" Los Isrealitas atravesaron el Jordan y se establecieron en la tierra prometida en su ultimo campamento (Campamento No. 42) al final del exodo , lo cual nos indica simbolicamente la libertad y conquista a la que esta llamada la iglesia al salir de la religión a una vida de libertad, en una relación directa, vital y real con Cristo Jesús; Cristo es símbolo de la tierra promedita y la herencia de los hijos de Dios.

La santidad es la obra del Espíritu Santo en nosotros, separándonos del amor del mundo. La santidad es un cambio de naturaleza desde dentro como resultado de la obra de Dios en nosotros. No es lo que hacemos externamente, sino quienes somos por dentro, lo que importa a Dios.

21 de junio de 2012

EL ARREPENTIMIENTO DEL CREYENTE


John Wesley

Arrepentíos, y creed al evangelio (Marcos 1: 15).

1.    Generalmente se cree que el arrepentimiento y la fe forman, como quien dice, la entrada o las puertas de la reli­gión. Que sólo son necesarios al principio de nuestra carrera cristiana, cuando emprendemos el camino hacia el reino, lo que parece confirmar el gran apóstol al exhortar a los cris­tianos hebreos a que vayan “adelante a la perfección;” ense­ñándoles a que dejen “la palabra del comienzo en la doctrina de Cristo, no echando otra vez el fundamento del arrepentimiento de obras muertas, y de la fe en Dios,” lo que significa cuando menos, que deben comparativamente abandonar estas cosas, que al principio ocuparon sus mentes, y “proseguir al blanco, al premio de la soberana vocación de Dios en Cristo Jesús.”

2.    Y no cabe la menor duda de que esto es cierto: que existen cierta fe y arrepentimiento, muy necesarios especial­mente al principio; arrepentimiento que es la convicción de nuestra culpabilidad, lo pecaminoso de nuestra naturaleza y nuestra debilidad tan completa; lo que sentimos antes de re­cibir el reino de Dios que, como dice el Señor, “está” en noso­tros, y la fe por medio de la cual recibimos ese reino: “jus­ticia, paz y gozo por el Espíritu Santo.”

3.    Pero, a pesar de esto, existen cierto arrepentimiento y cierta fe (tomando estas palabras en otro sentido que no es el mismo ni tampoco por completo diferente del anterior), que son un requisito aún después de haber creído al evange­lio; más aún, en todas las épocas sucesivas de nuestra carrera cristiana, de otra manera no podremos correr “la carrera que nos es propuesta.” Y este arrepentimiento y fe se necesitan para poder continuar y crecer en gracia, así como la fe y el arrepentimiento anteriores fueron esenciales para entrar en el reino de Dios.

Mas ¿en qué sentido nos debemos arrepentir y creer des­pués de haber sido justificados? Cuestión muy importante es ésta, y digna, por lo tanto, de la mayor atención.

I.     En primer lugar, ¿en qué sentido nos debemos arre­pentir?

1.    El arrepentimiento muy a menudo significa un cambio interior, un cambio de la mente que pasa del pecado a la san­tidad. Pero ahora le damos otro significado: es el conocimien­to de uno mismo, la conciencia de que somos pecadores, peca­dores culpables y desamparados, si bien sabemos que somos hijos de Dios.

2.    Y a la verdad que cuando sabemos esto por primera vez, cuando en la sangre de Jesús encontramos redención, cuando el amor de Dios se derrama en nuestros corazones y su reino queda en ellos establecido, es muy natural suponer que ya no somos pecadores, que todos nuestros pecados han sido no sólo cubiertos, sino por completo destruidos.

Al no sentir ningún pecado en nuestros corazones, se nos figura que no existe en ellos, tanto que algunas personas, con toda sinceridad indudablemente, lo han creído así desde entonces y hasta lo presente, habiéndose persuadido de que al ser justificadas quedaron por completo santificadas y aun lo han establecido como regla, a pesar de lo que dice la Sa­grada Escritura y dictan la razón y la experiencia. Estas per­sonas creen firmemente y sostienen con energía que el pecado queda por completo destruido en el momento de la justifi­cación, y que no existe, por consiguiente, ningún pecado en el corazón del creyente, sino que desde ese instante queda completamente limpio. Pero si bien confesamos que todo aquel que cree “es nacido de Dios,” y que “el que es nacido de Dios no hace pecado,” sin embargo, no concedemos el que no lo sienta en sí mismo: no reina, pero permanece, y la convicción de que el pecado permanece en nuestro corazón, es una parte muy importante del arrepentimiento de que tratamos.

3.    Porque rarísima es la persona que, habiéndose figu­rado que ya no existe ningún pecado en su corazón, deja de sentir pronto que aún permanece el orgullo. Se persuade des­pués de que en muchos sentidos ha tenido un concepto de sí mucho “más alto que el que debe tener,” y que se ha alaba­do a sí mismo por razón de algo que ha recibido, y gloriádose como si no lo hubiese recibido y sin embargo, sabe que goza del favor de Dios. No puede ni debe perder su confianza; el Espíritu aún da testimonio con su espíritu de que es “hijo de Dios.”

4.    Ni se tarda mucho en sentir que su corazón es voluntarioso; su voluntad contraria a la voluntad de Dios. Mientras todo hombre sea un ser inteligente, tiene que ejercitar ne­cesariamente su libre albedrío: esa parte esencial de la na­turaleza humana y a la verdad, de la naturaleza de todo ser inteligente. Nuestro bendito Salvador tuvo voluntad como hombre—de otra manera no habría sido hombre—empero su voluntad humana estuvo siempre sujeta a la voluntad de su Padre, puesto que a toda hora y en todas ocasiones, aun en medio de las más profundas aflicciones, podía decir: “no co­mo yo quiero, sino como Tú.” Mas esto no pasa siempre ni aun con el verdadero creyente en Cristo, quien siente su voluntad oponiéndose con más o menos frecuencia a la voluntad de Dios; desea ciertas cosas que son agradables a su naturaleza pero que desagradan a Dios, y no desea, no quiere aquello que es penoso para su naturaleza, pero que es conforme a la volun­tad de Dios respecto de él. Supongamos que continúa firme en la fe y que lucha con todas sus fuerzas en contra de esa vo­luntad propia; esto mismo es una prueba de que existe di­cha voluntad realmente, y de que tiene conciencia de ello.

5.    Esta voluntad propia, lo mismo que la soberbia, es cierta clase de idolatría. Ambas son contrarias al amor de Dios, y lo mismo se puede decir respecto del amor del mundo. Aun los verdaderos creyentes están igualmente propensos a sentir esto en sí mismos, y todos y cada uno de ellos lo sienten más o menos, tarde o temprano, de un modo u otro. Si bien es cier­to que “cuando pasan de muerte a vida” por primera vez, no tienen más deseo que Dios, y pueden con verdad decir: Res­pecto a tu nombre y a tu memoria fue el deseo del alma, “¿A quién tengo yo en los cielos? y fuera de ti nada deseo en la tierra.” Esto no es siempre así, puesto que en el curso del tiempo vuelven a sentir, tal vez por unos cuantos momen­tos, ya “los deseos de la carne,” ya “la concupiscencia de los ojos,” o la “soberbia de la vida.” Más aún, si no velan y oran continuamente, descubrirán que la concupiscencia revive y lucha con empeño por derribarlos, hasta que casi ya no les quedan fuerzas para resistir; sentirán los impulsos de afec­tos desordenados, la propensión a amar a la criatura antes que al Creador, ya sea aquella un niño, un padre, esposo, es­posa o el amigo “más conjunto que el hermano.” Sentirán de muchos modos el deseo de las cosas y placeres terrenales y, en su consecuencia, se olvidarán de Dios no buscando en El su felicidad, sino siendo “amadores de los deleites más que de Dios.”

6.    Si no se guardan constantemente y a cada momento, volverán a sentir la “concupiscencia de los ojos,” el deseo de satisfacer su imaginación con algo que sea grande, raro y her­moso. ¡De cuántos modos asalta este deseo al alma! Tal vez respecto a cosas muy triviales como el vestido o los muebles; cosas que nunca pueden satisfacer las necesidades de un es­píritu inmortal. ¡Qué natural es en nosotros, aun después de haber gustado las virtudes del siglo venidero, descender otra vez a las cosas torpes, a los deseos degradados de las cosas que perecen en su uso! ¡Qué difícil es, aun para aquellos que co­nocen a Aquel en quien han creído, el dominar siquiera una parte de este deseo del ojo: la curiosidad; el hollarla sin cesar bajo su planta; el no desear ninguna cosa simplemente por­que es nueva!

7.    ¡Y qué difícil es aun para los hijos de Dios el domi­nar por completo la soberbia de la vida! Parece que Juan defi­ne con estas palabras lo que el mundo tiene la costumbre de llamar “el sentido de honor,” que no es otra cosa sino el deseo y el deleite que se encuentran en la gloria que viene de los hombres, deseo ferviente de ser alabado y que siempre va acompañado de un temor proporcionado de ser criticado. Mu­cho se aúna a esto la falsa vergüenza: el avergonzarnos de aquello en que deberíamos gloriamos. Rara vez existe dicha vergüenza sin el temor del hombre, que tiende miles de re­des al alma. Ahora, bien, ¿dónde está aquel, aun entre los firmes en la fe, que no siente en sí mismo todas estas malas disposiciones hasta cierto grado? Aun estos están crucifica­dos al mundo sólo en parte, puesto que la raíz del mal aún permanece en sus corazones.

8.    Y ¿no es cierto que sentimos también otras disposi­ciones tan antagónicas al amor de nuestros prójimos corno ésas lo son al amor de Dios? El amor a nuestro prójimo “no piensa el mal.” ¿No encontramos nada malo en nuestro cora­zón? ¿No sentimos jamás celos, malas conjeturas y sospechas sin fundamento ni razón? El que esté libre de todos estos pormenores, que tire la piedra el primero a su prójimo. ¿Quién es aquel que no siente algunas veces otras disposiciones y movimientos internos, que sabe son contrarios al amor fra­ternal? En caso de que no existan el odio, la malicia y el ren­cor, ¿no hay nada de envidia, especialmente de aquellos que gozan de algún bien real o imaginario, y el cual nosotros de­seamos, pero no podemos obtener? ¿No encontramos jamás, cuando recibirnos alguna injuria o insulto, el resentimiento en ningún grado—especialmente cuando nos lo hace alguna per­sona a quien profesamos especial cariño, o a quien nos hemos esforzado en ayudar y proteger? La injusticia o la ingratitud ¿no nos muevan nunca al deseo de la venganza, de devolver mal por mal en lugar de vencer “con el bien el mal”? Todo es­to demuestra igualmente cuánto permanece en nuestro cora­zón lo que es contrario al amor del prójimo.

9.    La codicia en todos grados y de todas clases es cier­tamente tan contraria a este amor como al amor de Dios—ya sea el amor del dinero que muy frecuentemente es “la raíz de todos los males,” o el deseo de tener más, de ser más rico. ¡Y qué pocos, aun entre los verdaderos hijos de Dios, están enteramente libres de ambos! Es bien cierto que un gran hom­bre, Martín Lutero, acostumbraba decir que “nunca había te­nido codicia,” no sólo después de su conversión, pero “ni desde su nacimiento;” pero si así fuera, no vacilo en decir que él fue el único hombre (excepto aquel que fue Dios-hom­bre) que no la tuvo, que no nació con ella.

Más aún, creo que no ha existido ningún hombre que se haya convertido, y que después haya vivido algún tiempo, que no haya sentido mu­chas veces poco más o menos, esa codicia, especialmente en su segunda manifestación. Podemos pues asentar, como una verdad indudable, que la codicia, la soberbia, la voluntad pro­pia y la cólera permanecen en los corazones aun de aquellos que están justificados.

10.  Con motivo de esta experiencia, muchas personas serias se han inclinado a interpretar la última parte del capí­tulo séptimo de la Epístola a los Romanos, como si se refiriese no a los que están “bajo la ley,” que están convencidos del pecado, que es evidentemente lo que el Apóstol quiere decir, sino a los que están “bajo la gracia,” a los que están “justifi­cados gratuitamente...por la redención que es en Cristo Jesús.” Y no cabe duda que hasta cierto punto tienen razón, puesto que, aun en aquellos que están justificados, permane­ce una mente que hasta cierto grado es carnal (así dice el Apóstol dirigiéndose a los cristianos de Corinto: “Porque todavía sois carnales”); un corazón dispuesto aún a retro­ceder, siempre listo “para apartarse del Dios vivo;” la pro­pensidad al orgullo, a la propia voluntad, a la ira, a la ven­ganza, al amor del mundo y a todo lo que es malo; una raíz de amargura que, si se le quitasen los impedimentos que la cu­bren, brotaría luego; en fin, una corrupción tan profunda que, sin la ayuda de la clara luz de Dios no podríamos ni concebir. La convicción de todo este pecado que permanece en sus corazones es el arrepentimiento que sienten los que están justificados.

11.  Deberíamos igualmente convencernos de que así co­mo el pecado permanece en nuestros corazones, de la misma manera se adhiere a todas nuestras palabras y acciones, y a la verdad, que debe temerse que muchas de nuestras palabras estén más que mezcladas con el pecado; que sean pecaminosas en externo, pues tal es, por ejemplo, toda conversación falta de caridad; todo aquello que no procede del amor fraternal, que no está en armonía con aquella sublime máxima: “Todas las cosas que quisierais que los hombres hiciesen con vosotros, así también haced vosotros con ellos.”

A esta clase pertenece todo género de calumnia, “chismografía,” murmuración, el ha­blar mal, es decir: mencionar las faltas de las personas au­sentes, pues que a nadie le gusta que hablen de sus defectos en su ausencia. Ahora bien, ¡cuán pocas personas hay, aun entre los creyentes, que no son culpables de esto en mayor o menor grado; que aún obedecen aquella antigua ley: “De los muertos y los ausentes nada sino bueno se diga”! Y aún cuan­do así fuera, ¿se abstienen por completo de toda conversación ociosa? Y sin embargo, no cabe duda que todo esto es peca­minoso, y contrista al Espíritu Santo de Dios. Más aún, “toda palabra ociosa que hablaren los hombres, de ella darán cuen­ta en el día del juicio.”

12.  Mas supongamos por un momento que velan y oran constantemente, y que por consiguiente, no caen en esta ten­tación; que sin cesar guardan sus labios; que se ejercitan en esto a fin de que toda su palabra sea siempre con gracia, sa­zonada con sal, para que sepan cómo les conviene responder a cada uno. Sin embargo, a pesar de todo esto, ¿no es cierto que diariamente tienen conversaciones ociosas? Y aun cuan­do procuran hablar respecto a Dios, ¿son palabras puras? ¿Están libres del elemento profano? ¿No encuentran nada ma­lo en su misma intención? ¿Hablan tan sólo por agradar a Dios, y no por agradarse en parte a sí mismos? ¿Es entera­mente por hacer la voluntad de Dios, y no su propia volun­tad? O, si empiezan con sinceridad de corazón, ¿continúan “mirando a Jesús” y conversando con El mientras conversan con su prójimo? Al reprobar los pecados, ¿no sienten ira o mala voluntad hacia el pecador? Al instruir a los ignorantes, ¿no sienten orgullo ni complacencia de sí mismos? Cuando dan consuelo al afligido, o se estimulan al amor y a la práctica de buenas obras, ¿no sienten cierta aprobación interior que dice: “he hablado muy bien,” o cierta vanidad, el deseo de que los demás piensen lo mismo y que con tal motivo, los tengan en mayor estima? En alguna de estas maneras o en todas ellas, ¡cuánto pecado no se adhiere a las mejores conver­saciones, aun de los mismos creyentes! La convicción de lo cual es otra parte del arrepentimiento que sienten los que están justificados.


13.  Y si su conciencia está bien despierta, ¡cuánto pe­cado no encontrarán adherido a sus hechos también! Además, ¿no existen muchos de esta clase que, si bien el mundo no condena, no tienen disculpa ni merecen alabanzas si se les juzga según la Palabra de Dios? ¿Ignoran acaso que muchas de sus acciones no son para la gloria de Dios, en muchas de las cuales ni siquiera la intención tuvieron de que lo fueran, las que no llevaron a cabo teniendo a Dios en sus mentes? Y entre las que lo fueron, ¿no hay muchas hechas sin tener la vista fija sólo en Dios; en las que hacen su propia voluntad, al menos tanto como la voluntad de Dios, y en las que tratan de agradarse a sí mismos, si no más, al menos tanto como a Dios? Y al tratar de hacer bien a sus prójimos, ¿no sienten malas disposiciones de varias clases? De aquí que sus bue­nas acciones, así llamadas, estén muy lejos de serlo en reali­dad, pues que están manchadas con semejante mezcla de pe­cado. Tales son sus obras de misericordia. Y sus obras piado­sas ¿no tienen la misma falta? Al estar escuchando la Pala­bra que tiene el poder de salvar a las almas, ¿no sienten te­mores de que tal vez sirva para condenarlos, más bien que pa­ra salvarlos? ¿No acontece lo mismo con frecuencia, cuan­do tratan de ofrecer sus oraciones a Dios ya sea en público, ya en privado? Aun hay más. Al tomar parte en el culto so­lemne, al acercarse a la mesa del Señor, ¡qué pensamientos tienen! ¿No vagan sus mentes algunas veces por toda la tie­rra, imaginando cosas que les hacen temer el que su sacrifi­cio sea una abominación ante el Señor? De manera que al presente se avergüenzan más de sus mejores obras de lo que antes se avergonzaban de sus peores pecados.

14.  Además, ¡de cuántos pecados de omisión no son res­ponsables! El apóstol dice: “El pecado pues está en aquel que sabe hacer lo bueno y no lo hace.” Pero ¿no se acuerdan de miles de casos en que pudieron haber hecho bien a sus ene­migos, a los extraños, a los hermanos, ya en sus cuerpos, ya en sus almas, y que no lo hicieron? ¡De cuántas omisiones en el cumplimiento de sus deberes para con Dios son culpa­bles! ¡Cuántas oportunidades de difundir o escuchar la Pala­bra de Dios, de orar públicamente o en privado, no han des­perdiciado! Con razón aquel santo varón de Dios, el arzo­bispo Usher, después de haber trabajado tanto por el Señor, exclamó casi en el último aliento de su vida: “¡Señor, per­dóname mis pecados de omisión!”

15.  Y además de estas omisiones exteriores, ¿no encuen­tran en sí mismos gran número y toda clase de defectos in­teriores? No tienen el temor, el amor ni la confianza en Dios que deberían; ni el amor que se debe al prójimo, a todos sus semejantes; pero ni siquiera el que deben a los hermanos, a los hijos de Dios que están a grandes distancias, o a los que viven cerca y con quienes tienen relaciones. No tienen la bon­dad de genio que deberían, sino toda clase de defectos, la conciencia de lo cual los impulsa a exclamar, con el señor De Ren­ty: “Soy un terreno lleno de espinas;” o con Job: “Aborrezco lo que dije, y me arrepiento en el polvo y en la ceniza.”

16.  El convencimiento de su culpabilidad es otra parte del arrepentimiento de los hijos de Dios, pero esto debe enten­derse cautamente y en cierto sentido; porque a la verdad, “ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús,” que creen en El y en el poder de la fe, que andan no conforme a la carne mas conforme al Espíritu, y sin embargo, en nada pueden soportar ahora la justicia escudriñadora de Dios, me­jor de lo que la podían antes de creer. Esta los hace aún acree­dores a la muerte por razón de todo lo pasado, e indudable­mente que quedarían condenados, si no fuese por la sangre expiatoria.

Por consiguiente, están plenamente convencidos de que merecen aún el castigo, si bien, debido al menciona­do sacrificio, no se les aplica. Respecto a este particular exis­ten dos extremos, siendo rara la persona que no cae en uno de ellos, pues la mayor parte de los hombres acepta uno u otro, ya creyéndose que están condenados cuando no lo es­tán, o creyendo, por otra parte, que merecen ser absueltos. La verdad está en el medio: aún merecen, hablando estricta­mente, la condenación del infierno, pero no les acontece lo que merecen, porque tienen un Abogado “para con el Padre.” Su vida, muerte e intercesión aún se interponen entre ellos y la condenación.

17.  La convicción de su completo desamparo es otra par­te de su arrepentimiento, con lo que quiero dar a entender dos cosas: primero, que por sí mismos no pueden tener buenos pensamientos, formar buenos deseos, hablar buenas pala­bras, o hacer buenas obras, más de lo que podían antes de ser justificados; que no tienen fortaleza propia en ningún grado o de ninguna clase—fuerzas para hacer el bien, o resistir el mal; poder de dominar, o de siquiera resistir, al mundo, al demonio o a su naturaleza pecaminosa. Es muy cierto que pueden hacer todo esto, pero no lo hacen con sus propias fuer­zas. Tienen el poder de vencer a todos estos enemigos, por­que el pecado ya no se enseñorea de ellos, pero esto no es de­bido a su naturaleza en todo o en parte; es un mero don de Dios que no reciben por completo, de una vez, como efectos que se almacenan para muchos años, sino poco a poco.


18.  Al hablar de ese desamparo, me refiero, en segundo lugar, a la incapacidad de librarnos de esa culpabilidad o me­recimiento del castigo del cual tenemos conciencia; de esa in­capacidad que sentimos de remover—no digo ya por medio de nuestras facultades naturales, sino con toda la gracia que po­seamos—el orgullo, la voluntad propia, el amor del mundo, la ira, y esa disposición natural a separarnos de Dios, que sabe­mos por experiencia, permanece en el corazón aun de aque­llos que han sido regenerados; o el mal que se adhiere a nues­tras palabras y acciones, a pesar de todos nuestros esfuerzos. Añádase a esto la completa incapacidad de evitar toda clase de conversación inútil y poco caritativa; el no poder evitar los pecados de omisión, o de remediar los innumerables defectos de que estamos convencidos, especialmente: la falta de cari­dad y de buena disposición para con Dios y para con los hom­bres.

19.  Si alguna persona no se convence con esto, si cree que todo aquel que está justificado puede purificar su cora­zón y su vida de todos estos pecados, que haga la prueba. A ver si con la gracia que ya ha recibido puede destruir el or­gullo, la voluntad propia o el pecado innato en general; si puede excluir toda clase de mezcla de mal en sus palabras y acciones; si puede evitar toda conversación inútil o poco ca­ritativa, todos los pecados de omisión, y por último, si pue­de remediar los innumerables defectos que aún encuentra en sí misma. Que no se desanime si fracasa una o dos veces, sino que siga haciendo la prueba y mientras más la haga, más profunda será la persuasión de su completa impotencia para todo esto.

20.  Tan evidente es esta verdad, que casi todos los hi­jos de Dios esparcidos por todo el mundo, por grandes que sean las diferencias de opinión sobre otros asuntos, están de acuerdo en este particular: que si bien podemos por el Espí­ritu mortificar las obras de la carne, resistir y triunfar del pecado interior y exterior, debilitar a nuestros enemigos más y más cada día, no podemos expulsarlos. Ni con toda la gra­cia que recibimos al ser justificados podemos extirparlos. Aun cuando velemos y oremos mucho, no podremos limpiar nues­tros corazones y manos por completo; ciertamente que no po­dremos mientras no plazca al Señor decir otra vez a nuestro corazón: “Sé limpio.” Sólo entonces quedará limpio de la lepra; sólo esto podrá destruir la raíz del mal, la mente car­nal, y sólo entonces dejará de existir. Pero si no se efectúa un segundo cambio, si no hay un libramiento instantáneo des­pués de la justificación, si no existe ninguna obra sino la gra­dual de Dios (y nadie niega que exista esta obra gradual), entonces debemos conformarnos, lo mejor que podamos, a con­tinuar llenos de pecado hasta la muerte, y si así es, continua­remos mereciendo el castigo, porque es imposible librarnos de la culpabilidad o castigo del pecado, mientras el pecado permanezca en nuestros corazones y se adhiera a nuestras palabras y acciones. Más aún, hablando rigurosamente, todo lo que pensamos, hablamos y hacernos, aumenta constante­mente esa culpabilidad y merecimiento del castigo.

II.   1. En este sentido tenemos que arrepentimos des­pués de estar justificados, y mientras no lo hagamos, no po­dremos adelantar, puesto que hasta que no sintamos esta en­fermedad, no puede tener lugar la curación. Pero suponiendo que nos arrepintamos de esta manera, entonces se nos invita a creer el evangelio.

2.   Y esto también debe entenderse en cierto sentido di­ferente de aquel en que creímos antes de ser justificados. Creed las buenas nuevas de la gran salvación que Dios preparó para su pueblo; creed que Aquel—que es “el resplandor de su gloria y la misma imagen de su sustancia,” —“puede tam­bién salvar eternamente a los que por él se allegan a Dios.” El os puede salvar de todo el pecado que aún permanece en vuestro corazón; puede salvaros de todo lo pecaminoso que a vuestras palabras y hechos se adhiere; os puede salvar de todos vuestros pecados de omisión, y suplir todo aquello que falta en vosotros. Para con el hombre, ciertamente, esto es imposible, pero para con Dios “todas las cosas son posibles.”

Porque, ¿qué cosa no podrá hacer Aquel que tiene “todo poder en el cielo y en la tierra”? A la verdad, su poder de hacer esto no sería base sólida de nuestra fe en que lo hará, en que ejercerá su poder, si no lo hubiese prometido; pero lo ha hecho; lo ha prometido una y mil veces, y de la manera más patente. Nos ha dado estas preciosas y grandísimas pro­mesas, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamentos. Así es como leemos en la ley: “Y circuncidará Jehová tu Dios tu corazón y el corazón de tu simiente, para que ames a Jehová tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma” (Deuterono­mio 30: 6); en los Salmos: “Y él redimirá a Israel de todos sus pecados,” al Israel de Dios; en uno de los profetas: “Esparci­ré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados de todas vuestras inmundicias; y de todos vuestros ídolos os limpiaré” (Ezequiel 36: 25). Lo mismo en el Nuevo Testamento: “Ben­dito el Señor Dios de Israel, que ha visitado y hecho reden­ción a su pueblo. Y nos alzó un cuerno de salvación en la ca­sa de David su siervo, como habló por boca de sus santos pro­fetas que fueron desde el principio: salvación de nuestros enemigos, y de mano de todos los que nos aborrecieron; para hacer misericordia con nuestros padres, y acordándose de su santo pacto; del juramento que juró a Abraham nuestro pa­dre que nos había de dar.

Que sin temor, librados de nuestros enemigos, le serviríamos en santidad y en justicia delante de él, todos los días nuestros” (Lucas 1: 68-75).

3.   Tenéis buenas razones para creer, puesto que tiene no sólo el poder, sino también la voluntad de hacer todo esto; de libraros de toda la iniquidad de vuestra carne y de vues­tro espíritu; de limpiaros de “todas vuestras inmundicias.” Esto es lo que al presente anheláis; esta la fe que con especia­lidad necesitáis ahora, a saber, el gran Médico, el que ama mi alma, está dispuesto, quiere lavarme. Empero, ¿quiere ha­cerlo mañana u hoy día? El mismo contesta: Si oyereis mi voz hoy, “no endurezcáis vuestros corazones.” Si lo dejáis para mañana, endurecéis vuestros corazones o rehusáis es­cuchar su voz. Creed, pues, que está listo a salvaros hoy mis­mo; quiere salvaros ahora, en este momento. “He aquí ahora el tiempo aceptable.” El dice: “Sé limpio.” Creed solamente, y veréis como “al que cree todo es posible.”

4.   Continúa creyendo en Aquel que te amó y se dio a sí mismo por ti; que cargó con todos tus pecados llevándolos en su propio cuerpo a la cruz, y quien te salva de toda conde­nación, por medio de la continua aplicación de su sangre. De esta manera es como continuamos en el estado de la justifi­cación, y cuando pasamos “de fe en fe,” cuando tenemos fe para ser limpios de nuestro pecado interior, para ser salvos de todas nuestras iniquidades, quedamos igualmente libres de la culpabilidad y el merecimiento del castigo que sentimos antes. De modo que no sólo podemos decir: “A cada momento, Señor, los méritos de tu muerte necesito,” sino también en toda la seguridad de la fe: “Constantemente Señor, los mé­ritos de tu muerte poseo,” puesto que por medio de esa fe en su vida, muerte e intercesión por nosotros, estamos entera­mente limpios y no sólo ya no hay ninguna condenación pa­ra nosotros, sino tampoco ese merecimiento del castigo que sen­tíamos antes, habiendo el Señor limpiado tanto nuestros cora­zones como nuestras vidas.

5.   Debido a esta misma fe, por medio de la cual sola­mente somos lo que somos, sentimos el poder de Cristo des­cansando constantemente sobre nosotros y podemos continuar en la vida espiritual. Sin esta fe nos convertiríamos en un momento, a pesar de nuestra santidad actual, en demonios. Por otra parte, mientras conservemos esa fe en El, sacaremos agua con gozo de las fuentes de salud. Al descansar en nues­tro amado Cristo, la esperanza de nuestra gloria, quien habita en nuestros corazones por la fe, y quien está constantemente intercediendo por nosotros a la diestra de Dios Padre, reci­bimos de El ayuda para pensar, hablar y hacer todo aquello que es aceptable en su presencia. De esta manera dirige a los que creen en todos sus hechos y los asiste con su continuo so­corro, de modo que sus propósitos, conversaciones y obras, es­tán comenzadas, continuadas y finalizadas en El. Así purifica los pensamientos de sus corazones con la inspiración de su Santo Espíritu, para que lo puedan amar perfectamente y ce­lebrar dignamente su santo nombre.

6.   Así es que el arrepentimiento y la fe en los hijos de Dios, son complemento el uno de la otra: el arrepentimiento nos hace sentir el pecado que permanece en nuestros corazo­nes y que se adhiere a nuestras palabras y acciones. Por medio de la fe recibimos el poder de Dios en Cristo, que purifica nuestros corazones y limpia nuestras manos. El arrepentimien­to nos hace sentir que merecemos el castigo de nuestra índole perversa, nuestras malas palabras y acciones. Por medio de la fe tenemos la conciencia de que nuestro Abogado para con el Padre está constantemente intercediendo por nosotros y librándonos, por lo tanto, a cada instante de la condenación y el castigo que merecemos. El arrepentimiento nos hace te­ner una persuasión continua de que nada podemos hacer por nosotros mismos; por medio de la fe, no sólo recibimos mise­ricordia, sino que “hallamos gracia para el oportuno socorro.” El arrepentimiento niega la posibilidad de que pueda existir alguna otra ayuda; la fe acepta toda la ayuda que necesita­mos de Aquel que tiene todo poder en el cielo y en la tierra. El arrepentimiento dice: “Sin El nada puedo hacer;” la fe di­ce: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece,” por medio de El no sólo puedo vencer sino aun desterrar a los enemi­gos de mi alma; por medio de El puedo amar al Señor mi Dios de todo mi corazón, y de toda mi alma, y de toda mi mente; más aún, andaré en santidad y justicia delante de El todos mis días.

III.     1. De lo expuesto fácilmente se puede deducir lo pe­ligrosa que es esa opinión, a saber: que al ser justificados que­damos enteramente santificados; que nuestros corazones que­dan limpios de todo pecado. Como ya se ha hecho observar, desde ese momento quedamos libres del pecado exterior y, al mismo tiempo, el poder del pecado interior es quebrantado: de manera que ya no necesitamos seguirlo o estar por él do­minados. Pero es absolutamente falso el que el pecado interior quede por completo destruido; que se haya arrancado del co­razón la raíz del orgullo, la obstinación, la ira, el amor del mundo; o que se haya extirpado enteramente la mente car­nal o la inclinación del corazón a volver al pecado.

El suponer todo esto, no es, según creen algunos, un error ligero que no puede acarrear malas consecuencias; al contrario, hace mu­chísimo daño; impide por completo el camino para otros cam­bios, puesto que evidentemente: “los que están sanos no tie­nen necesidad de médico, sino los enfermos.” Si creemos, por consiguiente, que ya estamos enteramente buenos, no hay necesidad de más curación y, suponiendo tal cosa, es un absurdo esperar que se nos libre más del pecado, ya sea de una manera gradual o instantánea.

2.   Al contrario, el profundo convencimiento de que aún no estamos enteramente sanos—de que nuestros corazones no están por completo purificados, de que todavía existe en nosotros una “mente carnal,” lo que en su naturaleza es aún “ene­mistad contra Dios” y que un gran número de pecados aún permanece en nuestros corazones, débiles, es cierto, pero no destruidos—demuestra, sin que quepa la menor probabilidad de duda, la necesidad absoluta de mayor cambio. Confesa­mos que en el mismo momento de la justificación nacernos de nuevo; en ese instante experimentamos un cambio interior “de las tinieblas a su luz admirable;” de la semejanza con el diablo, a la imagen de Dios; de la mente sensual, terrenal y diabólica, a la mente que es en Cristo Jesús. Pero, ¿que­damos entonces cambiados por completo? ¿Quedamos entera­mente transformados en la imagen de Aquel que nos creó? Nada de eso: aún permanecemos sumergidos en el pecado, y la conciencia de esto es lo que nos constriñe a gemir, pidién­dole a Aquel que todo lo puede, nos libre por completo. De lo que se deduce que los creyentes que no conocen la profunda corrupción de sus corazones, o que si tienen de ella alguna convicción, ésta es muy superficial, teorética, se ocupan poco respecto de la completa santificación. Tal vez abriguen la opinión de que esto tendrá lugar a la hora de la muerte o antes—no saben cuándo—pero la falta de esta santidad no les causa la menor inquietud, ni sienten gran deseo de tenerla. No pueden sentirla hasta que no se conozcan a sí mismos me­jor, hasta que no se arrepientan de la manera que hemos des­crito, hasta que el Señor les descubra el monstruo que tienen en su interior, y les deje ver el verdadero estado de sus almas. Sólo entonces, cuando sientan la carga, gemirán, pidiendo ser librados. Entonces, y sólo entonces, gritarán en la agonía de su alma:

De mi pecado interior El yugo destruye, Señor; Y mi espíritu libra Completamente. Jamás podré descansar Si puro interiormente, En ti no me pierdo Eternamente.

3.   Podemos deducir de esto, en segundo lugar, que una profunda convicción de nuestra falta de méritos, después de haber sido aceptados (lo que en cierto sentido puede llamarse culpabilidad), es absolutamente necesaria, a fin de apre­ciar en su verdadero valor la sangre redentora, para que po­damos sentir que la necesitamos tanto después como antes de ser justificados. Sin esta convicción no podemos considerar la sangre del Pacto, sino como una cosa común— algo que ya no necesitamos mucho, puesto que todos nuestros pecados pasados han sido limpiados. Más aún, si tanto nuestras almas como nuestras vidas son tan impuras, estamos constantemente contrayendo cierta clase de culpabilidad que en su consecuen­cia nos expondría a cada momento a una nueva condenación, si no fuera que:

Para siempre vive en el cielo Quien por nosotros intercede; Su amor, que todo lo redime, Y su preciosa sangre ofrece.

4.   Notaremos, en tercer lugar, que la profunda convic­ción de nuestro completo desamparo, de nuestra cabal inca­pacidad de retener cualquiera cosa que hayamos recibido, mucho más de librarnos por nosotros mismos del mundo de iniquidad que aún queda en nuestros corazones y vidas, nos enseña a vivir verdaderamente en Cristo por medio de la fe, no sólo como nuestro Sacerdote que es, sino también nuestro Rey. Esto nos impulsa a magnificarlo; a darle en verdad to­da la “alabanza de la gloria de su gracia;” a hacerlo en rea­lidad nuestro Cristo y único Salvador; a poner la corona real en su cabeza. Estas excelentes palabras de la manera en que se han usado tan frecuentemente, tienen poco o ningún sentido, pero se cumplen de un modo profundo y sublime cuando bro­tan de nuestros corazones, como quien dice, y El las recibe; cuando nos desprendemos de nosotros mismos para absor­bernos en El; cuando nos sumergimos en la nada para que El sea el todo. Entonces es cuando su infinita gracia, habiendo des­truido toda altura que se levanta contra la ciencia de Dios, cautiva todo intento, palabra y obra, a “la obediencia de Cris­to.”

LONDONDERBY, 24 de abril de 1767.

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 SERMON 14 - John Wesley

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