos también de vida en vida. Estamos cambiando esta vida temporal en la que está centrado el mundo entero, por una que es eterna. La vida eterna es AHORA, mientras permanecemos en lugares celestiales en Cristo Jesús. Es una fuente de vida que nos da esperanza y fuerza, sin importar lo que acontezca al hombre exterior.

Cuando Su Espíritu encuentra un refugio seguro en nosotros, somos atrapados para Jesús en nuestro hombre interior. Todo nuestro ser comienza a tomar un aspecto diferente cuando la vida interior comienza a brillar. Como Jesús, Moisés y Esteban, tenemos la oportunidad de quedar tan atrapados por la presencia del Señor y de Su Espíritu, que nuestros rostros resplandecerán con luz celestial.

En cierta ocasión fui invitado a la casa de un amigo para conocer a un querido y viejo santo llamado Norman Grubb. Al entrar en el comedor, había sentado un señor mayor lleno de canas y con la sonrisa más cálida que jamás había visto. Cuando me lo presentaron, me senté junto a él y lo único que pude hacer fue sentarme y sostenerle la mano. No podían cruzarse las palabras. Si hablaba, cortaría el momento de estar en la presencia del Señor en ese maravilloso santo del Señor. Me llené de esperanza solo viendo la presencia de Jesús dentro de él.
Jesús dice que tenemos esta esperanza dentro de nosotros. “Cuando Él se manifieste, seremos como Él, porque Le veremos tal y como Él es”, dijo Pablo.

“Pero cuando se conviertan al Señor, el velo se quitará. Porque el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad. Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor. Por lo cual, teniendo nosotros este ministerio según la misericordia que hemos recibido, no desmayamos.” (2ª Cor. 3:16-4:1).

¿Podría ser que viéramos el resultado en el espejo, al ser quitado el velo de nuestros ojos? ¿Podría ser que en lugar de ver la muerte de nuestro viejo hombre exterior, viéramos la gloria del Señor? Estamos siendo transformados a Su imagen de gloria en gloria.

“Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos. Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó. ¿Qué, pues, diremos a esto? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?” (Romanos 8:29-31)

Es el deseo del Padre que seamos totalmente transformados a la imagen de Su propio Hijo. ¡EL está POR NOSOTROS! Sus deseos para nosotros van tan lejos de todo lo que podamos imaginar. Así que no le limitemos en nuestras vidas por las limitaciones de nuestras mentes terrenales. La fe no conoce fronteras.
“Antes bien, como está escrito: Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman. Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios.” (1ª Cor. 2:9-10)

Pablo oró para que todos pudiéramos tener ojos espirituales con los que ver la naturaleza ilimitada de nuestros llamamientos en Cristo…
“Para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, os dé espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él, alumbrando los ojos de vuestro entendimiento, para que sepáis cuál es la esperanza a que él os ha llamado, y cuáles las riquezas de la gloria de su herencia en los santos, y cuál la supereminente grandeza de su poder para con nosotros los que creemos, según la operación del poder de su fuerza.” (Efesios 1:17-10)

Lo único que limita los límites de Dios en nosotros es nuestra falta de fe. Jesús oró para que todos nosotros fuéramos como Él y el Padre y que pudiéramos conocer la misma gloria sobre nosotros, puesto que oró: “Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo, para que vean mi gloria que me has dado.” (Juan 17:24).

Jesús oró esto justo antes de ir a morir a la cruz, que dónde Él estaba, ahí pudiéramos estar nosotros también. ¿Qué significa esto? Estando yo, Michael, orando por este artículo, el Señor me mostró un viejo reloj de arena. Me dijo que la cruz no era la meta, sino el medio para un fin.

La cruz es la constricción en el reloj de arena que permite que pase un solo grano de arena de una sola vez. Es como el ojo de la aguja por el que ha de pasar el camello si ha de entrar al reino. Es eso que despoja de todo aquello que no es apto para la eternidad. Es “aquella puerta difícil” que John Bunyon vio en su visión.

La cruz es la puerta por la que tenemos que pasar si vamos a avanzar con Cristo y a estar donde Él está. La cruz es el comienzo de toda auténtica vida en el Espíritu. Es la puerta al eterno reino de Dios. La cruz puede ser el fin de esta vida nuestra que tan atada ha estado a este mundo, pero es el comienzo de la verdadera vida eterna en los santos de Dios. La cruz es nuestra amiga. Tomad y abrazad vuestra cruz, y seguidle a Él.

La Cruz y el Fruto - George Davis y Michael Clark

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Matthew Henry