Los Israelitas atravesaron el Jordán y se establecieron en la tierra prometida en su último campamento (Campamento No. 42) al final del éxodo, lo cual nos indica simbólicamente la libertad y conquista a la que esta llamada la iglesia al salir de la religión a una vida de libertad, en una relación directa, vital y real con Cristo Jesús; Cristo es símbolo de la tierra prometida y la herencia de los hijos de Dios.

La santidad es la obra del Espíritu Santo en nosotros, separándonos del amor del mundo. La santidad es un cambio de naturaleza desde dentro como resultado de la obra de Dios en nosotros. No es lo que hacemos externamente, sino quienes somos por dentro, lo que importa a Dios.


14 de noviembre de 2020

«¡COMO HAN CAÍDO LOS VALIENTES EN MEDIO DEL CAMPO DE BATALLA!»


Clayton Sonmore

«Y dijo Samuel: Siendo pequeño en tus propios ojos, ¿no has sido hecho cabeza a las tribus de Israel, y el SEÑOR te ha ungido por rey sobre Israel?» (1 Samuel 15:17).

Todo tiene su causa, y hay una razón fundamental para el levanta­miento y para la caída de muchos de los ungidos del Señor. «Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga» (1 Corintios 10:12). «Porque no tenemos un sumo sacerdote que no se pueda compade­cer de nuestras flaquezas; mas fue tentado en todo según nuestra semejanza, PERO SIN PECADO.


Lleguémonos, pues, confiadamen­te al trono de Su gracia, para alcanzar misericordia, y hallar gracia para la ayuda oportuna» (Hebreos 4:15,16).

Al principio, cuando los hombres acceden a los puestos de servicio, ellos se acercan al trono de Dios para suplicar misericordia y gracia. Dios tiene en cuenta estos seres humildes por medio de la sangre y del sacrificio de Jesucristo y les concede el perdón y la bendición. «Al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios» (Salmo 51:17). «Cercano está el SEÑOR a los quebrantados de corazón; y a los molidos de espíritu salvará» (Salmo 34:18). «Porque los ojos del SEÑOR contemplan toda la tierra, para corroborar a los que tienen corazón perfecto para con él» (2 Crónicas 16:9).

La gracia de Dios es Su inmerecido favor hacia el hombre, para aquel en el cual Su misericordia puede tomar igualmente la forma de juicio o de corrección, si nosotros estamos abiertos para recibir­la. La gracia de Dios es el poder de Dios para hacer por nosotros aquello que comprendemos que no podemos hacer por nosotros mismos, si creemos verdaderamente que Dios puede y quiere cambiarnos a Su propia imagen. Si nosotros queremos acatar el llamamiento de Su trompeta, todavía hay tiempo para el juicio con misericordia.

Un hombre - pequeño en sus propios ojos - que suplica misericordia, es ciertamente tierra fértil para los dones de la gracia y de la misericordia de Dios.

Muchos son los caídos entre los ungidos del Señor que, después de haber obedecido y de haber recibido la bendición de Dios, convier­ten a Jesucristo en un ídolo, antes que seguir permitiéndole que Él sea su solo y único Señor. Ellos prefieren idolatrar a Jesús, cantando Sus alabanzas, ayunando y haciendo sacrificios a Su nombre, antes que obedecerle e identificarse con El en un puesto de humildad y de servicio para la humanidad.

Dios también tiene normas y leyes que rigen el éxito de Su administración de Su Reino. Con el fin de proteger Su propio y santo nombre, Él debe corregir, regañar, degradar o hacer cuanto sea necesario para la corrección apropiada. Dios es el primero y el último. El no tolerará que nadie lo ponga en segundo lugar. Él es el Soberano, y exige fidelidad absoluta. Bien se ha dicho que Jesús es el Señor de todo, o no lo es.

Así como los paganos tienen gran variedad de clases y de tipos de dioses, así también algunos cristianos tienen dioses extraños que, tal vez, han puesto inadvertidamente antes del Dios del cielo. Por influencia de Satanás, ellos han caído entonces de sus puestos de servicio.

Algunos siervos de Dios, poderosos en hechos y en la palabra, han sido engañados por Satanás al preferir y proteger su imagen pública, en lugar de estar entregados por completo y a cualquier precio a la verdad. Satanás, con su sutileza, les susurra en sus oídos: «Si perdéis vuestra imagen pública, ¿cómo podréis servir exitosamente a Dios?» Ante este asalto, ellos caen, sin darse cuenta de que si tienen una buena imagen pública se lo deben a Dios, y que el único camino para protegerla y conservarla es el de permanecer fiel a Aquel que se las dio. Ellos creen que esa imagen debe ser protegida y conservada a cualquier precio. Sin embargo, esto no puede conseguirse, porque Dios aborrece todas las formas de idolatría y, por tanto, busca la destrucción de todas las imágenes.

«Porque no te inclinarás a dios ajeno, que el SEÑOR, cuyo nombre es Celoso, Dios celoso es» (Éxodo 34:14). Jesús, como verdadero y típico siervo de Dios, rechazó el honor del hombre y no se tomó para sí el crédito. «Sin embargo se anonadó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres» (Filipenses 2:7). Jesús dijo: «Gloria de los hombres no recibo» (Juan 5:41). Sería maravilloso si los ungidos del Señor pudieran comprender que el sistema honorífico del hombre, edificado sobre la reputación, es detestable a los ojos de Dios, «...porque no es lo que el hombre ve. Porque el hombre ve lo que está delante de sus ojos, mas el SEÑOR ve el corazón» (1 Samuel 16:7).

Si estas cosas de Dios pudieran ser comprendidas realmente por los ungidos del Señor, sería muy fácil vivir «amando la caridad de la hermandad los unos con los otros; prefiriéndoos con honra los unos a los otros» (Romanos 12:10). ¡Oh, que los ungidos de Dios puedan conocer que hay una ley inalterable que rige el éxito y el fracaso, el levantamiento y la caída de los ungidos del Señor. «Porque cualquiera que se ensalza, será humillado; y el que se humilla, será ensalzado» (Lucas 14:11). Con razón que estén cayendo tantos ungidos de Dios. Parece que muchos de ellos están disponiendo su caída al seguir la fórmula de humillarse, exaltándose a sí mismos, antes que seguir la fórmula del adelanto, honrando y prefiriendo a sus hermanos por encima de ellos mismos.

La fórmula de Balaam no sólo es practicada por los individuos, sino también por ciertas organizaciones, que actúan como una especie de sindicato espiritual para controlar y administrar la propiedad de Dios para su propio provecho. Los códigos de la ética han sido formulados para remplazar el llamamiento individual de Dios. El mercado negro espiritual con el privilegio y el monopolio de las zonas geográficas, es una práctica común de la jerarquía eclesiás­tica.

«Porque no tenemos lucha contra sangre y carne; sino contra principados, contra potestades, contra señores del mundo, gober­nadores de estas tinieblas, contra milicias espirituales en los cielos» (Efesios 6:12). Los miembros individuales de la iglesia substituía de Satanás están pidiendo puestos con base en lo que ellos puedan recibir, antes que con base en lo que ellos puedan dar.

El espíritu organizacional no es nuevo en modo alguno. De hecho, él mostró su horrible cabeza en los tiempos en que Cristo andaba en la tierra. «Entonces respondiendo Juan, dijo: Maestro, hemos visto a uno que echaba fuera demonios en tu nombre; y se lo prohibimos, porque no te sigue con nosotros. Jesús le dijo: No se lo prohibáis, porque el que no es contra nosotros, por nosotros es» (Lucas 9:49,50).

¡Como sufrimos cuando el ídolo de nuestra reputación es atacada! Clamamos a Dios pidiendo ayuda, creyendo que se trata de un ataque del enemigo, no sabiendo que está en manos del alfarero hacer pedazos lo que se daña. Dios había pretendido que la vasija reflejase la imagen de Su Hijo Jesús, pero en lugar de eso, ella reflejó la imagen de Adán. Por tanto, tuvo que romperla y rehacer la imagen de Su Hijo querido. «Porque a los que antes conoció, también les señaló desde antes el camino para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos» (Romanos 8:29).

No desmayen ustedes, los que están soportando el ataque a los pequeños dioses de sus imágenes personales o públicas. Por delante hay una gran liberación y una entrada en Su reposo cuando, de una vez por todas, aquellas pequeñas imágenes - aquellos pequeños dioses personales de este mundo actual - hayan sido aplastados y despedazados sin que sea posible su restauración.

Así continua el ciclo del levantamiento y de la caída de los ungidos del Señor. Apartémonos de nuestra auto-promoción y de la aceptación del honor que sólo le es debido a Jesucristo. Dejémonos de aceptar la alabanza de los hombres, y traslademos todo el honor y toda la gloria a Aquel que es digno de todo. Suspendamos nuestras propias obras y dejémonos de convertir en mercancía las cosas de Dios. Arrepintámonos de nuestra iniquidad en los lugares altos y regresemos a nuestro primer amor, porque El perdona y absuelve abundantemente.

Él nos convertirá, una vez más, en vasos dignos para uso del Maestro. «Y el vaso que él hacía de barro se quebró en la mano del alfarero; y tomó y lo hizo otro vaso, según que al alfarero pareció mejor hacerlo» (Jeremías 18:4).

 Mas Alla del Pentecostes - Clayton Sonmore


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"Consuelo para los que están en este mundo, pero que no son de este mundo, y por tanto, son odiados y están cansados de él, es que no estarán para siempre en el mundo, ni por mucho tiempo más"

Matthew Henry