" Los Isrealitas atravesaron el Jordan y se establecieron en la tierra prometida en su ultimo campamento (Campamento No. 42) al final del exodo , lo cual nos indica simbolicamente la libertad y conquista a la que esta llamada la iglesia al salir de la religión a una vida de libertad, en una relación directa, vital y real con Cristo Jesús; Cristo es símbolo de la tierra promedita y la herencia de los hijos de Dios.

La santidad es la obra del Espíritu Santo en nosotros, separándonos del amor del mundo. La santidad es un cambio de naturaleza desde dentro como resultado de la obra de Dios en nosotros. No es lo que hacemos externamente, sino quienes somos por dentro, lo que importa a Dios.

27 de julio de 2012

LA CIRCUNCISION DEL CORAZON


John Wesley

La circuncisión es la del corazón, en espíritu, no en letra (Romanos 2:29).

1.    Triste es la aserción hecha por un hombre excelente, de que quien predica hoy día los deberes más esenciales del cristianismo corre el peligro de que la mayor parte de sus oyentes lo consideren como un predicador de nuevas doctri­nas. La mayoría de los hombres han gastado de tal manera al vivir la sustancia de la religión, si bien aún profesan re­tenerla, que tan luego se les proponen algunas de las verda­des que acentúan la diferencia entre el espíritu de Cristo y el espíritu del mundo, exclaman inmediatamente: Pones en nues­tros oídos unas nuevas cosas; queremos, pues, saber qué quie­re ser esto, si bien sólo se nos predique a Jesús y a la resu­rrección. La necesaria consecuencia es: Si Cristo ha resucita­do, vosotros también debéis morir para el mundo y vivir entera­mente para Dios.

2.    Palabra dura es esta para el hombre natural que só­lo vive en el mundo y está muerto para Dios; respecto de la cual no se le puede persuadir fácilmente a que reciba como la verdad de Dios, a no ser que modifique la interpretación de tal modo que no quede nada de su uso o significado. No per­cibe las palabras del Espíritu de Dios en su sentido simple y obvio; “le son locura;” y, a la verdad, no las puede entender, porque se han de examinar espiritualmente. Sólo se pueden percibir por medio de ese sentido espiritual que aún no se ha despertado en él, y debido a cuya falta tiene que rechazar lo que es a la vez sabiduría y poder de Dios, como si fuera vana creación de la mente humana.

3.   “La circuncisión es la del corazón, en espíritu, no en letra.” Es señal distintiva del verdadero discípulo de Cris­to, de uno que ya ha sido aceptado por Dios, —no la circun­cisión exterior, el bautismo, ni cualquiera otra forma externa, sino el estado recto del alma, una mente y un espíritu renovados conforme a la imagen de Aquel que los creó. Es una de aquellas verdades importantes que no se pueden exa­minar sino espiritualmente. Lo que el Apóstol mismo indica en las palabras que siguen inmediatamente: La alabanza del cual no viene de los hombres, sino de Dios—como si hubiera dicho: “No esperes, tú que sigues al Maestro, quienquiera que seas, que el mundo, los hombres que no lo siguen, digan: Bien hecho, buen siervo y fiel. Sabe, pues, que la circuncisión de tu corazón, el sello de tu llamamiento, es locura para con el mundo. Confórmate con esperar hasta el día cuando el Señor ha de aparecer, para recibir su aprobación; en ese día recibi­rás la alabanza de Dios en la gran asamblea de los hombres y de los ángeles.”

Me propongo, en primer lugar, investigar minuciosamen­te en qué consiste esta circuncisión del corazón, y en segun­do, mencionar ciertas reflexiones que resultan naturalmente de dicha investigación.

I.     1. Debo, primeramente, investigar en qué consiste esa circuncisión del corazón que ha de recibir la alabanza de Dios. Haremos observar en general, qué es la disposición habitual del alma, llamada en la Sagrada Escritura santidad. Qué significa literalmente estar limpio del pecado: “de toda inmundicia de carne y de espíritu;” y por consiguiente, estar dotado de todas las virtudes que tenía también Jesucristo; estar renovados en el espíritu de nuestra mente, hasta ser perfectos como nuestro Padre que está en el cielo es perfecto.

2.    Entrando en pormenores, la circuncisión del corazón significa humildad, fe, esperanza y caridad. La humildad, un juicio recto de nosotros mismos, extirpa de nuestra mente esos conceptos elevados de nuestras propias perfecciones; esa opinión falsa respecto de nuestras habilidades y conocimien­tos que son los frutos genuinos de una naturaleza corrompida. Destruye por completo aquel pensamiento vano: “Yo soy rico, y estoy enriquecido, y no tengo necesidad de ninguna cosa,” y nos convence de que no somos por naturaleza, sino cuitados, y miserables, y pobres, y ciegos, y desnudos. Nos persuade de que en nuestra mejor condición, por nosotros mismos, no somos sino pecado y vanidad; que la confusión, la igno­rancia y el error reinan en nuestro entendimiento; que pasio­nes irracionales, terrenales, sensuales y diabólicas usurpan la autoridad de nuestra buena voluntad. En una palabra: que no hay parte sana de nuestra alma; que las bases de nuestra naturaleza están torcidas.

3.    Al mismo tiempo, estamos convencidos de que por nosotros mismos nada podemos hacer en nuestro favor. Que sin el Espíritu de Dios sólo podemos añadir pecado a pecado.

Que únicamente El es quien obra en nosotros con su omnipo­tencia para que deseemos o hagamos lo bueno, siendo para nosotros tan imposible, sin la ayuda sobrenatural de su Es­píritu, aun tener un solo buen pensamiento, como sería el crearnos a nosotros mismos a renovar nuestra alma toda en justicia y verdadera santidad.

4.    Uno de los resultados seguros de haber formado este juicio recto respecto de lo pecaminosa y desamparada que es nuestra naturaleza, es el desprecio de la alabanza que vie­ne de los hombres, y que, por lo general, se rinde con motivo de alguna supuesta excelente cualidad en nosotros. Quien se conoce a sí mismo, no desea ni aprecia el aplauso que sabe no merece. Por consiguiente, tiene en muy poco el ser juz­gado de cualquier juicio humano. Tiene bastante razón, al comparar lo que se dice en pro o en contra suya con lo que siente en su corazón, de llamar al mundo lo mismo que al dios de este mundo, mentiroso desde el principio. Y aun con respecto de aquellos que no son de este mundo, si bien de­searía que mediante la voluntad de Dios le reconociesen como uno que trata de ser mayordomo fiel de los bienes de su Señor, puesto que tal vez de este modo se convierta en un medio de utilidad para sus consiervos. Sin embargo, como es­te es el motivo que le hace desear su aprobación, no descansa en él en ninguna forma, puesto que está seguro de que Dios puede hacer todo lo que quiere, y que nunca le faltan instru­mentos por cuanto tiene el poder de levantar aun de las mis­mas piedras siervos que hagan su voluntad.

5.    Esta es la humildad de espíritu que han aprendido de Cristo los que siguen su ejemplo y caminan en sus pasos. Es­te conocimiento de su enfermedad, por medio del cual se la­van más y más del orgullo y la vanidad, que son una parte de dicha enfermedad, los induce a buscar de buena gana la se­gunda cualidad que la circuncisión del corazón incluye: esa fe que es la única que puede sanarlos por completo; la me­dicina dada del cielo para curar sus enfermedades.

6.    El mejor guía de los ciegos, la luz más segura para los que yacen en las tinieblas, el maestro más perfecto de los ignorantes, es la fe. Tal fe que sea poderosa en Dios para la destrucción de fortalezas; que destruya todos los prejuicios de una razón corrompida, todas las máximas falsas que tie­nen los hombres, todo mal hábito y toda altura, que se levanta contra la ciencia de Dios, y cautiva todo intento “a la obedien­cia de Cristo.”

7.    Todas las cosas son posibles para el que de esta ma­nera cree. Estando alumbrados los ojos de su entendimiento, ve su vocación aun de glorificar a Dios, quien lo ha rescatado a tan alto precio en cuerpo y en espíritu—los que ahora per­tenecen a Dios no sólo por razón de su creación, sino tam­bién por su redención. Siente la “supereminente grandeza” del poder de Aquel que, habiendo levantado a Cristo de entre los muertos, puede también “vivificarnos” de la muerte del pe­cado, “por su Espíritu que mora en nosotros.” “Esta es la vic­toria que vence al mundo, nuestra fe.” Esa fe que no sólo es el asentimiento firme a todo lo que Dios ha revelado en la Sa­grada Escritura, y especialmente que “Jesucristo vino al mun­do a salvar a los pecadores;” “el cual mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero;” quien es “la propicia­ción por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo,”[2] sino al mismo tiempo a las revelaciones de Cristo en nuestros corazones; la eviden­cia divina de la persuasión de su amor, su amor inmerecido y abundante hacia mí, pecador; una segura confianza en su mi­sericordia que perdona, grabada en nosotros por obra del Es­píritu Santo; la certeza, por medio de la cual todo verdadero creyente puede dar testimonio y decir: “Yo sé que mi Reden­tor vive,” que tengo un abogado para con el Padre, y que Jesucristo el justo, es la propiciación por mis pecados. Sé que me amó y se dio a sí mismo por mí. Me ha reconciliado, aun a mí mismo, con Dios, y tengo “redención por su sangre, la remisión de pecados.”

8.    Semejante fe no puede menos que mostrar evidente­mente el poder de Aquel que la inspira, librando a sus criatu­ras del yugo del pecado y limpiando sus conciencias de las obras de muerte; fortaleciéndolas de tal manera, que ya no se sienten constreñidas a obedecer al pecado y sus deseos, sino que, en lugar de presentar sus cuerpos al pecado “por instru­mentos de iniquidad,” ahora se presentan únicamente a Dios “como vivos de los muertos.”

9.    Los que por medio de esta fe han nacido de Dios, en­cuentran asimismo gran consuelo en la esperanza. Este es el segundo resultado que la circuncisión del corazón incluye: el testimonio de su espíritu que testifica en sus corazones con el Espíritu de que son hijos de Dios. En verdad, el mismo Es­píritu es quien produce en ellos esa plena y grata confianza de que su corazón está bien con Dios; esa buena seguridad de que ahora llevan a cabo, por medio de su gracia, aquello que es aceptable en su presencia; que se encuentran en el ca­mino que conduce a la vida, y que por la misericordia de Dios, llegarán hasta su fin. Él es quien los hace regocijarse con la esperanza de que recibirán de Dios toda buena dádiva; con la gozosa anticipación de recibir esa corona de gloria que les es­tá reservada en el cielo.

Con esta ancla puede el cristiano permanecer firme en medio de las tormentas de este tempestuoso mundo, y ser li­brado de estrellarse en contra de esas rocas fatales: la presun­ción y la desesperación. No le desanima el concepto falso de la severidad de Dios, ni, por otra parte, menosprecia las ri­quezas de su benignidad. No se figura que las dificultades de la carrera que se le propone sean superiores a las fuerzas que tiene para vencer, ni tampoco que sean tan pequeñas que pue­da dominarlas, sino hasta después de haber ejercitado todo su poder. Al mismo tiempo que le asegura la experiencia obtenida en la lucha del cristiano—que su “trabajo no es en vano”—si todo lo que le viniere a la mano hacer, lo hace se­gún sus fuerzas—le prohíbe acariciar el pensamiento vano de que puede aprovechar de otra manera; de que los corazo­nes que desmayan y las manos débiles puedan mostrar al­guna virtud ni obtener alabanza alguna, y que ninguno pue­da conseguir esto si no sigue el mismo camino que el gran apóstol de los gentiles. “Así que yo,” dice, “de esta manera corro, no como a cosa incierta; de esta manera peleo, no co­mo quien hiere al aire; antes hiero mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre; no sea que, habiendo predicado a otros, yo mis­mo venga a ser reprobado.”

10.  Por medio de esta misma disciplina debe todo buen soldado de Cristo acostumbrarse a sufrir trabajos. Confir­mado y fortalecido, podrá no sólo renunciar a las obras de las tinieblas, sino también a todos los apetitos, todas las afec­ciones que no están sujetas a la ley de Dios. Porque, como dice Juan: “Cualquiera que tiene esta esperanza en él, se purifica como él también es limpio.” Por la gracia de Dios y la sangre del Pacto, diariamente procura limpiar lo más recóndito de su alma de la lujuria que antes le poseía y man­chaba; de la impureza, la envidia, la malicia y la ira; de to­da pasión y temperamento que tienen por objeto la carne, y que emanan o se alimentan de su corrupción natural. Medita asimismo en el deber que tiene todo aquel cuyo cuerpo es templo del Espíritu Santo, de no admitir en él nada que sea común o inmundo, y que la santidad conviene siempre a la habitación donde al Espíritu de santidad le ha placido morar.

11.  Empero, una cosa te falta a ti, quienquiera que seas, quien a una humildad profunda y una fe firme, has unido una esperanza viva, y, por consiguiente, has limpiado tu corazón en gran medida de su depravación innata. Si quieres ser perfecto, añade a todo esto la caridad y el amor, y tendrás la circuncisión del corazón. “El cumplimiento de la ley es la caridad,” el fin del mandamiento. Cosas excelentes se di­cen del amor: es la esencia, el espíritu, la fuente de toda vir­tud. Es no solamente el primero y mayor mandamiento, sino el resumen de todos los mandamientos en uno solo. “Todo lo que es justo, todo lo puro, todo lo amable,” u honorable; “si hay virtud alguna, si alguna alabanza,” todo se comprende en esta palabra: amor. En esto consiste la perfección, la gloria, la felicidad. La ley sublime del cielo y de la tierra es esta: “Amarás al Señor tu Dios, de todo tu corazón, y de toda tu alma, y de todo tu entendimiento, y de todas tus fuerzas.”

12.  Esto no nos prohíbe amar a ninguna otra persona además de Dios. Quiere decir que debemos amar también a nuestros prójimos. No nos evita como algunos se han ima­ginado— ¡cosa extraña!—que nos complazcamos en cualquier otro objeto. El suponer tal cosa, sería creer que la fuente de toda santidad es el propio autor del pecado, puesto que ha per­mitido que encontremos placer en el uso de aquellas cosas que son necesarias para la conservación de la vida que El nos ha dado. Este no puede ser, por lo tanto, el verdadero sentido de su mandamiento, cuyo significado no podemos dejar de en­tender, puesto que tanto nuestro bendito Salvador como sus apóstoles nos lo dicen con frecuencia y claridad. Todos a una voz dan testimonio de que el verdadero sentido de estas di­versas declaraciones (“Yo soy Jehová tu Dios;” “No tendrás dioses ajenos delante de mí;” “Amarás al Señor tu Dios, de todas tus fuerzas;” “A Jehová vuestro Dios, os allegaréis;” respecto de su nombre será “el deseo de tu alma”), es el si­guiente: El Dios único y perfecto será vuestro exclusivo y último deseo. Una cosa habréis de desear por amor de El: la fruición de Aquel que es todo en todo. La felicidad que debéis procurar para vuestras almas, es la unión con Aquel que las creó; “comunión verdaderamente con el Padre y con su Hijo Jesucristo;” el estar unido al Señor en un espíritu. El desig­nio que debéis tener hasta el fin del tiempo, es gozar de Dios en este tiempo y por toda la eternidad. Desead otras cosas siempre que tiendan a este fin; amad a la criatura que os guíe al Cordero, pero, en todo lo que hagáis, sea este el punto glo­rioso de vuestra perspectiva: que todos vuestros pensamien­tos, afecciones, palabras y obras se subordinen a este fin. Todo lo que queráis o temáis; todo lo que procuréis obtener o de­seáis evitar; todo lo que pensáis o habléis o hagáis, que sea con el fin de encontrar vuestra felicidad en Dios, el único fin y la única fuente de vuestro ser.

13.  No tengáis ningún propósito final, sino Dios. “Una cosa es necesaria,” y si tu vista se fija solamente en esto, “to­do tu cuerpo será luminoso.” Así dice Pablo: “Prosigo al blan­co, al premio de la soberana vocación de Dios en Cristo Je­sús.”

Santiago: “Pecadores, limpiad las manos; y vosotros de doblado ánimo, purificad los corazones.” Juan: “No amáis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Porque todo lo que hay en el mundo: la concupiscencia de la carne, y la concupiscencia de los ojos, y la soberbia de la vida, no es del Padre; mas es del mundo.” El buscar la felicidad en aquello que satisface los deseos de la carne, causando una sensación agradable en los sentidos materiales; el deseo del ojo o de la imaginación, por su novedad, grandeza y belleza; o la so­berbia de la vida, ya sea por medio de la pompa, grandeza, poder o sus consecuencias naturales—el aplauso y la admira­ción—”no son del Padre,” no proceden ni merecen la aproba­ción del Padre de los espíritus, sino “del mundo.” Es la señal característica de aquellos que no quieren que El reine so­bre ellos.

II.   1. Hemos, pues, investigado cuidadosamente cuál sea la circuncisión del corazón que ha de merecer la alabanza de Dios. Paso, en segundo lugar, a mencionar algunas refle­xiones que naturalmente se desprenden de dicha investiga­ción, como una norma clara, por medio de las cuales el hom­bre puede discernir si pertenece al mundo o a Dios.

Y desde luego, deducimos de lo que ya se ha dicho, que ningún hombre tiene derecho a recibir la alabanza de Dios, a no ser que su corazón esté circuncidado por la humildad; a no ser que sea pequeño, bajo y vil en sus propios ojos; a me­nos que no esté profundamente convencido de esa innata co­rrupción de su naturaleza, por la cual dista muchísimo de la justicia original, y se opone, por lo tanto, a todo lo bueno, se inclina a todo lo malo, corrompido y abominable, tenien­do “la intención de la carne, que es enemistad contra Dios; porque no se sujeta a la ley de Dios, ni tampoco puede;” a no ser que sienta constantemente en lo más íntimo de su cora­zón, que sin la ayuda del Espíritu de Dios no puede pensar, desear, hablar, ni hacer nada que sea bueno o agradable en su presencia.

Ningún hombre, repito, tiene derecho a la alabanza de Dios, sino hasta que siente su necesidad de Dios; hasta que busca esa “honra que viene de Dios” solamente, y no desea ni busca la que viene del hombre, a no ser que tienda al fin anterior.

2.    Otra verdad que se deduce naturalmente de lo que llevamos expuesto, es que nadie recibirá la honra que viene de Dios a no ser que su corazón esté circuncidado por la fe; por esa fe de la operación de Dios. A menos que, rehusándose a ser guiado por sus sentidos, apetitos o pasiones, o aun por ese guía ciego de los ciegos, tan idolatrado del mundo, la ra­zón natural, viva y ande en la fe; dirija todos sus pasos “co­mo viendo al Invisible.” Que no vea a las cosas que se ven que son temporales, mas a las que no se ven, que son eternas, y go­bierne todos sus deseos, planes y pensamientos, sus hechos y conversaciones, como quien ha entrado a la otra parte del velo, donde Jesucristo está sentado a la diestra de Dios.

3.    Ojalá conociesen mejor esta fe los que emplean su tiempo y esfuerzos en echar otras bases en lugar de discurrir sobre la idoneidad eterna de las cosas, la excelencia intrín­seca de la virtud y lo bello de las acciones que inspira, las razones, así llamadas, del bien y del mal, y las relaciones mu­tuas que deben existir entre un ser y otro. Estas opiniones respecto de las bases del deber cristiano coinciden o no con las de la Sagrada Escritura. Si están en armonía, ¿por qué razón se confunde a personas bien intencionadas, separán­dolas de los asuntos más importantes de la ley, con una pro­fusión de términos extraños que no sirven sino para obscure­cer las doctrinas más sencillas? Si no lo están, entonces se de­be investigar quién sea el autor de esta doctrina; si acaso es un ángel del cielo que predica otro Evangelio diferente del de Jesucristo. Si lo fuere, Dios mismo ha pronunciado su sen­tencia y no nosotros: “Sea anatema.”

4.    De la misma manera que nuestro Evangelio no re­conoce ninguna otra base de las buenas obras, sino la fe, ni de la fe, sino Cristo; nos enseña muy claramente que no so­mos sus discípulos mientras neguemos que El es el Autor de nuestra fe y obras, o que su Espíritu es quien las inspira y per­fecciona. “Si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, el tal no es de él.” Sólo El puede revivir a los que están muertos para con Dios; puede inspirar en ellos el aliento de la vida cristiana y prevenirlos, acompañarlos y seguirlos con su gracia, de tal manera que sus buenos deseos se realicen. “Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, los tales son hijos de Dios.” Esta es la definición corta y sencilla que Dios da de la reli­gión y de la virtud y “nadie puede poner otro fundamento.”

5.    De lo que se ha dicho, podemos deducir, en tercer lu­gar, que ningún hombre está verdaderamente “guiado por el Espíritu,” a no ser que ese Espíritu dé testimonio a su espí­ritu de que es hijo de Dios; a menos que no vea delante el premio y la corona, y se regocije “en la esperanza de la gloria de Dios.”

¡En qué gran error han caído los que han enseña­do que al servir a Dios no debemos buscar nuestra felicidad! Por el contrario, Dios nos enseña con frecuencia y expresa­mente que debemos mirar a la remuneración, para equilibrar los trabajos con el gozo que nos ha sido propuesto; es­tas leves tribulaciones con el alto y eterno peso de gloria. Más aún, “somos ‘extranjeros a los pactos de la promesa,” y estamos “sin Dios en el mundo,” hasta que el Señor, según su grande misericordia, nos regenere en esperanza viva, de una herencia incorruptible y que no puede “contaminarse ni marchitarse.”

6.   Empero, si estas cosas son así, ya es tiempo de que obren con toda fidelidad respecto de sus almas los que están tan lejos de encontrar en sí mismos esa gozosa seguridad de que llenan los requisitos, y de que han de obtener las pro­mesas de ese pacto; que riñen con ese mismo pacto y blas­feman de sus condiciones; que se quejan, diciendo que son muy severas, y que no ha habido ni habrá ningún hombre que pueda vivir conforme a ellas. ¿Qué es esto, sino reprochar a Dios como si fuera un Señor duro, que exige de sus siervos más de lo que pueden llevar a cabo, según las fuerzas que El les da; como si se burlara de las criaturas débiles que El mismo creó, pidiéndoles que hagan imposibles, mandándoles ven­cer cuando ni sus propias fuerzas ni su gracia les basta?

7.    Casi podrán persuadir estos blasfemos a aquellos que se creen sin culpa, quienes, yendo al extremo contrario, es­peran cumplir con los mandamientos de Dios sin hacer nin­gún esfuerzo. ¡Vana esperanza la de que el hijo de Adán es­pere ver el reino de Cristo y de Dios sin esforzarse, sin ago­nizar por entrar por la puerta estrecha! Que uno que ha sido concebido y nacido en pecado y cuyas entrañas son praveda­des, pueda concebir la idea de ser “purificado como su Señor es puro,” sin andar en sus pasos y tomar diariamente “su cruz;” sin cortarse la mano derecha, ni sacarse el ojo derecho y echar­lo de sí. Que se imagina poder sacudir sus antiguas opiniones, pasiones y temperamento; ser santificado por completo en espíritu, alma y cuerpo, sin hacer esfuerzos constantes, con­tinuos y generales, por negarse a sí mismo.

8.    ¿Qué otra cosa menos podemos inferir de las pala­bras ya citadas de Pablo, quien, viviendo “en flaquezas, en afrentas, en persecuciones, en angustias” por Cristo; estan­do lleno de señales y prodigios y maravillas; habiendo sido arrebatado hasta el tercer cielo, sin embargo, no confiaba en todas sus virtudes, y aun temía que su salvación peligrase si no se negaba a sí mismo constantemente? “Así que yo de esta manera corro,” dice, “no como a cosa incierta; de esta manera peleo, no como quien hiere al aire;” con lo que claramente enseña que quien no corre así, quien no se niega a sí mismo diariamente, corre de una manera incierta y pelea con tan poco éxito como quien "hiere al aire.”

9.    Cosa inútil es el hablar de haber “peleado la buena batalla de la fe,” y vana es la esperanza de obtener la corona incorruptible, para aquel cuyo corazón no está circuncidado por el amor, como podemos, por último, inferir de las obser­vaciones anteriores. El amor que destruye la lujuria de la carne, la codicia del ojo y la soberbia de la vida, haciendo que el hombre todo—cuerpo, alma y espíritu—se ocupe con ardor en la prosecución de ese fin, es tan esencial a los hijos de Dios, que sin él cualquiera que vive es reputado como muer­to delante de El. “Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo caridad, vengo a ser como metal que resuena, o címbalo que retiñe. Y si tuviese profecía, y entendiese todos los misterios, y toda ciencia; y si tuviese toda la fe, de tal manera que traspasase los montes, y no tengo caridad, nada soy.” Más aún: “Si repartiese toda mi hacienda para dar de comer a pobres; y si entregase mi cuerpo para ser quema­do, y no tengo caridad, de nada me sirve.”

10.  Aquí, pues, está el sumario de la ley perfecta: esta es la verdadera circuncisión del corazón—que el espíritu vuelva a Dios que lo dio, con todos sus diversos afectos. Corran otra vez todos los ríos hacia el lugar de donde fluyen. No quie­re otros sacrificios de nuestra parte, sino el sacrificio vivo del corazón que ha escogido. Que se ofrezca constantemente a Dios por medio de Jesucristo, y en las llamas de un amor puro. Que ninguna criatura participe de ese amor, porque El es un Dios celoso, y no divide su trono con nadie; reina sin rival ninguno. Que ningún deseo, ningún designio que no lo tenga a El por su último fin, se aliente allí. De esta manera vi­vieron aquellos hijos de Dios, quienes, estando muertos, aún nos dicen: “No deseéis la vida, sino para alabarle.” Que to­dos vuestros pensamientos, palabras y hechos tiendan a glo­rificarle. Entregadle por completo vuestro corazón, y no de­seéis sino lo que existe en El y de El procede. Llenad vuestro corazón de su amor de tal manera que no améis nada sino por amor de El. Tened siempre una intención pura de co­razón, y procurad su gloria en todas y cada una de vuestras obras. Fijad vuestra vista en la bendita esperanza de vuestro llamamiento, y procurad que todas las cosas del mundo la ali­menten; porque entonces, y sólo entonces, habrá en vosotros “este sentir que hubo también en Cristo Jesús;” cuando en todos los movimientos de nuestros corazones, en todas las palabras de nuestros labios, en todas las obras de nuestras manos no haremos nada sin pensar en El ni someternos a sus deseos.

Cuando no pensaremos, hablaremos ni obraremos para hacer nuestra voluntad, sino la voluntad de Aquel que nos ha enviado. Cuando ya sea que comamos, bebamos o hagamos otra cosa, lo haremos todo para la gloria de Dios.

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 SERMON17 - John Wesley

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Matthew Henry