" Los Isrealitas atravesaron el Jordan y se establecieron en la tierra prometida en su ultimo campamento (Campamento No. 42) al final del exodo , lo cual nos indica simbolicamente la libertad y conquista a la que esta llamada la iglesia al salir de la religión a una vida de libertad, en una relación directa, vital y real con Cristo Jesús; Cristo es símbolo de la tierra promedita y la herencia de los hijos de Dios.

9 de mayo de 2013

LA FIESTA DE LOS TABERNÁCULOS


 Clayton Sonmore

La mayoría de los cristianos están de acuerdo en que la venida del Señor está cercana, en que nos estamos aproximando al final de esta era y a la conclusión de esta dispensación. Además, hay un aumento del conocimiento entre el pueblo de Dios de que antes que llegue el grande y notable día del Señor, Dios va a derramar Su Espíritu sobre toda carne. Muchos están esperando una nueva efusión pentecostal; pero, ¿es ésta la «plenitud» que escoltará a una «Compañía de Vencedores» al final de los tiempos, según procla­man las Escrituras?

En el Antiguo Testamento había tres fiestas principales que les fueron ordenadas a los hijos de Israel (Deuteronomio 16:16). Estas eran ocasiones para la congregación y para hacer los sacrificios para el Señor.

La primera de estas fiestas era la Fiesta de la Pascua, que simbolizaba la redención.

La segunda, era la Fiesta de las Primicias o de Pentecostés y que, por supuesto, simbolizaba a Pentecostés, la efusión del Espíritu Santo. La tercera, era la Fiesta de los Tabernáculos, que simbolizaba la «plenitud» y que se celebraba en la época de la cosecha, de la recolección final del grano y del fruto: el trigo, el vino y el aceite.

Bajo la dispensación de la ley, el pueblo tenía que traer ofrendas al Señor en cada una de estas fiestas; pero en el cumplimiento, bajo la gracia, de los símbolos en la Era de la Iglesia, ¡cada «fiesta» también es un tiempo para recibir del Señor!
 

 No por medida...

Antes de que la Iglesia pudiera celebrar su Pascua debía aprovisio­narse de un Cordero... ¡y qué Cordero el que Dios proveyó en gracia para Su Iglesia! ¡He aquí el Cordero de Dios, Su Hijo unigénito! Este Cordero ofreció de una vez para siempre un sólo sacrificio por los pecados. Con una sola ofrenda hizo consumados para siempre a los santificados. (Hebreos 10:12-14).

Después de que hubo terminado esa gran fiesta de la última Pascua, Jesús se mostró vivo mediante muchas pruebas infalibles durante cuarenta días. Luego, ante los propios ojos de Sus discípulos, que contemplaban fijamente hacia lo alto, El los dejó, ascendiendo al cielo.

Los días fueron transcurriendo, acercándolos cada vez más a la fiesta tradicional de Pentecostés, cincuenta días después de la Pascua. Y llegó, por fin, y esta vez era especial, había llegado el día de Pentecostés en plenitud. La Iglesia iba a celebrar el cumplimiento de la segunda fiesta. De nuevo, Dios proveyó: primero, un Cordero perfecto; ahora, una efusión del Espíritu Santo. Y todos ellos fueron llenos del Espíritu Santo. Lo trágico es que en la congregación general de la Iglesia de hoy, sean tan pocos los que hayan celebrado por experiencia personal esta fiesta provista por Dios. El símbolo manifiesto: «Te alegrarás delante del SEÑOR tu Dios» (Deuteronomio 16:11). Gracias a Dios por la alegría del Señor cuando participamos de las primicias del Espíritu, provistas por la gracia de Dios mediante el conocimiento de El, de Jesús, como el Cristo (el que unge).

En el símbolo del Antiguo Testamento tenían que tomarse dos panes hechos de flor de harina cocidos con levadura: éstas eran las primicias para el Señor (Levítico 23:17). En el cumplimiento del símbolo se veía a menudo (y se ve todavía), la manifestación de la levadura de malicia y de maldad; pero esto no inválida, en modo alguno, la significación de la fiesta.
 

... sino a plenitud

Ahora veamos la tercera fiesta, que es la esencia de este mensaje. Como un pueblo estuvo preparado para Pentecostés, asimismo es necesario para los Tabernáculos, la fiesta de la «plenitud,» la fiesta de la «cosecha,» de la última cosecha de esta era, de la manifesta­ción del Espíritu Santo «no por medida, sino a plenitud.»

Cristo murió en la plenitud de los tiempos; y cuando el día de Pentecostés llegó a su plenitud, fue derramado el Espíritu Santo. Así también esta fiesta debe tener su elemento del tiempo propicio. No puede ser celebrada hasta cuando llegue la época de la plenitud de la cosecha. Pero nosotros ya estamos de acuerdo en que nos aproximamos al final de esta era; y Jesús dijo que la siega es el fin del mundo (Mateo 13:39). Ya que este día se acerca, necesitamos una visión amplia para que no nos contentemos con menos de lo mejor de Dios, y permanez­camos en «Pentecostés» cuando la visión es para la «Plenitud.» Sí, estemos alerta, no sea que limitemos la grandeza de la salvación de Dios. Cuando el horario de Dios diga: los «Tabernáculos,» que nos encontremos entre los preparados de Dios cuya fe alcance hasta la plenitud de nuestra herencia en Cristo.

Si observamos el cuadro del Antiguo Testamento, veremos que esta última fiesta estaba precedida por el Día de la Expiación, el único día del año en que el sumo sacerdote entraba solo al «lugar santísimo» bajo la luz o el dosel de la gloria de Dios. Allí, él hacía expiación para que fuera limpiado todo lo concerniente a los pecados del pueblo. Limpiados de ese modo, ellos estaban ahora listos para participar en la última fiesta. (Ver Levítico 23:27; también; Levítico 16:29-34).

Bajo el nuevo pacto, el Sumo Sacerdote de nuestra profesión de fe ha entrado en el lugar santísimo, no hecho de manos, en el mismo cielo. Allí, Él está intercediendo por un pueblo que será santificado completamente: cuerpo, alma y espíritu, mediante la identificación en la sangre de una expiación ya hecha en el Calvario.

Es un pueblo plenamente identificado con Cristo en Su muerte. De esta manera un pueblo, limpiado por medio de la expiación por la sangre, está preparado para ser copartícipe de esta última fiesta de la Iglesia, y para ser copartícipe de ella.
 

¡Ocurrió lo imposible!..

Dios ha hecho plena provisión para esto. «Cristo es ofrecido una vez para agotar los pecados de muchos; la segunda vez se manifes­tará para salud a los que sin pecado le esperan... porque nada perfeccionó la ley, sino la introducción de una mejor esperanza (por la cual nos acercamos a Dios.)»

En la fiesta de los Tabernáculos no se hace mención de la levadura, como tampoco se la menciona con relación a la fiesta de la Pascua. No hay injusticia, ni levadura en el Cordero de Dios (la Pascua); no habrá levadura en aquellos que participen en la Fiesta de la Plenitud.

EL TABERNÁCULO


 
ATRIO EXTERIOR
 
Lugar para oír el Evangelio del Señor Jesús, el Cristo
 
Conocer al Señor Jesús el Cristo como Salvador. Jesús significa Salvador
 
HIJO
CAMINO
LO BUENO
LA PASCUA
CONGREGACIÓN
Lugar de SACRIFICIO
EGIPTO
LA LUZ NATURAL
LECHE
HIJITOS
LA HOJA
CONSEGUIR
LA SALVACIÓN
LOS LLAMADOS
La Sangre del Cordero
Bautismo en AGUA
ARREPENTIMIENTO
FE
SALIR
Carne (crucificar la carne)
Los 32.000
30 VECES
"A FIN DE CONOCERLE
 
 
LUGAR SANTO
 
Sólo para aquellos bautizados en el Espíritu Santo y en el Fuego
 
Conocer al Señor Jesús Cristo significa el que unge
 
ESPÍRITU SANTO
VERDAD
LO ACEPTABLE
PENTECOSTÉS
LEVITAS
Lugar de ORDENANZAS
DESIERTO
EL CANDELERO
PAN
JÓVENES
EL TALLO
HACER
LLENO DEL ESPÍRITU
LOS ELEGIDOS
La Palabra del testimonio
Bautismo en el ESPÍRITU
REFRIGERIO
ESPERANZA
ENTRAR
Alma (la muerte a sí mismo)
Los 10.000
60 VECES
EN EL PODER DE SU
RESURRECCIÓN
 
 
LUGAR SANTÍSIMO
 
El lugar en Dios de Vivir en unión con el Padre
 
Conocer al Señor Jesús el Cristo como único amo y señor
 
PADRE
VIDA
LO PERFECTO
TABERNÁCULOS
HIJOS DE SADOC
Lugar de SU PRESENCIA
TIERRA PROMETIDA
LA GLORIA SHEKINAH
LA VIANDA FUERTE
PADRES (I Juan 2: 12)
LA ESPIGA (semilla)
SER
EL HIJO VARÓN
LOS FIELES (Ap.   17:14)
NO AMAR SUS VIDAS
HASTA LA MUERTE (Ap.l2:11)
RESTAURACIÓN (He. 3:19)
AMOR
SUBIR
Espíritu (abatir al acusador)
Los 300 de Gedeón»
100 VECES
Y EN LA PARTICIPACIÓN
DE SUS PADECIMIENTOS."

«Pero (llegó el tiempo señalado) en que estando ya presente Cristo, el Mesías, apareció como Sumo Sacerdote de los bienes venideros, por el más amplio y más perfecto tabernáculo, no hecho de manos (humana)» (Hebreos 9:11, amplificado). 

(Los Tabernáculos), pero la fiesta de Pentecostés será cocida «con levadura» (Levítico 23:17). Esta fiesta tiene levadura dentro de sí, como una señal para los que participan de que ella no es un fin en sí misma, sino solamente un escalón transitorio para algo mucho más grande: tener nuestra morada (Tabernáculo) con El en pleni­tud.

En general, en la Iglesia algunos prefieren permanecer en la Pascua, y otros pueden permanecer en Pentecostés; pero para mí, Dios permita que mi preferencia y mi parte sean la Plenitud. Para Israel, los Tabernáculos significaba que se recogería toda la cosecha y la labor habría terminado. «El que ha entrado en Su reposo, también él ha reposado de sus obras...» Para mí, esto es el trigo, y el vino, y el aceite, y una oportunidad de gran regocijo.

Entonces, ¿qué podemos buscar, qué podemos esperar al final de esta era? No un regreso a la medida pentecostal, tan maravillosa como ella fue, pues fue la medida de las primicias. En la Iglesia de, los últimos días va a haber la evidencia de una medida mucho más grande.

Indudablemente, Pablo tenía en mente esta Fiesta de los Tabernáculos cuando escribió en Efesios 4:13: «Hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un [varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo.» [Aquí no hay lugar para la división; tampoco lo hay para una unidad [Organizada, sino para la unión como un organismo viviente.

No  Con «levadura de malicia y de maldad» sino, por el contrario, a un hombre perfecto (el hombre colectivo), a la plenitud de Cristo. ¿No Llama El a la Iglesia, que es Su cuerpo, «la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo»? ¿Ustedes dicen: ¡Imposible!? Por supuesto  que es imposible. Esta es la razón por la cual el Dios de toda gracia va, una vez más, ¡a visitar a Su pueblo!

Dios proveyó el Cordero Pascual, y sucedió lo imposible: Una  Virgen concibió, y nació el Cristo. Él vivió una vida sin pecado, murió y se levantó de nuevo, y proveyó una eterna y magnífica redención.

•En Pentecostés sucedió de nuevo lo imposible: un estruendo del cielo, y el Espíritu Santo fue dado con medida, y los hombres empezaron a moverse en el ámbito Divino, gustando los poderes del mundo por venir, pues lo sobrenatural se hizo evidente, y el mundo fue trastornado en una generación.
 

... y sucederá de nuevo!

¿Entonces qué hay de la última fiesta? ¿Vamos a esperar algo menos que lo imposible? ¡Aquel que ministró las «primicias,» ministrará la «plenitud»! Mi corazón está contemplando algo bueno, y veo en visión a la congregación de todas las cosas en uno en Cristo; la visión de una compañía de personas llenas de toda la plenitud de Dios, que obran continuamente en el plano Divino. Veo la Cabeza manifestándose a Sí Misma por medio de cada miembro del cuerpo, revelando Su misma naturaleza y manifestan­do la revelación de los hijos de Dios. Este va a ser un pueblo sin mancha ni arruga, que manifestará en plenitud todos los dones del Espíritu y que revelará en sus vidas todo el fruto del Espíritu Santo.

Esto debe ser todo de Dios, pues es la razón por la cual el Dios de toda gracia va a visitar con plenitud Divina a la Iglesia, y la gloria de Dios va a descansar sobre el pueblo de Su elección. Él va a derramar Su Espíritu sobre toda carne: hijos, hijas, jóvenes, ancia­nos, siervos, criadas; habrá profecía, visiones, sueños, señales en la tierra y en el cielo... todo esto antes del grande y memorable día del Señor. Y todo aquel que invocare el nombre del Señor será salvo....

Esta visitación cumplirá los propósitos finales de Dios para esta generación y para esta dispensación. Simbólicamente, en este tiempo de los Tabernáculos, el pueblo de Dios se albergará en cabañas provisionales. Seamos también un pueblo no apegado a este mundo, sino preparado para moverse, poniéndose en marcha en los propósitos finales de la intención de Dios para Sus HIJOS, más allá del Pentecostés.
 
Mas Allá del Pentecostés - Clayton Sonmore
 

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La santidad es la obra del Espíritu Santo en nosotros, separándonos del amor del mundo. La santidad es un cambio de naturaleza desde dentro como resultado de la obra de Dios en nosotros. No es lo que hacemos externamente, sino quienes somos por dentro, lo que importa a Dios.

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