" Los Isrealitas atravesaron el Jordan y se establecieron en la tierra prometida en su ultimo campamento (Campamento No. 42) al final del exodo , lo cual nos indica simbolicamente la libertad y conquista a la que esta llamada la iglesia al salir de la religión a una vida de libertad, en una relación directa, vital y real con Cristo Jesús; Cristo es símbolo de la tierra promedita y la herencia de los hijos de Dios.

La santidad es la obra del Espíritu Santo en nosotros, separándonos del amor del mundo. La santidad es un cambio de naturaleza desde dentro como resultado de la obra de Dios en nosotros. No es lo que hacemos externamente, sino quienes somos por dentro, lo que importa a Dios.

1 de febrero de 2012

AUTORIDAD Y SUMISIÓN EN EL REINO DE DIOS

Peter Whyte

Sin sumisión no se pueden formar en nuestras vidas ni el carácter ni la naturaleza de Dios.

Son cristianos quienes nacen del Espíritu de Dios, por medio de su fe en Jesucristo y en todo cuanto Él cumplió en el Calvario. Son salvos y su destino, cuando mueran, es el cielo. Sin embargo, se supone que la salvación de Dios también debe tener un efecto profundo sobre nuestras vidas terrenales, según se deduce de la exhortación de la Escritura a: "...ocuparnos en nuestra salvación con temor y temblor" (Fil. 2:12).

Este versículo nada tiene que ver con que trabajemos para ir al cielo. Jesús se encarga de eso. El pasaje se refiere a otro aspecto de la salvación que se aplica a nuestras vidas en la tierra. Si vivimos en obediencia a las enseñanzas de Jesús, gozaremos los beneficios de ser salvos del mundo y podremos experimentar y gozar los privilegios de ser hijos de Dios.

Jesús no tiene problemas en llevarnos al cielo. Esa parte de su salvación es un regalo de su gracia. Sin embargo, tiene un gran problema con nuestras libres voluntades, a las que jamás se impone, aunque anhela nuestra sumisión voluntaria a sus enseñanzas y a la voluntad de Dios.

Si la sumisión no es voluntaria, se convierte en subordinación. El resultado natural de nuestra obediencia a Jesús se traduce en la sumisión de nuestros propios deseos y de nuestros egoísmos a los deseos de nuestro Señor y a las necesidades de los demás.

La única prueba verdadera de nuestro amor a Jesús, se encuentra en nuestra obediencia a Cristo.

Todas nuestras actividades religiosas, nuestra sabiduría, conocimiento y manipulación de las Escrituras, así como nuestras buenas obras, pueden tener sus raíces en nuestro ego y ser improductivos por completo, si no estamos en sumisión a El. La única medida de nuestro amor por Jesús se muestra y encuentra en cuánto obedecemos sus enseñanzas.

El objetivo total de nuestra sumisión se halla en QUE CRIS­TO SEA FORMADO EN NOSOTROS.

El Nuevo Testamento nos enseña a someternos a Dios y luego resistir al diablo, que huirá de nosotros. Pero el diablo no huirá solamente a causa de nuestra sumisión a Dios.

La Escritura también nos enseña a someternos unos a otros, pues el propósito de este sometimiento es para que vengamos a ser más como Jesús, el primogénito entre muchos hermanos. También se nos ordena recibir reprensión y correcciones de quienes nos aman y cuidan de nuestras almas. Asimismo se nos exhorta a someternos a las autoridades puestas por Dios.

Por tanto, una actitud sumisa es esencial para quienes quieren crecer y desarrollarse hacia la madurez en el Reino de Dios. Sin embargo, la naturaleza y función de la autoridad en el Reino de Dios, se opone diametral­mente a la naturaleza y función de la autoridad mundana (babilónica). En consecuencia, debemos renovar nuestras mentes en esta área o caeremos en las redes del enemigo que de manera constante oscurece nuestro entendimien­to, nos quita las cosas buenas de Dios, nos las hace inaprovechables y se complace en obstaculizar siempre nuestro crecimiento espiritual verdadero.

Durante siglos satanás ha introducido en las iglesias estructuras mundanas de autoridad y conceptos mundanos de autoridad y sumisión. Como resultado, casi todos los cristianos viven esos conceptos mundanos y no tienen ni idea que tales puntos son inaceptables en el Reino de Dios.

El concepto mundano de autoridad significa poder para gobernar a los demás, para imponer nuestras voluntades, opiniones y decisiones a quienes están bajo nosotros. El concepto mundano de sumisión significa subordina­ción y una obediencia incuestionada a los líderes. A menudo esta obediencia tiene sus raíces en el temor a quienes poseen la autoridad.

Si un cristiano tiene estas i­deas, estará abierto al engaño satánico en la forma más sutil. En su deseo genuino de agradar a Dios y de no ser rebelde, procurará someterse a todo anciano o a cualquier ministro ordenado o pastor. Las mujeres harán lo mismo y se someterán a sus esposos, en algunos casos aunque sus peticiones sean perversas o su comportamiento intolerable, inclusive satánico, pues creen que así agradan a Dios. Esta clase de sumisión ciega o de obediencia incuestionada, no es lo que Dios quiere y en verdad obstaculiza el crecimiento espiritual y la extensión del Reino de Dios.

Si deseamos llegar a la madurez en Cristo, debemos entender cómo funciona el gobierno en el Reino de Dios y particularmente que todos nosotros tenemos como responsabilidad no someternos a un liderazgo erró­neo o en engaño, sobre todo cuando se trata de líderes inmaduros o mundanos.

De acuerdo con la inspiración del Espíritu Santo, tal como se puede leer en las Escrituras que se compilaron en la Biblia, nuestra sumisión impone y crea una autoridad sobre nues­tras propias vidas.  Esto se deduce de las siguientes palabras del apóstol:

"¿No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, SOIS ESCLAVOS DE AQUEL A QUIEN OBEDE­CEIS...?" (Ro. 6:16).

Por tanto, la sumisión a una autoridad equivocada es una necedad. Debemos tener discernimiento sobre las cosas a las que obedecemos y, obviamente, mucho más respecto a quienes nos presentamos en sumisión.

Siempre nuestro primer deber es someternos a Dios. Siempre la sumisión a nuestro REY tiene prelación sobre cualesquiera otras cosas. La sumisión a los demás cristianos debería sujetarse a un criterio: "¿Aquellos que verdadera­mente nos aman lo hacen incondicionalmente, y su preocupación principal es formar más de Cristo en nosotros?"

Si su énfasis primordial está en conformarnos a sus creencias, doctrinas, reglas, requisitos o a las constituciones de su organización religiosa o de su "iglesia," entonces seamos prudentes, o podremos encontrarnos como esclavos de algo o de alguien distinto de Cristo.

Pertenecer a una iglesia que tiene sus pastores y ancianos, y obedecerlos, no es necesariamente la sumisión en el sentido que Dios la quiere. Somos responsables de discernir si han sido colocados allí por el Señor, o si esa posición de autoridad viene de uno de los sistemas jerárquicos del mundo.

En el Reino de Dios todos los conceptos y principios se oponen totalmente a los del sistema mundano, cuyo diseño viene del príncipe de este mundo. Por tanto, el gobierno de Dios es completamente opuesto en naturaleza y funciones  a la manera como obra el gobierno en los sistemas y estructuras mundanos.

El gobierno de Dios siempre producira el gozo y la paz del Espíritu Santo.

En consecuencia, debemos cuestionar toda forma de gobierno que no produzca paz y gozo en nuestro espíritu. Si nos domina, nos constriñe, o nos quita nuestro propio proceso para hacer decisiones, entonces NO ES DE DIOS y estamos en la obligación de resistirla y rechazarla. El fracaso en seguir este paso, al final nos pondrá en una miserable esclavitud religiosa y nos estancaremos en una niñez espiritual, pues haremos sólo lo que se nos dice para conformarnos al sistema, o perderemos nuestro gozo y nuestra paz. Esto se produce porque el Espíritu Santo, que se halla dentro de nosotros, no se puede jamás poner de acuerdo con el espíritu del mundo que obra ahí, en el sistema religioso.

En todos los sistemas religiosos del mundo se encuentran las mismas características de entender la autoridad y la sumisión. El judaísmo exige obediencia a la autoridad rabínica. El islamismo reclama de sus fieles una obediencia total a todos los ayatollahs y mullahs. La Iglesia Católica abraza una autoridad suprema a su Papa, con sus cardenales, arzobispos, obispos y sacerdotes, que forman una autoridad de estructura piramidal, una jerarquía, a la que todo buen católico se debe someter. En todas las denominaciones protestantes, inclusive en los movimientos donde los hogares se consideran como iglesias, casi todas las tendencias organizativas tienen una estructura de control donde también se ve en acción la forma piramidal.

Quienes están arriba ejercen la autoridad. La coerción, las manipulacio­nes, el rechazo y hasta la fuerza, son los métodos habituales para ejercitar la autoridad mundana. Los sistemas pueden ser muy sutiles o, por el contrario, bien notorios, pero si alguien no se conforma y somete a los líderes, esas son las armas que al final se usarán.

Todo eso está en rebeldía directa contra las claras órdenes de Jesús, quien prohibió a sus discípulos el ejercicio de la autoridad en la forma como el mundo lo hace:

"25...Sabéis que los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y los

 que son grandes ejercen potestad sobre ellas.  26Mas entre vosotros no será

así, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro

servidor, 27y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro

 siervo" (Mt. 20:25-27).

Hasta cuando los hijos de Dios no tengan el deseo genuino y común de obedecer a Cristo y convertirse en sus discípulos perfectos, los reinos de este mundo nunca vendrán a ser el Reino de Dios. Los cristianos no tomamos en serio las palabras de Jesús y un poderoso espíritu de engaño nos impide ver que Él es nuestra autoridad final. Si el Rey Jesús dice algo, entonces eso debe ser lo definitivo.

Sin embargo, estamos tan atados por los conceptos mundanos que hasta usamos versículos de las Escrituras para contradecir sus enseñanzas y luego seguimos nuestra comprensión errada de esos versículos en lugar de obedecer al Señor. En efecto, Jesús enseñó con toda claridad que quienes gobiernan o dirigen su Iglesia no se deben enseñorear de los demás, es decir, no tienen ninguna razón para ejercer la autoridad como el mundo lo hace.

En el Reino de Dios se nos ordena convertirnos en siervos de aquellos a quienes dirigimos. Un apóstol, anciano, pastor, esposo, o cualquier otro líder, no puede obrar de modo diferente al de Jesús, quien nunca se impone a alguien para someterlo a Él. Jesús da sus instrucciones y luego permite a sus discípulos obedecerle o no. Nunca los amenaza, ni manipula, ni los obliga. Y lo que es todavía más maravilloso, jamás los rechaza o deja de amarlos si le desobedecen.

Cuando Jacobo y Juan pidieron sentarse a la diestra y a la izquierda de su gloria (Marcos 10:35-40), eran inmaduros, y todavía estaban llenos de los conceptos mundanos de liderazgo y autoridad. Sus mentes no habían alcanzado aún el nivel de siervos de Cristo; sus pensamientos, sin renovar, eran competitivos y les llevaban a pedir posiciones de importancia. Lo mismo pasó con los otros discípulos que se enojaron ante la petición de los dos hermanos (Mateo 20:24).

Entonces Jesús los reunió a todos, les enseñó las diferencias entre la autoridad del mundo y la autoridad de su Reino, y luego pasó a revelarles sus naturalezas y espíritus completamente distintos.

Es posible hacer una paráfrasis de las palabras de Jesús en Mateo 20: 25-28, de la siguiente forma:

"Ustedes saben cómo se usa la autoridad en el sistema del mundo, pero en mi Reino no será así. Ustedes deben aprender a ser siervos de aquellos a quienes enseñan o dirigen, y para ejercer la autoridad no tienen que apelar a su oficio, o a su ministerio a fin de hacer que los demás se les sometan.

No pueden usar las promesas de recompensa o promoción o estatus para manipular a las personas, como se hace en el mun­do. El Reino de Dios no funciona de esa manera. Ustedes solamente PUEDEN SERVIR Y DEBEN PONER SUS DESEOS Y SU VIDA AL SERVICIO DEL BIEN DE LOS DEMÁS, según yo lo demuestro con mis enseñanzas y con mi propia vida."

Jesús es nuestro "modelo de hijo" y nunca le vemos obligar, manipular, o forzar a alguien para que le obedezca o le siga. Con todo denuedo proclamó la Palabra de Dios y que si se rechazaba su palabra, no haría ningún intento para imponerla, ni iba a rogar a las gentes que le siguieran. Jamás usa su autoridad espiritual para de alguna manera controlar a los demás. De la misma forma, el Espíritu Santo nunca nos controla o nos quita el proceso de tomar nuestras decisiones. Nos guiará y nos dirigirá, pero no empleará la fuerza para doblegar la más leve de nuestras resistencias a Él.

Dios es amor y espera que nuestra sumisión sea por completo voluntaria, sólo porque le amamos y le respetamos. Los líderes en el Cuerpo de Cristo no están por encima de su Maestro, y también deben esperar que otros se les sometan voluntariamente por amor y respeto hacia ellos y porque sobre ellos se reconoce la unción de Dios. El Rey nos ha prohibido usar la autoridad espiritual a fin de obtener una sumisión que no sea voluntaria. Si eres obispo, o pastor, o anciano, o apóstol, o esposo que das liderazgo a la esposa y a la familia, estás limitado por las mismas órdenes de Jesús, si en verdad Él es tu Señor y Maestro.

El Nuevo Testamento nos enseña con toda claridad a obedecer a nuestros líderes y a someternos a su autoridad. Por tanto, es muy fácil producir mediante la teología bíblica una comprensión equivocada del gobierno de la iglesia, que producirá un liderazgo autocrático y seguidores bajo subordina­ción, que no entienden la naturaleza ni el espíritu de la autoridad en el Reino de Dios.

Mientras la Escritura exhorta a los creyentes a obedecer a quienes velan por sus almas (Hebreos 13:17), jamás exhorta a los líderes a exigir la sumisión de los demás a su liderazgo o ministerio. A los maridos se les exhorta a amar a sus esposas; no se les ordena exigir sumisión ni dominar a sus mujeres, ni forzar sus voluntades. Solamente se prescribe a las mujeres sujetarse a sus propios esposos, como al Señor.

"Gobernar bien" en el Reino de Dios es muy distinto a ser un gobernador o a tener autoridad en el sistema del mundo, pero como la mundanalidad ha invadido todos los sistemas religiosos, encontramos cristianos en posiciones de liderazgo que se comportan como autoridades mundanas.

En efecto, mientras algunos maridos dominan a sus esposas, otros precisamente por su falta de inteligencia y de una adecuada relación con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, en una forma que hasta se puede considerar y catalogar como una verdadera torpeza, por decir lo menos, con algo de suavidad, destruyen la capacidad de la mujer cristiana para tomar decisiones y, en muchísimos casos, también destruyen sus matrimonios. De esta manera satanás triunfa y la pobre pareja engañada ve la destrucción de sus vidas, simplemente por la ignorancia sobre la autoridad espiritual que viene de Dios.

Los pastores, los ancianos o los diáconos, en casi todas las estructuras de las iglesias, consideran como un insulto si hay alguna oposición entre los miembros del rebaño. El estatus se busca y se conserva, mientras se esgrime el poder para hacer que los demás se conformen. En verdad, hay muy pocas diferencias entre tales iglesias y una organización de negocios en el mundo.

Si el Gerente o los Directores toman decisiones, y los empleados no se muestran de acuerdo o no las obedecen, entonces resultan renuncias o despidos. En las iglesias se aplican varias formas de excomunión, al seguir la misma filosofía mundana.

En el Reino de Dios NO HAY COSAS TALES COMO CLERIGOS Y LAICOS. Este engaño del diablo está en conflicto directo con la enseñanza del Nuevo Testamento donde estipula que todos los hijos de Dios son sacerdotes, con acceso directo al Señor. Sólo los paganos necesitan sacerdotes para poder acercarse a Dios por medio de ellos. La clerecía apenas existe en Babilonia, y su objeto es dividir la familia de Dios en clases, y dejar que la mente de satanás controle las mentes de quienes están en cautividad.

Los apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros, no son el clero; simplemente son hombres y mujeres, dones del Cristo resucitado que Él brinda a la humanidad. No es posible manufacturar o fabricar los dones en esas personas dotadas y producirlas como se producen los profesionales, por ejemplo, abogados o ingenieros. Sólo Dios puede ungir y darnos esos miembros esenciales de su Iglesia, pero necesitamos discernimiento para poder reconocerlos.

En la Iglesia de Jesús no tienen un sitio preciso ni adecuado las jerarquías clericales que funcionan a su amaño en otros sistemas religiosos. La división entre clero y laicado que se encuentra en el islamismo, el judaísmo y en nuestras iglesias cautivas de Babilonia, produce estructuras que, a pesar de ser funcionales, se oponen a los designios de Dios para su Iglesia que debe ser un organismo vivo, no una organización religiosa.

Los líderes en el Cuerpo de Cristo necesitan entender que las enseñanzas de Pablo sobre sumisión y sometimiento, no son preceptos ni órdenes para que ejerzan una autoridad mundana sobre aquellos a quienes deben cuidar en sus iglesias, congregaciones o comunidades.

Desde el punto de vista de nuestras mentes naturales parece no solamente irreal, sino hasta una completa tontería, colocar a alguien en una posición directiva, y decirle luego que no puede ejercer ninguna autoridad sobre aquellos a quienes dirige. Sin embargo, no debemos considerar las cosas desde el punto de vista de la mente natural, que es el punto de vista del mundo; por el contrario, más bien tenemos que aprender a ver las cosas con una mente renovada, la mente de Cristo.

Jesucristo, el Señor de toda la creación, es nuestro ejemplo perfecto de autoridad en el Reino. Nunca la ejerce sobre sus discípulos. Utiliza las parábolas y da órdenes, pero nunca va a forzar nuestra sumisión. Aún más que eso, no grita, no se enfurece, no se pone de mal humor, ni nos rechaza cuando fallamos en obedecerle. Su amor y su gracia hacia nosotros no se afectan con nuestra falta de sometimiento a Él. Jesús siempre espera nuestra sumisión voluntaria que es la única forma válida de sumisión en su Reino. Nuestro deseo de obedecerle, que es la única medida de nuestro amor por Él, debe venir de haber derribado las tentaciones de nuestra voluntariedad, sin que haya ninguna coerción por su parte. Si no es así, Él no quiere ni acepta nada.

Tal es la naturaleza de la autoridad, la sumisión y el sometimiento en el Reino de Dios.

Sólo deberíamos someter nuestras vidas en el Cuerpo de Cristo a la autoridad o al liderazgo que demuestren la naturaleza del Señor. La autoridad espiritual verdadera, que se origina de Dios, proviene de la unción y de una mente renovada, la mente de Cristo. No llega por títulos como "Pastor, Anciano, Reverendo, Evangelista, Apóstol, Profeta, o Maestro" dados por otros hombres que, sin saberlo, están cautivos en Babilonia. Pero tampoco la impide si un líder nació y se levantó en Babilonia y se le dio un título. Muchos, muchos clérigos profesionales son verdaderamente ungidos por Dios y su sinceridad nunca jamás se puede poner en duda. Si no tienen conciencia de estar presos en las redes babilónicas, esto no evita que el Señor les use, aunque Él desea ardientemente que salgan de la esclavitud que sufren dentro de los muros de Babilonia.

Los hombres y mujeres a quienes Dios ha dado SU autoridad no se conocen por sus títulos, profesiones, capacidad intelectual o ni siquiera por sus conocimientos bíblicos. Se distinguen y reconocen por su humildad y sus corazones de siervos.

Un pastor formado, establecido y puesto en esa posición verdaderamente por Dios, es compasivo, amable y misericordioso, y no busca sus propios caminos. No le preocupará que no asistamos a las reuniones para "sostener" su predicación, o si estamos o no de acuerdo con toda su teología. Su preocupación principal será la conducta de nuestra vida diaria, nuestras relaciones y las actitudes de nuestro corazón.  Su objetivo más importante será ver más de Cristo formado en nosotros.

Si las metas de nuestros líderes son conformarnos a cada uno a su "teología o conceptos" y construir estructuras y organizaciones más grandes y mejores, entonces debemos cuestionar si entienden que el crecimiento espiritual no tiene nada que ver con cifras o con que tengamos todos la misma teología.

El crecimiento espiritual se relaciona enteramente con el nivel en que la vida de Dios se haya desarrollado en nosotros.

¡Cuidado con someter nuestras vidas a un liderazgo eclesiástico que no entienda con claridad esto, pues entonces se nos guiará a objetivos erróneos y se impedirá nuestro crecimiento espiritual!

Tener objetivos adecuados es esencial para todo discípulo del Rey y su Reino. Sin la meta apropiada no es posible entender o enseñar correctamente la sumisión. Pablo define así el enfoque preciso y certero de una enseñanza sana:

"Pues el propósito de este mandamiento es el AMOR nacido de CORAZÓN LIMPIO, y de BUENA CONCIENCIA, y de FE NO FINGIDA" (1 Ti. 1:5).

Se necesita entender la sumisión en este contexto, pues el único propósito del sometimiento es que por su medio permitamos a Dios, y a nuestros hermanos, conformarnos a la imagen de Cristo. Aquí se requiere la renovación de nuestras mentes hasta cuando aprendamos a pensar, hablar y actuar como Dios lo hace. Esto tomará muchos años y algo de sufrimientos pero, al final, en nuestros corazones tendrá lugar la transformación. Nuestro hombre interior crecerá hasta cuando dejemos de ser "carnales" como los creyentes infantiles de Corinto, y seamos hombres espirituales a quienes guía y dirige el mismo Espíritu de Dios.

El sometimiento no es una doctrina legalista que se debe imponer a toda costa, pues hemos encontrado su base doctrinal en el Nuevo Testamento. Es una ACTITUD que se necesita EN NUESTROS CORAZONES, antes que nuestra voluntad se pueda alinear con la voluntad de Dios.

Quienes no tienen el deseo de recibir reprensiones, enseñanzas o corrección de otros discípulos del Rey y su Reino, todavía no tienen "voluntad para hacer la voluntad de Dios,"  y no se les puede discipular. Sin embargo, si somos sinceros en nuestros deseos de llegar a ser discípulos del Señor, no debemos permanecer como niños crédulos, que no piensan, sino aprender a ser sabios en los caminos de Dios, de manera que no nos sometamos insensatamente.

Hay cuatro niveles de autoridad, de importancia decreciente, que todo discípulo debe entender:

1. Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo.

2. Las Escrituras -según las entendamos.

3. NUESTRA PROPIA CONCIENCIA ante Dios.

4. Otros cristianos, o la autoridad secular.

La autoridad de nuestra propia conciencia tiene un nivel de autoridad muchísimo más alto que el de cualquier otro ser humano. Todo hombre y toda mujer tienen el derecho de obedecer a su propia conciencia bajo Dios. Nadie tiene derecho para violar nuestra conciencia como cristianos. No importa si esa persona es una autoridad secular, un esposo, un pastor, un apóstol, un maestro, un arzobispo, un anciano, un sacerdote, un miembro del cuerpo gobernante, o del presbiterio, o el Papa. En los niveles descendentes de la escala de autoridad, todos están en una categoría inferior a la de nuestra propia conciencia.

Sin embargo, es vital para cada uno de nosotros asegurar­nos que no hemos endurecido nuestra conciencia, ni hemos permitido que se haya cauterizado de tal manera que sólo elijamos obedecer aquellas órdenes o los mandamientos de Jesús que nos gustan o que concuerdan con nuestra teología particular.

Una obediencia incuestionada a los líderes de la iglesia puede no ser sumisión espiritual, sino necedad que nos lleva al engaño. Si eso nos pone en cautiverio a un sistema religioso y a las tradiciones humanas, esa no es la voluntad de Dios. Así se desobedece al Rey, y nos lleva a una "mala conciencia y a una fe fingida."

La fe sincera es creer en nuestros corazones. No es dar un consentimiento mental porque alguien nos dice lo que debemos creer. Romanos 14 nos enseña que pecamos si hacemos algo contrario a nuestras convicciones delante de Dios.

Por tanto, debemos resistir cualquier intento que pretenda obligarnos o dominarnos, en contra de nuestras más íntimas convicciones y de las advertencias de nuestro corazón. Si resistimos a esa "vocecita quieta y callada" dentro de nosotros, resistimos al Espíritu Santo, que es infinitamente más sabio que todos los seres humanos juntos.

Es básico y fundamental para nuestras vidas tener siempre presente que el Espíritu Santo es quien mueve los corazones de los hijos de Dios en Babilonia y quien nos llama a salir de allí para que pasemos a la Nueva Jerusalén.

A medida que crecemos en comprensión espiritual y renovamos nuestras mentes, podemos encontrar que la "iglesia" a la que pertenecemos, se hace inadecuada, y que el Espíritu Santo nos urge a movernos. Como casi ningún líder en las iglesias entenderá esto, luchará por guardar y mantener "los miembros de su comunidad." Cuando encuentra que no nos puede retener, decide que estamos engañados o "demonizados" o que somos rebeldes ingobernables.

A los creyentes que tienen la experiencia de esas situaciones, con frecuencia se les hiere y ofende, debido a la falta de sabiduría de tales líderes que luchan a fin de persuadirlos para que no se vayan, y luego los rechazan o condenan, cuando se levantan en libertad.

Debemos tener corazones humildes y gentiles hacia esos líderes, pues aún no han comprendido lo que el Señor hace hoy. Tienen el temor que quienes dejan "su iglesia" pueden contaminar el pensamiento de los que se quedan. Sinceramente creen que quienes no están de acuerdo con ellos, son víctimas del error y por eso luchan para proteger sus "reinitos."

De manera semejante, si eres pastor, anciano o líder, y el Espíritu Santo te llama a salir del sistema, puedes enfrentar incomprensiones, cóleras, y aun heridas graves por parte de las personas que te quieren controlar. Esta es la reacción carnal y natural de la junta directiva, los ancianos, los diáconos o de las congregaciones, a algo que no entienden.

Si el Espíritu Santo te dirige a salir de la membresía de una iglesia o de una situación de liderazgo, no te afectes por la falta de comprensión de aque­llos a quienes dejas.  Sobre todo, que el rechazo que hacen de ti, o la difamación que te brin­den, no vayan a hacer disminuir tu amor hacia ellos.

Si no pueden entender tu necesidad de obedecer al Señor más que a sus tradiciones y conceptos, entonces debes tenerles compasión por su ceguera espiritual y recordar que sólo por la gracia de Dios, tus ojos se han abierto. También, únicamente por la gracia del Altísimo crecemos en sabiduría y entendimiento espirituales.

Dios ama de la misma manera a todos sus hijos, sean obedientes o desobedientes. 

LOS QUE SE QUEDAN EN BABILONIA O LOS QUE VAN A LA NUEVA JERUSALÉN, SON IGUALMENTE PRECIOSOS PARA NUESTRO MARAVILLOSO PADRE CELESTIAL.


Salid de Ella Pueblo Mio - Peter Whyte
"Consuelo para los que están en este mundo, pero que no son de este mundo, y por tanto, son odiados y están cansados de él, es que no estarán para siempre en el mundo, ni por mucho tiempo más"
Matthew Henry