" Los Isrealitas atravesaron el Jordan y se establecieron en la tierra prometida en su ultimo campamento (Campamento No. 42) al final del exodo , lo cual nos indica simbolicamente la libertad y conquista a la que esta llamada la iglesia al salir de la religión a una vida de libertad, en una relación directa, vital y real con Cristo Jesús; Cristo es símbolo de la tierra promedita y la herencia de los hijos de Dios.

La santidad es la obra del Espíritu Santo en nosotros, separándonos del amor del mundo. La santidad es un cambio de naturaleza desde dentro como resultado de la obra de Dios en nosotros. No es lo que hacemos externamente, sino quienes somos por dentro, lo que importa a Dios.

5 de abril de 2011

EL PRAGMATISMO


Paris Reidhead

(Antes de leer el siguiente texto, seria aconsejable leer Jueces; (17:1-13), (18:1-6), (18:14-21).

Me gustaría llevar su atención al hecho de que en nuestra época la filosofía imperante es el pragmatismo. Ustedes saben lo que quiero decir con pragmatismo: significa que, si funciona, es verdad; si tiene éxito, es bueno. Y todas sus prácticas, todos sus principios, toda su verdad, todas sus llamadas “enseñanzas”, las prueban preguntándose: ¿funciona?, ¿funcionan?

Ahora bien, si evaluamos las cosas de acuerdo al pragmatismo, algunos de los hombres que Dios ha honrado más, han sido los mayores fracasados.

Por ejemplo, Noé fue un gran constructor de barcos; sin embargo, ésa no fue su principal ocupación, sino la predicación. Y como predicador fue un fracaso total: solo convenció a su esposa, a sus tres hijos y a sus nueras. ¡Siete convertidos en ciento veinte años!... Yo no lo llamaría particularmente efectivo. En un caso así, antes de que pasara tanto tiempo, la mayoría de las organizaciones misioneras les pedirían a sus misioneros que se retiraran. Como constructor de barcos le fue bastante bien, pero como predicador... fue un fracaso.

Años más tarde, nos encontramos con Jeremías. Él sí era un poderoso predicador, pero ineficaz también en cuanto a resultados. Si midieran estadísticamente lo exitoso que fue Jeremías, probablemente obtendría un gran cero. Porque encontramos que no tuvo buenos resultados con el pueblo, no tuvo buenos resultados con la realeza, incluso el consejo ministerial de su época votó en su contra y no querían nada que tuviera que ver con él. Al único que “al parecer” fue capaz de agradar, fue a Dios... pero, “aparte de eso”, fue un claro fracasado.

Y así, llegamos a otra persona reconocida: el Señor Jesucristo, quien, según el pragmatismo, fue un fracaso de acuerdo con todos los estándares, ya que nunca fundó una iglesia o denominación, “no fue capaz” de construir una escuela, no tuvo éxito por establecer una asociación misionera, jamás publicó un libro, ni llegó a usar siquiera uno de los varios criterios o herramientas que nos son tan útiles en la actualidad. (No estoy siendo sarcástico, en realidad son útiles.)

Nuestro Señor predicó durante tres años, sanó a miles de personas, alimentó a varios miles más; y aun así, cuando todo terminó, solo hubo entre ciento veinte... digamos... ¡apenas quinientos! a los que pudo revelarse después de su resurrección.

El día en que fue entregado, un hombre le dijo: “Si los demás te abandonan, yo estoy dispuesto a morir por ti.” Él lo miró y le dijo: “Pedro, no conoces tu propio corazón. Vas a negarme tres veces antes de que el gallo cante esta mañana.” Así que..., todos... lo abandonaron y huyeron. Sí, comparado con cualquier estándar de nuestra generación o de cualquier otra generación, nuestro Señor fue un claro fracasado.

La pregunta entonces se reduce a lo siguiente: ¿Cuál es el estándar del éxito y cómo vamos a medir nuestra vida y nuestro ministerio?
Y la pregunta que se van a hacer a ustedes mismos es: ¿Para mí, Dios es un fin o es un medio?

Tienen que decidir desde el principio de su vida cristiana si están considerando a Dios como un medio o como un fin, pues nuestra generación está dispuesta a honrar y a mencionar como destacado a cualquiera que tenga éxito, sin importar que haya resuelto esta cuestión o no.
Mientras haga las cosas, cumpla con su trabajo y se pueda decir de esa persona: “Funciona, ¿no?”, entonces nuestra generación está lista para decir: “Bueno, se lo tenemos que reconocer.”

Así que, es necesario preguntarnos, ya sea al principio de nuestro ministerio o a la mitad de nuestro peregrinar, mientras vamos caminando: ¿Vamos a ser levitas que sirvan a Dios por diez monedas y una camisa?

A veces, al igual que ese levita, servimos a los hombres en nombre de Dios, en lugar de servir a Dios. Porque, aunque él era un levita y desempeñaba actividades religiosas, en realidad estaba buscando un lugar. Un lugar en el que lo reconocieran, un lugar en el que lo aceptaran, donde le dieran seguridad y pudiera brillar de acuerdo a los valores que para él eran importantes. Él se dedicaba a servir en actividades religiosas, ése era su negocio, por lo cual quería conseguir un empleo religioso. Por eso se alegró mucho cuando se enteró de que Micaía tenía una vacante.

Él había decidido que valía diez monedas y una camisa, y estaba listo para venderse a cualquiera que le diera eso. Pero si alguien llegaba por el camino y le ofrecía más, como sucedió, se vendería a esa persona. Él se puso un precio y decidió que sus actividades eran solo un medio para obtener un fin. Dios era el medio para conseguir su fin.

Diez monedas y una camisa - Paris Reidhead

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