" Los Isrealitas atravesaron el Jordan y se establecieron en la tierra prometida en su ultimo campamento (Campamento No. 42) al final del exodo , lo cual nos indica simbolicamente la libertad y conquista a la que esta llamada la iglesia al salir de la religión a una vida de libertad, en una relación directa, vital y real con Cristo Jesús; Cristo es símbolo de la tierra promedita y la herencia de los hijos de Dios.

La santidad es la obra del Espíritu Santo en nosotros, separándonos del amor del mundo. La santidad es un cambio de naturaleza desde dentro como resultado de la obra de Dios en nosotros. No es lo que hacemos externamente, sino quienes somos por dentro, lo que importa a Dios.

15 de junio de 2012

DEL PECADO EN LOS CREYENTES


John Wesley

De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es (II Corintios 5: 17).

I. 1.  ¿Existe pues, el pecado en aquel que está en Cris­to? ¿Permanece en los que creen en El? ¿Queda algún peca­do en aquellos que son nacidos de Dios o están enteramente li­bres de toda trasgresión? No se figure ninguno que esta es una cuestión de mera curiosidad o que importe poco decirla de un modo o de otro. Al contrario, es un asunto de la mayor im­portancia para todos los verdaderos cristianos, puesto que de su solución depende mucho su felicidad presente y futura.

2.   No sé que se haya discutido en la iglesia primitiva, y a la verdad que no había razón para ello, puesto que todos los cristianos estaban de acuerdo en este punto, y, según pue­do juzgar por los escritos que nos han quedado de aquellos tiempos, los cristianos primitivos en su totalidad declaran a una voz que aun los creyentes en Cristo tienen que luchar tan­to con la carne y la sangre, con la naturaleza pecaminosa, co­mo con “los principados y potestades,” hasta que llegan a con­fortarse “en el Señor y en la potencia de su fortaleza.”

3.   Y en este punto, como a la verdad en muchos otros, nuestra iglesia copia con toda fidelidad de la primitiva y de­clara en su Artículo IX: “El pecado original es la corrupción de la naturaleza de todo hombre, por lo que el hombre es de su misma naturaleza inclinado al mal; de suerte que la car­ne está en continua lucha con el Espíritu. Esta infección na­tural permanece aún en los que están regenerados, por lo cual causa esta inclinación de la carne, llamada en griego f????µa sa???d no se sujeta a la ley de Dios, y si bien no hay conde­nación alguna para los que creen, sin embargo, esta concu­piscencia tiene en sí misma la naturaleza del pecado.”

4.   El mismo testimonio dan todas las demás iglesias: no sólo la griega y la romana, sino todas las denominaciones re­formadas en Europa; tanto que algunas van demasiado lejos describiendo con tales colores la corrupción en el corazón del creyente, que apenas conceden dominio sobre su naturaleza. Antes por el contrario, enseñan que está sujeta a ella, de ma­nera que se hace muy difícil distinguir entre el creyente y el incrédulo.

5.   Al tratar algunos hombres de buena intención—muy especialmente los que el conde Zinzendorf tuvo bajo su di­rección—de evitar este peligro, cayeron en la otra exagera­ción, afirmando que “los verdaderos creyentes no sólo están salvos del dominio del pecado, sino del pecado mismo, interior y exterior, de tal manera que ya no permanece en ellos.” Muchos de nuestros compatriotas aceptaron, hará unos vein­te años, estas mismas ideas, a saber: que ni la corrupción de la naturaleza permanece en aquellos que creen en Cristo.

6.   Es muy cierto, por otra parte, que muchos alemanes, al exigirles una respuesta categórica, contestaban que “el pe­cado permanece en la carne, pero no en el corazón del cre­yente,” y, pasado algún tiempo, cuando se les demostró lo absurdo de esta aserción, casi se convencieron; concediendo que el pecado permanece—si bien no reina—en el que es na­cido de Dios.

7.   Empero los ingleses que recibieron esta doctrina (unos directamente, otros de segunda o tercera mano, no se con­vencían fácilmente de que les era necesario abandonarla, y aún después de que la mayoría de ellos se convencieron de que es absolutamente imposible defenderla, hubo unos cuantos que no quisieron persuadirse y abandonarla, quienes la sos­tienen hasta hoy día.

II.   1. En bien de aquellos que verdaderamente temen a Dios y desean conocer “la verdad como es en Jesús,” no está por demás considerar este punto con toda calma e imparcia­lidad. Al hacerlo, uso indistintamente los calificativos rege­nerado, justificado o creyente, puesto que si bien no tienen exactamente el mismo significado, siendo que el primer tér­mino denota un cambio interior y verdadero, el segundo un cambio relativo, y el tercero los medios por los cuales se pro­ducen el primero y el segundo—sin embargo, vienen a ser una misma cosa, porque todo aquel que cree está justificado y es nacido de Dios.

2.   Pecado significa aquí el pecado interior: cualquier genio, pasión o afecto pecaminoso—como el orgullo, la obs­tinación, el amor del mundo en cualquier grado, la lujuria, la cólera, el mal genio o cualquiera disposición antagónica al espíritu de Cristo.

3.   No se trata del pecado interior—de si los hijos de Dios cometen pecado o no. Todos estamos de acuerdo en esto y sos­tenemos por una parte que “el que hace pecado es del dia­blo,” y por otra, que “el que es nacido de Dios no hace peca­do.” Ni estamos investigando si el pecado interior permane­cerá siempre en los hijos de Dios; si el pecado existirá en el alma mientras exista en el cuerpo. Ni tampoco si una perso­na justificada podrá volver a caer en el pecado interior o ex­terior. El centro de la cuestión es éste: ¿Queda el alma jus­tificada o regenerada libre de todo pecado desde el momento de su justificación? ¿Queda algún pecado en su corazón o existirá después, aun cuando no caiga de la gracia?

4.   Desde luego concedemos que el estado de una perso­na justificada es inefablemente grande y glorioso; ha nacido de nuevo, no “de sangre, ni de voluntad de carne, ni de vo­luntad de varón, mas de Dios.” Es un hijo de Dios, miembro de Cristo y heredero del reino de los cielos; “la paz de Dios que sobrepuja todo entendimiento,” guarda su corazón y mente “en Cristo Jesús;” su cuerpo mismo es un “templo del Espíritu Santo,” una habitación de Dios por el Espíritu. Ha sido creado de nuevo en Cristo Jesús; está lavado, está san­tificado; su corazón está purificado por la fe; ha huido de la corrupción que está en el mundo; el amor de Dios se ha de­rramado en su corazón por medio del Espíritu Santo que le es dado y mientras que camina en amor—lo que puede ha­cer siempre—adora a Dios “en espíritu y en verdad.” Guarda los mandamientos de Dios y hace lo que es agradable en su presencia ejercitándose de tal manera que tiene “siempre con­ciencia sin remordimiento acerca de Dios y acerca de los hom­bres” y poder de dominar el pecado exterior e interior, desde el instante de su justificación.

III. 1. Empero, ¿no quedó libre de todo pecado, de tal manera que ya no hay ningún pecado en su corazón? No pue­do afirmar esto ni creerlo, porque Pablo dice todo lo contra­rio. Está hablando de los creyentes y describiendo su estado en general, cuando dice: “La carne codicia contra el Espíritu; y el Espíritu contra la carne: y estas cosas se oponen la una a la otra” (Gálatas 5:17). No puede ser más claro. El Apóstol afir­ma plenamente que la carne, la naturaleza pecaminosa, lucha en contra del Espíritu aun en los creyentes; que aun en los justificados existen dos principios “contrario el uno al otro.”

2.   Además, al escribir a aquellos que entre los creyentes en Corinto habían sido santificados por Jesucristo (I Corin­tios 1:2) dice: “Yo, hermanos, no puedo hablaros como a es­pirituales, sino como a carnales, como a niños en Cristo. Por­que todavía sois carnales, pues habiendo entre vosotros ce­los, y contiendas, y disensiones ¿no sois carnales?” (3: 1-3). Es indudable que el Apóstol se dirige a aquellos que ya eran creyentes, a quienes en el mismo versículo llama hermanos en Cristo, pero a los que todavía considera, hasta cierto pun­to, como carnales. A pesar de afirmar que aún existen contien­das entre ellos, no sugiere absolutamente la menor idea de que hayan perdido su fe, al contrario, declara que no la han perdido; los llama “niños en Cristo” y lo que más llama la atención es que habla de ellos como carnales y “niños en Cris­to,” como si- fuera la misma cosa, manifestando con esto de una manera muy clara, que todo creyente, mientras que perma­nezca siendo un niño en Cristo, será hasta cierto punto, car­nal.

3.   A la verdad que este gran asunto de que hay en todos los creyentes dos principios contrarios—la naturaleza y la gra­cia, la carne y el espíritu—se deja sentir en todas las epísto­las de Pablo, más aún, en toda la Sagrada Escritura, basán­dose casi todas las direcciones y exhortaciones en esta supo­sición; denunciando el mal genio y las prácticas perversas en aquellos a quienes, por otra parte, reconocen los escritores inspirados como creyentes, a los que constantemente exhortan a luchar en contra de estas faltas y a vencerlas por medio de la fe que existe en ellos.

4.   ¿Quién duda de que el ángel de la iglesia en Efeso tuviera fe cuando el Señor le dijo: “Yo sé tus obras, y tu tra­bajo; y paciencia;...y que has trabajado por mi nombre y no has desfallecido”? (Apocalipsis 2:2, 4). Pero ¿no existía pecado al mismo tiempo en ese corazón? Sí existía, de otra manera el Señor no hubiera añadido “Pero tengo contra ti que has dejado tu primer amor,” pecado real y verdadero que Dios vio en su corazón y del cual le exhorta a arrepentirse; sin embargo, no tenemos derecho a decir que no tenía fe.

5.   También al ángel de la iglesia en Pérgamo exhorta a que se arrepienta, lo que indica que había pecado, a pesar de que el Señor dice: “No has negado mi fe” (vrs. 13-16). Y al ángel de la iglesia en Sardis dice: “Confirma las otras cosas que están para morir;” las cosas buenas que quedaban ya casi habían perecido, aunque todavía no habían muerto (3:2).

Todavía le quedaba una chispa de fe en su corazón, la que se le aconseja procure guardar (v. 3).

6.   En otra ocasión, al exhortar el Apóstol a los creyentes a que se limpien “de toda inmundicia de carne y de espíritu” (II Corintios 7:1), enseña muy claramente que aquellos fie­les no estaban todavía limpios del pecado.

¿Me contestaréis que “todo aquel que evita la apariencia del pecado, ipso facto— por el mismo hecho—se limpia de toda iniquidad”? De ninguna manera; porque si, por ejemplo, un hombre me insulta y yo siento ira, que es “inmundicia de es­píritu,” pero no digo una sola palabra, “evito las apariencias del mal,” pero esto no me limpia de la iniquidad del espíritu, según mi experiencia dolorosa.

7.   Esta enseñanza de que “no existe en el creyente pe­cado, mente carnal ni disposición alguna a separarse de la gra­cia,” es contraria a la Palabra de Dios, y lo es asimismo a la experiencia de los hombres cristianos quienes sienten su co­razón inclinado a separarse de la gracia; una tendencia natural hacia lo malo, a huir de Dios y a apegarse a las cosas de este mundo. Continuamente sienten la presencia del pecado en su corazón, el orgullo, la obstinación, la incredulidad y que sus mejores acciones y obras más puras están siempre con­taminadas, y, sin embargo, saben al mismo tiempo que son hijos de Dios, de lo que no dudan ni un solo instante. Sienten claramente que el Espíritu da testimonio con su espíritu de que son hijos de Dios; se regocijan en Dios por el Señor Je­sucristo, por el cual han ahora recibido la reconciliación; de manera que se les asegura que el pecado está en ellos, y—al mismo tiempo—que Cristo es en ellos la esperanza de gloria.

8.   Pero, ¿puede estar Cristo en el corazón donde hay pecado? Indudablemente que sí puede, de otra manera no lle­varía a cabo la salvación de ese corazón: donde está la en­fermedad, allí también se encuentra el médico, esforzándose por contrarrestar y destruir el mal. A la verdad que Cristo no puede reinar donde reina el pecado, ni habitar donde se consiente el pecado; pero está y permanece en el corazón de todos los creyentes que luchan en contra del pecado aunque no estén purificados, conforme a la purificación del santuario.

9.   Ya se ha dicho antes que la doctrina opuesta, a saber: que no hay pecado en los que creen, es nueva en la Iglesia de Cristo, que durante diez y siete siglos no se conoció y que el primero en propagarla fue el conde Zinzendorf. No recuerdo haber visto la menor indicación respecto de esta enseñanza en los escritores antiguos o los modernos, a no ser tal vez en al­gún atrevido y disparatado de los antinomianos, los que dicen y se contradicen, al reconocer que existe el pecado en la carne, pero no en el corazón. Toda doctrina nueva es errónea, por­que la religión antigua es la única verdadera, y ninguna doc­trina puede ser buena si no viene del mismo manantial que ha existido “desde el principio.”

10.  De sus terribles consecuencias, podemos muy bien deducir otro argumento más en contra de esta nueva doctrina que es contraria a la Sagrada Escritura. Alguno me dirá: “Me dejé llevar de la ira hoy día.” ¿Tendré que contestarle: “En­tonces, tú no tienes fe”? Otra persona dice: “Yo sé que lo que usted me aconseja es bueno, pero mi voluntad se opone a ello.” ¿Debo contestarle: “Entonces tú eres un infiel que es­tás bajo la maldición y el peso de la ley”? ¿Qué consecuen­cias se seguirían naturalmente de esto? Si esa persona cre­yera lo que le digo, no sólo afligiría y lastimaría su alma, sino que tal vez causaría su perdición, puesto que “perdería esa confianza que tiene grande remuneración de galardón” y ha­biendo tirado su escudo, ¿cómo podrá apagar todos “los dar­dos de fuego del maligno”? ¿Cómo podrá vencer al mundo, siendo que “esta es la victoria que vence al mundo, nuestra fe”? En medio de sus enemigos, siendo el blanco de sus tiros, queda por completo desarmada. ¿Es extraño que pierda la batalla, que la tomen prisionera; que caiga de una tentación en otra peor y que no pueda más hacer el bien? No puedo absolutamente aceptar esta aserción de que no hay pecado en el creyente desde el momento en que queda justificado; pri­mero, porque contradice todo el tenor de la Sagrada Escri­tura; segundo, porque la contradice la experiencia toda de los hijos de Dios; tercero, porque es enteramente nueva, que no se conocía en el mundo sino hasta hace poco; y por último, porque acarrea las más fatales consecuencias, no sólo afli­giendo a aquellos a quienes Dios no ha querido afligir, sino arrastrándolos tal vez a la perdición eterna.

IV.  1. A pesar de todo esto, escuchemos con imparcia­lidad los argumentos principales de aquellos que tratan de sostener esta doctrina. En primer lugar, quieren probar con la Sagrada Escritura que no existe pecado en los creyentes y arguyen de la manera que sigue: La Escritura dice que todo aquel que cree, es nacido de Dios, está limpio, es santo, puro de corazón, tiene un corazón nuevo, es templo del Espíritu Santo. Todo lo que es nacido de la carne, carne es, enteramen­te malo; todo lo que es nacido del Espíritu, espíritu es, ente­ramente bueno. No puede el hombre ser santo, puro, limpio de corazón y estar al mismo tiempo corrompido, impuro, man­chado. No puede ser bueno y malo a la vez; tener un corazón viejo y regenerado. No puede su alma estar mancillada, mien­tras sea un templo del Espíritu Santo.

He usado de un lenguaje muy fuerte a propósito, y con el fin de que aparezca en todo su peso examinémoslo por par­tes. En primer lugar, todo “lo que es nacido del Espíritu, es­píritu es,” enteramente bueno. Concedo el texto, mas niego el comentario, porque el texto afirma que “lo que es nacido del Espíritu, espíritu es,” es espiritual y nada más; lo es, pero puede ser espiritual sin serlo por completo. Los cristianos de Corinto eran hombres espirituales, de otra manera no habrían sido cristianos, y sin embargo, no eran enteramente espiri­tuales sino, en parte, carnales. Mas, ¿habían caído de la gra­cia? Pablo dice que no—eran aún niños en Cristo. En segun­do lugar, “un hombre no puede ser puro e impuro, santo e ini­cuo, estar limpio y mancillado al mismo tiempo.” Ciertamen­te que sí puede, y en prueba de ello allí está el ejemplo de los corintios. “Ya sois lavados,” dice el Apóstol, “mas ya sois santificados,” es decir, ya estáis limpios de la fornicación, la idolatría y todos los pecados exteriores (I Corintios 6:9-11) y, sin embargo, al mismo tiempo y en otro sentido de la pala­bra, no estaban lavados, no estaban limpios interiormente de la envidia, las malas opiniones y la parcialidad. “Pero cierta­mente que no tenían un corazón viejo y nuevo al mismo tiempo.” Ciertamente que sí lo tenían porque en esa época cablamente sus corazones estaban verdadera, pero no entera­mente regenerados; su mente carnal había sido clavada en la cruz, pero no destruida por completo. “Mas ¿podían estar man­chados y ser templos del Espíritu Santo?” Sí, señor; eran templos del Espíritu Santo indudablemente (I Corintios 6:19); y al mismo tiempo, no cabe la menor duda, eran hasta cierto punto carnales, es decir: estaban manchados.

2.    “Además, hay un texto más en la Escritura en vista del cual puede decidirse la cuestión: ‘De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es: las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas’ (II Corintios 5:17). A la verdad que no puede el hombre ser una criatura nueva y un hombre viejo a un mismo tiempo.” ¿Y por qué no? Muy bien lo puede ser; puede ser renovado en parte, y en este caso se encontraban cabalmente los corintios: estaban indudablemente renovados en el espíritu de su mente, de otra manera no ha­brían podido ser “niños en Cristo;” y sin embargo, no tenían todo el sentir de Cristo, puesto que había envidias entre ellos. Pero el texto dice muy claramente que “las cosas viejas pa­saron; he aquí todas son hechas nuevas.” Muy bien, pero no debemos interpretar las palabras del Apóstol y hacerle apare­cer como contradiciéndose; por el contrario, si es consecuen­te consigo mismo, el sentido lato de sus palabras es el siguien­te: “Su antiguo criterio respecto de la justificación, la san­tidad, la felicidad y las cosas de Dios en general, lo mismo que sus antiguos deseos, designios, afecciones, temple y conver­sación ya pasaron; todo esto indudablemente, ha sido he­cho nuevo, cambiado en gran manera. Y sin embargo, aunque estas cosas son nuevas, no lo son enteramente; aún siente con dolor y vergüenza lo que queda del hombre viejo; las manchas muy manifiestas de sus antiguas propensiones e inclinacio­nes, aunque éstas ya no tienen dominio sobre él mientras tanto que vela y ora.”

3.    Todas estas expresiones del argumento: “Si es santo, es santo, si es limpio, es limpio,” y otras veinte por el estilo, pueden fácilmente reunirse en un bulto y decirse de ellas que sólo forman un juego de palabras. Es la falacia de querer sa­car una conclusión general de una proposición particular. For­mando la proposición completa, resulta así: “Si es santo en parte, lo es completamente;” lo cual es falso porque todo ni­ño en Cristo es santo, pero no enteramente santo; está salvo del pecado, pero no por completo; aunque el pecado ya no reine, sin embargo, permanece en él. Si os figuráis que no permanece (al menos en los niños en Cristo, sea cual fuere el caso de los jóvenes y los hombres de edad madura), enton­ces ciertamente que no habéis considerado la altura y la pro­fundidad, lo largo y lo ancho de la ley de Dios, de esa ley del amor que Pablo menciona en el capítulo trece de su primera epístola a los Corintios, y os olvidáis de que toda desconformidad con la ley, y toda separación de ella, es pecado. Ahora bien, ¿no existe la falta de conformidad con la ley en el cora­zón y en la vida de los creyentes? Lo que un cristiano adulto pueda llegar a ser, es otra cuestión muy diferente. ¡Qué poco debe conocer el corazón humano quien se figure que todo “niño en Cristo” se encuentra en idéntico caso!

4.    “Empero los creyentes andan conforme al Espíritu, y el Espíritu de Dios habita en ellos; por consiguiente, están libres de la culpa y del poder, en una palabra, de la esencia del pecado.”

Dos cosas se mencionan aquí como si fueran una sola y misma, pero no lo son: la culpa del pecado es una cosa, su poder es otra, y su esencia todavía otra. Que los creyentes estén libres de la culpa y del poder del pecado, lo concede­mos, pero que estén libres de su esencia, lo negamos rotun­damente. Ni se sigue esto de estos textos, puesto que un hom­bre puede tener el Espíritu de Dios morando en él, puede “an­dar conforme al Espíritu” y a pesar de esto, “su carne codicia contra el Espíritu.”

5.    “Pero la Iglesia es el cuerpo de Cristo (Colosenses 1:24), lo que significa que sus miembros están limpios de to­da iniquidad; de otra manera se podría muy bien afirmar que Cristo y Belial están incorporados el uno en el otro.”

De la verdad de que los que son “el cuerpo místico de Cristo,” aún sienten que su “carne codicia contra el Espíritu,” no se sigue absolutamente que Cristo tenga comunión con Belial o con ese pecado que El mismo ayuda a resistir y vencer.

6.    “Pero, ¿no han llegado los cristianos a la Jerusalén celestial a donde nada que esté manchado puede entrar?” (Hebreos 12:22). Ciertamente, “Y a la congregación de los primogénitos que están alistados en los cielos...y a los es­píritus de los justos hechos perfectos;” y son igualmente san­tos y están limpios mientras que “andan conforme al Espí­ritu,” si bien tienen la conciencia de que existe en ellos otro elemento que es contrario a éste.

7.    “Pero los cristianos se han reconciliado con Dios y esta reconciliación no puede tener lugar si aún permanece la mente carnal, porque esta es enemistad con Dios y sólo su total aniquilación puede producir la reconciliación.”

Nos hemos reconciliado con Dios por medio de la sangre derramada en la cruz y desde ese momento la corrupción de nuestra naturaleza, que es enemistad con Dios, quedó bajo nuestras plantas; la carne ya no tiene dominio sobre nosotros, sin embargo, existe, y en su naturaleza continúa siendo ene­mistad con Dios y codicia en contra del Espíritu.

8.    “Pero ‘los que son de Cristo han crucificado la carne con sus afectos y concupiscencias’ “(Gálatas 5:24). Es muy cierto, sin embargo, aún permanece en ellos y lucha muy a menudo por separarse de la cruz. “Sí, pero se han despojado del viejo hombre con sus hechos” (Colosenses 3:9). Así es y, en el sentido descrito anteriormente, “las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas.” Centenares de textos se podrían citar en prueba de esto, lo que sería fácil contestar de la misma manera, pero resumimos todas nuestras respuestas en la siguientes palabras: “Cristo amó a la igle­sia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla limpián­dola” (Efesios 5: 25, 27) y así será al fin, pero hasta ahora no lo es, ni lo ha sido desde el principio.

9.    “Mas, la experiencia de todos los que están justifica­dos es que desde el momento de su regeneración, quedan enteramente libres del pecado.” Lo dudo, pero en caso de que hallen esta libertad, ¿la hallan para siempre? De otra manera, de nada os sirve vuestro argumento. “Si no siguen siendo li­bres, es por su propia culpa.” Eso falta probar.

10.  “Pero en la misma naturaleza de las cosas, ¿puede un hombre tener soberbia y no ser orgulloso; tener ira y no enojarse?”

Puede muy bien el hombre tener orgullo, abrigar una opinión de sí mismo mejor de la que debería tener, y sin em­bargo, no ser orgulloso en el tenor de su carácter; puede estar propenso a la ira y a exaltarse repentinamente, sin dejarse dominar. “Pero ¿pueden existir la cólera y la soberbia en un corazón donde sólo moran la mansedumbre y la humildad?” A la verdad que no, pero los restos del orgullo y la cólera pue­den permanecer en un corazón donde haya mucha manse­dumbre y humildad.

“De nada vale decir: estas malas inclinaciones existen mas no reinan en el corazón, porque el pecado no puede exis­tir de ninguna manera ni en grado alguno sin reinar, puesto que la culpabilidad y el poder son cualidades esenciales del pecado y, por consiguiente, donde existe una existen todas.”

¿De veras? ¿No puede el pecado existir en ningún grado sin reinar? La Sagrada Escritura, la experiencia y nuestro sen­tido común nos dicen todo lo contrario. El resentimiento de un insulto es pecado; es no conformarse “con la ley del amor;” esto lo he experimentado miles de veces; sin embargo, no ha reinado ni reina en mi corazón. “Pero la culpabilidad y el poder son cualidades esenciales del pecado y, por consi­guiente, donde existe una, deben existir todas las demás.” De ninguna manera, porque en el ejemplo que acabo de citar, si no me dejo llevar de mi resentimiento ni por un sólo momento, no hay la menor culpabilidad ni Dios me condena por eso. En tal caso no tiene poder. Si bien “codicia contra el Es­píritu,” no puede vencer. En este caso, como en otros miles, existe el pecado sin culpabilidad y sin poder.

11.  “Empero el suponer que el pecado exista en el cre­yente, no puede menos que infundir espanto y desaliento, sig­nifica que habremos de luchar con una potencia que está en posesión de nuestras fuerzas; que continúa la usurpación de nuestros corazones y que allí mismo sigue haciendo la guerra desafiando a nuestro Redentor.” No señor; el suponer que el pecado exista en nosotros, no quiere decir que esté en posesión de nuestras fuerzas, como el hombre que enclavado en la cruz no subyuga a los que le han crucificado.

Lo mismo podemos decir en contestación a la aserción de que “el pecado con­tinúa la usurpación de nuestros corazones,” puesto que el usurpador ha sido destronado. Permanece, es cierto, donde antes reinaba, pero permanece encadenado; de manera que en cierto sentido, sigue haciendo la guerra, pero al mismo tiempo se debilita más y más, mientras que el creyente se va fortaleciendo y pasa de victoria a victoria.

12.  “Aún no quedo satisfecho: el que tiene pecado en sí mismo, esclavo es del pecado y por consiguiente, usted su­pone que el hombre justificado puede continuar en la escla­vitud del pecado. Si usted dice que los hombres pueden ser justificados al mismo tiempo que están sujetos a la soberbia, la ira y la incredulidad; más aún, si confiesa usted que estos pecados existen en los justificados, al menos por algún tiem­po, ¿es extraño que haya entre nosotros tantos hermanos so­berbios, iracundos y faltos de fe?”

No creo que ningún hombre justificado sea esclavo del pecado; pero sí creo que el pecado permanece, al menos por algún tiempo, en todos los que están justificados.

“Empero si el pecado permanece en el creyente, entonces es un hombre pecador; si hay voluntad propia, es voluntarioso; si hay incredulidad, es incrédulo y por consiguiente no es fiel. ¿Qué diferencia hay pues, entre él y los incrédulos, los que no están regenerados?” Esto no es sino un juego de palabras y sólo quiere decir que si hay pecado, orgullo, soberbia en el hombre, entonces hay pecado, orgullo y soberbia: lo que nadie puede negar. En ese sentido, el hombre es orgulloso y soberbio, pero no lo es en el mismo sentido o de la misma ma­nera que los incrédulos lo son; es decir: los que están bajo el dominio del orgullo y la soberbia. En esto se distingue de los hombres inconversos: éstos obedecen al pecado, el creyente no le obedece. Tanto los primeros como el segundo son de carne; pero mientras que aquellos “andan conforme a la car­ne,” el creyente anda “conforme al Espíritu.”

“Pero, ¿cómo puede existir la incredulidad en el creyen­te?” Esa palabra, incredulidad, tiene dos significados: signifi­ca ninguna fe, o poca fe; falta de fe o debilidad en la fe. En el primero de estos sentidos no se encuentra la incredulidad en el corazón del creyente; en el otro sentido todos los “niños en Cristo” la tienen. Por lo general su fe está mezclada con la duda o el temor; es decir, con la incredulidad en su segundo significado. “¿Por qué teméis,” dice nuestro Señor, “oh hom­bres de poca fe?” Y en otro lugar; “Oh hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?” Ya lo veis, aquí había incredulidad en los creyentes; poca fe y mucha incredulidad.

13.  “Mas esta doctrina de que el pecado permanece en el creyente, de que puede el hombre, a pesar de tener el pe­cado en su corazón, gozar del favor de Dios, no puede menos que animar a los hombres a pecar.” Si procuráis entender bien la proposición, veréis que no se sigue semejante con­clusión. Puede muy bien un hombre gozar del favor de Dios, a pesar del pecado que siente en su corazón, siempre que no ceda a él, pues que el tener pecado en el corazón no causa, como el rendirse al pecado, la pérdida del favor de Dios. Aun­que la carne en vosotros codicia en contra del Espíritu, po­déis sin embargo, ser hijos de Dios, pero si andáis “conforme a la carne,” entonces hijos del diablo sois. A la verdad que se­mejante doctrina lejos de animarnos al pecado, nos impulsa a resistirlo con todas nuestras fuerzas.

V.   1. El resumen de todo esto es que: en todos los cre­yentes existen, aun después de estar justificados, dos elemen­tos contrarios: la naturaleza y la gracia, a los que Pablo da los nombre de la carne y el Espíritu. De aquí se sigue que si bien los “niños en Cristo” están santificados, lo están en par­te. Son espirituales hasta cierto grado, según la medida de su fe; mas hasta cierto punto, son carnales y por consiguiente, se exhorta continuamente a los creyentes a que velen tanto en contra de la carne, como en contra del mundo y del de­monio. La experiencia constante de los hijos de Dios con­firma esto: al mismo tiempo que tienen la conciencia del tes­timonio, saben que su voluntad no se ha rendido por comple­to a la de Dios; saben que están en El y, sin embargo, sienten que su corazón está listo a separarse de El; cierta ten­dencia hacia el mal en muchísimas ocasiones y al mismo tiem­po, repugnancia de hacer lo bueno. Enteramente nueva es la doctrina contraria; nunca se ha oído en la Iglesia de Cristo desde que vino al mundo hasta la época del conde Zinzen­dorf, y no cabe duda de que produce las consecuencias más fatales; que destruye nuestra disposición a velar en contra de nuestra naturaleza, en contra de esa Dalila que se nos dice ha muerto, pero quien aún permanece en nuestro seno. Les arran­ca a los creyentes débiles el escudo con que se podrían defen­der, su fe, y los deja expuestos a los asaltos del mundo, la carne y el demonio.

2.    Preservemos, por consiguiente, con toda firmeza “la fe que ha sido una vez dada a los santos,” y que estos han transmitido por medio de la Palabra escrita a todas las genera­ciones: que si bien quedamos regenerados, lavados, purificados y santificados desde el instante en que creemos verdadera­mente en Cristo, sin embargo, no quedamos en ese momento regenerados, limpios y purificados por completo, sino que la carne, la naturaleza pecaminosa permanece aún (si bien sub­yugada) y lucha en contra del Espíritu. Luchemos, por con­siguiente, con mucho más ahínco, peleando la buena batalla de la fe, velemos y oremos en contra del enemigo interior; vistámonos con esmero, poniéndonos “toda la armadura de Dios,” a fin de que, aun cuando tengamos “lucha contra san­gre y carne, contra principados, contra potestades, contra malicias espirituales en los aires,” podamos “resistir en el día malo, y estar firmes, habiendo acabado todo.”

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 SERMON 13 - John Wesley

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Matthew Henry