" Los Isrealitas atravesaron el Jordan y se establecieron en la tierra prometida en su ultimo campamento (Campamento No. 42) al final del exodo , lo cual nos indica simbolicamente la libertad y conquista a la que esta llamada la iglesia al salir de la religión a una vida de libertad, en una relación directa, vital y real con Cristo Jesús; Cristo es símbolo de la tierra promedita y la herencia de los hijos de Dios.

La santidad es la obra del Espíritu Santo en nosotros, separándonos del amor del mundo. La santidad es un cambio de naturaleza desde dentro como resultado de la obra de Dios en nosotros. No es lo que hacemos externamente, sino quienes somos por dentro, lo que importa a Dios.

5 de septiembre de 2012

SOBRE EL SERMON DE NUESTRO SEÑOR EN LA MONTAÑA (IV)


John Wesley

Vosotros sois la sal de la tierra; y si la sal se desvane­ciere, ¿con qué será saluda? No vale más para nada; sino pa­ra ser echada fuera y hollada de los hombres. Vosotros sois la luz del mundo: una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder. Ni se enciende una lámpara, y se pone debajo de un almud, mas sobre el candelero; y alumbra a todos los que están en casa. Así alumbre vuestra luz delante de los hom­bres, para que vean vuestras obras buenas, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos. (Mateo 5: 13-16).

1.     La belleza de la santidad, de ese hombre interior que está cambiado según la imagen de Dios, no puede menos que llamar la atención de todos los hombres, de toda persona ilus­trada. Un espíritu manso, humilde y amante, merecerá cuando menos la aprobación de todos aquellos que son capaces en algún grado, de discernir entre el bien y el mal espiritual. Des­de el momento en que los hombres empiezan a salir de las ti­nieblas que cubren el mundo voluble y descuidado, no pueden menos que percibir lo deseable que es el ser transformados a la semejanza de aquel que nos ha criado. Esta religión in­terior lleva la semejanza de Dios tan claramente impresa so­bre sí, que el alma que puede dudar de su origen divino debe de estar por completo sumergida en las cosas materiales. Po­demos decir de esto, en un sentido secundario—aun como del mismo Hijo de Dios—que es “el resplandor de su gloria y la misma imagen de su sustancia”—los rayos de su eterna gloria, y sin embargo, tan templada y suave que aun los hijos de los hombres pueden ver a Dios en ella y vivir. Esta gloria eterna es el carácter, el sello, la impresión viva de su Persona, quien es la fuente de la belleza y el amor, el manantial donde tienen origen toda excelencia y perfección.

2.     Si, por consiguiente, la religión no fuese más allá, los hombres no podrían tener duda, ni la menor objeción en seguirla con todo el fervor de su alma. “Pero, ¿por qué” dicen, “tiene tantos estorbos? ¿Qué necesidad hay de llenarla de obras y de sufrimiento? Esto es lo que enfría el vigor del alma y la postra en tierra otra vez. ¿No basta seguir la cari­dad, elevarse en alas del amor? ¿No basta adorar a Dios que es espíritu en el espíritu de nuestra mente, sin abrumarnos con cosas exteriores, ni pensar en ellas en lo absoluto? ¿No es mejor que toda nuestra inteligencia se absorba en elevada y celestial contemplación, y que en lugar de ocuparnos en cosas exteriores sólo tengamos comunión, con Dios en nues­tros corazones?”

3.     Muchos hombres eminentes se han expresado de es­ta manera. Nos han aconsejado que dejemos de hacer toda obra exterior; que nos retiremos por completo del mundo; que abandonemos el cuerpo; que nos abstraigamos de todas las cosas que los sentidos perciben; que no tengamos el me­nor cuidado respecto de la religión exterior, sino que obremos toda virtud en la voluntad como la mejor manera de per­feccionar el alma, y al mismo tiempo, la más aceptable para con Dios.

4.     No hubo necesidad de que alguien hablase a nuestro Señor de esta obra maestra de la sabiduría de las regiones in­feriores; de esta, la traba más engañosa con que Satanás ha pervertido los caminos rectos del Señor. Y ¡qué instrumen­tos ha encontrado de cuando en cuando, para usar en su ser­vicio; para manejar esta gran máquina del infierno en contra de las verdades más importantes de Dios! Hombres listos a engañar, “si fuera posible, aun a los electos,” a los hombres de fe y amor. Más aún, que por algún tiempo han engañado y descarriado a un gran número de ellos, quienes en todas las épocas han caído en la trampa dorada y apenas han podido sal­var su pellejo.

5.     Pero, ¿no ha cumplido Dios por su parte? ¿No nos ha amonestado lo suficiente en contra de este plausible en­gaño? ¿No nos ha puesto la armadura a toda prueba en con­tra de Satanás, que “se transfigura en ángel de luz”? Indu­dablemente que sí. Defiende aquí de la manera más positiva y clara, la religión activa y pacífica que acaba de describirse. ¿Qué cosa más evidente puede darse que las palabras que in­mediatamente añade a lo que ha dicho respecto de las obras y el sufrimiento? “Vosotros sois la sal de la tierra; y si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada? No vale más para na­da, sino para ser echada fuera y hollada de los hombres. Vos­otros sois la luz del mundo: una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder. Ni se enciende una lámpara, y se pone debajo de un almud, mas sobre el candelero; y alum­bra a todos los que están en casa. Así alumbre vuestra luz de­lante de los hombres, para que vean vuestras obras buenas, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.”

 

A fin de explicar y robustecer estas importantes palabras, procuraré, en primer lugar, demostrar que el cristianismo es esencialmente una religión social, y que el pretender hacer­la solitaria es destruirla. En segundo lugar, que el ocultar esta religión es tan imposible como contrario al designio de su autor. Y en tercer lugar contestar algunas objeciones, y concluir con una explicación práctica.

I.     1. Primeramente procuraré demostrar que el cris­tianismo es una religión esencialmente social y que tra­tar de hacerla solitaria es destruirla. Con la palabra cristia­nismo quiero decir: ese método de adorar a Dios que Jesu­cristo reveló al hombre. Cuando digo que esta es una reli­gión esencialmente social, quiero decir no sólo que no pue­de florecer, sino que de ninguna manera puede existir sin la sociedad, sin vivir y mezclarse con los hombres. Al tratar de demostrar esto, he de procurar limitarme a las consideracio­nes que se desprenden del discurso que estamos examinando, y si esto quedare demostrado, naturalmente se seguirá que hacer la religión solitaria, es destruirla.

De ninguna manera podemos condenar los intervalos de soledad o de retraimiento de la sociedad. Esto es no sólo per­misible, sino deseable; más aún, es necesario, como lo demues­tra la experiencia, para todo aquel que ya es un verdadero cristiano o que desea serlo. No podemos pasar un día entero en trato constante con los hombres sin sufrir alguna pérdida en nuestra alma y sin contristar hasta cierto punto al Espí­ritu Santo. Necesitamos retirarnos diariamente del mundo, al menos por la mañana y por la tarde, a conversar con Dios—a tener una comunión más íntima con nuestro Padre que está en secreto. Ningún hombre de experiencia puede desaprobar esos períodos largos de retiro religioso, siempre que no oca­sionen la falta de cumplimiento en el trabajo o la vocación que la providencia de Dios nos haya señalado.

2.     Sin embargo, semejante retiro no debe absorber to­do nuestro tiempo, puesto que eso sería destruir en lugar de procurar el adelanto de la verdadera religión. Porque el que la religión que nuestro Señor describe en las palabras ya ci­tadas, no puede existir sin la sociedad, sin que vivamos y conversemos con los hombres, se deduce de esto: que varias de sus virtudes más esenciales no pueden existir sin trato con el mundo.

3.     Por ejemplo, ninguna disposición de ánimo es tan esencial en el cristianismo como la mansedumbre. Ahora bien, si puede existir en el desierto, en la celda del ermitaño, en completa soledad, puesto que significa resignación con la vo­luntad de Dios, paciencia en el dolor y las enfermedades; sin embargo, como también incluye la afabilidad, la cortesía y la paciencia, no puede existir sobre la tierra sin el trato con los demás hombres. De manera que procurar hacerla solitaria, es destruirla de sobre la faz del mundo.

4.     Otra de las gracias importantes del cristianismo es pro­curar hacer la paz o el bien. Para probar que esta es tan esen­cial como cualquiera de las otras virtudes de la religión de Je­sucristo, no hay mejor argumento—y sería un absurdo bus­car cualquiera otro—que el hecho de que está incluida en el plan original que El echó como la base de su religión. Por consiguiente, hacer a un lado esta virtud sería atreverse a des­conocer la autoridad del Gran Maestro, lo mismo que si hicié­semos a un lado la misericordia, la pureza de corazón o cual­quiera otra rama de su institución. Aparentemente, aquellos que nos llaman al desierto, que recomiendan la completa so­ledad a los niños, los jóvenes, o los padres en Cristo, hacen a un lado esta virtud. Porque, ¿quién podrá afirmar que un cristiano que se retira a la soledad (lo cual parece una con­tradicción de palabras: cristiano solitario), puede ser un hombre misericordioso, es decir: uno que aprovecha todas las oportunidades que se presentan de hacer bien a todos los hom­bres? ¿Qué cosa puede ser más clara, que el hecho de que esta gracia fundamental de la religión de Jesucristo no puede existir sin la sociedad, sin vivir y conversar con los demás hombres?

5.     “Pero ¿no basta, a pesar de todo esto,” dirán natu­ralmente algunos, “conversar sólo con hombres buenos, con los que sabemos son mansos y misericordiosos, puros de co­razón y de vida santa? ¿No es mejor evitar cualquiera con­versación o trato con hombres de carácter opuesto, hombres que no obedecen, que tal vez no crean el Evangelio de nues­tro Señor Jesucristo?” El consejo que Pablo dio a los cris­tianos de Corinto parece sostener esta opinión: “Os he es­crito por carta que no os envolváis con los fornicarios” (I Co­rintios 5:9); y a la verdad que no es deseable su sociedad hasta el grado de tener familiaridad o amistad especial con ellos, ni la amistad de los que obran la iniquidad. No debe el cris­tiano entrar ni continuar con los tales porque se expone a muchos peligros y asechanzas, de los cuales no podrá tener es­peranza de escapar fácilmente.

Empero, el apóstol no nos prohíbe tener tratos con los hombres que no conocen a Dios: “Pues en tal caso,” añade, “os sería necesario salir del mundo,” lo cual no podría acon­sejarles nunca. Y después dice: “Si alguno llamándose her­mano,” que profesa ser cristiano, “fuere fornicario, o avaro, o idólatra, o maldiciente, o borracho, o ladrón” (I Corintios 5:11); ahora “os he escrito...que no os envolváis...con el tal ni aun comáis.”

Esto significa necesariamente que debe concluir toda familiaridad, intimidad o amistad con él. “Mas no lo tengáis como a enemigo,” dice el apóstol en otro lu­gar, “sino amonestadle como hermano” (II Tesalonicenses 3:15), demostrando claramente que, aun en tal caso, no debemos evitar toda clase de trato con él. De manera que no existe el consejo de que nos separemos por completo de los hombres malos. Estas palabras nos enseñan todo lo contrario.

6.     Mucho más nos lo enseñan las palabras de nuestro Señor, quien tan lejos está de aconsejarnos que abandone­mos todo trato con el mundo, que sin dicho trato, según su descripción del cristianismo, no se puede ser cristiano. Muy fácil sería demostrar que cierto trato con hombres malos e impuros es absolutamente necesario a fin de ejercitar todas las disposiciones de la mente que ha descrito como esenciales para el camino del reino; que es absolutamente necesario pa­ra ejercitar por completo la pobreza de espíritu, para llorar y para desarrollar todas las virtudes que pertenecen a la ver­dadera religión de Jesucristo. Más aún, dicho trato es nece­sario para la existencia misma de algunas de esas virtudes: de la mansedumbre, por ejemplo, que en lugar de exigir “ojo por ojo, y diente por diente,” no resiste al mal, sino que por el contrario, cuando nos hieren “en la mejilla derecha,” nos impulsa a volver también la otra; de la misericordia, por me­dio de la cual amamos a nuestros enemigos, los bendecimos y no los maldecimos, hacemos bien a los que nos aborrecen y ora­mos por los que nos ultrajan y nos persiguen; y dicho trato con los hombres malos es necesario para la existencia de esa unión del amor y de toda santa disposición que se ejercita al sufrir por causa de la justicia. Ahora bien, es muy claro que nada de esto puede existir si sólo nos asociamos con hombres verdaderamente cristianos.

7.     Si a la verdad, nos separásemos por completo de los pecadores, ¿cómo podríamos llenar las condiciones de ca­rácter que el Señor nos da en estas mismas palabras? “Vos­otros” (los cristianos, los que sois humildes, serios y mansos; que tenéis hambre y sed de justicia; que amáis a Dios y a los hombres; que hacéis bien a todos y por consiguiente, sufrís el mal, vosotros) “sois la sal de la tierra.” En vuestra natura­leza está el sazonar todo lo que os rodea. La naturaleza de ese sabor divino que está en vosotros, es dilatarse hacia todo lo que tocáis; el diseminarse por todas partes, hacia todos aque­llos con quienes tratáis. Esta es la gran razón que Dios tuvo en su providencia para mezclaros con los demás hombres, pa­ra que cualquiera gracia que hayáis recibido de Dios se comu­nique por medio de vosotros a los demás, para que toda dis­posición santa de vuestra mente, toda palabra y obra vues­tras tengan influencia en ellos también. De esta manera se pondrá coto, hasta cierto punto, a la corrupción del mundo, y cuando menos una pequeña parte se salvará de la infección general, y se volverá pura y santa delante de Dios.

8.     A fin de que trabajemos con más empeño por sazo­nar cuanto podamos con toda virtud santa y celestial, nues­tro Señor procede a describir el estado desesperado de aque­llos que no inculcan la religión que han recibido, lo que a la verdad no pueden dejar de hacer mientras permanezca en sus corazones. “Si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada? No vale más para nada, sino para ser echada fuera y ho­llada de los hombres.” Si vosotros que erais santos y teníais mentes celestiales—y por consiguiente, erais celosos en bue­nas obras—no tenéis ya ese sabor en vosotros y ya no sazo­náis a otros; si os habéis vuelto desabridos, insípidos, muer­tos, descuidados de vuestras almas e inútiles a las almas de los demás, ¿con qué seréis salados? ¿De qué manera seréis recobrados? ¿Qué ayuda, qué esperanza puede haber? ¿Puede la sal desabrida volver a tener su sabor? No: “no vale más para nada, sino para ser echada fuera,” aun como la escoria de las calles; “y hollada de los hombres,” para ser abrumada por el eterno desprecio. Si no hubieseis conocido nunca al Señor, tal vez habría esperanza—si no le hubieseis “hallado” nunca—pero ¿qué podréis contestar a su solemne declaración, paralela a la que dijo en este pasaje? “Todo pámpano que en mí no lleva fruto,” el Padre “le quitará.” “El que está en mí, y yo en él, este lleva mucho fruto.” “El que en mí no estuviere,” o no llevare fruto, “será echado fuera como mal pámpano y se secará; y los cogen,” no para plantarlos otra vez, sino para echarlos “en el fuego” (Juan 15:2, 5, 6).

9.     A la verdad, Dios es piadoso y tierno en misericor­dia para con aquellos que nunca han probado la buena pala­bra. Pero la justicia se enseñorea de aquellos que han pro­bado cuán bondadoso es el Señor y después han vuelto las espaldas “al santo mandamiento” que entonces “les fue dado.” “Porque es imposible que los que una vez fueron ilumina­dos” (Hebreos 6:4), en cuyos corazones Dios ha resplande­cido una vez para iluminarlos con el conocimiento y la gloria de Dios en la faz de nuestro Señor Jesucristo; “que han gus­tado el don celestial,” de la redenci6n en su sangre, el per­dón de los pecados; “Y fueron hechos partícipes del Espíritu Santo,” de la humildad, la mansedumbre y el amor de Dios y del hombre derramado en sus corazones por el Espíritu Santo que les fue dado, “y recayeron,” (esta no es una suposición, sino la declaración de un hecho), “sean otra vez renovados para arrepentimiento, crucificando de nuevo para sí mismos al Hijo de Dios, y exponiéndolo a vituperio” (Hebreos 6:6).

Pero para que nadie entienda mal estas terribles pala­bras, precisa observar cuidadosamente: (1) quiénes son aque­llos de los que aquí se habla, a saber: los que “una vez fueron iluminados,” que sólo “gustaron el don celestial,” y por con­siguiente, “fueron hechos partícipes del Espíritu Santo;” de manera que esta escritura no se refiere a los que no han ex­perimentado estas cosas. (2) La recaída de que se habla aquí es una completa y total apostasía. El reyente puede caer, pero no por completo; cae y se vuelve a levantar, y aun cuando llegue a caer en el pecado, aun en este caso terrible hay re­medio porque tenemos un Abogado para con el Padre, Jesu­cristo el justo. “El es la propiciación por nuestros pecados.” Sin embargo, que tenga mucho cuidado, no sea que su cora­zón “se endurezca con engaño de pecado.” No sea que se su­merja más y más, hasta caer por completo, hasta que llegue a ser como la sal que se esvanece. Porque si pecamos volunta­riamente de esta manera, después de tener esta experiencia del conocimiento de la verdad, ya no queda sacrificio por el pecado; sino una horrenda esperanza de juicio y hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios.”

II.    1. “Pero si bien es cierto que no podemos separar­nos enteramente del género humano, si bien concedemos que es de nuestro deber sazonarlo con la religión que Dios ha grabado en nuestros corazones, sin embargo, ¿no se puede hacer esto de una manera que no haga ruido? ¿No podremos comunicar esto a otros en secreto y de una manera casi im­perceptible, de modo que casi ninguno pueda observar cuán­do ni cómo lo hemos hecho? Lo mismo que la sal comunica su sabor a todo lo que sazona, sin hacer bulla ni exponerse a llamar la atención. Y, si así fuere, aunque no salgamos del mundo, podremos permanecer escondidos en él. Podremos guardar nuestra religión para nosotros mismos sin exponer­nos a ofender a aquellos a quienes no podemos ayudar.”

2.     Nuestro Señor conocía también esta razón plausible de la carne, y en las palabras que pasamos a considerar, ha dejado una respuesta completa, al explicar la cual procuraré— como me propuse hacer en segundo lugar—mostrar que es tan imposible ocultar la religión mientras permanece en nuestros corazones, como es enteramente contrario al designio de su gran Autor.

Primeramente, para cualquiera que tenga la religión de Jesucristo es imposible esconderla. Esto lo aclara el Señor sin dejar lugar a la menor duda, con una doble comparación: “Vosotros sois la luz del mundo: una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder.” Vosotros los cristianos sois “la luz del mundo,” por razón de vuestras disposiciones y ac­ciones. Vuestra santidad hace que os destaquéis como el sol en los espacios. Así como no podéis desaparecer del mundo, tam­poco os es posible permanecer sin ser vistos de todo el género humano. No os es dado huir de los hombres, y mientras estéis entre ellos, será imposible ocultar vuestra humildad y manse­dumbre y las demás virtudes por medio de las que esperáis lle­gar a ser perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto. Ni puede esconderse el amor más que la luz y mu­cho menos cuando resplandece en las acciones, cuando lo ejer­céis en las obras de amor, en toda clase de benevolencia. Más fácil sería a los hombres esconder una ciudad asentada sobre un monte que a un cristiano santo, celoso, amante, activo de Dios y de los hombres.

3.     Es muy cierto que los hombres que aman más las ti­nieblas que la luz porque sus obras son malas, harán cuanto esté de su parte por probar que la luz que está en vosotros es tinieblas. Dirán todo mal, toda clase de mal, del bien que hay en vosotros, mintiendo. Os acusarán de aquello que está más remoto de vuestros pensamientos, que es todo lo contrario de lo que sois y de lo que hacéis. Vuestra perseverancia llena de paciencia en hacer el bien; vuestra humildad al sufrir to­das las cosas por amor de Dios; vuestro gozo lleno de calma y mansedumbre en medio de la persecución; vuestros es­fuerzos incansables en vencer con el bien el mal, os harán todavía más notables y prominentes de lo que erais antes.

4.     ¡Tan imposible es esconder nuestra religión, a no ser que la desechemos; tan efímero es el pensamiento de ocul­tar la luz, a no ser que la apaguemos! A la verdad que una religión secreta, escondida, no puede ser la religión de Jesu­cristo. La religión que se puede esconder, cualquiera que sea, no es el cristianismo. Si un cristiano pudiera esconderse, no se le podría comparar con la “ciudad asentada sobre un mon­te;” con “la luz del mundo” el sol que alumbra en los cielos y es visto de todos los hombres. Que jamás abrigue el cora­zón de aquel a quien Dios ha renovado en el espíritu de su mente, la idea de esconder la luz, de guardar su religión para sí mismo; tomando en consideración especialmente que no sólo es imposible esconder el verdadero cristianismo, sino que es igualmente contrario al designio de su gran Autor.

5.     Eso se desprende muy claramente de las siguientes palabras: “Ni se enciende una lámpara y se pone debajo de un almud.”

Lo que es como si hubiera dicho: así como no se enciende una vela sólo para esconderla, tampoco Dios ilu­mina un alma con su glorioso conocimiento y amor, para es­conderla o encubrirla, ya por prudencia—así llamada falsa­mente—ya por vergüenza o humildad voluntaria; para escon­derla en un desierto o en el mundo, bien evitando el trato de los hombres, ya conversando con ellos. “Mas sobre el cande­lero; y alumbra a todos los que están en casa.” De la misma manera, el designio de Dios es que todo cristiano esté a la luz pública para que alumbre a todos los que estén en derredor, para que visiblemente manifieste la religión de Jesucristo.

6.        Así ha hablado Dios al mundo en todas las épocas, no sólo de palabra, sino también con el ejemplo. No se dejó a sí mismo sin testimonio en ninguna nación a donde ha llega­do el Evangelio; sin unos cuantos que testificasen a la verdad, no sólo con sus labios, vino con sus vidas. Estos han sido co­mo una antorcha que alumbra un lugar oscuro, que de cuan­do en cuando han sido los medios de iluminar a otros, de pre­servar lo que queda—una pequeña semilla que será contada por una generación de Jehová. Han sacado unas cuantas ovejas de las tinieblas del mundo y guiado sus pies en los cami­nos de la paz.

7.     Cualquiera se figuraría que, siendo esto tan claro y patente según la Escritura y la razón de las cosas, no se podría decir mucho en contradicción, al menos con apariencias de verdad, pero quien se imagine esto, conoce muy poco las su­tilezas de Satanás. A pesar de todo lo que dice la Escritura y dieta la razón, las pretensiones de una religión aislada son tan abundantemente plausibles para separar a los cristianos del mundo, a lo menos para ocultarlos de él, que necesitamos toda la sabiduría de Dios a fin de descubrir la red, y toda su ayuda para evitarla—tantas así son las objeciones que se han aducido para no ser cristianos sociales, francos y activos.

III.   1. El tercer punto que me propuse fue contestar estas objeciones. Se ha objetado, en primer lugar, que la re­ligión no consiste en las cosas exteriores, sino en el corazón, en lo más íntimo del alma; que es la unión del espíritu con Dios; la vida de Dios en el alma del hombre. Que de nada vale la religión exterior, puesto que Dios “no toma contentamiento con los holocaustos”—en servicios exteriores—sino con un co­razón puro y santo que es el sacrificio que no despreciará.

Contesto que es muy cierto que la raíz de la religión es­tá en el corazón, en lo más íntimo del alma. Que esta es la unión del alma con Dios, la vida de Dios en el alma del hom­bre, pero que si esta raíz está en efecto en el alma, no puede sino echar ramas, y que estas son las diferentes manifesta­ciones de la obediencia exterior que participan de la misma naturaleza de la raíz y son, por consiguiente, no sólo marcas y señales, sino partes esenciales de la religión.

Es igualmente cierto que la simple religión exterior que no tiene sus raíces en el corazón, de nada vale; que Dios no se deleita con semejantes servicios exteriores, como no se de­leita con los holocaustos judaicos, y que un corazón puro y santo es el sacrificio que siempre le agrada. Empero, también toma contentamiento en todos esos servicios que dieta el co­razón; en el sacrificio de nuestras oraciones, bien privadas, ya públicas, de nuestras alabanzas y acciones de gracias. En el sacrificio de lo que humildemente le dedicamos y emplea­mos enteramente a su gloria; en el de nuestros cuerpos, que reclama especialmente, respecto del cual el Apóstol nos rue­ga, “por las misericordias de Dios” que presentemos nuestros cuerpos “en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios.”

2.     La segunda objeción, muy semejante a la anterior, es que el amor es todo en todo—el “cumplimiento de la ley,” “el fin de todo mandamiento,” de todo mandamiento de Dios. Que de nada nos sirve todo lo que hacemos, todo lo que sufrimos, si no tenemos caridad o amor, y que el Apóstol nos aconseja que sigamos la caridad, a la cual llama “un camino más ex­celente.”

Contesto: Se concede que el amor de Dios y del hombre que resulta de una fe no fingida, es todo en todo, el cumpli­miento de la ley, el fin de todo mandamiento de Dios; que es muy cierto que, sin este amor, todo lo que hacemos, todo lo que sufrimos, de nada vale. Pero no se sigue de esto que el amor sea todo en el sentido de que supere a la fe o a las bue­nas obras. Es “el cumplimiento de la ley,” no porque quede­mos libres, sino porque estamos obligados a obedecerlo. Es el “fin de todo mandamiento,” puesto que todo mandamiento guía al amor donde tiene su centro. Concedemos que de nada vale todo lo que hacemos o sufrimos sin amor, pero con to­do, cualquiera cosa que hagamos o suframos con amor, aun­que no sea más que sufrir reproches por causa de Cristo, o dar un vaso de agua fría en su nombre, no perderá en manera al­guna su recompensa.

 
3.     “Pero, ¿no nos aconseja el Apóstol que sigamos la caridad, y no la llama un camino más excelente?” Nos acon­seja que sigamos la caridad, pero no exclusivamente. Sus pa­labras son “Seguid la caridad y procurad los dones espiritua­les” (I Corintios 14:1). “Seguid la caridad;” estad prestos a gastar vuestras vidas por vuestros hermanos. “Seguid la ca­ridad,” y haced bien a todos los hombres según se presente la oportunidad. En el mismo versículo en que llama a la caridad “un camino más excelente,” aconseja a los corintios que de­seen otros dones además, y que los deseen con fervor. “Procu­rad los mejores dones,” dice, “y aun yo os muestro un camino más excelente” (I Corintios 12:31). ¿Más excelente que cuál cosa? Que los dones de sanidades, géneros de lenguas, de in­terpretaciones, mencionados en el versículo anterior, pero no más excelente que el camino de la obediencia. No está hablan­do de esto el Apóstol, ni tampoco de la religión exterior. De manera que este texto está muy lejos de ser aplicable al asunto.

Pero supongamos que el Apóstol hubiera estado hablan­do de la religión exterior lo mismo que de la interior. Su­pongamos que al hacer la comparación, hubiese dado decidi­damente la preferencia a la última. Supongamos que hubiese preferido, como muy bien pudo haberlo hecho, un corazón amante a toda clase de obra exterior. A pesar de todo esto, no se seguiría que podríamos rechazar la una o la otra. No; Dios las juntó desde el principio del mundo. Que ningún hombre las separe.

4.     Pero “Dios es Espíritu, y los que le adoran, en espí­ritu y en verdad es necesario que adoren.” ¿No basta esto? ¿No debemos emplear en esto todas las facultades de nuestra mente? ¿No es cierto que al ocuparse de cosas exteriores, el alma se entorpece de tal manera que no puede elevarse a una santa contemplación? ¿No resfría el vigor de nuestros pensa­mientos? ¿No tiende naturalmente a estorbar y a distraer la mente? Al paso que Pablo dice: “Quisiera, pues, que estuvie­seis sin congoja,” y “que sin impedimento os lleguéis al Señor.”

Contesto: “Dios es Espíritu, y los que le adoran, en espí­ritu y en verdad es necesario que adoren.” Cierto, y esto bas­ta. Debemos emplear en ello todas las facultades de nuestra mente. Pero yo preguntaría: ¿Qué cosa es adorar a Dios, un Espíritu—en espíritu y en verdad? Es adorarle en nuestro es­píritu; adorarle como sólo los espíritus le pueden adorar. Es creer en El como un Ser sabio, junto, santo, cuyos ojos son de­masiado puros para ver la iniquidad, y sin embargo, miseri­cordioso, piadoso y paciente; que perdona la iniquidad, las transgresiones y los pecados, pasando por alto nuestros peca­dos y aceptándonos en el Amado. Es amarlo, deleitarse en El, desearlo de todo nuestro corazón, mente y alma y fuerzas. Es imitar a aquel a quien amamos, purificándonos aun como El es puro. Es obedecer a aquel a quien amamos y en quien cree­mos, en pensamiento, palabra y obra. Por consiguiente, uno de los modos de adorar a Dios en espíritu y en verdad es guar­dar sus mandamientos exteriores. El glorificarle, pues, en nuestros cuerpos, lo mismo que en nuestras almas. Desempe­ñar nuestro trabajo exterior con nuestros corazones levantados hacia El. Hacer de nuestras ocupaciones diarias un sacrificio a Dios. Comprar y vender, comer y beber para su gloria. Es adorar a Dios en espíritu y en verdad, tanto como orar en el desierto.

5.   Pero si esto es así, entonces la contemplación es sólo un modo de adorar a Dios en espíritu y en verdad; por consi­guiente, el entregarnos a esto exclusivamente, sería tanto co­mo anular muchas otras maneras de culto espiritual, todas igualmente aceptables a Dios, igualmente provechosas, que no hacen ningún daño al alma. Porque es una gran equivocación figurarse que todas estas cosas exteriores, a las que nos ha llamado la providencia de Dios, sirvan de tropiezo al cristiano, o que le estorben para ver siempre a Aquel quien es invisible. De ninguna manera resfrían el fervor, ni abru­man o distraen la mente, ni causan ansiedad ni cuidado a quien todo lo hace como para el Señor, quien ha aprendido a hacerlo todo, de palabra o de hecho, en el nombre del Señor Jesús; teniendo un ojo del alma moviéndose en derredor y viendo todas las cosas, y otro constantemente fijo en Dios. Aprended lo que significa esto, vosotros pobres reclusos, para que podáis discernir cuán pequeña es vuestra fe y para que ya no juzguéis a otros por vosotros mismos. Id y aprended lo que quiere de­cir:

“Tú, Señor, que con tierno amor, Sobre ti llevas toda mi carga; Mi alma eleva a lo alto, Y haz que allí se fije siempre. Sentado en medio del torbellino, Solo entre la gran multitud; Tranquilo a tus pies espera, Que se haga tu santa voluntad.”

6.     Pero aún queda en pie la gran objeción. “Apelamos,” dicen, “a la experiencia.” Nuestra luz alumbró. Por muchos años usamos de las cosas exteriores, y sin embargo, de nada nos sirvieron. Asistimos a todas las ordenanzas, pero de nada nos aprovecharon, ni, a la verdad, a ninguna otra persona. Al contrario, fue peor para nosotros porque con tal motivo nos figuramos que éramos cristianos, cuando en realidad de ver­dad no sabíamos lo que era el cristianismo.

Concedo el hecho. Concedo que vosotros y millares de personas han abusado de las ordenanzas de Dios confundien­do los medios con el fin; suponiendo que el hacer estas o algu­nas otras obras exteriores, era la religión de Jesucristo, o que serían aceptadas en su lugar. Que concluya el abuso y permanezca el uso. Usad todas las cosas exteriores, pero usadlas procurando constantemente la renovación de vuestra alma en justicia y verdadera santidad.

7.     Pero esto no es todo. Dicen: “La experiencia enseña igualmente que el tratar de hacer bien no es sino perder el tiempo. ¿De qué sirve dar de comer o vestir a los hombres, si constantemente están cayendo en el fuego eterno? ¿Qué bien se puede hacer a sus almas? Si éstas cambian, es por obra de Dios. Además, todos son buenos—o a lo menos desean serlo—u obstinadamente perversos. Los primeros no tienen necesidad de nosotros: que le pidan a Dios su ayuda y El se las con­cederá. A los últimos no podemos proteger. El Señor mismo lo prohíbe: ‘ni echéis vuestras perlas delante de los puercos.’”

Contesto: (1) Bien que finalmente se pierdan o se sal­ven, se nos manda expresamente que demos de comer a los hambrientos, y que vistamos a los desnudos. Si tenéis la po­sibilidad de hacerlo y no lo hacéis cualquiera que sea la suer­te que corran, vosotros iréis al fuego eterno. (2) Si bien sólo Dios puede cambiar los corazones, sin embargo, lo hace ge­neralmente por medio del hombre. Nuestro deber es hacer cuanto esté a nuestro alcance, con tanto empeño como si nos­otros mismos tuviéramos el poder de cambiarlos, y dejar el resultado en manos de Dios. (3) En contestación a sus ora­ciones, Dios fortifica a sus hijos, a los unos por medio de los otros, alimentando y robusteciendo todo el cuerpo compues­to y bien ligado entre sí por todas las junturas de manera que “el ojo no puede decir a la mano: no te he menester; ni asi­mismo la cabeza a los pies: no tengo necesidad de vosotros.” Por último, ¿cómo sabéis que las personas en derredor de vosotros son perros o puercos? No juzguéis hasta que no ha­yáis probado. ¿Cómo sabes, oh hombre, si podrás salvar a tu hermano? Con la ayuda de Dios podrás salvar su alma de la muerte. Cuando desprecie tu amor y blasfeme la Palabra, entonces será tiempo de dejarlo en manos de Dios.

8.     “Hemos hecho la prueba, hemos trabajado por re­formar a los pecadores, y ¿de qué ha servido? En muchos de ellos no pudimos hacer la menor impresión, y si algunos cam­biaron por un poco de tiempo, su bondad fue como el rocío de la mañana—poco después volvieron a ser tan malos y aun peores que antes. De manera que sólo conseguimos hacer­les mal y a nosotros también, porque nuestras mentes esta­ban en un estado de premura y desorden, tal vez llenas de ira en lugar de amor. Por consiguiente, habría sido mejor re­servarnos nuestra religión.”

Es muy probable que esto también sea un hecho; que hayáis tratado de hacer bien y no hayáis tenido buen éxito; que aquellos que parecían haberse reformado hayan caído otra vez en pecado y que su último estado haya sido peor que el primero. Y no hay de qué maravillarse. ¿Es el criado más que su Señor? ¡Cuán a menudo El trató de salvar a los pecadores y no quisieron escuchar! o después de haberle segui­do por un poco de tiempo, se volvieron como un perro a su vómito. Sin embargo, no por eso desistió de tratar de hacer el bien, ni tampoco deberíais de desistir vosotros, cualquiera que sea el éxito que obtengáis. Vuestro deber es hacer lo que se os manda: el resultado está en manos de Dios y vosotros no sois responsables. Dejadlo a aquel que ordena todas las cosas. “Por la mañana siembra tu simiente y por la tarde no dejes reposar tu mano; porque tú no sabes cuál es lo mejor” (Eclesiastés 11:6). Pero la prueba agita y atormenta vuestra alma, y tal vez la razón de esto sea que os creísteis responsa­bles del resultado, lo que ningún hombre es ni puede ser. Tal vez porque estuvierais descuidados, no hayáis estado velan­do sobre vuestros espíritus. Esta, empero, no es razón para desobedecer a Dios. Haced la prueba otra vez, pero hacedla con más prudencia. Haced bien (como debéis perdonar) no sólo siete, sino setenta veces siete. Sólo que aprended a ser más sabios por la experiencia. Tratad de hacerlo cada vez más prudentemente que antes; humillaos más ante Dios, conven­ceos más de que no podéis hacer nada por vosotros mismos. Sed más celosos de vuestros espíritus, más dóciles; velad más en oración—”Echa tu pan sobre las aguas, que después de muchos días lo hallarás.”

IV.   1. A pesar de estas plausibles aserciones en favor de esconderla, “alumbre vuestra luz delante de los hombres; para que vean vuestras obras buenas y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.” Esta es la aplicación práctica que nuestro Señor hace de las consideraciones anteriores.

“Así alumbre vuestra luz:” vuestra humildad de cora­zón, vuestra amabilidad y mansedumbre de sabiduría; vues­tra consideración seria y madura de las cosas eternas, y do­lor de los pecados y miserias de los hombres; vuestro deseo ferviente de la justicia universal, y de la felicidad perfecta en Dios; vuestra tierna y buena voluntad para con todo el gé­nero humano, y amor ferviente a vuestro Supremo Bienhe­chor.

Procurad no esconder esta luz con que Dios ha ilumina­do vuestra alma, sino dejad que alumbre ante los hombres, ante todos aquellos entre quienes vivís, en todo el tenor de vuestras vidas. Que alumbre aún más eminentemente en vues­tras acciones, al hacer toda clase de bien a todos los hombres y al sufrir por causa de la justicia, al mismo tiempo que os gozáis y alegráis sabiendo que “vuestra merced es grande en los cielos.”

2.     “Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, pa­ra que vean vuestras obras buenas.” Tan lejos así deben estar los cristianos de procurar o desear ocultar su religión. Al contrario, sea vuestro deseo el no ocultarla; el no poner la vela debajo del almud. Tened cuidado de ponerla sobre el can­delero, para que “alumbre a todos los que están en casa.” Sólo que debéis procurar no buscar vuestra propia alabanza, no desear ninguna honra para vosotros mismos. Sea vuestro único deseo que todos los que vean vuestras obras buenas, “glorifi­quen a vuestro Padre que está en los cielos.”

3.     Sea vuestro fin en todas las cosas—en vista de esto— ser francos, sencillos, sinceros. Sea vuestro amor sin disimula­ción. ¿Por qué habéis de esconder un amor desinteresado y justo? Que no se encuentre dolo en vuestros labios; que vues­tras palabras sean la expresión genuina de vuestro corazón; que no haya ambigüedad ni reserva en vuestra conversación, ni engaño en vuestro comportamiento. Dejad esto para aque­llos que se proponen otros fines—designios que no aman la luz. Sed sencillos y sin artificio para con todos los hombres, para que todo el mundo vea la gracia de Dios que es en vos­otros. Y aunque algunos endurezcan sus corazones, otros re­conocerán que habéis estado con el Señor Jesús, y al volverse ellos mismos al gran Obispo de las almas, glorificarán a “vues­tro Padre que está en los cielos.”

4.     Con este propósito de que los hombres glorifiquen a Dios en vosotros, id, pues, en su nombre y en la fuerza de su poder. No os avergoncéis de estar aislados, siempre que sea en los caminos de Dios. Alumbre la luz que está en vuestro corazón en toda buena obra: obras de piedad y obras de mi­sericordia. A fin de aumentar vuestra facultad de hacer bien, renunciad a todo lo que sea superfluo; reducid todos los gas­tos que no sean necesarios, de alimento, vestido y muebles. Sed buenos administradores de los dones de Dios, aun de estos dones inferiores. Evitad toda pérdida de tiempo, toda ocupa­ción inútil e innecesaria, y “todo lo que te viniere a la mano para hacer, hazlo según tus fuerzas.” En una palabra: llénate de amor y de fe; haz el bien; sufre el mal. Y estad en esto siempre “firmes y constantes;” más aún, “creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es vano.”

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 SERMON 24 - john Wesley

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Matthew Henry