Los Israelitas atravesaron el Jordán y se establecieron en la tierra prometida en su último campamento (Campamento No. 42) al final del éxodo, lo cual nos indica simbólicamente la libertad y conquista a la que esta llamada la iglesia al salir de la religión a una vida de libertad, en una relación directa, vital y real con Cristo Jesús; Cristo es símbolo de la tierra prometida y la herencia de los hijos de Dios.

La santidad es la obra del Espíritu Santo en nosotros, separándonos del amor del mundo. La santidad es un cambio de naturaleza desde dentro como resultado de la obra de Dios en nosotros. No es lo que hacemos externamente, sino quienes somos por dentro, lo que importa a Dios.


7 de febrero de 2012

LA EXPERIENCIA DEL DESIERTO


Peter Whyte

Una vez que somos guiados por el Espíritu Santo a rechazar el sistema de la iglesia Ramera, sufriremos una experiencia de desierto espiritual. Debemos entender que no hemos pasado por este camino antes. Cada uno de nosotros es un pionero y no hay ninguna ruta claramente marcada como para que podamos seguirla.

La cosa más difícil y de mayor dureza para casi todos nosotros reside en que quienes permanecen detrás no entienden que buscamos una ciudad cuyo arquitecto y constructor es Dios.

Amistades preciosas, compañerismos llenos de amor, que hemos disfrutado en "nuestra iglesia," repentinamente se pueden volver fríos y amargos.

Con frecuencia tendremos que enfrentar incomprensiones, malos entendidos, y hasta que nos acusen falsamente de apostasía, rebelión y engaño, así como el doloroso rechazo de aquellos a quienes amamos pero que en forma súbita han perdido su amor por nosotros. En este punto seremos muy vulnerables ante los emisarios de la Ramera, que procurarán convencernos de regresar, o que nos unamos a otro grupo, o por lo menos que nos comprometamos con alguna "actividad cristiana."

No predicar más, no volver a enseñar, ni a cantar en el coro, ni gozar con la asistencia a la iglesia, cuando quizás hemos hecho eso por muchos años, es una experiencia devastadora.

Sin embargo, debemos saber que es nuestra carne la que echa de menos las reuniones, los cantos, la música, o el calor de aquellas antiguas amistades y desea que regresemos a Babilonia o a Egipto. Hay soledad, frío y dureza en el desierto, pero allí Dios preparó a Moisés y allí también podemos aprender a "no amar el mundo, ni las cosas del mundo" y descansar tan sólo en Dios para alcanzar y ganar a Cristo. No hay "muletas religiosas" donde sostenernos y apoyarnos. No hay ninguna actividad religiosa donde podamos ocultar nuestra verdadera condición ante los demás ni ante nosotros mismos.

Sólo mediante una firme decisión para rechazar las tentaciones, y gracias a la comunión y al compañerismo constante y permanente con nuestro Dios y Señor, durante períodos muy prolongados, podremos escapar a los muchos lazos y a las innumerables e invisibles cadenas de Babilonia.

Después de un tiempo seremos capaces de ver bajo los oropeles que adornan a la Ramera, y entonces, podremos aborrecerla de verdad, pero debemos amar siempre a quienes permanecen atados en cautive­rio.

Es esencial que jamás olvidemos que Dios no tiene "llaneros solitarios" en su Iglesia. Siempre debemos tener conciencia que al Cuerpo de Cristo lo constituyen muchos miembros y que debemos permitir a Dios que sea El quien nos una a los demás. No nos uniremos a algo o a alguien, sino sencillamente descubriremos aquellos a quienes Dios decide unirnos. 


Dios, en y a su debido tiempo, nos unirá con otros. Debemos ser pacientes y permitirle que lo haga, en su completa libertad, sin tratar ni una sola vez de ayudarle. Somos "piedras vivas"  y Jesús es el arquitecto y edificador de su Iglesia. No somos los constructores, sino el material que Él ha de usar para levantar la obra de su Iglesia. Sencillamente debemos tener la voluntad dispuesta y el deseo de serle obedientes.

Su Iglesia es una familia. No tiene ninguna semejanza con las iglesias, estructuras y organizaciones que hemos creado. La Iglesia que Jesucristo construye no es una institución. Es un organismo vivo, una mujer hermosísima, "vestida de lino fino, limpio y resplandeciente." La Esposa del Cordero, nuestro Señor Cristo Jesús.

El irresistible reinado de nuestro Señor Jesucristo en nuestros corazones individuales, crea unidad tangible en el Espíritu. No necesitamos nada externo que nos mantenga juntos, porque nos conocemos unos a otros, gracias a la revelación interior del Espíritu Santo.

El Espíritu dentro de nosotros crea la relación espiritual amorosa que es todo cuanto necesitamos para que gocemos del compañerismo con el Señor y con nuestros hermanos.

Para que el Cuerpo de Cristo funcione sólo se necesita la guía del Espíritu, a fin de que sus miembros se relacionen entre sí. Cuando se derribe al ego y en el corazón de todos los creyentes se entronice a nuestro Rey, se tendrá una relación perfecta, saturada de paz,  maravi­llosa por el gozo y la plenitud del regocijo. Así, a partir de ese momen­to, no podrán existir jamás ni discordias ni divisiones;

 PORQUE ENTONCES A TODOS LOS CORAZONES HABRÁ VENIDO EL REINO DE DIOS.

El Padre, que es infinitamente sabio, siempre se halla pleno de gracia y de misericordia y, como nos ama, nos disciplinará a fin de que podamos compartir su santidad. Nos enseña de muchas formas distintas y nos habla dentro de las limitaciones de nuestra comprensión individual que se halla atada a nuestro ambiente, cultura y experiencia.

Dios sabe todo sobre nosotros, conoce los pensamientos más secretos de nuestros corazones y permitirá que seamos tentados por nuestros propios deseos y por el enemigo. Si fracasamos en la prueba, no progresaremos, pero experimentaremos los mismos problemas una y otra vez, hasta cuando aprendamos a vencerlos y superarlos.

Solamente hay tres raíces para todas las clases de mal. Cuando examinamos los pecados de cualesquiera categorías que sean, siempre encontraremos que su origen residirá en:

 EL ORGULLO, EL AMOR AL DINERO Y LOS DESEOS DE LA CARNE.

Los hombres aman el estatus, el poder para gobernar a los demás y cuando alcanzan eso, el orgullo les hará retenerlo, con inusitada frecuencia,  a expensas de herir a otros. Muy a menudo los hombres mentirán para impresionar a sus oyentes sobre su propia importancia o se dan ínfulas por sus logros. El orgullo es la raíz de la mentira.

El orgullo se manifiesta cuando nos resistimos a las correcciones o a la instrucción de quienes nos aman. El orgullo hace que nos levantemos para reclamar nuestros "derechos" y nos impide pedir perdón o humillarnos. El orgullo hará que le echemos la culpa de todos nuestros problemas a los demás, o frecuentemente al diablo, cuando en verdad la causa del problema reside en nosotros mismos.

Las Escrituras a veces se traducen mal y no es raro que se citen aun peor. Por ejemplo, el versículo: "raíz de todos los males es el amor al dinero" (1 Ti. 5:10), en verdad dice y se debería leer así: "el amor al dinero es UNA RAÍZ para todas las clases de mal" Los hombres matarán, robarán, asaltarán a otros para obtener riquezas o posesiones. También mentirán, defraudarán, engañarán y embaucarán por el amor al dinero.

Los pecados que tienen sus raíces en los deseos de la carne incluyen, entre otros, adulterio, fornicación, homosexualidad, lesbianis­mo, lujuria, incesto, rapto, y a veces homicidio. El comportamiento falso y engañoso, las mentiras y hasta el robo, a menudo tienen su raíz causal en relaciones y deseos sexuales incorrectos o equivocados.

Estas tres áreas de nuestras vidas deben estar bajo el Gobierno de Dios si vamos a compartir su santidad. "La Esposa SE HA PREPARA­DO y es nuestra tarea vestirnos de lino fino, limpio y resplandeciente; porque el lino fino corresponde a las acciones justas y al comporta­miento correcto de los santos" (Ap. 19:7-8).

Si hemos dejado una iglesia babilónica y no hemos querido unirnos a otra, ni mucho menos comenzar una nueva, experimentaremos incomprensiones y rechazos muy dolorosos.

Esas circunstancias desagradables prueban nuestra fe, pero si soportamos hasta el fin y no renunciamos, creceremos en la madurez espiritual. Debemos recibir esas pruebas y aceptarlas con todo gozo, a fin de que el fruto apacible de justicia se manifieste en nuestras vidas.

Si permitimos la amargura y el resentimiento que resultan de experimentar una relación dolorosa, no nos acercaremos más a la Nueva Jerusalén, sino que vamos a permanecer más tiempo en el desierto. Cuando el sistema de la iglesia nos hiere y nos rechaza, debemos ver eso como una oportunidad para crecer y madurar en bondad fraternal, perdón, humildad, paciencia, dominio propio y amor cristiano.

Volvámonos al Padre para recibir el consuelo de su Santo Espíritu por intermedio de Jesús. Tengamos comunión con el Altísimo. Si sabemos de otros que han oído nuestro mismo llamado, podemos tener compañerismo con ellos. Sin embargo, si también han sido heridos y rechazados, no nos compadezcamos unos a otros, pues entonces sólo satisfaremos a nuestra carne y al diablo al criticar a quienes todavía permanecen en Babilonia. Recordemos que sólo por la pura gracia de Dios, el Espíritu Santo nos ha hecho ver a Babilonia. Para Dios no somos mejores ni más importantes que sus otros hijos amados que aún se encuentran en cautiverio, enceguecidos por la Gran Ramera.

Hasta cuando el Espíritu Santo no revele a los demás la verdad sobre Babilonia, no podemos explicar estas cosas a quienes están en esclavitud. Tienen un velo ante sus ojos. Las cosas espirituales sólo se pueden entender y discernir espiritualmente, pues la mente carnal y religiosa es incapaz de recibir todo lo que contradiga su conocimiento intelectual.

Con frecuencia es mucho más sabio nunca explicar, y nunca quejarse.

Jesús jamás procuró justificarse o dar explicaciones a sus acusado­res religiosos, y haremos muy bien en seguir su ejemplo.

Si hemos dejado a Babilonia por nuestra propia elección, debería ser tan sólo por el amor de Cristo y por el sometimiento a su voluntad.

Si por el contrario, se nos ha expulsados del sistema contra nuestra voluntad, entonces veámoslo como la mano todopoderosa de Dios, llena de gracia y de misericordia que nos libera de la esclavitud y de la servidumbre.

La religión desgarra y separa las familias. No necesitamos religio­nes. Necesitamos CONOCER A DIOS. El conocimiento íntimo del Señor se alcanza fuera del campamento. Los momentos más íntimos de la esposa con el Esposo, no son para experimentarlos en público ni para que otros los vean. Cuando estamos solos en el desierto, no hay nadie más a quien volvernos, excepto a Él, y eso es maravilloso y lo mejor para nosotros.

Nuestro viaje a través del desierto por lo general es lento, y puede tomar un largo tiempo. Si hemos pasado muchos años en Babilonia, quizás también se necesiten varios más en el desierto para desprogra­mar nuestras mentes. Los espíritus inmundos de las tradiciones, de la superstición, del engaño de nuestra cultura religiosa, requieren mucho tiempo para ser completamente expuestos y rechazados, a fin de que nuestro pensamiento quede por entero limpio de su dominio y sus influencias.

En casi todos nosotros hay un abrumador sentimiento de culpa cuando dejamos de asistir a la iglesia y abandonamos nuestras actividades religiosas previas. Nos confundimos, pues no sabemos qué hacer al suspender las cosas que los "cristianos hacen," según la tradición y las "creencias populares."

También hay grandes peligros adicionales, pues podemos caer en las trampas del demonio y del mundo, cuando estamos solos en el desierto espiritual; por tanto, es muy importante que resistamos las tentaciones y que evitemos las malas compañías en este período.

La experiencia del desierto hará que algunos cedan, renuncien, y regresen a la bien ordenada seguridad carnal de Babilonia, pero los que perseveren hasta el fin serán VENCEDORES.

Hay siete promesas para los Vencedores:

1. Se les garantiza que comerán del Árbol de la Vida (Ap. 2:7).

2. No sufrirán el daño de la segunda muerte (Ap. 2:11).

3. Se les dará a comer del maná escondido, junto con un nombre nuevo que sólo conoce el que lo             recibe (Ap. 2:17).

4. Recibirán autoridad para gobernar sobre las naciones con vara de hierro (Ap. 2:26-27).

5. Serán vestidos con vestiduras blancas y sus nombres no se borrarán del Libro de la Vida. Además          el propio Jesús confesará sus nombres delante del Padre y de sus ángeles (Ap. 3:5).

6. Serán Columnas en el Templo de Dios (el Cuerpo de Cristo) y tendrán escritos sobre ellos el                     nombre de Dios (Jesús - Salvador) y el de LA NUEVA JERUSALÉN (Ap. 3:12).

7. Se sentarán con Jesús en su trono, así como El se sienta con el Padre en su trono (Ap. 3:21).

Sólo cuando el Nombre que es sobre todo otro nombre, esté escrito en nuestras frentes, tendremos la mente de Cristo. Sin embargo, como en todas las promesas de Dios, hay una condición que se debe cumplir, antes que las podamos recibir.

Las siete promesas las tendrán y disfrutarán sólo quienes PERSEVEREN, SOPORTEN Y VENZAN.

El Padre desea que todos y cada uno de sus hijos sea vencedor de:

LA CARNE, EL MUNDO, EL DIABLO Y SUS DEMONIOS.

Esto toma tiempo, pues rara vez hay una entrada rápida y fácil a la Nueva Jerusalén. Nuestro viaje se debe entender mejor como un proceso de transformación, y todos progresaremos de acuerdo con nuestra disposición y voluntad para negarnos a nosotros mismos y vivir para Cristo.

Nuestro Señor Jesucristo debe reemplazar al hombre como la Cabeza de su Cuerpo, y únicamente Él solo debe ocupar el primer lugar en todo.

Salid de ella PuebloMio - Peter Whyte

No hay comentarios.:

"Consuelo para los que están en este mundo, pero que no son de este mundo, y por tanto, son odiados y están cansados de él, es que no estarán para siempre en el mundo, ni por mucho tiempo más"

Matthew Henry