" Los Isrealitas atravesaron el Jordan y se establecieron en la tierra prometida en su ultimo campamento (Campamento No. 42) al final del exodo , lo cual nos indica simbolicamente la libertad y conquista a la que esta llamada la iglesia al salir de la religión a una vida de libertad, en una relación directa, vital y real con Cristo Jesús; Cristo es símbolo de la tierra promedita y la herencia de los hijos de Dios.

15 de marzo de 2013

SANTIFICANDO AL SEÑOR


Davis y Clark.                                                              
 
Hay una advertencia solemne dada a la iglesia en el Nuevo Testamento que necesita ser tomada muy en serio. En el libro de los Hebreos, el autor se refiere a los israelitas que cayeron en el desierto y nunca vieron la Tierra Prometida. Ahí leemos:
“Temamos, pues, no sea que permaneciendo aún la promesa de entrar en su reposo, alguno de vosotros parezca no haberlo alcanzado. Porque también a nosotros se nos ha anunciado la buena nueva como a ellos; pero no les aprovechó el oír la palabra, por no ir acompañada de fe en los que la oyeron. Pero los que hemos creído entramos en el reposo, de la manera que dijo: Por tanto, juré en mi ira, No entrarán en mi reposo; aunque las obras suyas estaban acabadas desde la fundación del mundo.” (Hebreos 4:1-3)
 
Aquí leemos de un pueblo escogido que falló en alcanzar aquello para lo que habían sido alcanzados. Aunque habían sido llamados a grandes cosas, por causa de su incredulidad fracasaron en entrar en el cumplimiento de las mismas. El autor nos exhorta a “temer, no sea que algunos parezcan no haberlo alcanzado”. Quieres decir que NOSOTROS podríamos estar en peligro de perder aquello por lo que fuimos sacados del mundo y por lo que morimos, como el mismo Israel, sin ni siquiera ser conscientes de la Tierra Prometida de Dios? ¿Cómo es posible? Pablo escribió una advertencia semejante a los corintios,
 
“Porque no quiero, hermanos, que ignoréis que nuestros padres todos estuvieron bajo la nube, y todos pasaron el mar; y todos en Moisés fueron bautizados en la nube y en el mar, y todos comieron el mismo alimento espiritual, y todos bebieron la misma bebida espiritual; porque bebían de la roca espiritual que los seguía, y la roca era Cristo. Pero de los más de ellos no se agradó Dios; por lo cual quedaron postrados en el desierto.  Mas estas cosas sucedieron como ejemplos para nosotros, para que no codiciemos cosas malas, como ellos codiciaron... Y estas cosas les acontecieron como ejemplo, y están escritas para amonestarnos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos.” (1ª Cor. 10:1-11)
 
¡Si, esta solemne advertencia es para nosotros! Nosotros que hemos participado de Cristo, que hemos sido bautizados en Él y que hemos sido separados del mundo (Egipto), que hemos caminado bajo la nube de la cobertura protectora del Padre, que hemos comulgado juntos, nosotros también podemos fallar en cruzar el Jordán y entrar en el Sion de Dios. El autor de Hebreos nos exhorta, a que “procuremos, pues, entrar en aquel reposo, para que ninguno caiga en semejante ejemplo de desobediencia.” (Hebreos 4:11).
 
Comprendemos que la generación que fue llamada a salir de Egipto no entró en la tierra por causa de incredulidad. No obstante, lo que se ignora con frecuencia es el hecho de que Moisés y Aarón estaban entre los que fallaron en entrar el reposo de Dios. También murieron en el desierto por causa de incredulidad. Dios dijo a Moisés y a Aarón por qué no podían guiar a la asamblea a la tierra que Él les había dado. “Porque no creísteis en Mí, para santificarme a los ojos del pueblo” (Lee Números 20:12). Aquí vemos que creer en el Señor y santificar al Señor son una misma cosa. ¿Qué significa santificar al Señor? Para contestar a esta pregunta, debemos regresar a Cades, donde comienza a surgir una crisis en el desierto de Zin.
 
Cuando la congregación de Israel llegó a Cades, no había agua (lee Números 20:1-29). Como siempre, la gente se congregó en contra de Moisés y Aarón. “¡Ojalá hubiéramos muerto con nuestros hermanos, cuando estos murieron delante del SEÑOR!”, se lamentaron. “¿Para qué guiasteis a la asamblea del SEÑOR a este desierto, para que muramos nosotros y nuestro ganado? ¿Por qué nos habéis hecho salir de Egipto para traernos a este lugar espantoso? No es lugar de grano, higos, viñas ni granados; y tampoco hay agua para beber.” Para resumir, “¡Esta no es la tierra que nos prometiste!” Imagínate a una fuerte muchedumbre de dos millones y medio lista para el linchamiento delante de tu puerta.
 
Al oír sus quejas, Moisés y Aarón se apartaron y cayeron sobre sus rostros delante del Señor. El Señor dijo a Moisés que tomara la vara, reuniera a la congregación y hablara a la roca ante de los ojos de ellos, para que  “diera su agua”. Moisés y Aarón hicieron como Dios les mandó y reunieron a la congregación delante de la roca.
Luego Moisés se comportó de un modo muy raro. En el pasado, cuando tenía una rebelión en sus manos, intercedía por el pueblo e incluso se humillaba y se volvía vulnerable delante de ellos, dependiendo totalmente de Dios para que Él tratara con la situación. Jamás tomó el lugar de Dios ni les reprochó por su carnalidad. Pero atiende a las palabras que salieron de su boca, “¡Oíd ahora, rebeldes! ¿Os hemos de hacer salir aguas de esta peña?”  Entonces alzó Moisés su mano y golpeó la peña con su vara dos veces; y salieron muchas aguas, y bebió la congregación. ¡Gracias a Dios! Todo bien una vez más, ¿Verdad?
 
Ahora, en este punto muchos pensaréis que ya sabéis hacia dónde vamos con esto. ¿Cuántas veces hemos oído este pasaje en sermones, con planteamientos como, “Moisés la golpeó. Golpeó a la roca. ¡Golpeó a Jesús! ¡Se le ordenó que hablara a la roca y en lugar de eso la golpeó! Esto es lo que desagradó de tal modo a Dios que él mismo terminaría muriendo en el desierto.” Esta diminuta explicación fracasa en la explicar el alcance y significados completos del acto de incredulidad de Moisés.
 
Aunque la sed de la gente y del ganado fue satisfecha momentáneamente, Dios no quedó satisfecho. ÉL dijo a Moisés y Aarón, “Por cuanto no creísteis en mí, para santificarme delante de los hijos de Israel, por tanto, no meteréis esta congregación en la tierra que les he dado” (v.12). Moisés y Aarón fueron incluidos en el grupo del que Dios dijo, “Juré en Mi ira, no entrarán en Mi reposo”. Más tarde, en el Monte Hor, el Señor cumplió Su promesa a Aarón. Les dijo a Moisés y Aarón:
 
“Aarón será reunido a su pueblo, pues no entrará en la tierra que yo di a los hijos de Israel, por cuanto fuisteis rebeldes a mi mandamiento en las aguas de la rencilla. Toma a Aarón y a Eleazar su hijo, y hazlos subir al monte de Hor, y desnuda a Aarón de sus vestiduras, y viste con ellas a Eleazar su hijo; porque Aarón será reunido a su pueblo, y allí morirá.” (Números 20:24-26).
 
Así, Moisés desnudó a Aarón de sus vestiduras y las puso sobre su hijo Eleazar. Allí murió Aarón sobre la cima del monte, sin haber entrado nunca en el reposo prometido.
Por rebelarse contra el mandamiento de Dios rehusando santificar al Señor ante los ojos del pueblo, Moisés también fracasó en entrar en el reposo de Dios. Solo se le permitió que la viera de lejos, desde la cima del Monte Abarim.
Justo antes de que Israel entrara en la tierra, el Señor dijo a Moisés, “Jehová dijo a
 
 
Moisés: Sube a este monte Abarim, y verás la tierra que he dado a los hijos de Israel.  Y después que la hayas visto, tú también serás reunido a tu pueblo, como fue reunido tu hermano Aarón. Pues fuisteis rebeldes a mi mandato en el desierto de Zin, en la rencilla de la congregación, no santificándome en las aguas a ojos de ellos. Estas son las aguas de la rencilla de Cades en el desierto de Zin.” (Números 27:12-14).
 
Moisés y Aarón fallaron en santificar o venerar al Señor ante los ojos del pueblo. ¿Cómo uno santifica o deja de santificar al Señor?
En Ezequiel 36 leemos como Israel profanó a Dios ante los ojos de las naciones. Las naciones asumían que era por causa de la debilidad de Dios que Israel era derrotado y llevado cautivo. El reproche era directamente proporcional al hecho de que este pueblo, llamado a anunciar las virtudes de Aquel que los llamó de la oscuridad, se había entenebrecido y vivía muy por debajo de la dignidad y poder de su llamamiento. Es en esto en lo que fracasaron en santificar al Señor, en venerarle delante de las naciones.
 
La International Standard Bible Encyclopedia afirma,
“Cierto, fue por causa de los pecados de Israel pero lo ético no falta en estos pasajes. El pueblo ha de ser separado de sus pecados y ha de recibir un nuevo corazón (Eze. 36:25-26; Eze. 36:33). Pero la palabra “santificar” no se usa para esto. Se aplica a Yavéh, y significa la afirmación del poder de Yavéh en el triunfo y conquista de sus enemigos por parte de Israel (Eze. 20:41; Eze. 28:25; Eze. 36:23; Eze. 38:16; Eze. 39:27). La santificación de Yahvéh es por tanto la afirmación de Su Ser y poder como Dios, de igual modo que la santificación de una persona u objeto es la afirmación del derecho y reclamo de Yahvéh sobre eso mismo… La historia de las aguas de Meriba ilustra el mismo significado. El fallo de Moisés en santificar a Yavéh es el fracaso en declarar la gloria y poder de Yahvé en el milagro de las aguas (Números 20:12-13; Números 27:14).
 
Primero tenemos que entender que la santidad de Dios no se relaciona con principios, ética, o doctrinas de moralidad. La santidad de Dios es mucho más. Es Él quien es. ES Su ser esencial, Su supremacía, Su soberanía y gloria. Santificar o venerar a Dios es distinguirle reconociendo Su supremacía y soberanía, no con un mero asentimiento intelectual, sino viviendo humildemente en deferencia a y dependencia de Su poder. Cuando hablamos de vidas vividas en deferencia a Su poder, queremos decir más que lugares comunes sobre su señorío. Queremos decir, entregarnos a Su operación soberana primero que nada negando nuestras propias fuerzas y auto-glorificación, dejando que Dios actúe a favor nuestro, y que al hacerlo, Le apartemos y Le glorifiquemos  ante los ojos de los demás.
Podemos aprender comparando las palabras de Moisés, “Os hemos hacer salir aguas…” con las palabras de Dios, “habla a la roca, para que de su agua”. Todo en la vida cristiana se reduce a esto. ¿Pasaremos nuestra vida en la búsqueda de medios y métodos para que NOSOTROS podamos sacar agua de la Roca? ¿Seguiremos manifestaciones de avivamiento, o el avivamiento que es Cristo mismo? ¿Cesaremos en fe, de nuestras obras e ingenuidad y dejaremos que la Roca de su agua? ¿Viviremos por la vida de Dios, dejando que Él se distinga por Su poder y fuerza? ¿Le dejaremos triunfar sobre nuestros enemigos o trataremos de hacer un pacto con la muerte?
 
Isaías contrastó la dependencia de Israel en el pacto con los Asirios con una vida fundada en la confianza, en la preciosa piedra angular, el cimiento estable.
“Por cuanto habéis dicho: Pacto tenemos hecho con la muerte, e hicimos convenio con el Seol; cuando pase el turbión del azote, no llegará a nosotros, porque hemos puesto nuestro refugio en la mentira, y en la falsedad nos esconderemos; por tanto, Jehová el Señor dice así: He aquí que yo he puesto en Sion por fundamento una piedra, piedra probada, angular, preciosa, de cimiento estable; el que creyere, no se apresure.” (Isaías 28:15-16).
 
Aunque no es una traducción, la Biblia del mensaje capta el significado de este pasaje en un lenguaje que apunta a los temas de la confianza en nuestras vidas hoy. “Tú dices, `Hemos tomado seguros de vida. No hemos querido comprometernos, hemos cubierto todas nuestras necesidades. No hay desastre que nos pueda alcanzar.
 
Hemos pensado en todo. Hemos sido aconsejados por los expertos. Todo está en orden.” (Isaías 28:15). La prueba era y sigue siendo si vamos a vivir por los recursos de nuestra vida o de la Suya. ¿Confiaremos, nos apoyaremos y nos pegaremos a esa Piedra que ofende a toda sensibilidad natural? Los que lo hacen jamás huirán en pánico. La palabra de Dios a los que confían que cualquier otro pacto les protegerá es: “En descanso y en reposo seréis salvos; en quietud y en confianza será vuestra fortaleza” (Isaías 30:15). Esto es de hecho una ofensa a toda tendencia natural en el hombre.
 
De la Ley al Reposo - G.Davis y M.Clark.                                   
 

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La santidad es la obra del Espíritu Santo en nosotros, separándonos del amor del mundo. La santidad es un cambio de naturaleza desde dentro como resultado de la obra de Dios en nosotros. No es lo que hacemos externamente, sino quienes somos por dentro, lo que importa a Dios.

"Consuelo para los que están en este mundo, pero que no son de este mundo, y por tanto, son odiados y están cansados de él, es que no estarán para siempre en el mundo, ni por mucho tiempo más"
Matthew Henry