" Los Isrealitas atravesaron el Jordan y se establecieron en la tierra prometida en su ultimo campamento (Campamento No. 42) al final del exodo , lo cual nos indica simbolicamente la libertad y conquista a la que esta llamada la iglesia al salir de la religión a una vida de libertad, en una relación directa, vital y real con Cristo Jesús; Cristo es símbolo de la tierra promedita y la herencia de los hijos de Dios.

4 de noviembre de 2014

UNA VOZ A «LA ENTRADA DEL TEMPLO»


Clayton Sonmore

«Como en los días del Hijo del Hombre,» así es hoy día, pues son muy pocos los que están dispuestos a reconocer sus deficiencias y, mucho menos, a entrar por la puerta del arrepentimiento.
Viviendo, como lo estamos, en los últimos momentos de la era de la Iglesia, y dándonos cuenta de la atroz situación en que se encuentra el mundo, reconocemos la ineficacia de la dividida e impotente Iglesia para hacer frente a la necesidad universal.

Dios, sin embargo, está levantando un profeta de muchos miem­bros que está dispuesto a anunciar Su Voz, y el Señor está diciendo de nuevo como en Jeremías 1:10: «Mira que te he puesto en este día sobre gentiles y sobre reinos, para arrancar y para destruir, y para echar a perder y para derribar, y para edificar y para plantar.» Jeremías y los demás profetas han clamado contra los sistemas decadentes y contra la tibieza del pueblo. Él fue ordenado para ser profeta, y no dijo apologéticamente: «en mi opinión,» sino: «Así dice el SEÑOR.»

Los que rechazan el mensaje del arrepentimiento de la «Voz que clama en el desierto,» no se dan cuenta de que Él es tanto el Señor de la misericordia, como el Señor del juicio [que significa correc­ción]. El preguntó: ¿Quién dicen los hombres que soy yo? La respuesta fue: «Unos, Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías.» Ciertamente, el pueblo, al asociar a Jesús con estos tres profetas, se daba cuenta de que Su mensaje era un mensaje de corrección.

La crítica actual juzga brutalmente al profeta de muchos miembros, acusándolo de no tener corazón y de no saber perdonar, pues carece de amor. No comprenden que Su voz, clamando como Jesús y Jeremías, diga: Mirad, y ved si hay dolor como mi dolor,» y también: «¡Oh, si mi cabeza se tornase aguas, y mis ojos, fuentes de aguas, para que llore día y noche los muertos de la hija de mi pueblo!» La compañía de Jeremías que Dios tiene en el día de hoy, está contemplando la corrupción del mundo y de la Iglesia, y está de nuevo en intercesión, en pena y en angustia, y en tristeza y en dolores de parto, suplicando junto con el pueblo y por él y - como Jeremías - está diciendo esas palabras con amor a «la entrada del Templo.»

La compañía profética de hoy día será tildada, con frecuencia, de «más santa que tú,» y de ser «súper espiritual,» pero Dios está haciendo una obra en esta «voz» que hará que ellos experimenten lo que Isaías hizo cuando exclamó: « ¡Ay de mí!, que soy muerto; que siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos....»
Isaías estaba dispuesto a identificarse con los pecados del pueblo y a arrepentirse, porque comprendía como la «voz de muchos miembros» de hoy día, también debía darse cuenta de que «todas nuestras justicias (son) como trapo de inmundicia.»

De nuevo, un carbón encendido ha sido tomado del altar por los serafines. La confesión completa del profeta, el arrepentimiento del pecado y el conocimiento de su necesidad ante Dios, es todo lo que se requiere para calificarlo a él, o a cualquier otro, para ser limpio de pecado. Dios no hace acepción de personas, y está preparando una esposa sin mancha ni arruga que pagará el precio total.

¿Cuál es este precio? El que se encuentra en el Camino del Calvario hacia la cruz, para llegar también, por medio de ella, al camino de la santidad, que está al otro lado. El costo del mal entendimiento y del desgarramiento de la carne por los amigos que no están dispuestos a someterse a Su camino (el camino de la Potestad) será, automáticamente, el precio, del mismo modo que lo fue para Jesús.

El privilegio de andar con El por este camino, un camino de soledad, será sólo para aquellos que han tenido una salida espiritual de todo lo que es Babilonia.

Este camino de la muerte no es el que se pone al abrigo de los muros de la seguridad de cualquier sistema, o iglesia, o cuerpo colectivo. Hebreos 13:10 (amplificado) dice de este desgarramiento de nues­tra carne, hecho generalmente con mucha persecución y mal entendimiento: «Porque tenemos un altar, del cual no tienen facultad de comer los que sirven y adoran en el Tabernáculo. Porque los cuerpos de aquellos animales, la sangre de los cuales es metida por el pecado en el Santuario por el Príncipe, son quemados fuera del campamento. Por lo cual también Jesús, para santificar al pueblo por su propia sangre, padeció y murió fuera de la puerta, y los separó como santos para Dios. Salgamos, pues, de todo lo que nos impida y de todo lo que se nos oponga para unirnos a El, fuera del campamento, en el Calvario llevando el desprecio y la injuria y el vituperio junto con El.»

Oh, hermanos, «oigan lo que el Espíritu dice a las iglesias.» Oh, que podamos (1) «conocerle, y (2) el poder de Su resurrección, y (3) la participación de Sus padecimientos, llegando a ser semejan­tes a Él en Su muerte.»

De nuevo, hay tres posiciones en la cruz: (1) la posición de «conocerle.» que es disfrutada por el gran campamento evangéli­co. Son muchos menos los que tienen el bautismo en el Espíritu Santo, y han entrado (2) a la vida del «poder de Su resurrección.»

Sin embargo, Dios está llevando a la vida (a Su Vida, a una vida en el Espíritu) de (3) la «participación de Sus padecimientos.» a un pueblo «sin mancha ni arruga,» que está «fuera del campamento» de la aceptación general, y que va a ser «conocido como Él es conocido.» Estos llevarán con gusto Su vituperio para que ellos puedan tener «el conocimiento de Cristo Jesús como el Señor... olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndose a lo que está delante [más allá del Pentecostés], prosiguiendo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús. Así que, todos los que son perfectos, esto mismo sientan.»

«Pero las cosas que para mí eran ganancias, las he apreciado pérdidas por amor del Cristo. Y ciertamente, aun aprecio todas las cosas como pérdida por el eminente conocimiento del (1) Cristo, (2) Jesús, (3) mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por estiércol, para ganar al Cristo.»

De nuevo, hermanos, «oigan lo que el Espíritu dice a las iglesias.» Podemos oír la circundante «nube de testigos» que daban testimo­nio de esta Verdad, diciendo: «Despojémonos de todo peso y desechemos todo impedimento - toda carga innecesaria - y del pecado que tan fácilmente y diestramente nos asedia y nos enreda, y corramos con perseverante paciencia y con constante y activa persistencia la carrera señalada que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús.» (Amplificado).

Lo que fue hecho aquel día cruel, no fue derrota; fue victoria, la más grandiosa victoria. Fue el amor en su más alta expresión.
Incluso, en el día de hoy, Jesús, como Señor, y los que han entrado en Su Potestad, están fuera del campamento de la organizada, sistematizada y con frecuencia, cruel religión legislativa (denominacional, o no). Por esto, no queremos dar a entender, necesaria­mente, una salida física, sino que, por lo menos, lo más seguro es que esto sea una salida por medio de una transformación espiritual.
Nos encontramos en la Babilonia espiritual, pero no tenemos que ser participantes de ella. Del mismo modo, «estamos en este mundo, pero no somos de este mundo.»

Amadísimos míos, no tomen esto como un llamamiento general para que abandonen su iglesia local o su actividad espiritual, a las cuales ustedes han llegado a estar ligados. Cualquiera que me conoce, sabe que durante años, y hasta el día de hoy, he creído que Dios hará que ustedes permanezcan justamente donde están, hasta que pidan su renuncia o, al menos, hasta que Dios levantara el peso de esa actividad y los sacara de allí.

Quizás ese grupo o esa iglesia no marchan como debería, pero Dios ama a las personas de ese grupo, tanto como Él lo hace con ustedes o conmigo. Al menos que el ministerio de ustedes allí sea terminado, siento que la iglesia o la confraternidad de ustedes y su pueblo, podría ser un campo propicio en el que Dios está buscando a un «hombre que hiciese vallado y que se pusiere en la brecha.» Pero esto significaría, ciertamente, un verdadero «permanecer en la brecha,» y ustedes saben que esto quiere decir morir. Invariable­mente, la carne de ustedes clamará por una reubicación física, y pueden encontrar que no se les permite salir físicamente, sólo para satisfacer el deseo de la carne.
De la misma manera la persona llamada por Dios a una reubicación física no podrá quedar sola para satisfacer el deseo de la carne de estar cómoda.

Una persona podría seguir siendo parte de un grupo con espíritu denominacional, o de un grupo que tuviese un espíritu de dominación y, sin embargo, estar por encima de la esclavitud y del espíritu de ellos. También, una persona podría estar físicamente por fuera de tal actividad y, sin embargo, estar atada por el espíritu de la esclavitud. Como yo lo veo, se trata de una ascensión espiritual, y Dios puede que lleve, o no, a una dislocación física.

Querido hermano, querida hermana, debo arrancarles esa falsa sensación de seguridad que se ha apoderado de ustedes al igual que de la inmensa mayoría de aquellos que insisten en que ellos han tenido una salida espiritual, aunque no hayan tenido una reubicación física. ¿Ha oído usted realmente, y obedecido la Palabra del Señor: «Salid de ella, pueblo mío, para que no seáis participantes de sus pecados, y que no recibáis de sus plagas»? Están también aquellos, aunque muy pocos, que han oído y obedecido esta Palabra, ya sea que él o ella hayan tenido una salida espiritual y física, ya sea que esto haya sido limitado por Dios a sólo una salida espiritual (o de subir más alto).

Sin tener en cuenta cuál de las dos posiciones ya nombradas haya sido seguida, creo que todos los que escogieron este camino conocerán el sufrimiento y el rechazo (y eso a manos de aquellos que han quedado atrás) espiritual o físico.
Sí, en todos los casos, los que están luchando por aquello que está «Más Allá del Pentecostés» serán «aves de muchos colores», y conocerán el sufrimiento y el rechazo y el mal entendimiento que fueron el dudoso placer de nuestro Señor cuando El se enfrentó, sin tregua, contra la maquinaria espiritual de Sus días. Por favor, lean en todo el capítulo 23 de Mateo, lo que Jesús tenía que decir.

Este capítulo termina con el clamor del Hijo de la Gloria: «¡ Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que son enviados a ti! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus pollos debajo de las alas, y no quisiste! He aquí vuestra Casa os es dejada desierta.» Y Jesús salió y se alejó del Templo.

En este tiempo, Jesús todavía estaba físicamente ligado al templo, pero, ¿quién insinuaría que Él estaba por fuera de la voluntad de Dios o que, por temor, El falló al pronunciar la Palabra del Padre o que, de algún modo, Él era un compromisario? Tampoco estaba padeciendo ninguno de los delirios de grandeza de la maquinaria que se estaba aprovechando del templo. «Salgamos, pues, a él, fuera del campamento (fuera del camino popular, del camino de la carne), llevando su vituperio» (Hebreos 13:13).

El misterio de Babilonia la Grande, la Madre de las Rameras es, y siempre lo ha sido, llegar al pueblo de Dios para hacer una falsa alianza y someter a sus aliados a alguien distinto de El solo. Creo, con buenas razones bíblicas, que la Madre de las Rameras tiene sus raíces en Roma. ¿Cuántos de nosotros hemos creído que ella ha criado hijas rameras?

El misterio de Babilonia ha seducido a los llamados a ser separados solamente a Dios, y los ha llevado a un país remoto, lejos de la casa del PADRE, pero el Señor está haciendo una «Cosa Nueva» y está diciendo; «Yo les silbaré y los juntaré, porque yo los he redimido y los sembraré entre los pueblos. Y [el pueblo] pasará por el mar con tribulación (los tiempos de la tribulación están sobre nosotros) y los fortificaré en el SEÑOR, y en su nombre caminarán, dice el SEÑOR.»

Sí, Él los está llamando, está llamando a los hijos pródigos que están lejos de la casa del PADRE para que no se comprometan más con las hijas rameras, sino que se levanten y salgan dejando atrás a las pocilgas de los cerdos. Ya no se alimentará Su pueblo con los desperdicios de la teología humana y con los métodos religiosos, sino que serán guiados y alimentados en forma divina.

Que yo pueda detenerme para decirles que este toque claro de trompeta, no es un llamamiento a una insurrección general, en algún grado, contra las personalidades, más de lo que fueron los llamamientos de Juan el Bautista y de Jeremías, sino que es un llamamiento al arrepentimiento, a un escudriñamiento del alma. Esto es para el pastor o el laico; para los sistemas denominacionales, o no denominacionales, organizados o no organizados, con el fin de que dejen libres a los cautivos, y para sacar a sí mismo de la lid política espiritual, de la presión de la fuerza y de la crueldad, como lo leemos en Jeremías 23 y en Ezequiel 34. «Donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad» (2 Corintios 3:17). Pastores y laicos, sean liberados, sean libres. Sin embargo, «no uséis la libertad como ocasión para la carne, sino servíos por amor los unos a los otros.»

Y la palabra del Señor está viniendo al profeta de muchos miem­bros, y está diciendo de nuevo: «Hijo de hombre, mientras la casa de Israel moraba en su tierra, la contaminó con sus caminos y con sus obras; como inmundicia de menstruosa (la Iglesia) fue su camino delante de mí.... Les esparcí por las naciones... (Hasta) cuando sea santificado en vosotros delante de sus ojos... y os traerá a vuestro país. Esparciré sobre vosotros agua limpia (de una raíz en desuso que significa ser completo, madurado, en la edad plena), y seréis limpiados de todas vuestras inmundicias; y de todos vuestros ídolos os limpiaré.

Os daré corazón nuevo, y pondré Espíritu nuevo dentro de vosotros... os (limpiaré) de todas vuestras iniquidades... y las ruinas serán redificadas... y (plantaré) lo que estaba desolado.... Yo el SEÑOR he hablado, y lo haré... En los últimos días consideraréis esto perfectamente.» Y de nuevo, Él dice: «A ruina, a ruina, a ruina lo reduciré, y esto no será más, hasta que venga aquel cuyo es el derecho, y yo se lo entregaré.»

Creo firmemente en la congregación de los santos de casa en casa, pasando por entre las barreras tradicionales, denominacionales, doctrinales y de otra clase. También creo firmemente que Dios tiene y está levantando muchos de los quíntuples ministerios entre estos preciosos grupos, llenos del Espíritu.

Aquí estamos empezando a ver un «fluir de vida nueva,» una sumisión de los unos a los otros, una eclosión del «orden divino,» y una liberación en el Espíritu, porque aquellos que tienen autori­dad han llegado a conocer, por el Espíritu, la cualidad del someti­miento de Jesús. Ellos ya no están contendiendo por la posición más prominente, sino que están listos para un espontáneo recono­cimiento de que «El mismo constituyó a unos apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad (ya no a todas estas divisiones hechas por el hombre) de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto.

Antes siguiendo la verdad en caridad (ya sin temor ni favoritismo,) crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, el Cristo; del cual, todo el cuerpo compuesto y bien ligado entre sí por todas las junturas de su alimento, que recibe según la operación de cada miembro.» Este es el verdadero ministerio del cuerpo de Cristo.

Jeremías, Isaías y el precursor de Jesús, Juan el Bautista, estuvieron en contra de la mediocridad, y con su diagnosis de la decadencia espiritual de la nación y de su creciente apostasía, no había por delante nada distinto al juicio Divino sobre la nación y sobre la Iglesia.
Mientras Babel estaba siendo edificada, y mientras los hombres decían: «Hagámonos un nombre, por si fuéramos esparcidos,» Dios estaba buscando un hombre que oyera Su voz. Dios descen­dió y confundió su lengua para que ellos no pudieran entenderse los unos a los otros. Pero, ahora, estamos viviendo en el tiempo de la destrucción de la gran torre de Babel. «Dios devolverá al pueblo una lengua pura, y habrá paz.»

Dios encontró a un hombre que oiría Su voz y que pagaría el precio. El mensaje no era nada fácil; dejar a su familia, a sus amigos, todo aquello por lo que había trabajado, por todo lo que había atesorado en este mundo; dejar atrás la oportunidad de mayores ganancias en los agradables alrededores de Babilonia, para estar dispuesto a perder su buena reputación, a ser mal comprendido y a ser vitupe­rado. ¿A dónde lo llevaría este llamamiento? Él no lo sabía. Él contaba conque Dios se lo diría. En caso contrario, toda esperanza estaría perdida.

¿Quién respondió al llamamiento? El fiel Abraham. Los demás andarían parte del camino, se detendrían y edificarían una ciudad y le darían un nombre, pero Abraham ya había visto una ciudad más grande, y él no podría olvidar esa gloriosa visión. Tampoco tendría que ponerle un nombre, pues Dios ya se lo había puesto. Algunos de los que fueron con él no habían recibido este llamamiento de lo alto.

A Lot sólo le gustaba la prosperidad que representaba estar con el «tío Abraham.» Existen los compañeros de viaje que sólo hacen parte de la cabalgata, mientras ella sea una cabalgata agradable. Les gusta el mensaje, les gusta sentir la unción del Espíritu, disfrutan de la libertad de culto, pero no son los llamados, y deben ser separados. A Abraham no le gustaba la idea de perder a Lot en esa tierra extraña, con tantos enemigos, y con tan poca gente en su grupo, pues todos los amigos contaban.

Pero Dios dijo que Lot tenía que irse, pues él no había sido llamado. Estoy seguro de que Lot se habría disgustado mucho al pensar que alguien pudiera decir que él no había sido llamado. Después de todo, hay que tener en cuenta cuan lejos había llegado él en este asunto. Él había salido de Ur y de Babilonia, ¿no era así? ¿No se había detenido en Harán con Taré? Pero él no tenía espíritu para mirar a lo alto, el espíritu de ser. El ansiaba la prosperidad, ansiaba hacer ganancias en la tierra, expandirse.
Los ojos de Abraham estaban en las montañas, y se encontraba aquí, después de haber sido separado de aquellos que no tenían el llamamiento de lo alto que Dios le permitió ver como su herencia. «Mira (Abraham) desde el lugar donde estás hacia el norte y el sur, y al oriente y al occidente. Porque toda la tierra que ves, la daré a ti y a tu descendencia.»

Abraham «a honra, prefiriéndoos los unos a los otros» le dio a Lot la primera opción de la tierra, y Lot, egoístamente, escogió la más verde y, al parecer, la mejor tierra. Pero la Palabra confirma que mientras Lot recibía la verdura, Abraham recibía la gloria. Sin embargo, y en conclusión, Abraham recibió como adición a la gloria «todas estas cosas [que] te serán añadidas.» Sí, hay mucho más para los que creen.

En las fangosas orillas del Jordán, a pie descalzo y vestido con extrañas vestiduras, estaba el hijo de un sacerdote del templo. Como descendiente de Zacarías, Juan podía haber entrado al círculo íntimo de aquellos que ejercían el elevado oficio del Sacerdocio del Templo. Pero Jerusalén había llegado en un alto grado de pecado y de perfidia, y la gloria del Templo era obra del hombre. Mientras Jerusalén se vanagloriaba de sus logros y hacía alarde de su belleza y de su poder - producto del hombre -, Dios estaba llamando a alguien para que saliera fuera de las murallas, e instara a subir a un lugar más alto en el Espíritu. Dios había abandonado el orden viejo, pero ellos no lo sabían. No había nadie a quien seguir, nadie que les mostrara el camino.

Este fue un liderazgo del Espíritu y por el Espíritu. Él no podía seguir a su padre, no obstante lo mucho que lo amaba, porque Zacarías estaba atrapado en el orden viejo. Soportando su reproche, Juan salió fuera de las puertas, sin importarle lo que los demás pudieran pensar de él, oyendo solamente la voz de Aquel que le hablaba desde el cielo).
La puerta de la bendición espiritual que se abrió en Pentecostés, jamás se cerró de nuevo aunque, aparentemente, la Iglesia entró en un período de; gran oscuridad. Los hombres luchaban por aumen­tar la parte material de la Iglesia. Se hizo un gran esfuerzo por avanzar más, pero muy poco por ascender. Como resultado de esto, la oscuridad se hizo más densa. Cosas atroces, que ni siquiera pueden calificarse como edificantes, tuvieron lugar en los cuarte­les generales de la organización terrenal en Roma.

Entonces, un día, Dios descendió en medio de esta confusión y escogió a un sacerdote, y le habló a su corazón. El oyó y creyó, y el 31 de octubre de 1517, inscribió para siempre su nombre en la historia, cuando fijó sus 95 tesis en la puerta de su iglesia en Wittenberg. Dios se valió del valor de un hombre para ayudar a abrir la puerta con el fin de que la humanidad del mundo entero saliera de la oscuridad de la religión de Roma, y entrara en un nuevo día en el Espíritu.

Martín Lutero tuvo un buen comienzo al lograr resultados en el ámbito donde él se encontraba. El podía haber invertido su tiempo en seguir adelante, pero oyó el llamamiento Divino. Cuando él empezó el ascenso en Dios, alborotó a todos los demonios del Infierno contra él. Los líderes religiosos de su tiempo querían darle muerte, destruirlo. ¿Por qué? Simplemente porque en ellos prevalecía el amor al statu quo y odiaban a aquellos que instaban al ascenso en Dios por las grandes alturas del Espíritu.

Lo cierto era que las organizaciones terrenales estimulan, casi siempre, el seguir adelante con sus programas horizontales, en tanto que desestimulan y combaten cualquier esfuerzo por el ascenso. Observe la historia, y verá que esto es verdad. Esta es la verdadera naturaleza de los sistemas eclesiásticos, y parece que no cambian. Finalmente, Dios destruirá todo esto con el resplandor de Su gloria. A veces, parecen ablandarse y pueden, incluso, tener un avivamiento ocasional. Sin embargo, la maquinaria es inamovible y no tiene corazón. Los que incitan a nuevas dimensiones en el Espíritu, deben estar libres para moverse como el Espíritu determi­ne. Este es el «Camino del Espíritu.»

Ahora hemos llegado al comienzo de este siglo. Aquí encontramos las iglesias del momento, revividas de algún modo de cuando en cuando, pero haciendo todavía lo posible por expandirse en el ámbito de la salvación por la fe.
Regados por acá y por allá por la faz del globo hay pequeños grupos de santos, o de individuos, que se afanan por un movimiento más grande del Espíritu.

En Topeka, Kansas, a principios de 1900, un predicador metodista llamado Charles Parham se separó del campo evangélico para buscar a Dios. Los demás no podían comprender sus actos. « ¿Dónde está su preocupación por las almas, hermano Parham?» Con un ministerio evangélico tan poderoso como el que él tenía, y en una ciudad bastante grande, él podía haber seguido ganando almas para Jesús, pero ¿dónde se encontraba? En una casa grande de Topeka con un grupo de santos que estaban convencidos de que no tenían todo lo que Dios tenía para ellos, y que también estaban convencidos de que era tiempo de que la iglesia se moviera y entrara en un ámbito más grande en el Espíritu.

Así empezaron el ascenso para Dios. ¡Ellos se encontraron con tremendos poderes de las tinieblas que se les oponían encarnizadamente a cada paso! No obstante, siguieron avanzando en Dios.

Después, el 31 de diciembre de 1900, en una embadurnada reunión en Nueva York, una mujer fue llena con el Espíritu y empezó a hablar en otras lenguas. La gente de la casa siguiente a la casa grande, no supo nada de lo ocurrido en esta ocasión trascendental, y les importó poco; pero se estaba abriendo una puerta para la Iglesia del fin de los tiempos y para el bautismo glorioso con el Espíritu Santo y el fuego.

Con este humilde comienzo, empezaron a suceder cosas por todo el mundo. El avivamiento hizo eclosión en 1902 en un gran movimiento del Espíritu en Gales. Evan Roberts y otros fueron arrebatados en un glorioso huracán de fuerza espiritual y en un diluvio de lluvia espiritual.

En 1904 en Los Angeles, Frank Bartleman y otros más estaban luchando denodadamente en el Espíritu por un poderoso movi­miento para esa ciudad. Ellos fueron escarnecidos y rechazados por aquellos que sólo tenían ojos para la expansión y el adelanto en el ámbito de la salvación por la fe. Ellos fueron de una iglesia a otra buscando la confraternidad del Espíritu, pero parecía que todo lo que ellos podían hacer era esforzarse y gemir en su espíritu por un ascenso en Dios. Y fueron echados fuera.

Dios estaba oyendo a aquellos que a El clamaban y descendió en el pequeño grupo del hermano Charles Parham, donde éste estaba predicando en Houston, Texas, y llamó al predicador nazareno de raza negra para que fuera a Los Angeles. Él fue llevando un mensaje nuevo en el Espíritu, una experiencia nueva en Dios. Fue rechazado por las formas de religión existentes allí, pero Dios abrió la puerta en un viejo edificio de la Calle Azuza.

Fue de aquí de donde empezaron a fluir poderosos ríos de poder y de bendición hasta los más apartados rincones de la tierra. Alguien se había atrevido a oír, a creer, a obedecer y a esforzarse por algo más grande. Los pioneros de Dios se estaban moviendo.

Desde este momento en adelante hubo un poderoso avance para el Evangelio. Las iglesias, las ciudades y las naciones fueron sacu­didas por la fuerza poderosa de Dios, manifestada por medio de Sus humildes siervos. Incontables miles de almas fueron arrastradas al Reino en esta gran cosecha.

Las iglesias pentecostales brotaron por todas partes en el país, a despecho de la violenta y encarnizada oposición hecha por los sistemas religiosos. Esta es la norma. Un nuevo ascenso en el Espíritu siempre produce un alcance mayor jamás visto bajo el orden viejo del hombre. Veamos el ejemplo de la iglesia primitiva.

Después de pocos años de glorioso avivamiento en los primeros años del siglo, el hombre empezó a adueñarse de ella. Las organizaciones empezaron a afirmarse, y se crearon las denomina­ciones, y las juntas de autoridad empezaron a afianzarse en Pentecostés, para que ahora tuviéramos la capacidad de expandir­nos, según decían ellos. Era necesario conseguir fondos para un servicio misionero más eficiente - y ellos hicieron la expansión. Pero el ascenso estaba casi detenido.

El avivamiento pentecostal llegó a dividirse en muchas facciones. Las iglesias y los predica­dores se combatían unos a otros, mientras el mundo y el diablo miraban y se reían.

Ahora es el momento para abrir otra brecha. Hay hombres y mujeres gimiendo en el Espíritu por el último gran movimiento del Espíritu, profetizado para el fin de los tiempos. Ahora se está llevando a cabo una obra grande de intercesión, invisible para el hombre que está admirando sus hermosos sistemas y haciendo alarde de las inmensas ganancias que ha conseguido, en tanto que muchos están clamando porque «llueva en el tiempo de la lluvia tardía.»


 Más Allá del Pentecostés - Clayton Sonmore

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La santidad es la obra del Espíritu Santo en nosotros, separándonos del amor del mundo. La santidad es un cambio de naturaleza desde dentro como resultado de la obra de Dios en nosotros. No es lo que hacemos externamente, sino quienes somos por dentro, lo que importa a Dios.

"Consuelo para los que están en este mundo, pero que no son de este mundo, y por tanto, son odiados y están cansados de él, es que no estarán para siempre en el mundo, ni por mucho tiempo más"
Matthew Henry