Los Israelitas atravesaron el Jordán y se establecieron en la tierra prometida en su último campamento (Campamento No. 42) al final del éxodo, lo cual nos indica simbólicamente la libertad y conquista a la que esta llamada la iglesia al salir de la religión a una vida de libertad, en una relación directa, vital y real con Cristo Jesús; Cristo es símbolo de la tierra prometida y la herencia de los hijos de Dios.

La santidad es la obra del Espíritu Santo en nosotros, separándonos del amor del mundo. La santidad es un cambio de naturaleza desde dentro como resultado de la obra de Dios en nosotros. No es lo que hacemos externamente, sino quienes somos por dentro, lo que importa a Dios.


Mostrando las entradas con la etiqueta John Wesley. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta John Wesley. Mostrar todas las entradas

9 de septiembre de 2012

SERMON XXVI SOBRE EL SERMON DE NUESTRO SEÑOR EN LA MONTAÑA (VI)


John Wesley

Mirad que no hagáis vuestra justicia delante de los hom­bres, para ser vistos de ellos: de otra manera no tendréis mer­ced de vuestro Padre que está en los cielos. Cuando pues ha­ces limosna, no hagas tocar trompeta delante de ti como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las plazas, para ser esti­mados de los hombres: de cierto os digo, que ya tienen su re­compensa. Mas cuando tú haces limosna, no sepa tu izquier­da lo que hace tu derecha; para que sea tu limosna en secre­to: y tu Padre que ve en secreto él te recompensará en pú­blico. Y cuando oras no seas como los hipócritas; porque ellos aman el orar en las sinagogas, y en los cantones de las calles en pie, para ser vistos de los hombres: de cierto os digo, que ya tienen su pago. Mas tú, cuando oras, éntrate en tu cámara, y cerrada tu puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en secreto, te recompensará en público. Y orando, no seáis prolijos, como los Gentiles; que piensan que por su parlería serán oídos. No os hagáis, pues, semejantes a ellos; porque vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad, an­tes que vosotros le pidáis. Vosotros, pues oraréis así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Ven­ga tu reino. Sea hecha tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra. Danos hoy nuestro pan cotidiano y perdóna­nos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal: porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos. Amén. Porque si perdonareis a los hom­bres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial. Mas si no perdonareis a los hombres sus ofensas, tam­poco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas (Mateo 6:1-15).

1.     En el capítulo anterior describió nuestro Señor la re­ligión interior en sus varias formas. Nos mostró las diver­sas disposiciones del alma que constituyen el verdadero cristianismo; los temperamentos interiores que se contienen en esa “santidad, sin la cual nadie verá al Señor;” las afecciones que, cuando manan de su verdadera fuente, de una fe viva en Dios por medio de Jesucristo, son intrínseca y esencial­mente buenas, aceptables a Dios. En este capítulo pasa a mos­trar que todas nuestras acciones, aun las que por su natura­leza son indiferentes, pueden igualmente, por medio de una intención pura y santa, llegar a ser santas y buenas, aceptables a Dios. Declara abiertamente que cualquiera cosa que se ha­ga de otra manera, de nada vale para con Dios. Mientras que todas las obras exteriores que de este modo se consagran a Dios, son de gran valor en su presencia.

2.     Muestra la necesidad de esta pureza de intención, en primer lugar, respecto de aquellos actos que por lo general se consideran como religiosos, y los que en realidad lo son cuando se hacen con buen motivo. Algunos de estos actos llá­manse por lo común obras de piedad; los demás, obras de ca­ridad o de misericordia. Entre las de esta última clase men­ciona especialmente el dar limosna. Entre las de la primera, la oración y el ayuno. Pero las direcciones que da deben apli­carse igualmente a toda clase de obras, ya sean de caridad, ya de misericordia.

8 de septiembre de 2012

SOBRE EL SERMON DE NUESTRO SEÑOR EN LA MONTAÑA (V)


John Wesley
 
No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas: no he venido para abrogar, sino a cumplir. Porque de cierto os digo, que hasta que perezca el cielo y la tierra, ni una jota ni un tilde perecerá de la ley, hasta que todas las co­sas sean hechas. De manera que cualquiera que infringiere uno de estos mandamientos muy pequeños, y así enseñare a los hombres, muy pequeño será llamado en el reino de los cielos: mas cualquiera que hiciere y enseñare, éste será llamado gran­de en el reino de los cielos. Porque os digo, que si vuestra jus­ticia no fuere mayor que la de los escribas y de los Fariseos no entraréis en el reino de los cielos (Mateo 5: 17-20).

1.     Entre la multitud de reproches que se infirieron a Aquel que fue “despreciado y desechado entre los hombres,” no pudo faltar el de que era un maestro de novedades, el in­troductor de una nueva religión. Esto pudo afirmarse con tan­ta más apariencia de verdad, cuanto que muchas de las ex­presiones que usara no eran comunes entre los judíos, puesto que o no las usaban nunca, o si las usaban, no era con tanta fuerza o plenitud de sentido. Añádase a esto el hecho de que el adorar a Dios “en espíritu y en verdad,” debe parecer siem­pre una nueva religión a los que no conocen otra adoración sino la exterior, sólo “la apariencia de piedad.”

2.     Nada improbable es que algunos hayan tenido espe­ranzas de que así fuese—de que estaba aboliendo la religión antigua para introducir otra nueva, una que se alegrarían de que fuese una vía más fácil para entrar al cielo. Pero nues­tro Señor refuta con estas palabras tanto las esperanzas va­nas de los unos, como las calumnias infundadas de los otros.

Las consideraré en el orden en que se encuentran, to­mando un versículo por tema de cada una de las divisiones de mi discurso.

I.     1. “No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas: no he venido para abrogar, sino a cumplir.”

Nuestro Señor, a la verdad, vino a destruir, a disolver y a abolir para siempre el ritual o la ley de las ceremonias, que contenía todos los preceptos y ordenanzas relativos a los an­tiguos sacrificios o al servicio del templo. Todos los apóstoles dan testimonio de esto; no sólo Bernabé y Pablo—quienes re­sistieron decididamente a los que enseñaban a los cristianos “que es menester que guarden la ley de Moisés” (Hechos 15:5); no sólo Pedro, quien calificó la insistencia tesonera en la observancia de la ley ritual, como “tentar a Dios,” y po­ner yugo sobre la cerviz de los discípulos, que “ni nuestros padres ni nosotros,” dijo, “hemos podido llevar”—sino que todos los apóstoles, ancianos y hermanos, estando reunidos de común acuerdo declararon que el mandarles guardar esta ley era tanto como trastornar sus almas, que había parecido bien al Espíritu Santo y a ellos no imponerles semejante carga. Nuestro Señor quitó esta cédula de los ritos; la quitó de en medio y la enclavó en la cruz.

5 de septiembre de 2012

SOBRE EL SERMON DE NUESTRO SEÑOR EN LA MONTAÑA (IV)


John Wesley

Vosotros sois la sal de la tierra; y si la sal se desvane­ciere, ¿con qué será saluda? No vale más para nada; sino pa­ra ser echada fuera y hollada de los hombres. Vosotros sois la luz del mundo: una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder. Ni se enciende una lámpara, y se pone debajo de un almud, mas sobre el candelero; y alumbra a todos los que están en casa. Así alumbre vuestra luz delante de los hom­bres, para que vean vuestras obras buenas, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos. (Mateo 5: 13-16).

1.     La belleza de la santidad, de ese hombre interior que está cambiado según la imagen de Dios, no puede menos que llamar la atención de todos los hombres, de toda persona ilus­trada. Un espíritu manso, humilde y amante, merecerá cuando menos la aprobación de todos aquellos que son capaces en algún grado, de discernir entre el bien y el mal espiritual. Des­de el momento en que los hombres empiezan a salir de las ti­nieblas que cubren el mundo voluble y descuidado, no pueden menos que percibir lo deseable que es el ser transformados a la semejanza de aquel que nos ha criado. Esta religión in­terior lleva la semejanza de Dios tan claramente impresa so­bre sí, que el alma que puede dudar de su origen divino debe de estar por completo sumergida en las cosas materiales. Po­demos decir de esto, en un sentido secundario—aun como del mismo Hijo de Dios—que es “el resplandor de su gloria y la misma imagen de su sustancia”—los rayos de su eterna gloria, y sin embargo, tan templada y suave que aun los hijos de los hombres pueden ver a Dios en ella y vivir. Esta gloria eterna es el carácter, el sello, la impresión viva de su Persona, quien es la fuente de la belleza y el amor, el manantial donde tienen origen toda excelencia y perfección.

2.     Si, por consiguiente, la religión no fuese más allá, los hombres no podrían tener duda, ni la menor objeción en seguirla con todo el fervor de su alma. “Pero, ¿por qué” dicen, “tiene tantos estorbos? ¿Qué necesidad hay de llenarla de obras y de sufrimiento? Esto es lo que enfría el vigor del alma y la postra en tierra otra vez. ¿No basta seguir la cari­dad, elevarse en alas del amor? ¿No basta adorar a Dios que es espíritu en el espíritu de nuestra mente, sin abrumarnos con cosas exteriores, ni pensar en ellas en lo absoluto? ¿No es mejor que toda nuestra inteligencia se absorba en elevada y celestial contemplación, y que en lugar de ocuparnos en cosas exteriores sólo tengamos comunión, con Dios en nues­tros corazones?”

3.     Muchos hombres eminentes se han expresado de es­ta manera. Nos han aconsejado que dejemos de hacer toda obra exterior; que nos retiremos por completo del mundo; que abandonemos el cuerpo; que nos abstraigamos de todas las cosas que los sentidos perciben; que no tengamos el me­nor cuidado respecto de la religión exterior, sino que obremos toda virtud en la voluntad como la mejor manera de per­feccionar el alma, y al mismo tiempo, la más aceptable para con Dios.

2 de septiembre de 2012

SOBRE EL SERMON DE NUESTRO SEÑOR EN LA MONTAÑA (III)

John Wesley

Bienaventurados los de limpio corazón: porque ellos ve­rán a Dios. Bienaventurados los pacificadores: porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los que pade­cen persecución por causa de la justicia: porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados sois, cuando os vitu­peraren, y os persiguieren, y dijeren de vosotros todo mal por mi causa, mintiendo. Gozaos y alegraos; porque vuestra mer­ced es grande en los cielos; que así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros (Mateo 5: 8-12).

I.     1. ¡Qué cosas tan excelentes se dicen del amor a nues­tro prójimo! Es “el cumplimiento de la ley,” “el fin del man­damiento.” Sin esto, todo lo que tenemos, todo lo que hacemos, todo lo que sufrimos, de nada vale en la presencia de Dios. Pe­ro es ese amor a nuestro prójimo que nace del amor a Dios, y el cual por sí mismo y de otra manera no vale nada. Precisa, por consiguiente, que examinemos bien la base sobre la cual descansa el amor a nuestro prójimo; si es que está edificado sobre el amor de Dios; si es que le amamos “porque él nos amó primero;” si somos limpios de corazón, porque esta es la base que nunca será removida. “Bienaventurados los de limpio co­razón: porque ellos verán a Dios.”

2.     Los de “limpio corazón” son aquellos a quienes Dios ha purificado “como él también es limpio;” que están purifi­cados de todo afecto impuro por medio de la fe en la sangre de Jesús. Quienes estando “limpios de toda inmundicia de car­ne y de espíritu, perfeccionan la santidad en el temor” amoroso de Dios. Por medio del poder de su gracia están purificados del orgullo por la más completa pureza de espíritu; de toda pasión mala y turbulenta, por la mansedumbre y la afabili­dad; de todo deseo, excepto el de agradar a Dios y gozar de El, por esa hambre y sed de justicia que absorben al presente su alma, de manera que ahora aman al Señor su Dios de todo su corazón, y de toda su alma, y de toda su mente y de todas sus fuerzas.

3.     Pero ¡en qué poco han tenido esta pureza de corazón los falsos maestros de todas épocas! Apenas han enseñado a los hombres a abstenerse de las impurezas exteriores que Dios ha prohibido y mencionado, pero no se han dirigido al cora­zón, y al no prevenirle en contra de las corrupciones exte­riores, de hecho las han autorizado.

El Señor nos dejó un ejemplo muy notable de esto en las palabras siguientes: “Oísteis que fue dicho: No adulterarás” (v. 27). Al explicar esto, esos guías ciegos de ciegos sólo in­sistían en que los hombres se abstuvieran del hecho exterior. “Mas yo os digo, que cualquiera que mira una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón” (v. 28). Por­que Dios ama la verdad en lo íntimo: escudriña el corazón y prueba los riñones, y si tu corazón mira la iniquidad, el Señor no te oirá.

28 de agosto de 2012

SOBRE EL SERMON DE NUESTRO SEÑOR EN LA MONTAÑA (II)


John Wesley

Bienaventurados los mansos: porque ellos recibirán la tierra por heredad. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia: porque ellos serán hartos. Bienaventurados los misericordiosos: porque ellos alcanzarán misericordia (Ma­teo5:5-7).

I.     1. Cuando ha pasado el invierno, cuando el tiempo de la canción es venido y en nuestro país se ha oído la voz de la tórtola, cuando Aquel que consuela a los que lloran ha vuelto para estar con ellos “para siempre;” cuando a la luz de su presencia las nubes se dispersan—las negras nubes de la duda y de la incertidumbre—y las tempestades del temor huyen; las olas del pesar se calman, y el espíritu se regocija otra vez en Dios, su Salvador, entonces se cumplen evidente­mente estas palabras. Entonces aquellos a quienes El ha con­solado pueden dar testimonio y decir: “Bienaventurados,” o dichosos, “los mansos: porque ellos recibirán la tierra por heredad.”

2.     Pero, ¿quiénes son “los mansos”? No son aquellos que se afligen sin necesidad, porque nada saben; que ven con indiferencia los males que existen, porque no pueden discer­nir entre el bien y el mal. No son aquellos a quienes una tor­pe insensibilidad protege en contra de los golpes de la vida, ni los que, por naturaleza o artificio, tienen la índole de zoquetes o piedras, y a quienes nada lastima porque no sienten nada. Esto no concierne en manera alguna a los filósofos in­sensatos. La apatía está tan distante de la mansedumbre como de la benevolencia. De manera que no llegamos a concebir cómo pudieron algunos cristianos de las edades más puras, especialmente ciertos Padres de la Iglesia, confundir uno de los errores más crasos del paganismo con una de las ramas del verdadero cristianismo.

3.   La mansedumbre cristiana tampoco significa falta de celo por las cosas de Dios, como no significa ignorancia o in­sensibilidad. No, evita todos los extremos, ya de exceso, ya de falta. No destruye, sino que equilibra esas afecciones que el Dios de la naturaleza nunca ha determinado que la gracia desarraigue, sino traiga y someta a ciertas reglas. Procura una norma para la mente. Usa una balanza fiel para pesar la ira, el dolor y el miedo, procurando el término medio en todas las circunstancias de la vida, sin inclinarse a la derecha ni a la izquierda.

4.     Propiamente hablando, parece que la mansedumbre se refiere a nosotros, pero puede tener referencia a Dios y a nuestros prójimos. Cuando esta debida actitud de la mente concierne a Dios, por lo general se llama “resignación”—una conformidad llena de calma en todo lo que sea su voluntad respecto de nosotros—aunque no sea agradable a nuestra na­turaleza—y que impulsa constantemente a decir: “El Señor es; haga lo que bien le pareciere.” Cuando consideramos esta virtud más estrictamente con referencia a nosotros mismos, la llamamos paciencia o conformidad. Cuando se ejerce con los demás, se llama afabilidad para con los buenos, clemencia para con los malos.

25 de agosto de 2012

SOBRE EL SERMON DE NUESTRO SEÑOR EN LA MONTAÑA (I)


John Wesley
Y viendo las gentes, subió al monte; y sentándose, se lle­garon a él sus discípulos. Y abriendo su boca les enseñaba diciendo: Bienaventurados los pobres en espíritu: porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los que lloran: porque ellos recibirán consolación (Mateo 5: 1-4).

1.    Había nuestro Señor rodeado a toda Galilea (Mateo 4: 23), empezando el día cuando Juan fue aprehendido (v. 12), no sólo “enseñando” en las sinagogas y “predicando el evan­gelio del reino,” sino también “sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.” En consecuencia natural de esto “le siguieron muchas gentes de Galilea, y de Decápolis, y de Jerusalem, y de Judea y de la otra parte del Jordán” (v. 25). “Y viendo las gentes,” la cual multitud no habría cabido en ninguna sinagoga, aunque hubiese habido alguna cerca de allí, “subió al monte,” donde había lugar para todos los que ve­nían de todas partes a oírle. “Y sentándose,” según la costum­bre judaica, “se llegaron a él sus discípulos. Y abriendo su bo­ca,” expresión que denota principio de un discurso solemne, “les enseñaba diciendo.”
2.    Observemos quién es el que habla a fin de saber có­mo debemos escuchar. Es el Señor del cielo y de la tierra; el Creador de todos, quien como tal, tiene derecho a disponer de sus criaturas. El Señor nuestro Gobernador cuyo reino es desde la eternidad y quien gobierna todas las cosas. El gran Legislador que puede hacer ejecutar todas sus leyes; que puede salvar y perder; castigar con eterna perdición desde su pre­sencia y desde la gloria de su potencia. Es la Sabiduría eterna del Padre, quien sabe de lo que hemos sido hechos, y conoce nuestra más íntima naturaleza; la relación que guardamos pa­ra con el Padre; los unos para con los otros; para con todas las criaturas que Dios ha hecho, y que sabe, por consiguiente, el modo de adaptar las leyes que prescribe a todas las circuns­tancias en que nos ha colocado. Es Aquel que ama a todos los hombres y que tiene misericordia de todas sus obras. El Dios de amor, quien habiendo dejado su eterna gloria, vino a declarar la voluntad del Padre a los hijos de los hombres, y después vuelve al Padre; quien vino mandado por Dios a abrir los ojos de los ciegos y a dar luz a los que habitan en tinieblas. Es el gran Profeta de Dios, acerca de quien había declarado desde mucho tiempo antes: “Mas será que cualquiera que no oyere mis palabras que él hablare en mi nombre, yo le residenciaré” (Deuteronomio 18: 19). O como dice el apóstol: “Y será que cualquiera alma que no oyere a aquel profeta, será desarraiga­do del pueblo” (Hechos 3:23).
3.    Y ¿qué cosa está enseñando? El Hijo de Dios que bajó del cielo nos enseña en este sermón el camino del cielo; del lugar que nos ha preparado; de la gloria que tenía desde antes que el mundo existiera. Nos enseña la verdadera vía de la vida eterna; el camino real que va al reino; la única vía verdadera, porque no hay ninguna otra. Todas las demás lle­van a la perdición. No dice nada de más, nada que no haya recibido del Padre; ni omite, por otra parte, declarar nada del consejo de Dios; mucho menos ha dicho nada erróneo o con­trario a la voluntad de Aquel que le envió. Todas sus pala­bras respecto de todas las cosas son rectas y verdaderas, y per­manecerán por siempre jamás.

16 de agosto de 2012

JEHOVA, JUSTICIA NUESTRA


John Wesley

Este será su nombre que le llamarán: Jehová, justicia nuestra (Jeremías 23: 6).

1.    ¡Cuántas y cuán terribles han sido las contiendas respecto a la religión! Y esto no sólo entre los hijos de este mundo, entre los que no sabían lo que era la verdadera re­ligión, sino aun entre los mismos hijos de Dios, aquellos que han sentido el reino de Dios en sí mismos, que han probado la “justicia, paz y gozo por el Espíritu Santo.” ¡Cuántos de estos hermanos, en todos tiempos, en lugar de unirse en con­tra del enemigo común, han usado sus armas los unos en con­tra de los otros, y no sólo despreciado un tiempo tan precio­so, sino lastimado sus espíritus, debilitado mutuamente sus manos y estorbado por consiguiente, el desarrollo de la gran obra de su común Maestro! ¡Cuántos débiles se han escan­dalizado con tal motivo! ¡Cuántos lisiados se han separado del camino! ¡Cuántos pecadores han confirmado su falta de res­peto a la religión y su desprecio para con aquellos que la pro­fesan! Y ¡cuántos excelentes hombres han sido constreñidos a llorar en secreto!

2.    ¿Qué no debería hacer y sufrir todo aquel que ama a Dios y a sus semejantes, por remediar tan grave mal; por quitar esta contención de entre los hijos de Dios; por restaurar y preservar la paz entre ellos? ¿Qué otra cosa, excepto una buena conciencia, apreciaría demasiado para no separarse de ella, por obtener este buen fin? Y supongamos que no poda­mos hacer que estas guerras cesen en el mundo; que no po­damos conseguir que todos los hijos de Dios se reconcilien; sin embargo, cada quien debe hacer cuanto esté a su alcance por contribuir a esta obra, aunque sea con un grano de arena. Dichosos aquellos que pueden poco más o menos promover la paz y buena voluntad entre los hombres, especialmente entre los hombres buenos, entre los que se han alistado bajo la bandera del Príncipe de la paz, y están, por consiguiente, procurando, en cuanto está en ellos, tener paz “con todos los hombres.”

3.    Se daría un gran paso hacia este glorioso fin, si pu­diéramos conseguir que los hombres sinceros se entendiesen mutuamente. El mero hecho de no entenderse bien es causa de abundantes disputas. Frecuentemente ninguna de las par­tes contendientes entiende lo que la contraria piensa, de lo cual sigue que se atacan con violencia, cuando en realidad de verdad no están desacordes. Y sin embargo, no es siem­pre cosa fácil convencerlos de esto, especialmente cuando se han exaltado los ánimos, lo que es causa de gran dificultad; empero, no es imposible, especialmente cuando procuramos hacerlo no confiando en nosotros mismos, sino poniendo to­da nuestra esperanza en Aquel para quien todas las cosas son posibles. ¡Con qué prontitud puede dispersar las nubes, iluminar sus corazones y ayudarlos a entenderse el uno al otro, y también “la verdad como está en Jesús”!

12 de agosto de 2012

EL GRAN PRIVILEGIO DE LOS QUE SON NACIDOS DE DIOS


John Wesley

Cualquiera que es nacido de Dios, no hace pecado (1 Juan 3:9).

1.    Con mucha frecuencia se ha supuesto que ser na­cido de Dios es lo mismo que estar justificado; que el nue­vo nacimiento y la justificación son únicamente diferentes expresiones que tienen el mismo significado; siendo evidente, por una parte, que cualquiera que está justificado, es también hijo de Dios, y por la otra, que cualquiera que es nacido de Dios está también justificado. Más aún, que estos dos dones de Dios son dados al creyente en un solo y mismo instante. En un momento sus pecados son borrados y es nacido de Dios.

2.    Empero, si bien se puede conceder que la justificación y el nuevo nacimiento son inseparables el uno del otro res­pecto del tiempo en que se efectúan, sin embargo, se puede muy fácilmente distinguir y ver que no son lo mismo, sino dos cosas de naturaleza enteramente diferente. La justificación significa un cambio relativo, mientras que el producido por el nuevo nacimiento es real. Al justificarnos, Dios obra por nos­otros; al engendrarnos otra vez, en nosotros. La justificación cambia nuestra relación para con Dios, de manera que de ene­migos pasamos a ser hijos. Por medio del nuevo nacimiento, se cambia lo más íntimo de nuestras almas, de modo que de pecadores nos convertimos en santos. Aquélla nos restaura al favor de Dios, éste a la imagen de Dios. Significa la justifi­cación el quitar la culpa; el nuevo nacimiento, la destrucción del poder del pecado, de manera que, si bien se unen en cuan­to al tiempo en que acontecen, son, sin embargo, de dos na­turalezas enteramente distintas.

3.    La falta de discernimiento en esto y el no observar la gran diferencia que hay entre estar justificado y nacer otra vez, han sido causa de una gran confusión de ideas en muchos de aquellos que han tratado este asunto; especialmente cuan­do han procurado explicar este gran privilegio de los hijos de Dios, a saber: que “cualquiera que es nacido de Dios, no hace pecado.”

4.     Tal vez sea necesario—a fin de comprender esto cla­ramente—considerar en primer lugar, cuál sea el verdadero significado de la expresión: “Cualquiera que es nacido de Dios,” e investigar, en segundo lugar, en qué sentido “no hace pecado.”

I.      1. Vamos a considerar el verdadero significado de estas palabras: “Cualquiera que es nacido de Dios.” Por lo general, en todos los pasajes de la Sagrada Escritura donde ocurre la expresión: “ser nacido de Dios,” podemos aprender que significa no sólo ser bautizado, o cualquier cambio ex­terior, sino un gran cambio interior: un cambio producido en el alma por la obra del Espíritu Santo; un cambio en to­do nuestro modo de ser. Porque desde el momento en que so­mos nacidos de Dios, vivimos de una manera muy diferente de la anterior—estamos, como quien dice, en otro mundo.

5 de agosto de 2012

LAS SEÑALES DEL NUEVO NACIMIENTO


John Wesley

Así es todo aquel que es nacido del Espíritu (Juan 3:8).

1.    ¿De qué manera nace de Dios todo aquel que es “na­cido del Espíritu,” nacido de nuevo? ¿Qué cosa significa na­cer de nuevo, ser nacido de Dios, o ser nacido del Espíritu? ¿Qué quiere decir ser hijo o criatura de Dios, o tener el espí­ritu de adopción? Sabemos que por la gran misericordia de Dios, estos privilegios generalmente se unen al bautismo, el cual nuestro Señor llama en el versículo 5, “nacer de agua y del Espíritu,” pero deseamos saber además lo que son estos privilegios—qué cosa sea el nuevo nacimiento.

2.    Tal vez no sea necesario dar una definición de esto, siendo que la Sagrada Escritura no lo hace, pero como el asun­to es de vital importancia para todos y cada uno de los hijos de Adán, por cuanto: “el que no naciere otra vez,” naciere del Espíritu, “no puede ver el reino de Dios,” me propongo describir sus señales de la manera más clara que pueda darse y tales cuales las encuentro en la Sagrada Escritura.

I.     1. La primera de estas señales y la base de todas las demás, es la fe. Así dicen: Pablo: “Sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús” (Gálatas 3:26). Juan: “Dióles potestad” (el derecho o privilegio) “de ser hechos hijos de Dios, a los que creen en su nombre; los cuales no son engendrados,” cuan­do creyeron, “de sangre, ni de voluntad de carne,” ni por medio de la generación natural, “ni de voluntad de varón,” como los hijos que adoptan los hombres y en los cuales nin­gún cambio se obra; “mas de Dios” (Juan 1:12, 13). Y tam­bién en su epístola general: “Todo aquel que cree que Jesús es el Cristo, es nacido de Dios” (I Juan 5:1).

2.    Empero la fe de que hablan los apóstoles en estos pa­sajes, no es simplemente especulativa; no es sólo el asenti­miento a la proposición: “Jesús es el Cristo;” ni aun a to­das las proposiciones contenidas en nuestro credo o en el Antiguo o en el Nuevo Testamento. No es únicamente el asen­timiento frío al hecho de que cualquiera de estas doctrinas o todas ellas son creíbles y deben creerse, porque el afirmar esto sería tanto como decir que los diablos son nacidos de Dios, puesto que tienen esta fe—temblando creen que Jesús es el Cristo—y asimismo, que toda Escritura, habiendo sido dada por inspiración divina, es tan verdadera como Dios es ver­dadero—no sólo es el asentimiento que se da a la verdad di­vina aceptando el testimonio de Dios o la evidencia de los milagros, porque esos espíritus escucharon también las pala­bras de sus labios y sabían que su testimonio era fiel y ver­dadero—no pudieron menos que recibir el testimonio que dio de sí mismo y del Padre que lo había mandado. Vieron asi­mismo las grandes obras que hacía, y creyeron, por consi­guiente, que “había venido de Dios.” Sin embargo, a pesar de esta fe, están aún reservados debajo de oscuridad en pri­siones eternas hasta el juicio del gran día.

27 de julio de 2012

LA CIRCUNCISION DEL CORAZON


John Wesley

La circuncisión es la del corazón, en espíritu, no en letra (Romanos 2:29).

1.    Triste es la aserción hecha por un hombre excelente, de que quien predica hoy día los deberes más esenciales del cristianismo corre el peligro de que la mayor parte de sus oyentes lo consideren como un predicador de nuevas doctri­nas. La mayoría de los hombres han gastado de tal manera al vivir la sustancia de la religión, si bien aún profesan re­tenerla, que tan luego se les proponen algunas de las verda­des que acentúan la diferencia entre el espíritu de Cristo y el espíritu del mundo, exclaman inmediatamente: Pones en nues­tros oídos unas nuevas cosas; queremos, pues, saber qué quie­re ser esto, si bien sólo se nos predique a Jesús y a la resu­rrección. La necesaria consecuencia es: Si Cristo ha resucita­do, vosotros también debéis morir para el mundo y vivir entera­mente para Dios.

2.    Palabra dura es esta para el hombre natural que só­lo vive en el mundo y está muerto para Dios; respecto de la cual no se le puede persuadir fácilmente a que reciba como la verdad de Dios, a no ser que modifique la interpretación de tal modo que no quede nada de su uso o significado. No per­cibe las palabras del Espíritu de Dios en su sentido simple y obvio; “le son locura;” y, a la verdad, no las puede entender, porque se han de examinar espiritualmente. Sólo se pueden percibir por medio de ese sentido espiritual que aún no se ha despertado en él, y debido a cuya falta tiene que rechazar lo que es a la vez sabiduría y poder de Dios, como si fuera vana creación de la mente humana.

3.   “La circuncisión es la del corazón, en espíritu, no en letra.” Es señal distintiva del verdadero discípulo de Cris­to, de uno que ya ha sido aceptado por Dios, —no la circun­cisión exterior, el bautismo, ni cualquiera otra forma externa, sino el estado recto del alma, una mente y un espíritu renovados conforme a la imagen de Aquel que los creó. Es una de aquellas verdades importantes que no se pueden exa­minar sino espiritualmente. Lo que el Apóstol mismo indica en las palabras que siguen inmediatamente: La alabanza del cual no viene de los hombres, sino de Dios—como si hubiera dicho: “No esperes, tú que sigues al Maestro, quienquiera que seas, que el mundo, los hombres que no lo siguen, digan: Bien hecho, buen siervo y fiel. Sabe, pues, que la circuncisión de tu corazón, el sello de tu llamamiento, es locura para con el mundo. Confórmate con esperar hasta el día cuando el Señor ha de aparecer, para recibir su aprobación; en ese día recibi­rás la alabanza de Dios en la gran asamblea de los hombres y de los ángeles.”

Me propongo, en primer lugar, investigar minuciosamen­te en qué consiste esta circuncisión del corazón, y en segun­do, mencionar ciertas reflexiones que resultan naturalmente de dicha investigación.

20 de julio de 2012

LOS MEDIOS DE GRACIA


John Wesley

Os habéis apartado de mis leyes, y no las guardasteis (Ma­laquías 3: 7).

I.     1. Empero, ¿existen aún algunas ordenanzas, habien­do el Evangelio sacado la vida y la inmortalidad a la luz? ¿Exis­ten bajo la dispensación cristiana medios instituidos por Dios como los conductos usuales de su gracia? En la Iglesia Apos­tólica no se habría podido hacer semejante pregunta, a no ser que se declarase uno abiertamente pagano, puesto que todos los cristianos estaban de acuerdo en que Cristo había instituido ciertos medios exteriores para comunicar su gra­cia a las almas de los hombres. Su práctica constante esta­bleció esto en una manera indisputable, mientras que “to­dos los que creían estaban juntos, y tenían todas las cosas co­munes” (Hechos 2:44), “y perseveraban en la doctrina de los apóstoles...y en el partimiento del pan y en las oraciones” (v.42).

2.    Empero, en el curso del tiempo, y habiéndose enti­biado el amor de muchos, algunos empezaron a confundir los medios con el fin, y a hacer que la religión consistiera en la ejecución de esas cosas exteriores, más bien que en la regene­ración del corazón según la imagen de Dios. Se olvidaron de que “el fin” de todo “mandamiento es la caridad nacida del corazón limpio” con “fe no fingida;” el amar al Señor su Dios de todo su corazón, y a su prójimo como a sí mismo, y pu­rificarse del orgullo, la ira, los malos deseos por la fe de la operación de Dios. Otros se figuraban que, si bien la reli­gión no consiste principalmente en estos medios exteriores, sin embargo, había algo en ellos que debía agradar a Dios; algo que los debía hacer aceptables a su presencia, aunque no hubiesen cumplido exactamente con los deberes más im­portantes de la ley, la justicia, la misericordia y el amor de Dios.

3.   Es evidente que estos medios no han producido en aquellos que abusan de ellos el fin para el que fueron institui­dos, sino que al contrario, los medios que deberían haber servido para su salud, les han sido tropiezos. Tan lejos estaban de recibir una bendición por medio de ellos, que más bien atrajeron una maldición sobre sus cabezas. Lejos de crecer más puros de corazón y de vida, se hicieron doblemente más que an­tes hijos del infierno. Otros, al ver claramente que estos medios no traían la gracia de Dios a esos hijos del diablo, empeza­ron a deducir de estos casos particulares una conclusión gene­ral, a saber que no son medios de comunicar la gracia de Dios.

4.     Y sin embargo, el numero de los que abusaron de las instituciones de Dios fue mayor que el de aquellos que las despreciaron; hasta que aparecieron ciertos hombres de gran inteligencia—y en algunos casos también de mucho saber— quienes parecían ser amables y parecían haber experimenta­do personalmente la verdadera religión del corazón, algunos de los cuales eran luces que ardían y resplandecían, personas de renombre en su generación, que habían vivido bien en la Iglesia de Cristo, dando buen ejemplo cuando la iniquidad parecía desbordarse.

4 de julio de 2012

EL GRAN TRIBUNAL


John Wesley

Todos hemos de estar ante el tribunal de Cristo (Roma­nos 14: 10)

1.  ¡Cuántas circunstancias concurren a aumentar lo te­rrible de la presente reunión! El concurso general de gente de todas las edades, sexos, rangos y condiciones se reúne de su motu propio o en contra de su voluntad. No sólo de los luga­res circunvecinos, sino de otros distantes; criminales que pron­to han de ser juzgados y para quienes no hay modo de esca­par; empleados listos en sus diversos puestos a ejecutar las órdenes que se les den, y el representante de nuestro buen soberano, a quien tan altamente honramos y veneramos. Igual­mente el objeto de la reunión de esta asamblea le da mucha solemnidad, pues es: escuchar y decidir sobre toda clase de causas, algunas de las cuales son de la mayor importancia, puesto que de ellas depende la vida o la muerte, esa muerte que descubre toda una eternidad. Indudablemente que con el fin de hacer estas cosas mucho más solemnes no sólo para la mente del vulgo, sino para todos, nuestros padres, en su sabidu­ría, instituyeron los varios pormenores de este tribunal, los que por medio de la vista y del oído afectan el corazón más profundamente y, considerados bajo este punto de vista, las trompetas, los bastones, los trajes no son cosas triviales o in­significantes, sino a propósito para servir en su clase y gra­do a los mejores fines de la sociedad.

2.   Pero por muy terrible que sea esta solemnidad, otra mucho más horrenda se acerca, puesto que dentro de un po­quito todos hemos de estar ante el tribunal de Cristo. “Por­que escrito está,” dice el Señor, “que a mí se doblará toda rodilla, y toda lengua confesará a Dios,” y en ese día “cada uno de nosotros dará a Dios razón de sí.”

3.   Si todos los hombres tuviesen una convicción pro­funda de esta verdad, ¡cómo redundaría en beneficio de la so­ciedad! Porque, ¿qué aliciente más fértil puede concebirse pa­ra la práctica de la verdadera moralidad, para el constante ejercicio de la virtud y el caminar siempre con justicia, mi­sericordia y verdad? ¿Qué cosa mejor que una convicción tan profunda como la de que el Juez está a la puerta, y que muy pronto estaremos ante El, podría esforzar nuestras ma­nos en todo lo bueno y evitarnos todo lo malo?

4.   No está fuera de lugar, por consiguiente, ni es hetero­géneo a los propósitos de esta asamblea, considerar:

I.    Las circunstancias principales que tendrán lugar an­tes de presentarnos ante el tribunal de Jesucristo.

II.   El juicio.

III.    Algunas de las consecuencias que le seguirán.

21 de junio de 2012

EL ARREPENTIMIENTO DEL CREYENTE


John Wesley

Arrepentíos, y creed al evangelio (Marcos 1: 15).

1.    Generalmente se cree que el arrepentimiento y la fe forman, como quien dice, la entrada o las puertas de la reli­gión. Que sólo son necesarios al principio de nuestra carrera cristiana, cuando emprendemos el camino hacia el reino, lo que parece confirmar el gran apóstol al exhortar a los cris­tianos hebreos a que vayan “adelante a la perfección;” ense­ñándoles a que dejen “la palabra del comienzo en la doctrina de Cristo, no echando otra vez el fundamento del arrepentimiento de obras muertas, y de la fe en Dios,” lo que significa cuando menos, que deben comparativamente abandonar estas cosas, que al principio ocuparon sus mentes, y “proseguir al blanco, al premio de la soberana vocación de Dios en Cristo Jesús.”

2.    Y no cabe la menor duda de que esto es cierto: que existen cierta fe y arrepentimiento, muy necesarios especial­mente al principio; arrepentimiento que es la convicción de nuestra culpabilidad, lo pecaminoso de nuestra naturaleza y nuestra debilidad tan completa; lo que sentimos antes de re­cibir el reino de Dios que, como dice el Señor, “está” en noso­tros, y la fe por medio de la cual recibimos ese reino: “jus­ticia, paz y gozo por el Espíritu Santo.”

3.    Pero, a pesar de esto, existen cierto arrepentimiento y cierta fe (tomando estas palabras en otro sentido que no es el mismo ni tampoco por completo diferente del anterior), que son un requisito aún después de haber creído al evange­lio; más aún, en todas las épocas sucesivas de nuestra carrera cristiana, de otra manera no podremos correr “la carrera que nos es propuesta.” Y este arrepentimiento y fe se necesitan para poder continuar y crecer en gracia, así como la fe y el arrepentimiento anteriores fueron esenciales para entrar en el reino de Dios.

Mas ¿en qué sentido nos debemos arrepentir y creer des­pués de haber sido justificados? Cuestión muy importante es ésta, y digna, por lo tanto, de la mayor atención.

I.     En primer lugar, ¿en qué sentido nos debemos arre­pentir?

1.    El arrepentimiento muy a menudo significa un cambio interior, un cambio de la mente que pasa del pecado a la san­tidad. Pero ahora le damos otro significado: es el conocimien­to de uno mismo, la conciencia de que somos pecadores, peca­dores culpables y desamparados, si bien sabemos que somos hijos de Dios.

2.    Y a la verdad que cuando sabemos esto por primera vez, cuando en la sangre de Jesús encontramos redención, cuando el amor de Dios se derrama en nuestros corazones y su reino queda en ellos establecido, es muy natural suponer que ya no somos pecadores, que todos nuestros pecados han sido no sólo cubiertos, sino por completo destruidos.

15 de junio de 2012

DEL PECADO EN LOS CREYENTES


John Wesley

De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es (II Corintios 5: 17).

I. 1.  ¿Existe pues, el pecado en aquel que está en Cris­to? ¿Permanece en los que creen en El? ¿Queda algún peca­do en aquellos que son nacidos de Dios o están enteramente li­bres de toda trasgresión? No se figure ninguno que esta es una cuestión de mera curiosidad o que importe poco decirla de un modo o de otro. Al contrario, es un asunto de la mayor im­portancia para todos los verdaderos cristianos, puesto que de su solución depende mucho su felicidad presente y futura.

2.   No sé que se haya discutido en la iglesia primitiva, y a la verdad que no había razón para ello, puesto que todos los cristianos estaban de acuerdo en este punto, y, según pue­do juzgar por los escritos que nos han quedado de aquellos tiempos, los cristianos primitivos en su totalidad declaran a una voz que aun los creyentes en Cristo tienen que luchar tan­to con la carne y la sangre, con la naturaleza pecaminosa, co­mo con “los principados y potestades,” hasta que llegan a con­fortarse “en el Señor y en la potencia de su fortaleza.”

3.   Y en este punto, como a la verdad en muchos otros, nuestra iglesia copia con toda fidelidad de la primitiva y de­clara en su Artículo IX: “El pecado original es la corrupción de la naturaleza de todo hombre, por lo que el hombre es de su misma naturaleza inclinado al mal; de suerte que la car­ne está en continua lucha con el Espíritu. Esta infección na­tural permanece aún en los que están regenerados, por lo cual causa esta inclinación de la carne, llamada en griego f????µa sa???d no se sujeta a la ley de Dios, y si bien no hay conde­nación alguna para los que creen, sin embargo, esta concu­piscencia tiene en sí misma la naturaleza del pecado.”

4.   El mismo testimonio dan todas las demás iglesias: no sólo la griega y la romana, sino todas las denominaciones re­formadas en Europa; tanto que algunas van demasiado lejos describiendo con tales colores la corrupción en el corazón del creyente, que apenas conceden dominio sobre su naturaleza. Antes por el contrario, enseñan que está sujeta a ella, de ma­nera que se hace muy difícil distinguir entre el creyente y el incrédulo.

5.   Al tratar algunos hombres de buena intención—muy especialmente los que el conde Zinzendorf tuvo bajo su di­rección—de evitar este peligro, cayeron en la otra exagera­ción, afirmando que “los verdaderos creyentes no sólo están salvos del dominio del pecado, sino del pecado mismo, interior y exterior, de tal manera que ya no permanece en ellos.” Muchos de nuestros compatriotas aceptaron, hará unos vein­te años, estas mismas ideas, a saber: que ni la corrupción de la naturaleza permanece en aquellos que creen en Cristo.

6.   Es muy cierto, por otra parte, que muchos alemanes, al exigirles una respuesta categórica, contestaban que “el pe­cado permanece en la carne, pero no en el corazón del cre­yente,” y, pasado algún tiempo, cuando se les demostró lo absurdo de esta aserción, casi se convencieron; concediendo que el pecado permanece—si bien no reina—en el que es na­cido de Dios.

"Consuelo para los que están en este mundo, pero que no son de este mundo, y por tanto, son odiados y están cansados de él, es que no estarán para siempre en el mundo, ni por mucho tiempo más"

Matthew Henry