" Los Isrealitas atravesaron el Jordan y se establecieron en la tierra prometida en su ultimo campamento (Campamento No. 42) al final del exodo , lo cual nos indica simbolicamente la libertad y conquista a la que esta llamada la iglesia al salir de la religión a una vida de libertad, en una relación directa, vital y real con Cristo Jesús; Cristo es símbolo de la tierra promedita y la herencia de los hijos de Dios.

7 de febrero de 2012

EL CARACTER DISTINTIVO DE LOS DOS SISTEMAS


Alexander Hislop

Al aportar pruebas del carácter de la Iglesia papal, el primer punto para solicitar la atención del lector es el carácter de MISTERIO que se atribuye tanto al sistema romano moderno como al sistema de la Babilonia antigua. Al gigantesco sistema de corrupción moral y de idolatría descrito en la Biblia bajo el emblema de una mujer con un “CALIZ DE ORO EN SU MANO” (Apocalipsis 17:4), “y los que moran en la tierra se han embriagado con el vino de su fornicación” (Apocalipsis 17:2; 18:3), se le llama en forma divina “MISTERIO, Babilonia La Grande” (Apocalipsis 17:5).

Ese “MISTERIO de iniquidad” de Pablo, descrito en 2 Tesalonicenses 2:7, tiene su duplicado en la Iglesia de Roma, de lo cual ningún hombre de mente pura, que haya examinado cuidadosamente el asunto, puede dudar fácilmente. Esa fue la impresión causada por tal motivo en la mente de Sir Matthew Hale, buen juez de evidencia, quien solía decir que si la descripción apostólica se inscribiera con el toque público de “somatén,” le sería dado a cualquier guardia del reino ver, dondequiera que se encontrase, al Obispo de Roma, como cabeza de ese “MISTERIO de iniquidad.” Ahora, como el sistema aquí descrito se caracteriza igualmente por el nombre de “MISTERIO,” se podría presumir que ambos pasajes bíblicos se refieren al mismo sistema.

Pero el lenguaje aplicado a la Babilonia del Nuevo Testamento, hace que nos volvamos naturalmente hacia la Babilonia del mundo antiguo. Como la mujer del Apocalipsis tiene en su mano un CALIZ con el cual intoxica a las naciones, así ocurrió con la antigua Babilonia. De esa Babilonia, mientras ella se encontraba en toda su gloria, el Señor, por medio del profeta Jeremías, habló así, anunciando su ruina: “Vaso de oro fue Babilonia en la mano del SEÑOR, que embriagaba toda la tierra; de su vino bebieron las gentes; por tanto enloquecerán las gentes” (Jeremías 51:7). ¿Por qué esta similitud de lenguaje con respecto a los dos sistemas?

Seguramente porque la deducción natural es que el uno sostiene al otro como símbolo y antisímbolo. Ahora, como la Babilonia del Apocalipsis se caracteriza por el nombre de “MISTERIO,” de igual modo la gran característica distintiva del sistema de la antigua Babilonia fueron los “MISTERIOS” caldeos, que constituyeron una parte especial de ese sistema. Y a estos misterios alude claramente el mismo lenguaje del profeta hebreo, aunque simbólicamente – por supuesto – cuando se refiere a Babilonia como un “VASO de oro.” Beber de los “brebajes misteriosos,” dice Salverté, era indispensable de parte de todos los que buscaban la iniciación en estos Misterios.

Estos “misteriosos brebajes” se componían de “vino, miel, agua y harina.” Por los ingredientes usados abiertamente, y por la naturaleza de otros no divulgados, pero usados evidentemente, no podía haber duda de que eran un tóxico natural; y hasta que los aspirantes hubieran caído bajo sus efectos, hasta cuando su entendimiento hubiera sido disminuido y sus pasiones excitadas por la pócima ingerida, no estarían debidamente preparados para lo que iban a oír o a ver. Si se pregunta cuál fue el objeto y el propósito de estos ”Misterios” antiguos, se encontrará que hay una maravillosa analogía entre ellos y ese “misterio de iniquidad,” que se sintetiza en la Iglesia de Roma. Su objeto principal fue el de introducir privadamente, poco a poco, bajo el sello del secreto y la sanción de un juramento, aquello que no hubiera sido seguro presentarlo abiertamente de buenas a primeras.

La época en que ellos fueron instituidos demuestra que las cosas debieron ocurrir de ese modo. Los misterios caldeos pueden ser rastreados hasta los días de Semíramis, que vivió sólo unos pocos siglos después del diluvio, y a quien se la conoce por haber dejado en ellos la imagen de su propia mente depravada y corrupta. Esta hermosa pero malvada reina de Babilonia, no fue de por sí solamente un dechado de desenfrenada lujuria y libertinaje, sino que en los Misterios en los que tenía parte principal, era adorada como Rea, la gran “MADRE” de los dioses, con ritos tan abominables que la identificaban con Venus, la MADRE de toda impureza, llevando a la propia ciudad donde ella reinaba a una depravada eminencia entre las naciones, como la gran sede, a la vez, de la idolatría y de la prostitución consagrada.

Así, esta reina caldea fue un digno y notable prototipo de la “Mujer” del Apocalipsis, con el cáliz de oro en su mano, y el nombre sobre su frente: “Misterio, Babilonia La Grande, madre de las fornicaciones y de las abominaciones de la tierra”. El emblema apocalíptico de la ramera con el cáliz en la mano, fue igualmente incluido entre los símbolos de la idolatría provenientes de la antigua Babilonia, tal como fueron representados en Grecia; porque así fue representada originalmente la Venus griega, y es curioso que en nuestros días y cuando apareció por primera vez, fuera la Iglesia de Roma la que tomara realmente este mismo símbolo como su emblema preferido. En 1825, con ocasión del jubileo, el Papa León XII, acuñó una medalla que llevaba por un lado su propia imagen, y en el otro, la Iglesia de Roma simbolizada como una “mujer” que sostenía en su mano izquierda una cruz, y en la derecha un CALIZ, con esta leyenda alrededor: “Sedet super universum”, ”El mundo entero es su sede”. Ahora, la época en que vivió Semíramis, fue una época en que la fe patriarcal estaba fresca todavía en la mente de los hombres, y cuando Sem vivía aún, para despertar la mente de los fieles con el fin de que se congregaran en torno a la bandera por la verdad y por la causa de Dios, hizo que fuera peligroso instituir públicamente un sistema como el que inauguró la reina babilónica.


Sabemos por lo dicho en Job, que entre las tribus patriarcales que no tenían nada que ver con las instituciones mosaicas, sino que se apegaban a la fe pura de los patriarcas, la idolatría en cualesquiera de sus formas, era considerada como un crimen digno de ser sancionado con señalado y pronto castigo sobre la cabeza de aquellos que la practicaran. “Si he mirado al sol, dijo Job, cuando resplandecía, o a la luna cuando iba hermosa, y mi corazón se engañó en secreto, y mi boca besó mi mano, esto también sería maldad juzgada; porque habría negado al Dios soberano” (Job 31:26-28).

Ahora, si éste era el caso en los días de Job, con mayor razón debe haber sido el caso en los tiempos antiguos, cuando fueron instituidos los Misterios. Era, por tanto, un caso de necesidad, si la idolatría iba a ser introducida y, en especial, una idolatría tan obscena como la que el sistema babilónico contenía en su seno, que esto fuera hecho clandestinamente y en secreto. Aun cuando fuera introducida por la mano del poder, podría haber producido una reacción, y la parte incorrupta de la humanidad podría haber hecho violentos intentos para reprimirla; y, de cualquier modo, si ella hubiera aparecido inmediatamente con toda su horripilancia, hubiera alarmado la conciencia de los hombres, y frustrado el propósito en perspectiva. Ese propósito era someter a toda la humanidad a una sumisión ciega y absoluta a una jerarquía dependiente por completo de los soberanos de Babilonia.

Para llevar a cabo este plan, todo conocimiento sagrado y profano llega a ser monopolizado por el sacerdocio, con aquellos que iban a ser iniciados en los “Misterios,” exactamente en la forma en que lo creían más conveniente, de acuerdo con los intereses del gran sistema del despotismo espiritual, que ellos tenían que administrar tan poderosamente como pareciera requerirlo. Así, el pueblo, dondequiera que se propagó el sistema babilónico, estuvo atado de pies a cabeza a los sacerdotes. Sólo ellos eran los depositarios del conocimiento religioso; sólo ellos tenían la verdadera tradición por la cual podían ser interpretados los escritos y los símbolos de la religión pública; y sin la sumisión ciega e implícita a ellos, lo que era necesario para la salvación, no podían ser conocidos. Ahora, compare esto con la historia antigua del papado y con su espíritu y modus operandi en todo, ¡y verá cuán exacta es la coincidencia!

¿Fue durante un período de luz patriarcal cuando empezó el corrupto sistema de los “Misterios” babilónicos? Fue en un período de mayor luz todavía, cuando empezó ese sistema impío y no bíblico que ha tenido tan exuberante desarrollo en la Iglesia de Roma. Esto empezó en la misma época de los apóstoles, cuando la iglesia primitiva estaba en floración, cuando los gloriosos frutos de Pentecostés estaban por todas partes a donde se mirara, y cuando los mártires estaban sellando con su sangre su testimonio por la verdad. Aun entonces, cuando el Evangelio resplandecía en forma tan fulgurante, fue cuando el Espíritu de Dios dio este claro y preciso testimonio por medio de Pablo:

“PORQUE YA ESTA OBRANDO EL MISTERIO DE INIQUIDAD” (2 Tesalonicenses 2:7). Este sistema de iniquidad que empezaría después y que fue predicho en forma divina, iría a manifestarse después en una portentosa apostasía que, en su momento, sería “revelada” terriblemente, y continuaría hasta cuando fuera destruida “con el Espíritu de su boca, y con la claridad de su venida” (2 Tesalonicenses 2 :8). Pero en su primera penetración en la Iglesia, lo hizo en secreto y a escondidas, con “todo ENGAÑO DE INIQUIDAD.” Procedió “misteriosamente” valiéndose de bellas pero falsas apariencias, apartando a los hombres de la sencillez de la verdad como ella es en Jesús. Y lo hizo tan secretamente por la misma razón de que la idolatría fue introducida secretamente en los antiguos Misterios de Babilonia. No era seguro, no era prudente hacerlo de otro modo.


El celo de la verdadera Iglesia, aunque desprovista del poder civil, se habría levantado para poner fuera del recinto de la cristiandad al falso sistema y a sus cómplices, si él hubiera aparecido abiertamente y, a la vez, con toda su obscenidad; y esto habría detenido su avance. Por tanto, fue introducida en secreto, poco a poco, una corrupción tras otra, mientras avanzaba la apostasía, y la Iglesia apóstata llegaba a estar preparada para tolerarla, hasta que hubiera alcanzado las proporciones gigantescas que ahora vemos, cuando casi todos los rasgos del sistema papal son verdaderos antípodas del sistema de la Iglesia primitiva. De la gradual introducción de todo esto, lo más característico de Roma ahora es que, mediante la obra del “Misterio de iniquidad,” tenemos la más notoria evidencia, sustentada incluso por la propia Roma, tomada de las inscripciones de las catacumbas romanas. Estas catacumbas son extensas excavaciones bajo tierra en las inmediaciones de Roma, en las cuales los cristianos celebraban su culto, e igualmente enterraban sus muertos en los tiempos de la persecución, durante los tres primeros siglos.


En algunas de las piedras sepulcrales se pueden encontrar todavía inscripciones que contradicen abiertamente los actuales y bien conocidos principios y prácticas de Roma. Tómese sólo un ejemplo. En la actualidad, ¿la característica más notable del papado no es el celibato obligatorio del clero? Sin embargo, en esas inscripciones tenemos la más concluyente evidencia de que, incluso en Roma, hubo una época en que no se conocía tal sistema de celibato clerical. Testimonios como los siguientes se encuentran en diferentes tumbas:

1. “A Basilio, el presbítero, y a Felícitas, su esposa. Esto lo hicieron ellos mismos.”

2. “Petronia, esposa de sacerdote, modelo de modestia. En este lugar descansan sus huesos. horraos vuestras lágrimas esposo e hija queridos, y creed que está prohibido llorar por alguien que vive en Dios.”

Una oración por acá y otra por allá por los muertos: “Que Dios refresque tu espíritu,” demuestran  que también entonces había empezado a obrar el Misterio de iniquidad; pero, como lo anterior, demuestran igualmente que él obraba lenta y prudentemente, y que, hasta la época a que ellas se refieren, la Iglesia romana no había llegado al extremo de “prohibirle a sus sacerdotes que se ‘casasen.’” Astuta y gradualmente, Roma estableció los fundamentos de su sistema de superchería, sobre el cual iba a erigir después tan inmensa superestructura. Desde sus comienzos, el “Misterio” estuvo impreso sobre su sistema.

Pero esta característica de “Misterio” se le ha adherido a lo largo de todo su recorrido. Cuando alguna vez ha tenido éxito en disminuir la luz del Evangelio, oscureciendo la plenitud y la liberalidad de la gracia de Dios, apartando las almas de los hombres de los tratos directos e inmediatos con el Unico Gran Profeta y Sumo Sacerdote de nuestra profesión de fe, al atribuirle al clero un poder misterioso que le ha dado “dominio sobre la fe” del pueblo – un dominio rechazado abiertamente por los hombres apostólicos (2 Corintios 1:24), pero que, en unión con el confesionario ha llegado a ser, por lo menos, tan absoluto y completo como el poseído alguna vez por el sacerdote babilónico ante los iniciados en los antiguos Misterios. El poder clerical del sacerdocio romano culminó con la institución del confesionario, el cual fue tomado de Babilonia. La confesión de los adeptos de Roma es completamente diferente a la confesión prescrita en la Palabra de Dios. El precepto de las Escrituras con relación a la confesión es éste: “Confesaos vuestras faltas unos a otros” (Santiago 5:16), lo que implica que el sacerdote se confesaría ante el pueblo, al igual que el pueblo se confesaría ante el sacerdote, si cualesquiera de los dos pecase contra el otro. Esto jamás podría haber servido para ningún propósito de despotismo espiritual; y por lo tanto, Roma, al abandonar la Palabra de Dios, ha tenido que recurrir al sistema babilónico.


En aquel sistema, según fórmula prescrita, se requería la confesión secreta al sacerdote de todos los que fueran admitidos a los “Misterios;” y hasta tanto que tal confesión se hubiese hecho, no podía tener lugar ninguna iniciación completa. Así, Salverté se refiere a esta confesión como  observada en Grecia, con ritos que pueden ser claramente rastreados como de origen babilónico. “Todos los griegos, desde Delfos a las Termópilas, estaban iniciados en los Misterios del templo de Delfos. El silencio con relación a todo lo que les fuera ordenado para guardar el secreto, estaba asegurado tanto por el temor a los castigos que amenazaban ante una revelación perjura, como por la CONFESION general impuesta a los aspirantes después de la iniciación - una confesión que hacía que ellos tuvieran más temor de la indiscreción del sacerdote, que darle a él la razón para temer la indiscreción de ellos.” Potter, en sus “Antigüedades Griegas” también se refiere a esta confesión  aunque, por lo general, ella se haya pasado por alto.


En su relato de los Misterios eleusinos, después de describir las ceremonias y las instrucciones preliminares antes de la admisión de los candidatos a la iniciación ante la presencia inmediata de las divinidades, prosigue así: “Entonces el sacerdote que los iniciaba, llamado ‘Ierofantes’ [el Hierofante], hacía ciertas preguntas tales como si ellos estaban ayunando, etc., a lo cual ellos respondían de una manera determinada.” El etcétera que aparece aquí puede que no sorprenda a un lector casual, pero es un etcétera significativo que quiere decir mucho. Significa: ¿Están ustedes libres de toda violación de la castidad? Y no solamente en el sentido de impureza moral, sino en ese sentido artificial de la castidad que el paganismo siempre apreciaba; ¿están ustedes libres de la culpa de asesinato? Porque ningún culpable de matar, así fuera accidentalmente, podía ser admitido hasta cuando fuera purificado de la sangre, para lo que había ciertos sacerdotes llamados köes, que “oían confesiones” en tales casos y purificaban al culpable. La severidad de las preguntas en el confesionario pagano se amplía ciertamente en ciertos poemas licenciosos de Propercio, Tíbulo y Juvenal.


Wilkinson, en su capítulo sobre “Fiestas Privadas y Penitencias” dice que éstas “eran cumplidas estrictamente” a propósito de “ciertas reglamentaciones en épocas determinadas,” y tiene varias citas de escritores clásicos que prueban claramente de dónde sacó el papado la clase de preguntas que han impreso ese carácter de obscenidad en su confesionario, como el exhibido en las bien conocidas páginas de Peter Dens. El pretexto según el cual se requería la confesión auricular, era que las solemnidades a las cuales iban a ser admitidos los iniciados eran tan sublimes, tan celestiales, tan santas, que ningún hombre con la culpa yacente en su conciencia, y con el pecado no limpiado, podía ser admitido lícitamente a ellas. Por tanto, la protección de los que iban a ser iniciados se basaba en que era indispensable que el sacerdote oficiante probara cabalmente sus conciencias, no fuera que entrando sin la purificación conveniente de la culpa contraída anteriormente, la ira de los dioses fuera provocada contra los intrusos irreverentes.

Este era el pretexto, pero conociendo la naturaleza esencialmente pecaminosa tanto de los dioses como de su culto, no puede dejar de verse que esto no era más que eso, un pretexto; que el gran propósito al exigir a los candidatos a la iniciación que confesaran sus faltas y sus pecados, era solamente para ponerlos por completo en poder de aquellos en quienes habían depositado los sentimientos íntimos de sus almas y sus más importantes secretos.

Exactamente del mismo modo Roma ha instituido el confesionario. En lugar de exigir por igual a los sacerdotes y al pueblo, como lo hacen las Escrituras, el “confesaos vuestras faltas unos a otros,” ella ordena a todos, bajo pena de perdición, confesar al sacerdote si han transgredido, o no; en tanto que el sacerdote no está obligado en absoluto a confesarse ante el pueblo.

En la Iglesia de Roma sin tal confesión no puede haber admisión para los sacramentos, excediendo así al paganismo, donde había admisión sin confesión para los beneficios de los Misterios. Ahora, esta confesión la hace cada individuo en SECRETO Y SOLITARIAMENTE al sacerdote que está sentado, investido con el poder para examinar la conciencia en el nombre de Dios y revestido con Su autoridad, para juzgar la vida, para absolver o condenar, según su voluntad y deseo únicos y arbitrarios.

Este es el gran soporte sobre el cual se hace girar todo el “Misterio de iniquidad” encarnado en el papado; y dondequiera que se le establece, sirve admirablemente para el designio de atar a los hombres en abyecta sujeción al sacerdocio. 

De conformidad con el principio según el cual se propagó el confesionario, la Iglesia, es decir, el clero, proclamó ser el único depositario de la verdadera fe cristiana. Como los sacerdotes caldeos, que creían ser los únicos depositarios de la clave – una clave transmitida a ellos desde la más remota antigüedad – para la comprensión de la mitología de Babilonia, así los sacerdotes de Roma se erigen como los únicos intérpretes de las Escrituras, pues sólo ellos poseen la verdadera tradición, transmitida en el transcurso de las edades, sin la cual es imposible llegar a su verdadero significado. Por tanto, exigen fe absoluta en sus dogmas, y todos los hombres están obligados a creer lo que cree la Iglesia, permitiéndole así a la Iglesia moldear su fe como a ella le plazca. Como poseedora también de la autoridad suprema sobre la fe, podía divulgar poco o mucho de ella, como juzgara más conveniente. “EXCLUIR” de la enseñanza las grandes verdades de la religión fue un principio tan esencial en el sistema de Babilonia, como lo es en el romanismo o tractarianismo actuales.


Fue esta pretensión sacerdotal de dominio sobre la fe de los hombres la que detenía “la verdad con injusticia” en el mundo antiguo, de modo que las “tinieblas cubrieron la tierra y gran obscuridad al pueblo.” Fue esta misma pretensión en manos de los sacerdotes romanos la que se aposentó en las Edades del Obscurantismo, cuando durante muchos siglos sombríos, el Evangelio fue desconocido, y la Biblia fue un libro prohibido para millones que llevaban el nombre de Cristo. Entonces, en todos los aspectos, vemos cómo Roma ha llevado justamente en su frente el nombre de “Misterio, Babilonia La Grande.” No hay, ni puede haber ninguna seguridad para las almas en “Babilonia.” “Sal de ella, pueblo mío,” es el urgente y expreso mandato de Dios. Los que desobedezcan este mandato, lo hacen corriendo su propio riesgo.

Y oí otra voz del cielo, que decía: Salid de ella, pueblo mío, para que no seáis participantes de sus pecados, y que no recibáis de sus plagas; (Apocalipsis 18:4).

. . . que por revelación me fue declarado el misterio, como arriba he escrito en breve; leyendo lo cual podéis entender cuál sea mi inteligencia en el misterio del Cristo; el cual misterio en los otros siglos no se dio a conocer a los hijos de los hombres como ahora es revelado a sus santos apóstoles y profetas en Espíritu: (Efesios 3:3-5).

 . . . a saber, el misterio escondido desde los siglos y edades, y que ahora ha sido manifestado a sus santos, a los cuales quiso Dios hacer notorias las riquezas gloriosas de este misterio en los gentiles; que es el Cristo en vosotros, la esperanza gloriosa, el cual nosotros anunciamos, amonestando a todo hombre, y enseñando en toda sabiduría, para hacer a todo hombre perfecto
en el Cristo Jesús; (Colosenses 1:26-28).

Las Dos Babilonia - Alexander Hislop

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