" Los Isrealitas atravesaron el Jordan y se establecieron en la tierra prometida en su ultimo campamento (Campamento No. 42) al final del exodo , lo cual nos indica simbolicamente la libertad y conquista a la que esta llamada la iglesia al salir de la religión a una vida de libertad, en una relación directa, vital y real con Cristo Jesús; Cristo es símbolo de la tierra promedita y la herencia de los hijos de Dios.

La santidad es la obra del Espíritu Santo en nosotros, separándonos del amor del mundo. La santidad es un cambio de naturaleza desde dentro como resultado de la obra de Dios en nosotros. No es lo que hacemos externamente, sino quienes somos por dentro, lo que importa a Dios.

4 de julio de 2012

EL GRAN TRIBUNAL


John Wesley

Todos hemos de estar ante el tribunal de Cristo (Roma­nos 14: 10)

1.  ¡Cuántas circunstancias concurren a aumentar lo te­rrible de la presente reunión! El concurso general de gente de todas las edades, sexos, rangos y condiciones se reúne de su motu propio o en contra de su voluntad. No sólo de los luga­res circunvecinos, sino de otros distantes; criminales que pron­to han de ser juzgados y para quienes no hay modo de esca­par; empleados listos en sus diversos puestos a ejecutar las órdenes que se les den, y el representante de nuestro buen soberano, a quien tan altamente honramos y veneramos. Igual­mente el objeto de la reunión de esta asamblea le da mucha solemnidad, pues es: escuchar y decidir sobre toda clase de causas, algunas de las cuales son de la mayor importancia, puesto que de ellas depende la vida o la muerte, esa muerte que descubre toda una eternidad. Indudablemente que con el fin de hacer estas cosas mucho más solemnes no sólo para la mente del vulgo, sino para todos, nuestros padres, en su sabidu­ría, instituyeron los varios pormenores de este tribunal, los que por medio de la vista y del oído afectan el corazón más profundamente y, considerados bajo este punto de vista, las trompetas, los bastones, los trajes no son cosas triviales o in­significantes, sino a propósito para servir en su clase y gra­do a los mejores fines de la sociedad.

2.   Pero por muy terrible que sea esta solemnidad, otra mucho más horrenda se acerca, puesto que dentro de un po­quito todos hemos de estar ante el tribunal de Cristo. “Por­que escrito está,” dice el Señor, “que a mí se doblará toda rodilla, y toda lengua confesará a Dios,” y en ese día “cada uno de nosotros dará a Dios razón de sí.”

3.   Si todos los hombres tuviesen una convicción pro­funda de esta verdad, ¡cómo redundaría en beneficio de la so­ciedad! Porque, ¿qué aliciente más fértil puede concebirse pa­ra la práctica de la verdadera moralidad, para el constante ejercicio de la virtud y el caminar siempre con justicia, mi­sericordia y verdad? ¿Qué cosa mejor que una convicción tan profunda como la de que el Juez está a la puerta, y que muy pronto estaremos ante El, podría esforzar nuestras ma­nos en todo lo bueno y evitarnos todo lo malo?

4.   No está fuera de lugar, por consiguiente, ni es hetero­géneo a los propósitos de esta asamblea, considerar:

I.    Las circunstancias principales que tendrán lugar an­tes de presentarnos ante el tribunal de Jesucristo.

II.   El juicio.

III.    Algunas de las consecuencias que le seguirán.

I.    1. Consideremos, en primer lugar, las circunstancias principales que tendrán lugar antes de presentarnos ante el tribunal de Jesucristo.

Primeramente, Dios dará “prodigios arriba en el cielo, y señales abajo en la tierra” (Hechos 2: 19). “En gran manera será la tierra conmovida. Temblará la tierra vacilando como un borracho, y será removida como una choza” (Isaías 24:19, 20). “Habrá grandes terremotos,” no en varias, sino “en to­das partes;” no sólo en una o varias, sino en todas partes de la tierra (Lucas 21:11, V.M.); tan grandes cual no los ha ha­bido jamás desde que los hombres han estado sobre la tierra, En uno de ésos “toda isla” huirá, “y los montes” no serán “hallados” (Apocalipsis 16: 20). Al mismo tiempo todas las aguas del globo terrestre sentirán la violencia de estas conmo­ciones, “el sonido de la mar y de las ondas” (Lucas 21:25), con tal agitación cual no se ha escuchado “desde aquel día,” cuan­do “fueron rotas todas las fuentes del gran abismo” para des­truir “todo lo que tenía aliento de espíritu de vida en sus na­rices, todo lo que había en la tierra.” El espacio estará lleno de tempestad y tormenta, lleno de fuego y columnas de humo (Joel 2:30), retumbando la tierra de polo a polo y siendo des­pedazada por miles de rayos. La tempestad no se limitará al aire, sino que “las virtudes de los cielos serán conmovidas…habrá señales en el sol y en la luna, y en las estrellas” (Lucas 21:25, 26), tanto en las fijas como en las que giran. “El sol se tornará en tinieblas y la luna en sangre, antes que venga el día grande y espantoso de Jehová” (Joel 2:31). “Las estre­llas retraerán su resplandor” (Joel 3: 15), y aun “caerán so­bre la tierra” (Apocalipsis 6: 13), al desprenderse de sus ór­bitas. Entonces se dejará escuchar el grito universal de to­das las compañías celestiales, al que seguirá la voz del arcán­gel, proclamando la venida del Hijo de Dios y del hombre, y “la trompeta de Dios” despertará a todos los que duermen en el polvo de la tierra (I Tesalonicenses 4: 16).

En conse­cuencia de lo cual, se abrirán todos los sepulcros y se levan­tarán los cuerpos de los muertos; el mar dará también los cuerpos que estén en él (Apocalipsis 20:13), y cada uno se le­vantará en “su propio cuerpo;” su cuerpo en sustancia, aun­que con sus atributos tan cambiados que de ello no tenemos ahora la menor idea. Porque esto corruptible será vestido de incorrupción y esto mortal será vestido de inmortalidad (1 Corintios 15: 53). Más aún, la muerte y el hades darán los muertos que estén en ellos (Apocalipsis 20: 13), de manera que todos los que hayan vivido y muerto, desde que Dios creó al hombre, resucitarán incorruptibles e inmortales.

2.   Al mismo tiempo, el Hijo del hombre enviará sus ángeles por toda la tierra “y juntarán sus escogidos de los cuatro vientos, de un cabo del cielo hasta el otro” (Mateo 24:31), y el Señor mismo vendrá en las nubes, en su gloria y la gloria de su Padre, con miles de santos, millares de ángeles, y “se sentará sobre el trono de su gloria. Y serán reunidas de­lante de él todas las gentes; y los apartará los unos de los otros, como aparta el pastor las ovejas de los cabritos.” “Y pondrá las ovejas,” los buenos, “a su derecha, y los cabritos,” los ma­los, “a la izquierda” (Mateo 25:31-33). Refiriéndose a esta asamblea general, dice el discípulo amado: “Y vi los muer­tos,” todos los que habían muerto, “grandes y pequeños, que estaban delante de Dios; y los libros fueron abiertos” (expre­sión figurativa que indudablemente se refiere al modo de proceder que se usa entre los hombres), “y fueron juzgados los muertos por las cosas que estaban escritas en los libros, según sus obras” (Apocalipsis 20: 12).

II.   Estas son las circunstancias principales que se refie­ren en los Oráculos de Dios, y que sucederán inmediatamente antes del juicio. Consideremos, en segundo lugar, el juicio mismo hasta donde ha placido a Dios revelárnoslo.

1.   La Persona por medio de la que Dios juzgará al mundo, es su Unigénito Hijo, cuyas “salidas son desde el princi­pio, desde los días del siglo;” “el cual es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos;” al cual “siendo el resplandor de su gloria, y la misma imagen de su sustancia” (Hebreos 1:3), el Padre dio todo el juicio, “por cuanto es el Hijo del hom­bre” (Juan 5:22, 27). Porque aunque estuvo en la “forma de Dios, y no tuvo por usurpación ser igual a Dios; sin em­bargo, se anonadó a sí mismo, tornando forma de siervo, hecho semejante a los hombres” (Filipenses 2: 6-7). Más aún, “hallado en la condición como hombre, se humilló a sí mis­mo,” y además, se hizo “obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también le ensalzó a lo sumo,” aun en su naturaleza humana, y le ordenó, como hombre, para juzgar a los hijos de los hombres, para que fuese “El juez de los vivos y de los muertos,” de los que aún estén vivos en el día de su venida, y de los que hayan muerto y sido sepultados.

2.   El tiempo llamado por el profeta “el día grande y te­rrible,” se llama por lo general en la Sagrada Escritura: el día del Señor. El espacio desde la creación del hombre en la tierra hasta el fin de todas las cosas, es el día de los hijos de los hombres. El tiempo que está pasando es lo que podemos con propiedad llamar: nuestro día. Cuando éste se acabe, em­pezará el día del Señor. Empero, ¿quién sabe qué tanto du­rará? “Un día delante del Señor es como mil años, y mil años como un día” (II Pedro 3: 8). De esta misma expresión de­dujeron algunos de los padres antiguos que lo que general­mente se llama el día del juicio, duraría indudablemente mil años, y según parece no exageraron la verdad, sino que ape­nas se aproximaron a ella; porque si nos ponemos a calcu­lar el número de las personas que han de ser juzgadas y de los hechos que se han de investigar, apenas parece que mil años basten para lo que tendrá que hacerse ese día. De manera que no sería improbable el que ese espacio de tiempo se ex­tienda a varios miles de años. Mas Dios revelará esto a su debido tiempo.

3.   Respecto al lugar donde se juzgará al género huma­no, la Sagrada Escritura nada dice terminantemente. Un eminente escritor, cuya opinión es la misma que la de muchos otros, supone que será en la tierra, donde las obras fueron hechas y según las cuales será el juicio, y que con tal fin, Dios empleará a los ángeles de su fortaleza “para arreglar y pre­parar el inmenso espacio, y dilatar el área donde ha de reunirse el género humano,” Empero tal vez esté más en conformidad con las palabras de nuestro Señor referentes a que ha de venir en las nubes, el suponer que la raza humana se con­gregará en el espacio, arriba en la tierra, si no a una distan­cia doble del planeta. Esta suposición está sostenida—y no en poco—por lo que Pablo escribe a los Tesalonicenses: “Los muertos en Cristo resucitarán primero; luego nosotros los que vivimos, los que quedamos, juntamente con ellos seremos arrebatados en las nubes a recibir al Señor en el aire” (I Te­salonicenses 4: 16-17). De manera que parece muy probable que el gran trono blanco esté muy alto en el espacio, más allá de la tierra.

4.   Las personas que han de ser juzgadas, ¿quién podrá contarlas? Serán como las gotas de la lluvia o la arena de la mar. “Miré,” dice Juan, “y he aquí una gran compañía, la cual ninguno podía contar, vestida de ropas blancas, y palmas en sus manos.” ¡Qué inmensa deberá ser la multitud total de todas las naciones, y linajes, y pueblos y lugares; de todos los que han salido de los lomos de Adán desde que el mundo fue creado hasta que se acabe!

Si admitimos la suposición general, que no parece tener en sí nada de absurdo, de que existen en la tierra nada menos que cuatrocientos millones de almas— hombres, mujeres y niños— ¡qué congregación no formarán todas esas generaciones que se han sucedido durante tantos miles de años!

“Gran Jerjes, el mundo sobre las armas, de Cane la orgullosa hueste. Toda está aquí y aquí toda se pierde; Su número se aumenta hasta ser vano el querer contarlo; Pues se pierde como una gota en el inmenso océano.”

Todo hombre, toda mujer, toda criatura recién nacida, que haya respirado el aire de la vida, escuchará entonces la voz del Hijo de Dios; volverá a la vida y aparecerá ante El. Este parece ser el significado natural de aquella expresión: “los muertos, grandes y chicos.” Todos universalmente, sin excepción, de todas edades, sexos y grados, que hayan vivido y muerto, o sufrido un cambio equivalente a la muerte. Por­que mucho antes de aquel gran día, el fantasma de la gran­deza humana—sumergiéndose en la nada—habrá desaparecido. Desaparecerá aun en el momento mismo de la muerte. ¿Quién es grande o rico cuando baja a la tumba?

5.   Todos los hombres darán cuenta “cada uno de sus propias obras;” una cuenta cabal y verdadera de todo lo que hicieron cuando estaban en sus cuerpos, lo bueno y malo. ¡Ay, y qué cosas no se descubrirán en aquel día en la presencia de los ángeles y de los hombres! Cuando no Radamante—el de la fábula—sino el Señor Dios Omnipotente—que sabe todas las cosas en el cielo y en la tierra,—

“Castigatque, auditque dolos; subigitque fateri

Quœ quis apud superos, furto lœtatus inani

Distulit in seram commissa piacula mortem.”[2]

Y no sólo las acciones de cada hombre se descubrirán en ese día, sino todas sus palabras también, puesto “que toda pa­labra ociosa que hablaren los hombres, de ella darán cuen­ta en el día del juicio” (Mateo 12:36, 37); de manera que “por tus palabras,” lo mismo que por tus obras, “serás justi­ficado, y por tus palabras serás condenado.” ¿No sacará en­tonces Dios a la luz todas y cada una de las circunstancias que acompañaron a cada palabra y acción, y que si no cam­biaron su naturaleza, disminuyeron o aumentaron su perver­sidad? Y qué cosa tan fácil es ésta para Aquel cuyos “ojos es­tán sobre los caminos del hombre y ve todos sus pasos.” Sabe­mos que “las tinieblas no encubren” de El, y que para El “la noche resplandece como el día.”

6.   Más aún, no sólo sacará a luz obras escondidas en las tinieblas, sino hasta los meros pensamientos e intenciones del corazón. Cosa que no debe sorprendernos porque “él escu­driña los riñones y los corazones;” “todas las cosas están des­nudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta.” “El sepulcro es descubierto delante de él, y el infier­no no tiene cobertura,” ¿cuánto más los corazones de los hom­bres?

7.   En ese día se descubrirán todas las intenciones secre­tas de toda alma humana: todos los apetitos, pasiones, incli­naciones, afectos con sus variadas combinaciones, y con todos los temperamentos y disposiciones que constituyen el carácter completo de cada individuo, dando por resultado que se verá de la manera más clara e infalible, quién fue justo y quién in­justo, y qué grado de bondad o de maldad hubo en cada in­dividuo, complexión o acción.

8.   “Entonces el Rey dirá a los que estarán a su derecha: Venid, benditos de mi Padre...porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui hués­ped, y me recogisteis; desnudo, y me cubristeis.” Igualmente se anunciarán ante todo el mundo y los ángeles las buenas obras que aquellos hicieron en la tierra—todo lo que hayan hecho, sus palabras y sus acciones en el nombre o por amor del Señor Jesús, sus buenos deseos, intenciones, pensamien­tos, sus santas disposiciones—y se verá cómo aunque los hombres las ignoraron u olvidaron, Dios las escribió en su libro. De la misma manera serán descubiertos todos sus su­frimientos por el nombre del Señor Jesús y por el testimo­nio de una buena conciencia, a fin de que reciban la alaban­za del justo Juez y la honra que merecen entre los santos y los ángeles, y principalmente el sobremanera “alto y eterno peso de la gloria.”

9.   Pero, ¿se mencionarán también las malas obras (sien­do que no existe un solo hombre sobre la tierra que viva y deje de pecar), y saldrán a la luz en ese día para ser descu­biertas ante la gran congregación? Muchos creen que no será así y dicen: “Esto indicaría que sus sufrimientos no conclu­yen con su vida en este mundo, y que todavía tendrían que padecer dolor, vergüenza y confusión.” Preguntan además, “¿Cómo puede reconciliarse esto con la declaración de Dios por medio de su profeta: ‘Mas el limpio, si se apartare de to­dos sus pecados que hizo, y guardare todas mis ordenanzas e hiciere juicio y justicia...todas sus rebeliones que cometió no le serán recordadas’ (Ezequiel 18: 21,22)? ¿Cómo pue­de estar en consonancia con la promesa que Dios hace a todos los que aceptan el pacto del Evangelio: ‘Perdonará la maldad de ellos y no me acordaré más de su pecado’ (Jeremías 31:34), o como dice el Apóstol, hablando del mismo pacto: ‘Seré propicio a sus injusticias, y de sus pecados y de sus ini­quidades no me acordará más’ (Hebreos 8: 12) ?“

10. A lo que se puede contestar: es absoluta y aparen­temente necesario para la completa manifestación de la gloria de Dios; para el despliegue completo y claro de su sabiduría, justicia, poder y misericordia hacia los herederos de su sal­vación, que salgan a la luz todos los pormenores de su vida, así como sus constituciones físicas, deseos, pensamientos y movimientos de sus corazones. De lo contrario, ¿cómo podría saberse desde qué profundidad de pecado y miseria los salvó la gracia de Dios? Y a la verdad que si todas las vidas de los hi­jos de los hombres no se descubriesen por completo, el plan sorprendente de la divina providencia no podría manifestarse, ni podríamos en muchísimas ocasiones justificar los caminos del Señor para con el hombre. A no ser que las palabras de nuestro Señor se cumplan al pie de la letra y sin restricción ni limitación alguna—”nada hay encubierto que no haya de ser manifestado; ni oculto que no haya de saberse” (Mateo 10:26) —muchísimas de las manifestaciones divinas parecerían todavía ser sin razón, y sólo después de que Dios haya saca­do a la luz todas las cosas ocultas en las tinieblas,—quienquiera que haya sido el autor de ellas—se verá la sabiduría y bondad de todos sus caminos, pues pudo ver a través de las espesas nu­bes y gobernar todas las cosas con el sabio consejo de su vo­luntad, y no dejó nada al capricho de los hombres o al acaso, sino que dispuso todas las cosas con firmeza y bondad, y de­sarrolló todo en justicia, misericordia y verdad.

11. Con gozo inexplicable se regocijarán los justos al descubrir las perfecciones divinas, y muy lejos de sentir nin­gún sufrimiento, ni la pena de la vergüenza, con motivo de aquellas transgresiones del pecado que hace mucho tiempo fueron desvanecidas como una nube, lavadas con la sangre del Cordero, les bastará muy abundantemente que no se men­cionen ni una sola vez en perjuicio de ellos las transgresiones que cometieron; que ya no se recuerden para su condenación de sus pecados, quebrantamientos o iniquidades. Este es el sentido claro de la promesa y toda la verdad que los hijos de Dios descubrirán para su eterno consuelo.

12. Después de juzgar a los justos, tornaráse el juez ha­cia los que estén a su izquierda, quienes serán también juz­gados, cada hombre según sus obras. No sólo por sus malas obras, sino por todas las malas palabras que hayan hablado; más aún, por todos los malos deseos, aflicciones o disposicio­nes que tengan o hayan tenido lugar en sus almas, y todos los intentos o designios malos que en sus corazones hayan aca­riciado. La sentencia se dará entonces de gozosa absolución para los que estén a la derecha, y de horrenda condena para los que estén a la izquierda—sentencias que permanecerán para siempre tan irrevocables y firmes como el trono de Dios.

III. 1. Pasemos a considerar, en tercer lugar, algunas de las circunstancias que seguirán al juicio final, la primera de las cuales será la sentencia que reciban los buenos y los malos: “E irán éstos al tormento eterno; y los justos a la vida eterna.” Merece observarse el hecho de que la misma palabra se usa en ambas cláusulas, lo que quiere decir que o el cas­tigo es eterno, o el premio no dura para siempre—lo que no puede suceder de ninguna manera, a no ser que Dios perezca o que fallen su misericordia y verdad. “Entonces los justos resplandecerán, como el sol, en el reino de mi Padre.” “Tú los abrevarás del torrente de tus delicias, porque contigo es­tá el manantial de la vida.” Mas, ¿quién podrá describir en len­guaje humano lo que acontecerá entonces? Sólo aquel que es llevado hasta el tercer cielo puede tener una idea de lo que será, pero ni ese mismo puede expresar lo que ha visto-cosas son éstas que ningún hombre puede comunicar.

Al mismo tiempo serán arrojados al infierno todos los ini­cuos, los que se olvidan de Dios, “los cuales serán castiga­dos de eterna perdición por la presencia del Señor, y por la gloria de su potencia;” serán “lanzados en el lago de fuego y azufre, preparado desde antes de la fundación del mundo para el diablo y sus ángeles,” donde roerán sus lenguas en la angustia de su tormento, y mirando hacia arriba maldecirán a Dios. Allí los perros del infierno—la soberbia, la malicia, la venganza, la ira, el horror y la desesperación—los devo­rarán continuamente; allí “no tienen reposo día ni noche,” sino que “el humo del tormento de ellos sube para siempre ja­más,” porque “su gusano no muere, y el fuego nunca se apaga.”

2.   Encogeránse entonces los cielos como un rollo de per­gamino, y con gran estrépito se acabarán, huirán de delante del que estará sentado en el trono, y no será hallado el lugar de ellos (Apocalipsis 2: 11). El apóstol Pedro nos describe aun la manera como se acabarán: En el “día de Dios...los cielos, siendo encendidos, serán deshechos” (II Pedro 3:12). Toda la sublime obra será despedazada por la furia de los ele­mentos, la unión de sus partes destruida, y cada átomo arran­cado de los demás; la tierra y las obras que en ella están serán quemadas por esos mismos elementos; las obras enormes de la naturaleza, los montes eternos, las montañas que han desafia­do la furia del tiempo y permanecido inmóviles durante tan­tos miles de años, se sumergirán en las ruinas del fuego. ¡Cuán­to menos podrán resistir las obras del arte, aun las más durables; los esfuerzos más inauditos de la industria humana— los túmulos, las columnas, los arcos triunfales, los castillos, las pirámides—al conquistador del fuego! Todo morirá, perecerá, se desvanecerá como un sueño cuando despierta el hombre.

3.   A la verdad que algunos grandes hombres de recono­cida bondad, han imaginado que necesitándose para aniqui­lar las cosas el mismo poder omnipotente que para hacer pa­sar las cosas de la existencia a la no existencia, ninguna parte, ni un átomo del universo será por completo y finalmente destruido. Suponen más bien lo que no hemos tenido tiem­po de considerar, a saber: que así como el fuego en su últi­ma operación reduce a vidrio lo que con fuego más lento se reduce a cenizas, en el día que Dios ha ordenado, toda la tie­rra—si no es que los cielos materiales—sufrirá también este cambio, después del cual el fuego no tendrá más poder sobre ellos. Se cree que esta opinión está basada en las palabras de Juan: “Y delante del trono había como un mar de vidrio, semejante al cristal” (Apocalipsis 4:6). No podemos afirmar ni negar esto, pero a debido tiempo lo sabremos.

4.   Si los que se burlan de la religión, los filosofastros, preguntan: ¿cómo puede ser esto? ¿de dónde vendrá seme­jante cantidad de fuego suficiente para destruir todo el globo terráqueo? Les contestaremos primeramente, que esta dificul­tad no es peculiar al cristianismo, puesto que la misma obje­ción hacían casi universalmente los paganos liberales. Así que uno de sus célebres librepensadores da expresión a la idea comúnmente aceptada, en las siguientes palabras:

Esse quoque in fatis reminiscitur, affore tempus,

Quo mare, quo tellus, correptaque regia cœli

Ardeat, te mundi moles oporosa laboret.[3]

Pero, en segundo lugar, es muy fácil contestar, aun según nuestro conocimiento superficial de las cosas, que hay sufi­cientes depósitos de fuego preparado y atesorado para el día del Señor. ¿Quién quita que un cometa, mandado por El, ven­ga de las partes más remotas del universo, y toque la tierra al volver del sol cuando está mil veces más caliente que una bala al salir del cañón? ¿Quién podrá calcular lo tremendo de las consecuencias inmediatas? Empero, sin ascender hasta los cielos, ¿no podrían los mismos rayos que alumbran al mun­do causar, por mandato del Dios de la naturaleza, completa ruina y destrucción? O, sin ir más lejos del mismo globo, ¿quién sabe lo vastísimo de los depósitos de fuego líquido que durante las edades se han ido acumulando en las entrañas de la tierra? El Etna, el Hecla, el Vesubio y otros volcanes, ¿que otra cosa son las bocas de estos hornos de fuego sino la prueba, la evidencia, de que Dios tiene listos los elementos para cumplir su palabra? Más aún, si observamos tan sólo la superficie de la tierra y las cosas que por todas partes nos ro­dean, es evidente—como lo prueban miles de experimentos que no se pueden negar—que nosotros mismos, nuestros cuer­pos, estamos llenos de fuego, lo mismo que todo lo que nos rodea. ¿No sería cosa muy fácil hacer visible, aun para el ojo, este fuego etéreo, y hacer que produjese en las materias com­bustibles el mismo efecto que se produce con el fuego de la co­cina? ¿Se necesita acaso alguna otra cosa más sino que Dios suelte esa cadena secreta con que está atado este irresistible elemento que parece reposar dormido en las partículas de la materia? Y, ¿qué tanto se tardaría en hacer pedazos todo el universo, sumergiéndolo en la más completa ruina?

5.   Hay otra circunstancia que tendrá lugar después del juicio, y que merece ser considerada seriamente: “Esperamos,” dice el apóstol, “cielos nuevos y tierra nueva, según sus pro­mesas, en las cuales mora la justicia” (II Pedro 3:13). La pro­mesa se encuentra en la profecía de Isaías: “Porque he aquí que yo crío nuevos cielos y nueva tierra; y de lo primero no habrá memoria, ni más vendrá al pensamiento” (Isaías 65:17). Tan grande así será la gloria de lo postrero. Juan vio esos cielos en las revelaciones de Dios: “Y vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra se fue­ron” (Apocalipsis 21:1). Y sólo la santidad reina en ese cielo y esa tierra; por consiguiente, añade: “Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hom­bres, y morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y el mismo Dios será su Dios con ellos” (21:3).

Naturalmente todos serán felices, “Limpiará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y la muerte no será más; y no habrá más llanto, ni dolor, ni clamor” (21:4); “Y no habrá más maldición...y verán su cara” (22:3, 4), podrán acercarse a El, y serán por lo tanto, muy seme­jantes a El. Esta es la expresión más fuerte en el lenguaje de las Sagradas Escrituras para expresar la felicidad más per­fecta: “Y su nombre estará en sus frentes;” serán públicamen­te reconocidos como la propiedad de Dios, y su gloriosa natura­leza brillará en ellos muy visiblemente. “Y allí no habrá más noche; y no tienen necesidad de lumbre de antorcha ni de lumbre de sol; porque el Señor Dios los alumbrará; y reinarán para siempre jamás.”

IV. Réstanos tan sólo aplicar las anteriores considera­ciones a todos los que se encuentran aquí ante la presencia de Dios, y lo hacemos guiados naturalmente por la solemnidad actual que nos señala hacia aquel día cuando el Señor en su justicia juzgará al mundo. La ocasión presente, al hacernos pensar en aquella mucho más solemne que ha de venir, puede sugerirnos muchas lecciones provechosas, unas cuantas de las cuales me permitiré indicar. Pluga a Dios grabarlas en nues­tros corazones.

1.   Y en primer lugar, ¡qué hermosos son los pies de aque­llos que son enviados por la sabia y misericordiosa providen­cia de Dios, a defender a los afligidos y a castigar a los mal­vados! Los firmes sostenedores de la tranquilidad pública; los defensores de la inocencia y la virtud; los que nos dan se­guridad en todas las bendiciones temporales de que goza­mos, ¿no son los ministros de Dios que nos protegen? ¿Y no representa cada uno de ellos a un príncipe humano, y más que a un príncipe humano, al Juez de toda la tierra, a Aquel que “en su muslo tiene escrito este nombre: REY DE REYES Y SEÑOR DE SEÑORES”? Ojalá que todos estos hijos del Altísimo fuesen santos como El es santo; sabios con la sabi­duría que se sienta junto a su trono, como Aquel que es la sabiduría eterna del Padre, que no hagan acepción de per­sonas, como El no la hace, sino que recompensen a cada uno según sus obras; que sean inflexibles como El, inexorables, justos, si bien llenos de piedad y tierna misericordia. Así serán terribles para los que hacen el mal, y no en balde tendrán en sus manos la espada de la justicia. Así llegarán las leyes de nuestra patria a tener toda su honra y a cumplir todos sus fi­nes, y el trono de nuestro Rey quedará establecido en justicia.

2.   Vosotros, señores, que en un grado subalterno habéis sido comisionados por Dios y el rey para administrar justi­cia, podéis ser comparados con los que acompañarán y servi­rán al Juez que vendrá en las nubes. ¡Ojalá que, semejantes a ellos, sintáis el amor de Dios y de los hombres ardiendo en vuestros corazones, que améis la justicia y aborrezcáis la ini­quidad; que administréis la justicia en vuestros diferentes pues­tos—según el honor que Dios os ha hecho—a los que han de ser herederos de la salvación, y para la gloria de vuestro gran soberano; que establezcáis la paz, que seáis honra y ben­dición a vuestra patria, los protectores de un país inicuo, los ángeles guardianes de todos los que estén en derredor vuestro!

3.   Vosotros cuyo deber es poner en ejecución lo que os manda Aquel en cuya presencia estáis, ¿cómo no deberíais procurar asemejaros a los que están ante la faz del Hijo del Hombre, que “ejecutan su palabra obedeciendo a la voz de su precepto”? ¿No deberíais ser tan puros como ellos, mostrar que sois buenos siervos de Dios, obrar en justicia, amar la mi­sericordia y hacer a los demás como quisierais que ellos hi­cieran con vosotros? Si así lo hiciereis, el gran Juez, ante cuya presencia estáis continuamente, os dirá también: ¡Bien, bue­nos y fieles siervos, entrad en el gozo de vuestro Señor!

4.   Permitidme que dirija algunas palabras a todos los que hoy día estáis ante la presencia del Señor. ¿No deberíais tener siempre fijo en vuestras mentes el hecho de que un día mucho más terrible está por venir? Esta es una gran asam­blea, pero no es de compararse con aquella que hemos de ver: la asamblea general de todos los hijos de los hombres que han vivido en todas las épocas de este mundo. Algunas personas comparecerán hoy día ante este tribunal para ser juzgadas según los cargos que se les hagan; ahora están en la prisión, tal vez arrastrando una cadena, esperando a que se les juzgue y sentencie. Empero en aquel día, todos vosotros que escu­cháis y yo que os hablo, hemos de estar “ante el tribunal de Cristo.” Estamos ahora aprisionados en la tierra que no es nuestra última morada, en esta cárcel de carne y sangre; mu­chos tal vez en las cadenas de la oscuridad, hasta que se dé la orden de que nos saquen. Aquí se le pregunta a un hom­bre respecto de uno o dos hechos que se supone él mismo hizo.

En aquel día habremos de dar cuenta de todas nuestras obras que hemos hecho desde la cuna hasta el sepulcro; de todas nuestras palabras; de todos nuestros deseos y disposiciones; de todos nuestros pensamientos y las intenciones de nuestro corazón; del uso que hayamos hecho de nuestras diversas facultades, de nuestra mente, nuestro cuerpo, nuestra fortu­na, hasta que Dios nos dijo: “Da cuenta de tu mayordomía, porque ya no podrás ser mayordomo.”

Es muy posible que algunos criminales, por falta de evidencia para condenarlos, escapen de la justicia en esta corte; mas ante aquel tribunal no faltará evidencia. Todos los hombres con quienes tuvisteis las relaciones más secretas que estaban en el secreto de todos vuestros designios y acciones, estarán presentes; lo mismo que todos aquellos ángeles de las tinieblas que os inspiraron malas obras y os ayudaron a ponerlas en práctica. Asimismo los án­geles de Dios, esos mensajeros del Señor que constantemente están corriendo del cielo a la tierra y de la tierra al cielo, que cuidaron de vuestra alma y trabajaron por vuestro bien hasta donde se los permitisteis. Sobre todo vuestra conciencia, la que valdrá más que mil testigos, y la que no podrá cegarse ni ca­llarse, sino que tendrá que conocer y hablar la verdad y nada más que la verdad, respecto de vuestros pensamientos, pala­bras y obras. Y si la conciencia es más que mil testigos, Dios es más que mil conciencias. ¡Oh! ¿quién podrá estar ante la presencia del gran Dios, nuestro Salvador Jesucristo?

He aquí que ya viene. Las nubes son su carroza; anda sobre las alas del viento; lumbre devoradora le precede y una flama de fuego le sigue. He aquí que se sienta en su trono, vestido de luz como con un ropaje, y rodeado de majestad y esplendor. Sus ojos son como llama de fuego, su voz como ruido de muchas aguas.

¿Cómo podréis escapar? ¿Pediréis a las montañas que caigan sobre vosotros? ¡Las mismas montañas, las rocas, la tierra, los cielos estarán listos a desaparecer! ¿Podréis evi­tar la sentencia? ¿De qué manera? ¿Con vuestras posesiones, con mucha plata y oro? ¡Mísero ciego! ¡Desnudo saliste del vientre de tu madre, y desnudo volverás a la eternidad! Es­cuchad al Señor, al juez: “Venid benditos de mi Padre, here­dad el reino preparado para vosotros desde antes de la fun­dación del mundo.” Benditas palabras. ¡Qué diferentes de aquellas otras cuyo eco se esparcirá por toda la extensión de los cielos: “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno pre­parado para el diablo y para sus ángeles”! Y, ¿quién podrá evitar o demorar la ejecución de la sentencia? ¡Vana es­peranza! He aquí que el infierno se mueve en las regiones inferiores para tragar su presa. Las puertas eternas alzarán sus cabezas, y los herederos de la gloria entrarán.

5.   ¡Qué santidad y pureza de costumbres no deberían caracterizar nuestras vidas! Sabemos que antes de mucho descenderá el Señor con la voz del arcángel y la trompeta de Dios, y que todos y cada uno de nosotros compareceremos ante El a dar cuenta de nuestras obras. “Por lo cual, oh ama­dos, estando en esperanza de estas cosas,” sabiendo que ha de venir y no se ha de tardar, “procurad con diligencia que seáis hallados de El, sin mácula y sin reprensión, en paz.” ¿Y qué impide que lo hagáis así? ¿Por qué ha de encontrarse uno solo de vosotros a la mano izquierda en el día de su venida?

El no quiere que ninguno perezca, sino que todos se arre­pientan, y que, por medio del arrepentimiento tengan fe en la sangre del Señor; que por medio de la fe pasen a un amor sin mácula, a la completa semejanza de Dios que renovada en el corazón produzca completa santidad de vida. ¿Podéis du­dar de esto, sabiendo que el Juez de todos los hombres es a la vez el Salvador de todo el género humano? ¿No fue El quien os rescató con su preciosa sangre para que lejos de perecer, tuvieseis vida eterna? Probad su misericordia más bien que su justicia; su amor y no el trueno de su poder.

El no está lejos de cada uno de nosotros y no viene a conde­nar, sino a salvar al mundo. En medio de nosotros está. Peca­dor, ahora mismo, en este momento, está llamando a la puerta de tu corazón. ¡Si al menos conocieses en este tu día lo que concierne a tu paz! ¡Ojalá que os dieseis con humilde fe, en amor santo, puro y ferviente, a Aquel que se entregó a sí mis­mo por vosotros, para que podáis regocijaros con gran rego­cijo en aquel su día cuando vendrá en las nubes del cielo!

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 SERMON 15 - John Wesley

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Matthew Henry