" Los Isrealitas atravesaron el Jordan y se establecieron en la tierra prometida en su ultimo campamento (Campamento No. 42) al final del exodo , lo cual nos indica simbolicamente la libertad y conquista a la que esta llamada la iglesia al salir de la religión a una vida de libertad, en una relación directa, vital y real con Cristo Jesús; Cristo es símbolo de la tierra promedita y la herencia de los hijos de Dios.

29 de agosto de 2013

ETERNIDAD PRESENTE


Davis y Clark

“Por la fe Abraham, siendo llamado, obedeció para salir al lugar que había de recibir como herencia; y salió sin saber a dónde iba. Por la fe habitó como extranjero en la tierra prometida como en tierra ajena, morando en tiendas con Isaac y Jacob, coherederos de la misma promesa; porque esperaba la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios”. (Hebreos 11:8-10)

En este pasaje leemos sobre un auténtico hombre de fe. Decimos auténtico porque él tenía su mira  puesta en otro mundo y “esperaba la ciudad que tiene fundamentos cuyo constructor y hacedor es Dios”. A diferencia de muchos cristianos hoy, no estaba tan ocupado en construir “grandes cosas para Dios”, sino que miraba una ciudad construida por Dios. Recuerda, este “capítulo de la fe” comienza con una declaración de hechos que dice, “Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve.” Si no podemos apreciar esta importante diferencia entre lo temporal y lo eterno, ciertamente somos como ciegos.

En el Nuevo Testamento leemos de dos fariseos descendientes del justo Abraham que tuvieron un encuentro con el viviente Hijo de Dios y cuyas mundos fueron puestos patas arriba. Uno era Nicodemo y el otro Saulo de Tarso. Cada uno de ellos fue invadido por un Hombre cuya vida y perspectiva les eran totalmente ajenas, aunque cada uno afirmaba ser representante de Dios a Su pueblo y se enorgullecían de vivir vidas piadosas.

Primero veamos la colisión que Saulo tuvo con el Cristo resucitado.

“Saulo, respirando aún amenazas y muerte contra los discípulos del Señor, vino al sumo sacerdote, y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, a fin de que si hallase algunos hombres o mujeres de este Camino, los trajese presos a Jerusalén. Mas yendo por el camino, aconteció que al llegar cerca de Damasco, repentinamente le rodeó un resplandor de luz del cielo; y cayendo en tierra, oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? El dijo: ¿Quién eres, Señor? Y le dijo: Yo soy Jesús, a quien tú persigues; dura cosa te es dar coces contra el aguijón. El, temblando y temeroso, dijo: Señor, ¿qué quieres que yo haga? Y el Señor le dijo: Levántate y entra en la ciudad, y se te dirá lo que debes hacer.” (Hechos 9:1-6)
 
“¿Quién eres Señor?” ¿Te has dado cuenta de que Jesús parecía manifestarse de manera inaceptable para la mente del hombre religioso? ¿Te has dado cuenta de que cuando habla, Sus palabras son o bien confusas o bien totalmente inaceptables para la mente religiosa? De principio a fin parece ser de otro mundo como si disfrutara desbaratando nuestra “realidad” presente. Nos gusta tener todo limpito y ordenado, en montoncitos muy ordenados y luego llega Él y sopla sobre todo ello, esparciendo nuestra paja en el viento.

Vemos esto en el discurso de Jesús con el fariseo Nicodemo, un hombre religioso con todas sus doctrinas correctas y todos sus principios teológicos bien ordenados por filas. Nicodemo se atrevió a acercarse a este Hombre que mora y piensa en la eternidad, para su propia perdición.

“Había un hombre de los fariseos que se llamaba Nicodemo, un principal entre los judíos. Este vino a Jesús de noche, y le dijo: Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro; porque nadie puede hacer estas señales que tú haces, si no está Dios con él. Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios. Nicodemo le dijo: ¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer? Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es. No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo. El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu. Respondió Nicodemo y le dijo: ¿Cómo puede hacerse esto? Respondió Jesús y le dijo: ¿Eres tú maestro de Israel, y no sabes esto? De cierto, de cierto te digo, que lo que sabemos hablamos, y lo que hemos visto, testificamos; y no recibís nuestro testimonio. Si os he dicho cosas terrenales, y no creéis, ¿cómo creeréis si os dijere las celestiales?” (Juan 3:1-12)

Nicodemo viene a Jesús y reconoce que Él es de Dios. Había escuchado de los milagros y le había dado el crédito a Jesús. Al hacerlo, pensó que había andado la milla extra con Cristo. Luego vemos que Jesús comienza a acorralarlo. “Tienes que nacer del agua y del Espíritu. ¡Tienes que nacer de nuevo!” Cuántos pensamos que solo hace falta nacer de mujer (nacer del agua), y luego ceñirnos a nosotros mismos el sistema de creencia correcto, y así, tener cumplido todo lo que Dios exija de nosotros. Miles de millones de hombres y mujeres se han acercado a Jesús de este modo. Musulmanes, judíos, budistas, y si, incluso los cristianos hacen esto. Pero, ¿Es esto lo que Cristo exige de los que van a conocer a Su Padre, el único Dios verdadero?

“¡Tienes que nacer de nuevo! Tienes que nacer del Espíritu”. ¿Qué se supone que ha de significar esto? Después de que Jimmy Carter durante su campaña para la presidencia, comenzase confesando que era nacido de nuevo, enseguida comenzamos a escuchar esta frase repetida como un loro por todo lo largo y ancho de la cultura americana. La Avenida Madison tomó este dicho como suyo y pronto, las nuevas líneas de los industriales también habían “nacido de nuevo”.

Pronto tuvimos coches “nacidos de nuevo”, restaurantes “nacidos de nuevo”, y hamburguesas “nacidas de nuevo” que comían las estrellas del pop que cantaban sobre las nuevas relaciones terrenales como si su nueva aventura hubiera salido directamente del cielo.

¿Qué quiere decir “nacido de nuevo” desde una perspectiva celestial? ¿Quiere decir que vamos a una reunión, escuchamos a un hombre santo hablar y ante su invitación, levantamos un dedo (o avanzamos hacia el altar) y ya, ya somos nacidos de nuevo? Echemos un vistazo a algunas cosas más que Jesús tuvo que decir sobre nacer de nuevo. “A menos que no nazcas del Espíritu”, a menos que no nazcas del mundo del Espíritu, aún no has llegado a la primera base. Lo que es nacido de la carne ES carne. Lo que es nacido del Espíritu es espíritu. Hay una división entre ambas. La primera es del mundo y mundana. La última es de otro mundo y manifiesta a ESE  mundo que no busca nada de éste. Él ve el reino de Dios. Su visión completa está llena de ese reino y el príncipe de este mundo no puede volver su cabeza. No hay vuelta atrás.

Algunos de vosotros estéis probablemente pensando, “Espera un minuto, ¡No podemos estar tan centrados en el cielo que no sirvamos para nada en la tierra! Tenemos que mantener un equilibrio en esto”. Os habéis unido a Nicodemo al decir, “¿Cómo pueden ser estas cosas?” Seamos razonables en esto. ¿Qué pasa con todo lo bueno que puedo ofrecer a Dios? ¿Qué pasa con mis habilidades musicales, mi riqueza, mi capacidad administrativa, mi éxito en el mundo de los deportes? ¿Qué pasa con mi título de teología? ¡Ciertamente Dios puede usar todo esto!” A lo que Jesús responde, “lo que es de carne, SIGUE SIENDO carne.” Si la justicia de Nicodemo no tenía lugar en el reino de Dios, ¿Cuánto más cierto es esto de la nuestra? Pastor, “¿eres tú un maestro de la ley y no entiendes estas cosas?”.

Jesús continuó diciéndole a este líder de los Judíos, “Hablamos lo que sabemos y testificamos de lo que hemos visto”. Jesús habla por el Espíritu desde una perspectiva celestial y representa al Reino y la voluntad de Su Padre. El hombre carnal y religioso solo habla por la carne y las cosas de ESTE mundo. Habla de las cosas que ha aprendido en el mejor de los seminarios de este mundo. Habla de lo que ha leído en sus volúmenes de comentarios que adornan las paredes de su estudio.

 O peor aún, va a un seminario de entrenamiento y habla de las cosas que ha aprendido sobre el “crecimiento de iglesia”. Su interés está en edificar SU reino religioso, consiguiendo un número cada vez mayor de gente bajo su control e influencia. Pero, ¿Cuántos cristianos de hoy día y sus líderes hablan de lo que han oído que el Espíritu les ha dicho, para hablar solo después de haber estado un rato delante del Padre, envueltos por Su amor? ¿Cuántos hablan lo que SABEN, con un conocimiento que solo viene de la realidad del reino, de tener comunión con Dios en el Espíritu? Jesús dijo, “Yo solo hablo lo que oigo decir a Mi Padre, y solo hago lo que veo hacer a Mi Padre.” Esto es lo que significa nacer de nuevo.

Jesús fundió literalmente a este fariseo cuando le dijo, “el viento sopla de donde quiere y oyes su sonido, pero no sabes de donde viene ni a donde va. Así es todo aquel que es nacido del Espíritu.” La mente de Nicodemo resonaba ante esto, “No, no, ¿Cómo puede ser?”. Por consecuencia, Nicodemo estaba diciendo, “Jesús, ¡Lo que esto implica es demasiado! Si la gente que es guiada por el Espíritu es como el viento, ¿Cómo podemos controlarlos para seguir canalizando sus energías y su dinero en nuestros programas?

Si la gente empieza a escuchar a Dios por si misma y a obedecer Su voz, se volverán tan impredecibles como Tú!  No llegarán a tiempo a las reuniones porque estarán haciendo sus ministerios, que chocaran con los nuestros,  fuera de nuestras propias paredes. Puede que se empiecen a reunir por las casas y descuiden el templo por completo al ir de casa en casa en unidad y al amarse unos a otros alrededor de una comida. Nuestras sinagogas se volverán totalmente irrelevantes y se deteriorarán. “¡Perderemos nuestro control sobre sus vidas!”

Jesús añade este insulto a toda su afrenta hacia el status quo del hombre, “No recibís nuestro testimonio. Si Yo os he hablado cosas terrenales y no creéis, “¿Cómo creeréis si os hablo las celestiales?” En lengua vernácula, “Chico, no tienes ni una pista de lo que estoy hablando y nunca la tendrás  hasta que caigas sobre tu rostro y clames a Mi en arrepentimiento y limpieza de corazón, dejando todos tus títulos, posiciones, túnicas de justicia y todo tu pedigree judío a un lado, teniendo todo esto por basura.” Unos años después Jesús confrontaría a Pablo en el camino de Damasco y el resultado en su vida fue exactamente esto.

Así pues, ¿cual es el costo de convertirse en “nacido de nuevo”, de ser alguien guiado por el Espíritu como el viento, de obedecer ese llamado celestial hacia lo alto que te despoja de esta no-realidad presente a la realidad de Dios?
 
 “Y ha visto en visión a un varón llamado Ananías, que entra y le pone las manos encima para que recobre la vista. Entonces Ananías respondió: Señor, he oído de muchos acerca de este hombre, cuántos males ha hecho a tus santos en Jerusalén y aun aquí tiene autoridad de los principales sacerdotes para prender a todos los que invocan tu nombre. El Señor le dijo: Ve, porque instrumento escogido me es éste, para llevar mi nombre en presencia de los gentiles, y de reyes, y de los hijos de Israel; porque yo le mostraré cuánto le es necesario padecer por mi nombre.” (Hechos 9:12-16)

Nosotros en la iglesia occidental anhelamos ser como Billy Graham y tener oportunidad de predicar a Jesús a reyes, presidentes y coliseos llenos de gente, a muchedumbres que nos admiren. Sin embrago, ¿estamos dispuestos a abrazar la cruz de Cristo y sufrir “muchas cosas por causa de SU nombre? ¿Seguiremos a Jesús hasta la cruz? ¿Estaremos dispuestos a sufrir la pérdida de todas las cosas que este mundo tiene que ofrecer y vivir vidas centradas en un reino que NO es de este mundo? ¿O somos como esas siete mujeres de las que habla el profeta Isaías?

“Echarán mano de un hombre siete mujeres en aquel tiempo, diciendo: Nosotras comeremos de nuestro pan, y nos vestiremos de nuestras ropas; solamente permítenos llevar tu nombre, quita nuestro oprobio.” (Isaías 4:1)

Siete mujeres, siete candeleros, siete iglesias, queremos lo mejor de ambos mundos. Queremos la independencia de ser señores de nuestra propia vida. Queremos una carrera de éxito, queremos vivir vidas cómodas, queremos que todos los hombres piensen bien de nosotros, queremos edificarnos un reino y dejar un legado con nuestro nombre puesto en ello. Así, Jesús, danos sólo tu nombre para que podamos parecer justos delante de nuestro prójimo. Queremos parecer filántropos ricos que se preocupan verdaderamente sobre los pequeñitos, siempre que podamos mantener el control sobre nuestras vidas. Queremos ser reconocidos como “Cristianos”. Queremos que la gente vea que siempre hacemos “lo cristiano”. Solo danos tu nombre para cubrirnos en nuestra desnudez espiritual.

Así que ahí está Nicodemo, con su mundo hecho trizas, a sus pies. Y ahora viene el golpe de gracia, “Nadie subió al cielo sino el que viene del cielo, esto es, el Hijo del Hombre que está en el cielo”. ¿Qué? ¿Estás diciendo que no sólo TÚ has bajado del cielo sino que AÚN estás en el cielo? ¿Qué eres, un loco? Me iba bien creyendo incluso en el cielo y manteniendo una postura en contra de los saduceos que no creen en la resurrección. ¡Y ahora me dices que no solo estás aquí desde el Cielo, sino que sigues estando ahí, estando ahí delante de mí, aquí, en la tierra!

En la cabeza de este líder religioso, Jesús o bien estaba demonizado y era un caso claro de locura, o simplemente era de otro mundo. Las obras que Él hizo, los milagros, hablan de ese otro mundo, así que Nicodemo no podía simplemente desecharlo como un Mesías falso. Jesús golpeó la visión del mundo de este hombre y golpeará también la tuya si tratas de seguirle por la dirección y el poder del Espíritu. En breve, las cosas de este mundo se ensombrecerán, como ha sucedido con nosotros, y tu “pastor” te acusará de no estar cuerdo y de estar tan “centrado en el cielo que no sirves para nada en la tierra”. Ojalá así fueran todos los que nombran el nombre de Jesús.

Pablo escribió a la iglesia de Éfeso,
“Aun estando nosotros muertos (muertos, inertes) en [nuestros] pecados, nos dio vida juntamente con Cristo [nos dio la vida de Cristo Mismo, la misma nueva vida con la que Él le avivó], (por gracia sois salvos—Su favor y misericordia que no merecíais) (salvos del juicio y hechos participantes de la salvación de Cristo). Y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar [nos dio un lugar-asiento junto a Él] en los lugares celestiales [por virtud de nuestro ser] con Cristo Jesús [el Mesías, el Ungido]” (Efesios 2:5-6 ampliado)

¿Te has dado cuenta del agujero en el tiempo que hay aquí? Esta es la vida cristiana normal. Como fue cuando Jesús hablaba con Nicodemo, así es con todos los que somos de Cristo. Estamos aquí en la tierra, pero también estamos ahí con Él, en lugares celestiales en Cristo. Si el pasaje de arriba nos dice algo, dice que en realidad somos seres espirituales que tienen una experiencia corporal. Dios así lo ha ordenado. Nuestros pecados no podrían terminar este destino. Porque incluso cuando estábamos muertos en nuestros pecados, Él nos vivificó en comunión y unión con Cristo en la misma nueva vida de Cristo. Hemos creído por la gracia. Hemos sido salvos por Su gracia y caminamos nuestra misma vida por Su gracia.
¿Estamos caminando en lugares celestiales? No, hemos sido forzados a sentarnos juntos en Él. Él es quien dijo en la cruz, “consumado es”. Si estamos en Él, entonces nos encontramos como el mismo Jesús cuando habló a Nicodemo, “Nadie ha subido al cielo, sino el que viene del cielo, el Hijo del Hombre que está en el cielo”. Es en nuestro reposo en Cristo en los lugares celestiales que estamos en Su reino en esta tierra. Su oración se convierte en una realidad. “Venga Tu Reino, hágase Tu voluntad así en la tierra como en el cielo”.

Es solo cuando descansamos en Él en el reino del Padre, que podemos ser de alguna clase de utilidad para el reino aquí en la tierra. Solo podemos caminar con Cristo si estamos sentados en Él en los lugares celestiales a la diestra del Padre. Si estamos ocupados edificando nuestros propios reinos de hombres---y si no es el Espíritu a quien estamos obedeciendo y siguiendo, sino a meros hombres—todo será madera, heno y hojarasca y todo será consumido por los fuegos purificadores de Dios.
Estar en Cristo es ser de otro mundo. Estaremos tan centrados en el cielo que este mundo y sus líderes religiosos nos expulsarán como algo profano.

“Si, pues, habéis resucitado con Cristo [a una nueva vida y por tanto participando de Su resurrección de entre los muertos ], buscad las cosas de arriba [tesoros ricos y eternos], donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba (las cosas de lo alto), no en las de la tierra. Porque [en lo que se refiere a este mundo] habéis muerto, y vuestra vida [vuestra vida nueva y real] está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con él en el [esplendor de Su] gloria.” (Colosenses 3:1-4)

¿Hemos de seguir mirando hacia arriba? ¡En modo alguno! Si estamos EN Cristo tenemos una perspectiva celestial y solo podemos mirar hacia abajo con Sus ojos de amor sobre un mundo perdido y moribundo. ¡Nuestro enfoque real está en las cosas espirituales! Buscamos Sus tesoros celestiales, no como algunos lo enseñan (para su propia condenación), buscar bendiciones terrenales para gastar en nuestra lascivia. No somos de valor alguno para el sistema de este mundo y los edificadores de su reino. En lo que concierne a ellos, somos hombres muertos y de ninguna utilidad terrenal para ellos. Pero estamos en buena compañía, porque fue el Padre quien escogió que Cristo fuera la principal piedra del ángulo, el mismo Jesús que los edificadores rechazaron.

Cuando Jesús aparezca, aparecemos con Él en SU gloria porque estamos en Él. Si estamos aquí abajo mirando hacia arriba a la espera de Su segunda venida, es demasiado tarde. Hemos perdido el tren. Nuestras vidas no han estado escondidas en Él sino en las cosas y reinos de este mundo.

Pablo habló de esta otra mundanalidad a la iglesia de Corinto,
“Porque si estamos locos, es para Dios; y si somos cuerdos, es para vosotros. Porque el amor de Cristo nos constriñe, pensando esto: que si uno murió por todos, luego todos murieron; y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos. De manera que nosotros de aquí en adelante a nadie conocemos según la carne; y aun si a Cristo conocimos según la carne, ya no lo conocemos así.

De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas. Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación. Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios.  Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él.” (2ª Corintios 5:13-21)

Cuando un país establece relaciones diplomáticas con otro país, envían un embajador y se abre una embajada en el territorio de ese país. El edificio y su terreno puede estar en un país extranjero, pero en cuanto a lo que se refiere a su soberanía, ese trozo de tierra pertenece al país representado dentro de sus límites. Lo mismo es cierto del embajador. No es suyo propio. Esta ahí para representar al país que le envió. No está ahí para construir su propio reino o hacerse de un buen aspecto ante los dignatarios de la nación extranjera, sino para hacer que sea su país el que ofrezca un gran aspecto y para cumplir los deseos del mismo.

Es una grave ofensa atacar la nación de otra nación. Somos responsables de mantenerla a salvo de violencia de masas y de nunca irrumpir en ella con nuestros propios ejércitos o policía. Si eso sucede, es equivalente a un acto de guerra y todas las relaciones diplomáticas se rompen entre ambas naciones. Lo mismo es cierto de un embajador. Si comienza a hacer declaraciones que representan a sus sentimientos o deseos, y no los de su nación, es destituido y se envía otro. Ahora bien, con todo eso en mente, echemos otro vistazo al pasaje de arriba.

¡Como miembros del reino de Dios tenemos que estar a “nuestro propio lado!” Como embajadores del cielo hemos de representar a Dios, y no a nuestros propios deseos. Debemos tener una mente cuerda, la mente de Cristo, para que los habitantes de esta tierra extraña llamada tierra puedan ver el Reino de Dios en nosotros, y más importante aún, ver quién es Dios realmente. ¿Qué clase de vidas hemos de vivir? Vidas que demuestran a Cristo porque Él es el Hijo de Dios, nuestro patrón. Solo podemos conseguirlo en la medida en que estemos muertos en Cristo a nuestra vieja vida y deseos de la carne, y vivos en Él.

¿Cómo nos relacionamos los que somos de Su reino unos con otros? ¿Adoramos y nos levantamos entre nosotros en posiciones de autoridad y poder, los profundos, los educados, los hermosos y los poderosos? No, no si es que tenemos una mentalidad celestial. Ya no conocemos a ningún hombre según la carne. Incluso en esto no hemos de mirar a las cosas externas de los hombres, sino que hemos de ser como Cristo y mirar al corazón. Como Pablo escribiría más tarde, “no miramos a las cosas que se ven sino a las que no se ven. Porque las cosas que se ven son temporales, pero las cosas que no se ven son eternas.” ¿Cómo podemos presentar a Cristo adecuadamente y reconciliar a todos lo hombres con Dios y a la par, mostrar tal favoritismo? Nuestra mirada, nuestros pensamientos y nuestro amor deben ser por esas cosas que son eternas y nuestra tierra debe ser el reino de Dios.

Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo;  el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas.(Filipenses 3:20-21).
¿Cuánto más debe ser esto cierto de nosotros que somos llamados a ser sus embajadores?  Somete a todo en nosotros, oh Señor, y confórmanos a la imagen perfecta y semejanza de Tu glorioso Hijo, “porque en ÉL vivimos y nos movemos y somos… porque también somos Su (de Dios) descendencia.

De a Ley al Reposo - Davis y Clark

 

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La santidad es la obra del Espíritu Santo en nosotros, separándonos del amor del mundo. La santidad es un cambio de naturaleza desde dentro como resultado de la obra de Dios en nosotros. No es lo que hacemos externamente, sino quienes somos por dentro, lo que importa a Dios.

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