Los Israelitas atravesaron el Jordán y se establecieron en la tierra prometida en su último campamento (Campamento No. 42) al final del éxodo, lo cual nos indica simbólicamente la libertad y conquista a la que esta llamada la iglesia al salir de la religión a una vida de libertad, en una relación directa, vital y real con Cristo Jesús; Cristo es símbolo de la tierra prometida y la herencia de los hijos de Dios.

La santidad es la obra del Espíritu Santo en nosotros, separándonos del amor del mundo. La santidad es un cambio de naturaleza desde dentro como resultado de la obra de Dios en nosotros. No es lo que hacemos externamente, sino quienes somos por dentro, lo que importa a Dios.


5 de junio de 2012

EL TESTIMONIO DEL ESPIRITU


John Wesley                            

DISCURSO II

Porque el mismo Espíritu da testimonio a nuestro espí­ritu que somos hijos de Dios (Romanos 8: 16).

1. Ninguno de aquellos que aceptan las Sagradas Es­crituras como la Palabra de Dios puede dejar de apreciar la importancia de semejante verdad; verdad revelada no sólo una vez o de una manera obscura o incidentalmente, sino con frecuencia y en términos claros; solemnemente y con especial propósito, como quiera que es uno de los privilegios espe­ciales de los hijos de Dios.

2. Y se hace tanto más necesario explicar y defender es­ta verdad, cuanto que la asedian peligros a derecha e izquier­da. Si la negamos, hay el riesgo de que nuestra religión de­genere en meras formalidades; de que teniendo “la aparien­cia de piedad,” nos olvidemos, si es que no negamos, “la efi­cacia de ella.” Si aceptamos esta verdad, mas sin entenderla nos exponemos a caer en los extremos de un fanatismo im­petuoso. Precisa mucho, por consiguiente, proteger en con­tra de esos peligros y por medio de una exposición racional y escrituraria de tan importante verdad, a los que tienen el temor de Dios.

3. Y esto se hace mucho más necesario por cuanto que— con excepción de algunos discursos los cuales, lejos de afir­mar, parecen más bien destruir esta verdad—muy poco se ha escrito con claridad sobre el asunto, lo cual, no cabe la me­nor duda, se debe en gran parte a las explicaciones informes, irracionales y antagónicas a las Sagradas Escrituras, que die­ran algunos sin entender “ni lo que hablan ni lo que afirman.”

4.   Muy especialmente atañe a los metodistas, así llama­dos, el entender, explicar y defender esta doctrina; pues que forma gran parte del testimonio que Dios les ha mandado dar ante todo el género humano, el Dios a cuya especial bendición en el escudriñamiento de las Sagradas Escrituras y en la experiencia de sus hijos, se debe la restitución de esta gran verdad evangélica que por tantos años estuvo casi perdida y olvidada.

II.     1. Empero, ¿qué cosa es el testimonio del Espíritu? La palabra del original significa testimonio, atestación, ase­veración. Así por ejemplo: en I Juan 5:11: “Este es el testi­monio;” el sumario de lo que Dios testifica en los escritos inspirados: “Que Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo.” El testimonio pues, que ahora consideramos es el que da el Espíritu de Dios a nuestro espíritu y con nues­tro espíritu; El es la persona que testifica y el testimonio que nos da es este: que somos “hijos de Dios.” Los resultados in­mediatos de este testimonio son los frutos del Espíritu, a sa­ber: “Caridad, gozo, paz, tolerancia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza;” y sin éstos, la permanencia de di­cho testimonio no es posible porque lo destruye irremisible­mente la comisión de cualquier pecado exterior, la omisión de un deber a sabiendas o la rendición a cualquier pecado interior; en una palabra: cualquiera cosa que contriste al Es­píritu de Dios.

2.      Recuerdo haber dicho hace muchos años, que es muy difícil encontrar en el lenguaje de los hombres, palabras ade­cuadas a la explicación de las cosas profundas de Dios; y en verdad que no hay frases a propósito para expresar fielmente lo que el Espíritu de Dios obra en sus hijos. Mas, a la par que dejamos lugar para que aquellos a quienes Dios enseña pue­dan modificar, templar o bien fortalecer nuestra definición, diremos que el testimonio del Espíritu es una impresión in­terior en el alma, por medio de la cual el Espíritu testifica directa e inmediatamente a mi espíritu que soy hijo de Dios; que Jesucristo me amó y se dio a sí mismo por mí; que todos mis pecados están borrados y que yo, aun yo mismo, estoy re­conciliado con Dios.

3.      Después de veinte años de estudiar este asunto, no me siento llamado a retractar nada de lo anterior; ni alcanzo a concebir, por otra parte, la manera de cambiar estas expre­siones con el fin de aclarar su sentido. Sin embargo, si alguno de los hijos de Dios puede indicar palabras que sean más ade­cuadas y conforme al sentido de la Palabra Divina, de buena voluntad retiraré las mías.

4.      Téngase en cuenta mientras tanto, que con esto no pretendo inculcar el que el Espíritu de Dios testifique en voz perceptible o exterior. No, pero ni por medio de una voz in­terior, si bien algunas veces esto puede acontecer; no supon­go que acostumbre tocar el corazón del hombre, aunque tal vez con frecuencia lo haga, con uno o más textos de las Sa­gradas Escrituras.

Mas tal es la influencia inmediata que sien­te el alma y la fuerza inexplicable de la obra divina, que los furiosos vientos y las turbulentas olas se aquietan, dando lugar a una dulce calma; el corazón descansa como en los brazos del Señor Jesús, y el pecador queda plenamente satisfecho de que se ha reconciliado con Dios, de que sus iniquidades son perdonadas y sus pecados cubiertos.

5. Ahora bien, ¿cuál es el punto de disputa en esta cues­tión? No es si existe o deja de existir el testimonio del Espí­ritu, ni si el Espíritu testifica con nuestro espíritu de que so­mos hijos de Dios; lo que nadie puede negar sin contradecir abiertamente las Sagradas Escrituras, y acusar de mentiroso al Dios de la verdad. Por consiguiente, la existencia del tes­timonio del Espíritu es un hecho que todos nosotros recono­cemos.

6. Ni se duda de que haya un testimonio indirecto, la seguridad de que somos hijos de Dios. Este es casi el mismo, si no idéntico, al testimonio de una buena conciencia para con Dios, y es el resultado de nuestro raciocinio y reflexión sobre aquello que sienten nuestras almas; una deducción, ha­blando rigurosamente, que sacamos de la Palabra de Dios por una parte, y de nuestra propia experiencia por otra. La Pala­bra de Dios enseña que todo aquel que tiene los frutos del Espíritu es hijo de Dios; la experiencia o conciencia interna me dice que tengo los frutos del Espíritu; luego puedo dedu­cir racionalmente y decir: “Por consiguiente, soy hijo de Dios.” Este punto asimismo se admite, y por consiguiente, no ofrece discusión alguna.

7. Ni tampoco pretendemos decir que exista el testimo­nio del Espíritu sin el fruto del Espíritu; por el contrario, ase­guramos que esos frutos son el resultado inmediato de su tes­timonio, si bien no siempre en el mismo grado, aun cuando el testimonio tenga lugar primeramente. El gozo y la paz no siempre tienen la misma estabilidad, pero ni aun el amor, pues­to que ni aun el testimonio mismo tiene siempre la misma firmeza y claridad.

8.   El nervio de la cuestión está en si existe o no el testimonio directo del Espíritu; en si hay otro testimonio del Espíritu además del que resulta de la conciencia de tener sus frutos.

III.  1. Que existe, lo creo firmemente; porque tal es el sentido natural y claro del texto: “El mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu que somos hijos de Dios,” y es evidente que aquí se mencionan a dos testigos, quienes uná­nimes testifican respecto de la misma cosa: el Espíritu de Dios y nuestro propio espíritu. El finado obispo de Londres se asombraba como lo expresó en su sermón sobre este tex­to, de que pudiese caber la menor duda respecto de dicho asunto, siendo que el sentido de las palabras abunda en cla­ridad. “El testimonio de nuestro propio espíritu,” dice el men­cionado obispo, “es la conciencia de nuestra sinceridad” o, más claramente, la conciencia de tener los frutos del Espí­ritu. Cuando nuestro espíritu tiene la conciencia de poseer “caridad, gozo, paz, tolerancia, benignidad, bondad, fe, man­sedumbre, templanza,” podemos fácilmente deducir de estas premisas que somos hijos de Dios.

2.    Suponía ese gran hombre que el otro testimonio con­siste en “la conciencia que tenemos de nuestras buenas obras” y afirmaba que este es el testimonio del Espíritu de Dios. Pero la conciencia de las buenas obras está incluida en el testimo­nio de nuestro propio espíritu; sí, y en sinceridad, aun con­forme al sentido común de la palabra. Al escribir el Apóstol: “nuestra gloria es esta: el testimonio de nuestra conciencia, que con simplicidad y sinceridad de Dios, no con sabiduría carnal, mas con la gracia de Dios, hemos conversado en el mundo,” aplica indudablemente el calificativo de sinceridad a las palabras y acciones, en el mismo grado que a las dispo­siciones y actitudes de la mente; de manera que este no es otro testimonio, sino el mismo que mencionó antes, siendo la conciencia de nuestras buenas obras una de las manifestaciones o expresiones de la conciencia de nuestra sinceridad y por lo tanto, este no es sino un solo testimonio. Ahora bien, el tex­to habla de dos testimonios: uno de los cuales no es la conciencia de nuestras buenas obras ni de nuestra sinceridad, lo que, como claramente se ha demostrado, está contenido en el testimonio de nuestro espíritu.

3.    ¿Cuál es, pues, el otro testimonio? Si el texto no fue­se tan claro, fácilmente encontraríamos la respuesta en el versículo anterior: “No habéis recibido el espíritu de servi­dumbre para estar otra vez en temor; mas habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos Abba, Padre,” al que inmediatamente sigue el texto: “Porque el mismo Espí­ritu da testimonio a nuestro espíritu que somos hijos de Dios.”

4. Aclara más aún este sentido, el texto paralelo: “Por cuanto sois hijos, Dios envió el Espíritu de su Hijo en vuestros corazones el cual dama: Abba, Padre” (Gálatas 4: 6).

¿No es esto algo inmediato y directo, diferente del resultado de la re­flexión y el argumento? ¿No clama el Espíritu: “Abba, Pa­dre,” en vuestros corazones, en el momento en que os es dado, antes de que tenga lugar cualquiera reflexión respecto de vuestra sinceridad, antes de cualquier razonamiento? ¿Y no se hace este sentido de las palabras, claro y patente a todos en el momento en que las escuchan? Todos estos textos, por consi­guiente, describen en su sentido más obvio, el testimonio di­recto del Espíritu.

5. Que, por la misma naturaleza de las cosas, el testimo­nio del Espíritu de Dios debe anteceder al testimonio de nues­tro espíritu, fácilmente se deduce de esta simple considera­ción: debemos ser limpios de corazón y en nuestras cos­tumbres, antes de poder tener la conciencia de que lo somos; mas para obtener esta pureza, debemos amar a Dios, en El que está la fuente de toda santidad. Pero no podemos amar a Dios sino hasta después de saber que El nos ama. Lo amamos, “por­que él nos amó primero,” y no podemos saber que nos ama hasta que el Espíritu dé testimonio a nuestro espíritu; hasta entonces no lo podremos creer, no podremos decir: “Lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí.”

Por consiguiente, si el testimonio del Espíritu precede al amor de Dios y a toda santidad, debe naturalmente anteceder a la conciencia que de ese amor y pureza podamos tener.

6. Y muy a propósito viene a confirmar esta doctrina bíblica la experiencia de los hijos de Dios; no de dos o tres, ni de unos cuantos, sino de una gran multitud que ningún hombre puede contar. En esta y en todas las épocas, ha sido confirmada por “una gran nube de testigos” vivos o muertos. Vuestra experiencia y la mía, la confirman. El Espíritu mis­mo ha dado testimonio a mi espíritu de que soy hijo de Dios; me lo hizo evidente y luego clamé: “Abba, Padre;” lo hice y lo hicisteis vosotros antes de reflexionar, antes de tener la conciencia de los frutos del Espíritu Santo. De este testimo­nio que el alma recibe, emanan la caridad, el gozo, la paz y demás frutos del Espíritu Santo.

7.      Esto lo confirma no sólo la experiencia de los hijos de Dios—millares de los cuales están listos a declarar que an­tes de que el Espíritu les diese su testimonio directo, no tenían la conciencia de gozar del favor de Dios, —sino también la de todos aquellos, quienes convencidos de su pecado, sienten la ira de Dios que continuamente pesa sobre ellos. Nada puede satisfacer a éstos sino el testimonio directo del Espíritu de que: “Seré propicio a sus injusticias, y de sus pecados y de sus ini­quidades no me acordaré más.” Decid a cualquiera de ellos: “Sabed que sois un hijo de Dios, reflexionad sobre lo que en vosotros ha llevado a cabo: amor, gozo, paz,” e indudablemen­te os contestará luego: “debido a estas mismas reflexiones, sé que soy un hijo del diablo, no tengo más amor de Dios que el mismo demonio; mi mente carnal es enemistad para con Dios; no me regocijo en el Espíritu Santo; mi alma está triste hasta la muerte; no tengo paz; mi corazón es semejante a un mar tempestuoso; encuéntrome en medio de la tormenta y en garras de la destrucción.”

¿Y qué podrá consolar a estas almas afligidas sino el tes­timonio divino—no de que son buenas y sinceras, de que obran en conformidad con las Sagradas Escrituras no sólo en sus vidas, sino de corazón—de que Dios justifica al impío que hasta el momento de su justificación es todo iniquidad—que no tiene ni la sombra de pureza, ni obra, ni lleva a cabo nin­guna cosa verdaderamente buena, sino hasta que tiene la conciencia de haber sido aceptado, debido no a obras de justicia que él haya hecho, sino a la misericordia gratuita de Dios— sólo y únicamente por lo que el Hijo de Dios ha hecho y su­frido por él? Y ¿puede ser esto de otra manera, siendo “así que, concluimos ser el hombre justificado por fe sin las obras de la ley”? Si así es, ¿qué conciencia de bondad interior o ex­terior puede tener antes de su justificación? Muy al contra­rio, ¿no es la persuasión de nuestra imposibilidad absoluta de poder pagar, la conciencia de que en nosotros “no mora el bien,” interior ni exteriormente, indispensable, esencial, antes de ser “justificados gratuitamente por su gracia, por la reden­ción que es en Cristo Jesús”? ¿Se ha justificado acaso algún hombre desde que el Redentor vino al mundo, o podrá alguien justificarse antes de poder decir con toda sinceridad de corazón “Señor, renuncio a toda pretensión y me condenaría in­ dudablemente y para siempre, si tú por mí no hubieses muer­to”?

8.      Todo aquel, por consiguiente, que niega la existencia de ese testimonio, niega al mismo tiempo la justificación por la fe; muestra que no ha sentido nunca esta experiencia, no ha sido jamás justificado o que se ha olvidado, como dice Pe­dro, de “la purificación de sus antiguos pecados;” lo que él mismo sintió—la manera con que Dios contristó su alma an­tes de borrar sus pecados pasados.

9.   La experiencia misma de los hijos del mundo confir­ma la de los hijos de Dios; muchos de aquéllos desean agra­dar al Señor; algunos se esfuerzan con el fin de servirle, pero ninguno de ellos pretende asegurar que tiene la conciencia de que sus pecados han sido perdonados.

Y sin embargo, mu­chos entre éstos saben que son sinceros y tienen—no cabe du­da, hasta cierto grado—el testimonio de su propio espíritu, la satisfacción de su probidad individual. Empero todo esto no produce en ellos la conciencia de estar perdonados; la certi­dumbre de que son hijos de Dios. Por el contrario, mientras más sinceros son, mayor es la inquietud que los agobia; lo cual demuestra que el testimonio aislado de nuestro espíritu, sin el testimonio directo de Dios, no basta para tener la certe­za de que somos sus hijos.

IV. Mas habiéndose opuesto objeciones en abundancia a esta gran verdad, bien es que consideremos las principales de ellas.

1.   Objétase en primer lugar que no es suficiente la ex­periencia para probar una doctrina la cual no se funda en las Sagradas Escrituras, lo que indudablemente es muy cierto y reconocemos como una verdad de gran importancia; pero en nada afecta la presente cuestión porque, como se ha demostra­do, esta enseñanza se basa en la Divina Palabra y, por consi­guiente, alegamos de buena fe que la experiencia la confirma.

Pero hombres locos, profetas franceses y toda clase de fanáticos se han figurado que tenían este testimonio. El que muchos se lo hayan vanamente imaginado, si bien tal vez no pocos efectivamente lo hayan tenido perdiéndolo después, no es prueba de que ninguno pueda tener en realidad este tes­timonio Así como el hecho de que algunos dementes se figu­ren ser reyes, no prueba que no existan verdaderos reyes.

Muchos de aquellos que aceptan esta doctrina han pro­testado enérgicamente en contra del tenor de la Biblia. Muy bien puede ser, pero esto no es una consecuencia legítima, puesto que, por otra parte, millares de los que la enseñan, tienen profunda veneración por las Sagradas Escrituras.

Enhorabuena. Pero muchos se han engañado a sí mismos lastimosamente, y de tal manera que es casi imposible con­vencerlos de su error.

Y sin embargo, lo mismo puede decirse de cualquiera doctrina de las Sagradas Escrituras, las que los hombres a veces tuercen para su propia destrucción.

—Pero—dirá alguno, —yo asiento esta verdad como in­dudable, que el fruto del Espíritu es el testimonio del Espíritu. —No es una verdad indudable, puesto que millares de personas no sólo tienen sus dudas respecto de ella, sino que la niegan abiertamente; mas pasemos esto por alto. Si este testimonio es suficiente, no tenemos necesidad de ningún otro; pero es sufi­ciente, a no ser en uno de estos casos: primero, la ausencia completa de los frutos del Espíritu. Y tal es el caso cuando por primera vez se recibe el testimonio directo. Segundo, el no percibirlo, porque en este caso, esforzarse es tratar de go­zar de la gracia de Dios, mas no el tener la conciencia de ese favor. Muy cierto—el no percibirlo entonces de ninguna otra manera, sino por medio del testimonio que con tal fin se re­cibe es lo que sostenemos. Afirmamos que el testimonio di­recto resplandece con toda claridad, aun cuando el indirecto esté envuelto en una nube.

2.  Objétase, en segundo lugar: El fin del testimonio en cuestión es probar lo genuino de nuestra profesión, pero no lo prueba. Contesto, que no nos proponemos tal fin, puesto que el testimonio es anterior a toda profesión que hacemos, excepto la que se refiere a nuestro estado de pecadores per­didos, culpables, desgraciados y desamparados. El fin de este testimonio es asegurar a aquellos a quienes es dado, que son hijos de Dios; que están “justificados gratuitamente por su gracia, por la redención que es en Cristo Jesús,” lo que no indica que sus pensamientos, palabras y hechos anteriores ha­yan sido conforme a las Sagradas Escrituras, sino muy al con­trario, que eran pecadores consumados, de corazón y en sus obras. De otra manera Dios justificaría a los justos y sus obras les serían contadas por justicia. Mucho me temo que la base en que se funden todas estas objeciones, sea la suposición de que somos justificados por nuestras propias obras; por­que ninguno de los que firmemente creen que Dios imputa justicia sin obras a todos aquellos que están justificados, ten­drá la menor dificultad en creer que el testimonio del Espíritu viene antes que los frutos.

3.  Se objeta, en tercer lugar, que mientras uno de los evangelistas dice: “Vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que lo pidieren de él,” en otro se lee: “dará bue­nas cosas;” lo que plenamente demuestra que el Espíritu da testimonio por medio de buenos dones. A la verdad que na­da hay en estos dos textos referente a dar testimonio, y por consiguiente, hasta que la objeción tenga más peso, habre­mos de pasarla por alto.

4. La cuarta objeción es esta: La Palabra de Dios dice que cada árbol por su fruto es conocido, “Examinadlo todo;” “Probad los espíritus;” “Examinaos a vosotros mismos.” Es muy cierto y, por consiguiente, todo aquel que tiene el tes­timonio en sí mismo, debe probar si es de Dios; si se siguen los frutos, entonces lo es, si no, no; porque cada árbol por su fruto es conocido y de esta manera se puede probar si el testimonio viene de Dios.

Empero, se agrega, “la Palabra de Dios nunca hace refe­rencia a este testimonio directo.” De una manera aislada, o como el único testimonio, ciertamente que no; pero sí lo men­ciona en unión de otro, como dando un testimonio unido; tes­tificando con nuestro espíritu que somos hijos de Dios y ¿quién nos probará que no es tal el sentido de este pasaje? Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe; probaos a vosotros mis­mos. ¿No sabéis que Cristo está en vosotros? Bien claro es que supieron esto por medio de un testimonio directo a la vez que remoto pues, ¿cómo podrán probar que no lo supieron primeramente por un movimiento de la conciencia y después por el amor, el gozo y la paz?

“Mas las Sagradas Escrituras mencionan constantemen­te el testimonio que resulta de ese cambio interior y exterior.” Es un hecho al cual nos referimos con mucha frecuencia pa­ra probar que existe el testimonio del Espíritu.

“A pesar de todo esto, las señales que usted ha dado pa­ra poder distinguir entre la obra del Espíritu de Dios y una ilusión o engaño, se refieren todas al cambio que se obra en nosotros mismos.” No cabe la menor duda; esto es igualmente cierto.

5. Objetan algunos, en quinto lugar, que el testimonio directo del Espíritu no nos evita el peligro de caer en el más craso engaño. “Es justo aceptar,” dicen, “un testimonio que no ofrece ninguna seguridad, que tiene que apelar a otras co­sas para probar sus aserciones?” A lo que contesto: Para defendernos y evitar que caigamos en el engaño, Dios nos da dos testimonios de que somos sus hijos, los cuales testifican acordes; por consiguiente, “lo que Dios juntó, no lo aparte el hombre.” Y mientras que estos dos testimonios estén unidos, no podemos engañarnos; su testimonio es de aceptarse; me­recen en el más alto grado nuestra aceptación y de ninguna otra cosa necesitan para probar sus aserciones.

“Empero, el testimonio directo sólo afirma, mas no prue­ba nada.” “En boca de dos o tres testigos conste toda pala­bra,” y al testificar el Espíritu con nuestro espíritu, según la voluntad de Dios, prueba plenamente que somos hijos de Dios.

6. La objeción sexta es la siguiente: “Admite usted que cierto cambio es suficiente testimonio, excepto en caso de cruentos sufrimientos como el de nuestro Salvador en la cruz; pero ninguno de nosotros puede sufrir de esa manera.” Mas usted y yo, así como cualquier otro hijo de Dios, podemos su­frir de tal manera que nos sería imposible conservar en el co­razón la confianza filial que tenemos en Dios, a no ser por el testimonio directo que su Espíritu nos da.

7. Por último, se objeta que: “Entre los defensores más extremistas de esta doctrina hay personas muy poco caritati­vas y sumamente soberbias.” Tal vez algunos de los defenso­res más bulliciosos sean personas soberbias y poco caritati­vas; pero por otra parte, muchos de los creyentes más firmes en este punto, son de conocida modestia y mansedumbre de corazón; de hecho y en realidad, verdaderos discípulos del Maestro.

Contienen las objeciones anteriores, que son a la verdad las más importantes que he oído, la fuerza del argumento, y sin embargo, creo firmemente que cualquiera persona que pese las respuestas ofrecidas, verá muy a las claras que las tales objeciones no destruyen, —ni siquiera debilitan—la evidencia de esa gran verdad: que el Espíritu de Dios testifica, tanto directa como indirectamente, que somos hijos de Dios.

V.  1. Resumiendo: El testimonio del Espíritu consiste en esa impresión interior que reciben las almas de los cre­yentes por medio de la cual testifica el Espíritu de Dios con su espíritu que son hijos de Dios. No se pone en duda la exis­tencia del testimonio del Espíritu, sino si ese testimonio es directo; si hay otro además del testimonio que ofrece la conciencia de tener los frutos del Espíritu. Creemos que lo hay, pues este es el sentido claro y natural del texto, que ilustran tanto las palabras del versículo anterior como las del pasaje paralelo en la Epístola a los Gálatas. En el curso natural de las cosas, el testimonio debe preceder al fruto.

La experiencia de muchos hijos de Dios—la de todos aquellos quienes con­vencidos de su pecado no pueden encontrar descanso sino has­ta que reciben el testimonio directo, y aun la de los mismos hijos del mundo quienes, no teniendo el testimonio en sí mis­mos abiertamente y a una declaran que nadie sabe si sus pe­cados han sido perdonados—viene a confirmar esta sana in­terpretación de la Divina Palabra.

2.  Y puesto que se nos objeta no ser la experiencia su­ficiente para probar una doctrina que no esté confirmada por las Sagradas Escrituras; que locos y fanáticos de todas clases se han imaginado tener este testimonio; que el fin de tal tes­timonio es probar lo genuino de nuestra profesión, el cual fin no consigue; que está escrito en las Sagradas Escrituras; “Cada árbol por su fruto es conocido,” “Examinaos a voso­tros mismos,” “Probad los espíritus,” y que al mismo tiem­po no se hace mención en todo el Libro de Dios, de ese testi­monio directo; que no nos evita caer en los engaños más cra­sos y, por último, que el cambio en nosotros producido es un testimonio suficiente, excepto en caso de cruentos sufrimien­tos como los que Cristo padeció, contestamos: (1) La expe­riencia es suficiente para confirmar una doctrina basada en las Sagradas Escrituras. (2) El que muchos se figuren tener cier­ta experiencia que en realidad no tienen, no es argumento en contra de la verdadera experiencia. (3) El fin de ese testimo­nio es asegurarnos que somos hijos de Dios y no cabe duda que consigue su objeto. (4) El verdadero testimonio del Es­píritu se conoce por sus frutos: “caridad, gozo, paz;” frutos que no preceden, sino que le siguen. (5) No se puede probar que las palabras del texto se refieran sólo al testimonio in­directo y no al directo siguiente: “¿No sabéis que Cristo es­tá en vosotros?” (6) El Espíritu de Dios testificando con nues­tro espíritu, nos evita ser víctimas de ilusiones o engaños y, por ultimo, todos estamos expuestos a sufrir grandes pruebas, en las que, no siendo suficiente el testimonio de nuestro pro­pio espíritu, necesitaríamos, para estar seguros de que somos hijos de Dios, del testimonio directo del Espíritu divino.

3.   De todo esto podemos deducir dos cosas: primera, que ninguna persona debe confiar en el supuesto testimonio del Espíritu cuando éste no vaya acompañado de sus respectivos frutos. Si efectivamente el Espíritu de Dios testifica que somos hijos de Dios, la consecuencia natural serán los frutos del mismo Espíritu: “caridad, gozo, paz, tolerancia, benigni­dad, bondad, fe, mansedumbre, templanza,” y por más que la tentación obscurezca estos frutos de tal manera que el alma no los pueda discernir, mientras Satanás la zarandea como a trigo, sin embargo, la sustancia de dichos frutos permanece aun en medio de la más espesa nube. Es muy cierto que el gozo en el Espíritu puede abandonarnos en el día de la prue­ba; que el alma se entristece en gran manera, especialmente en la “hora y la potestad de las tinieblas;” pero ese júbilo se nos devuelve con abundancia de tal manera que nos regoci­jamos “con gozo inefable y glorificado.”

4. La segunda deducción es que nadie debe confiar en frutos supuestos del Espíritu, sin el testimonio de éste. Pue­den muy bien existir mucho antes de que tengamos el testi­monio en nosotros mismos; antes de que el Espíritu de Dios haya testificado con nuestro espíritu que “tenemos redención por la sangre de Jesucristo, la remisión de pecados,” prescien­cias de gozo, paz y amor no ilusorias, sino realmente veni­das de Dios. Más aún, pueden existir en cierto grado la tole­rancia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza— no en apariencia, sino, hasta cierto grado, en realidad, de­bido a la gracia de Dios—antes de que seamos “aceptos en el Amado” y, por consiguiente, de tener el testimonio de nuestra aceptación, siendo peligroso el demoramos en esta parte del camino, donde, a la verdad, corren nuestras almas gran peligro. Si tuviéramos la verdadera sabiduría, clamaríamos a Dios sin cesar, hasta que su Espíritu clamase en nuestro corazón: “Abba, Padre.” Tal es el privilegio de todos los hijos de Dios, sin el cual jamás podremos estar seguros de que somos sus hijos, ni conservar nuestra tranquilidad de espíritu ni evitar las dudas y temores que nos causan perplejidad. Empero, una vez recibido el Espíritu de adopción, esta “paz que sobrepuja todo entendimiento,” que destruye toda pena, duda y temor, guarda “nuestros corazones y mentes en Cristo Jesús.” Cuan­do ese Espíritu ha producido en nosotros el fruto genuino y toda santidad interior y exterior, se hace evidente que la vo­luntad de aquel que nos llama, es darnos siempre lo que una vez le plugo conceder; de manera que no hay la menor ne­cesidad de que jamás nos falte el testimonio del Espíritu de Dios o el de nuestro propio espíritu: la conciencia de que an­damos en toda justicia y santidad.

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 SERMON 11 - John Wesley

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Matthew Henry