" Los Isrealitas atravesaron el Jordan y se establecieron en la tierra prometida en su ultimo campamento (Campamento No. 42) al final del exodo , lo cual nos indica simbolicamente la libertad y conquista a la que esta llamada la iglesia al salir de la religión a una vida de libertad, en una relación directa, vital y real con Cristo Jesús; Cristo es símbolo de la tierra promedita y la herencia de los hijos de Dios.

5 de junio de 2012

EL TESTIMONIO DE NUESTRO PROPIO ESPIRITU


John Wesley

Nuestra gloria es esta: el testimonio de nuestra conciencia, que con sencillez y sinceridad de Dios, no con sabiduría huma­na, sino con la gracia de Dios, nos hemos conducido en el mun­do, y mucho más con vosotros (II Corintios 1:12).

1.  Tal es la expresión de todo verdadero creyente en Cristo, mientras que permanece en la fe y en el amor. “El que me sigue,” dice el Señor, “no andará en tinieblas,” y mientras que tiene la luz se regocija en ella. “De la manera que habéis recibido al Señor Jesucristo, andad en él”—y al andar en El, escuchad en su alma diariamente la exhortación del Apóstol: “Gozaos en el Señor siempre: otra vez digo: Que os gocéis.”

2.  Pero a fin de no edificar nuestra casa sobre la arena, (no sea que cuando descienda la lluvia, y vengan los ríos, y soplen los vientos, hagan ímpetu en ella y caiga, y sea grande su ruina), me propongo mostrar en el discurso siguiente, la naturaleza y fundamento del gozo del cristiano. Sabemos que, por lo general, consiste en esa paz feliz, esa satisfacción del espíritu tan llena de calma, que resulta del testimonio de la conciencia que en este pasaje describe el Apóstol. Pero para entender esto más claramente, se hace necesario pesar bien sus palabras, de las que se desprenderá fácilmente tanto lo que debemos entender por conciencia, como lo que significa el testimonio de ésta, y además, el regocijo que siente para siempre quien tiene dicho testimonio.

3.  En primer lugar, ¿qué significa esta palabra concien­cia? ¿Qué sentido tiene este término que se encuentra en labios de todo el mundo? Cualquiera creería, al tomar en consideración cuántos y cuán grandes tomos se han escrito de vez en cuando sobre el asunto, y cómo se han escudriñado los tesoros del saber en tiempos antiguos y modernos a fin de explicar lo que es la conciencia, que es un asunto muy di­fícil de entender. Es de temerse que tan prolijas investiga­ciones no hayan producido gran luz, sino que más bien, mu­chos de esos escritores hayan enmarañado el asunto oscureciendo “el consejo con palabras sin sabiduría;” haciéndole complejo, cuando en sí es tan claro y de tan fácil inteligencia. Porque, haced a un lado palabras difíciles y todo hombre de corazón sincero entenderá presto.

4.   Hemos sido creados por Dios seres inteligentes, ca­paces de percibir lo presente, y de reflexionar y pensar en el pasado. Somos capaces especialmente de comprender lo que pasa en nuestros corazones y vidas; de saber qué cosa sen­timos o hacemos, y esto al tiempo que acontece o cuando ya ha sucedido. Eso es lo que queremos dar a entender cuando decimos que el hombre es un ser esciente—que tiene un cono­cimiento o percepción interior, tanto de las cosas presentes como de las pasadas que se refieren a él mismo, y de su ge­nio y conducta. Pero lo que usualmente llamamos conciencia significa algo más que esto: no es tan sólo el conocimiento que tenemos de nuestra vida presente o la memoria de la pa­sada, puesto que el recordar, el dar testimonio de las cosas en lo presente o del pasado, es solamente uno y el menor de los oficios de la conciencia—su deber principal es disculpar o acusar, aprobar o reprobar, absolver o condenar.

5.   Algunos escritores modernos le han dado un nombre nuevo y complacídose en llamarle el sentido moral; pero si no hubiera otras razones, tan sólo por ésta sería de preferirse la palabra antigua al término moderno, a saber, que los hom­bres están más familiarizados con ella, y es, por lo tanto, más fácil de entenderse. Deben indudablemente preferirla los cris­tianos, por ser además escrituraria; porque es la palabra que, en su sabiduría Dios escogió para usarse en los escritos ins­pirados.

Según el sentido con que, por lo general, se usa en ellos, especialmente en las epístolas de Pablo, la conciencia signi­fica esa facultad o poder, infundido por Dios en toda alma que viene a este mundo, de discernir en su corazón o vida, su disposición, pensamiento, palabras y acciones, lo que sea bue­no y lo que sea malo.

6.   Empero, ¿qué regla tienen los hombres para discer­nir entre lo bueno y lo malo, para dirigir su conciencia? La norma de los paganos, como en otro lugar enseña el Apóstol es “la ley escrita en sus corazones.” Los tales, aunque no ten­gan la ley, la ley externa, “ellos son ley a sí mismos: mostran­do la obra de la ley,” lo que la ley externa prescribe, “Escrita en sus corazones,” por el dedo de Dios, “dando testimonio juntamente sus conciencias,” ya sea que anden según esta nor­ma o no, “y acusándose y también excusándose sus pensamien­tos,” absolviéndolos y defendiéndolos (Romanos 2:14-15).

Pero la norma del cristiano respecto de lo bueno y de lo malo es la Palabra de Dios, los escritos del Antiguo y Nuevo testamen­tos; todo lo que los profetas y los varones santos de la anti­güedad escribieron, movidos “del Espíritu Santo;” toda la Es­critura que ha sido “inspirada divinamente” por Dios, y la que ciertamente, “es útil para enseñar” toda la voluntad de Dios; “para redargüir” todo lo que sea en contra de esa vo­luntad; para “corregir” los errores, y para “instituir,” o edu­carnos “en justicia” (II Timoteo 3: 16).

Esta es una lámpara para los pies y una luz en el camino del cristiano. Es la única norma que recibe para discernir en­tre el bien y el mal, entre lo que verdaderamente es bueno y lo malo. No tiene nada por bueno sino lo que aquí se manda, bien directamente o como una consecuencia clara; nada con­sidera como malo sino lo que aquí se prohíbe, ya terminan­temente, ya como una innegable deducción. Todo aquello que la Escritura no prohíbe ni manda, bien directamente o como una consecuencia clara, tiene por cosas de una naturaleza in­diferente—que no son en sí mismas buenas ni malas—siendo esta la norma única y completa que en todas cosas debe regir su conciencia.

7.   Si de hecho se rige de esta manera, el cristiano tiene “la demanda de una buena conciencia delante de Dios.” “Una buena conciencia” es lo que el Apóstol llama en otro lugar, “conciencia sin remordimiento.” De manera que lo que en un lugar expresa con las palabras: “Yo con toda buena concien­cia he conversado delante de Dios hasta el día de hoy” (He­chos 23: 1), en otra ocasión repite en estos términos: “Por esto procuro yo tener siempre conciencia sin remordimiento acerca de Dios y acerca de los hombres” (Hechos 24: 16). Ahora bien, a fin de tener esta conciencia, se necesita absolu­tamente y en primer lugar, entender rectamente la Palabra de Dios, su voluntad “santa, perfecta y agradable” respecto de nosotros y según está en ella revelada. Se necesita, en segundo lugar (lo que muy pocos han alcanzado), un verda­dero conocimiento de sí mismo, de nuestro corazón y vida, de nuestra disposición interior y conversación exterior, pues­to que sin conocer todo esto no podemos compararlo con la ley. En tercer lugar, debe existir una concordancia de nues­tro corazón y vida, nuestro genio y conversación, nuestros pensamientos, palabras y obras con esa ley—la Palabra escrita de Dios—porque sin esto, nuestra conciencia, si es que tene­mos conciencia, tiene que ser mala. Requiérese, en cuarto lu­gar, una percepción interior de esta concordancia con la ley. Esta percepción habitual, este mismo conocimiento interior, que es, hablando propiamente, una buena conciencia; o en las otras palabras del Apóstol, “una conciencia sin remordimiento acerca de Dios y acerca de los hombres.”

8.   Empero, cualquiera que desee tener una conciencia sin remordimiento, debe procurar echar un fundamento só­lido. Debe tener presente que “nadie puede poner otro fun­damento,” de esto, “que el que está puesto, el cual es Jesucris­to,” y que ningún hombre puede edificar en El, sino por me­dio de una fe viva—que nadie participa de Cristo antes de poder testificar claramente. “Lo que ahora vivo, lo vivo en la fe del Hijo de Dios;” en aquel que ahora se revela en mi corazón, “el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí.” Sólo la fe es la evidencia, la convicción, la demostración de las cosas invisibles, por medio de la cual, habiendo sido esclare­cido nuestro entendimiento, y recibido la divina luz, “mira­mos las maravillas de la ley de Dios;” su excelencia y pure­za; su altura y profundidad; su largura y anchura, y todos los mandamientos en ella contenidos. Por medio de la fe, vien­do “la luz de la gloria de Dios en Jesucristo,” percibimos por espejo todo lo que en nosotros hay, aun los movimientos más íntimos de nuestras almas. Sólo así puede derramarse en nuestros corazones ese amor de Dios, que nos hace capaces de amarnos los unos a los otros como Cristo nos amó primero. En esto se cumple en todo el Israel de Dios aquella miseri­cordiosa promesa: “Daré mis leyes en el alma de ellos y so­bre el corazón de ellos las escribiré” (o grabaré) (Hebreos 8:10); produciendo de esta manera una completa concordan­cia de sus almas con su ley santa y perfecta, “y cautivando todo intento a la obediencia de Cristo.”

Y así como un árbol malo no puede producir buenos fru­tos, de la misma manera del árbol bueno no se toman frutos malos. Siendo que el corazón del creyente, lo mismo que su vida, está en perfecta conformidad con la ley y los manda­mientos de Dios, y tiene la conciencia de ello, puede dar glo­ria y decir en las palabras del Apóstol: “Nuestra gloria es esta: el testimonio de nuestra conciencia que con simplici­dad y sinceridad de Dios, no con sabiduría carnal, mas con la gracia de Dios, hemos conversado en el mundo.”

9. “Hemos conversado.” Expresa esta idea el Apóstol en el original, con una sola palabra, ??est?f?µe?, pero su sentido es sumamente lato, incluyendo toda nuestra conducta, aun las circunstancias interiores lo mismo que las exteriores, bien se refieran a nuestra alma, ya a nuestro cuerpo—los movi­mientos todos de nuestro corazón, nuestra lengua, manos y todos los miembros del cuerpo. Se refiere a todas nuestras palabras y acciones, al uso de nuestras facultades y poderes, a la manera con que usamos de cualquier talento que haya­mos recibido, ya sea respecto de Dios, ya para con los hombres.

10. “Hemos conversado en el mundo;” aun en el mundo de los injustos; no sólo entre los hijos de Dios (eso sería com­parativamente cualquiera cosa), sino entre los hijos del dia­blo, entre aquellos que están sumidos en la iniquidad, en el maligno. ¡Qué mundo es éste! ¡Cuán empapado está en el es­píritu que constantemente le domina! Así como nuestro Dios es bueno y hace el bien, de la misma manera el dios de este mundo, y todos sus hijos, son malos y hacen mal, hasta donde se les permite, a los hijos de Dios. Semejantes a su padre, es­tán siempre en asecho, o andando alrededor, buscando a quién devorar; usando del fraude o de la fuerza, de engaños secre­tos o de violencia descarada, a fin de destruir a los que no son del mundo; constantemente luchando en perjuicio de nues­tras almas, y procurando—con armas viejas y nuevas y toda clase de engaños—traernos otra vez a la red del diablo, a la vía ancha que conduce a la destrucción.

11. “Hemos conversado” por completo en semejante mun­do, “con simplicidad y sinceridad de Dios.” Primeramente “con simplicidad.” Esto es lo que el Señor recomienda, al ha­blar del “ojo sincero.” “La lámpara del cuerpo,” dice, “es el ojo; así que, si tu ojo fuere sincero, todo tu cuerpo será luminoso.” El significado de lo cual es el siguiente: lo que el ojo es al cuerpo, eso mismo es la intención a todas las palabras y acciones; por consiguiente, si este ojo de tu alma fuere sin­cero, toda tu conversación y conducta será “luminosa;” es­tará llena de la luz del cielo, de amor, paz y gozo en el Espí­ritu Santo.

Por tanto, siempre que la mirada de nuestra mente esté con toda sinceridad fija en Dios; siempre que busquemos en todas las cosas solamente a Dios como nuestro Dios, nues­tra porción, nuestra fuerza, nuestra felicidad, nuestra gran recompensa, nuestro todo en esta vida y la eternidad, sere­mos sencillos de corazón. Esta es la simplicidad: el deseo firme, la intención pura de promover la gloria de Dios, de hacer su santa voluntad y someterse a ella—se posesionan de toda nuestra alma, llena nuestro corazón y es la fuente constante de todos nuestros pensamientos, deseos y propósitos.

12.            “Hemos conversado en el mundo,” en segundo lugar, “con…sinceridad de Dios.” Esta parece ser principalmente la diferencia entre la simplicidad y la sinceridad: la simpli­cidad se refiere a la intención misma, la sinceridad a su ejecución. Esta sinceridad se refiere no sólo a nuestras palabras, sino a toda nuestra conducta, como ya queda descrita. No de­be tomarse aquí en ese sentido limitado, que algunas veces le da el mismo Pablo, como hablar la verdad, abstenerse de la maldad, de la astucia y el disimulo, sino en un sentido más amplio, como verdaderamente obteniendo el fin que con toda simplicidad nos proponemos. Significa, por consiguiente, en este lugar, que de hecho hablamos y hacemos todo para la glo­ria de Dios; que todas nuestras palabras no sólo tienden a es­to, sino que lo consiguen de hecho; que todas nuestras acciones siguen un curso no interrumpido, uniforme y subordinado a este gran fin, y que en todo el tenor de nuestra vida, nos mo­vemos hacia Dios y eso constantemente; caminando con paso firme en la vía de la santidad, la justicia, la misericordia y la verdad.

13.            El Apóstol llama a esta sencillez, “sinceridad de Dios,” a fin de que no la equivoquemos o confundamos con la sinceridad de los paganos (puesto que éstos tenían cierta cla­se de sinceridad que estimaban en gran veneración). Asi­mismo para denotar el objeto y fin de esta, como de cualquie­ra otra virtud cristiana, puesto que todo lo que finalmente no tiende hacia Dios, tiene que desplomarse entre “los flacos y pobres rudimentos del mundo.” Al llamarla “sinceridad de Dios,” indica quién es el autor de ella, “el Padre de las luces,” de quien descienden “toda buena dádiva y todo don perfec­to,” y lo que declara todavía más abiertamente en las pala­bras siguientes: “no con sabiduría carnal, mas con la gracia de Dios.”

14.            “No con sabiduría carnal.” Como quien dice: “No podemos conversar en el mundo con la fuerza natural de nues­tra inteligencia, ni con ningún saber ni sabiduría que hayamos adquirido por medios naturales. No es posible adquirir esta simplicidad ni practicar esta sinceridad a fuerza de sentido común, buen genio o buenas maneras; sobrepuja a todo nues­tro valor natural y nuestras resoluciones, lo mismo que a todos los preceptos de la filosofía. La fuerza de hábito no basta para educarnos en esto, pero ni aun las reglas más esmeradas de la cortesía humana; ni yo Pablo, a pesar de todas las ven­tajas de que he gozado, conseguí tenerla mientras que per­manecí en la carne, en mi estado natural, y la seguí solamente por medio de la sabiduría natural, de la carne.”

Y sin embargo de esto, si algún hombre pudo haber ob­tenido esa sinceridad mediante dicha sabiduría, ese hombre, a la verdad, fue Pablo. Porque apenas podemos concebir que haya existido otro hombre de mayores dones naturales o me­jor educación—además de sus habilidades, que probablemen­te eran superiores a las de todos sus contemporáneos.

Tuvo todas las oportunidades de recibir una buena educación; es­tudió en la Universidad de Tarso; después fue discípulo de Gamaliel, el hombre más prominente que había entonces en la nación judaica, tanto por su saber como por su integridad; tuvo todas las ventajas posibles de una educación religiosa, puesto que era fariseo, hijo de fariseo, educado en la más es­tricta secta que se distinguía de todas las demás por su lujo de severidad. En esto aprovechó mucho más que otros que eran sus iguales en años, siendo mucho más celoso en lo que creía que había de complacer a Dios, y en cuanto a la justicia que es en la ley, de vida irreprensible. Y sin embargo, por estos medios no llegó a tener esa simplicidad y sinceridad de Dios; sus fuerzas eran trabajo perdido, y al fin, sintiendo esto de una manera profunda y penetrante, se vio constreñido a ex­clamar: “Las cosas que para mí eran ganancias, helas repu­tado pérdida por amor de Cristo. Y ciertamente, aún reputo todas las cosas pérdida por el eminente conocimiento de Cris­to Jesús, mi Señor” (Filipenses 3: 7-8).

15.            De ninguna manera pudo haber alcanzado esto, sino por medio del “eminente conocimiento de Cristo Jesús” nues­tro Señor, o por la gracia de Dios, otra expresión que tiene casi el mismo significado. “La gracia de Dios” significa al­gunas veces ese amor gratuito, esa misericordia no merecida, por medio de la cual, yo pecador que soy, y mediante los mé­ritos de Cristo, me he reconciliado con Dios; pero en este lu­gar quiere decir más bien ese poder del Espíritu Santo “que en nosotros obra así el querer como el hacer por su buena vo­luntad.” Tan luego como la gracia de Dios en su primer sig­nificado, su amor que perdona, se manifiesta en nuestras al­mas, la gracia de Dios, en el segundo sentido, el poder del Es­píritu, tiene allí su lugar. Entonces podemos hacer, con el auxilio de Dios, lo que para con el hombre es imposible: po­demos enderezar nuestro camino; hacerlo todo en la luz y en el poder de este amor. Por medio de Cristo que nos fortale­ce, “tenemos el testimonio de nuestra conciencia,” que nun­ca pudimos haber tenido por sabiduría carnal, “que con sim­plicidad y sinceridad de Dios” conversamos en el mundo.

16.            Propiamente hablando, este es el fundamento del gozo del cristiano, y ahora podemos fácilmente comprender el regocijo perenne de cualquiera que tiene este testimonio. “Engrandece mi alma al Señor,” dice, “y mi espíritu se alegró en Dios mi Salvador.” Me regocijo en Aquel quien, movido por su amor que no merezco, y su tierna y abundante mise­ricordia, me llamó a esta salvación, en la que, mediante su poder, estoy ahora. Me regocijo, porque su Espíritu da tes­timonio a mi espíritu de que he sido rescatado con la sangre del Cordero, y de que al creer en El, soy miembro de Cristo, hijo de Dios y heredero del reino de los cielos. Me regocijo, porque la conciencia del amor de Dios para mí, ha creado, por medio del mismo Espíritu, el amor que le tengo y que también profeso a todos los hombres y a todas sus criaturas. Me regocijo, porque me concede sentir en mí mismo la mente que estaba en Cristo, la simplicidad, un ojo sincero que se fija en El, y en todos los movimientos de mi corazón; poder de fijar siempre la mirada amorosa de mi alma en Aquel “el cual me amó, y se entregó a sí mismo por mí; el buscarle a El solamente, su santa voluntad en todo lo que pienso, hablo o hago; la pureza, no deseando nada sino Dios; “crucificando la carne con sus afectos y concupiscencias;” poniendo la mira “en las cosas de arriba, no en las de la tierra;” la santidad, el recobro de la imagen de Dios, la renovación del alma en su semejanza, y tal sinceridad de Dios en todas mis palabras y acciones, que promueva su gloria.

En esto me regocijo también y me regocijaré siempre, en que tengo el testimonio de mi conciencia en el Espíritu Santo, por medio de la luz que constantemente derrama en mí, de que ando como es digno de la vocación con que soy llamado; de que me aparto de toda especie de mal, huyendo del pecado co­mo de una serpiente; de que hago todo el bien que puedo, siem­pre que se presenta la oportunidad, a todos los hombres; de que en todos mis pasos sigo a mi Señor y hago lo que es acepta­ble en su presencia. Me regocijo, porque, mediante la inspira­ción del Espíritu de Dios, veo y siento que todas mis obras son hechas en El; más aún, que El es quien obra todos mis hechos en mí. Me regocijo al ver con la luz de Dios que alumbra mi corazón, que tengo el poder de andar en sus caminos, y de que, mediante su gracia, no me separo de ellos a derecha ni a iz­quierda.

17.            Tal es el fundamento y la naturaleza del gozo pe­renne de un adulto cristiano. De todo lo que sobre el parti­cular hemos dicho, podemos deducir, en primer lugar, que no es un regocijo natural. No procede de ninguna causa natural, ni de exaltación repentina del espíritu, lo que puede dar prin­cipio a un júbilo pasajero—mientras que el cristiano se regocija siempre. No reconoce por causa la salud o bienestar del cuerpo, la fuerza o lozanía de su constitución, puesto que tiene el mismo vigor en la enfermedad y el dolor, y tal vez sea mayor que antes. Muchos cristianos nunca han sentido tal gozo en sus almas, como cuando el dolor ya casi había consu­mido sus cuerpos o acabado con su vida. Mucho menos pue­de decirse que sea el resultado de la prosperidad, de la bue­na opinión de los hombres, de la abundancia de los bienes terrenales, puesto que los hijos de Dios se regocijan en Aquel a quien aman sin verle, con un júbilo que no puede expresarse con palabras, especialmente cuando su fe pasa por prue­bas como por el fuego, por toda clase de aflicciones exterio­res.

Jamás se ha regocijado nadie como se regocijaron los que vinieron a ser como la hez y el desecho del mundo; que caminaron de aquí para allá, careciendo de todo, en hambre, frío y desnudez; que no sólo “experimentaron vituperios,” sino “a más de esto, prisiones y cárceles;” más aún, quienes por último no estimaron sus vidas preciosas para sí mismos, solamente que acabaran su carrera con gozo.

18.            De las anteriores consideraciones se desprende, en segundo lugar, que el gozo del cristiano no dimana de la ce­guedad de conciencia, de no poder discernir entre lo bueno y lo malo. Tan lejos está de esto, que este gozo le era entera­mente desconocido, hasta que fueron abiertos los ojos de su entendimiento; que no tenía la menor idea de dicho júbilo, sino hasta que recibió sus sentidos espirituales y fue capaz de discernir entre el bien y el mal espirituales. Mas ahora, la mi­rada de su alma no se ofusca; su vista nunca ha sido tan pers­picaz como ahora; su percepción de las cosas más insignifican­tes es tal, que causa sorpresa al hombre natural. Como la mota que se mueve en el aire y bajo los rayos del sol es vista del que anda en la luz, así todas las motas del pecado son visibles para el que camina bajo la luz del Sol increado. Ya no cierra los ojos de su conciencia; se le ha quitado ese sueño; siempre está despierta su alma; ya no dormita ni pone mano sobre mano; está siempre en la torre esperando escuchar lo que dirá de él el Señor, y regocijándose sin cesar al ver “al In­visible.”

19.            Tampoco procede el gozo del cristiano, en tercer lu­gar, del entorpecimiento o la dureza de conciencia. Es evi­dente que cierta clase de gozo puede resultar de este estado en aquellos cuyos “corazones torpes están obscurecidos,” son duros, no sienten, están enervados y a los que falta, por lo tanto, la inteligencia espiritual. Tal vez por razón de sus co­razones faltos de sentido y de sentimiento, se deleiten aún en la comisión del pecado, ¡a lo que probablemente llaman libertad!—la que, en verdad, no es sino embriaguez del alma, un sopor fatal, una insensibilidad estúpida de una concien­cia cauterizada. Los cristianos, muy al contrario, tienen la más exquisita sensibilidad, tal cual no habrían podido conce­bir antes; nunca han tenido semejante ternura de concien­cia como la que poseen después de reinar el amor de Dios en sus corazones: se regocijan y glorían en que Dios oiga sus oraciones cotidianas.

20.            En conclusión, el gozo del cristiano es el gozo de la obediencia; gozo en amar a Dios y guardar sus mandamien­tos, no en obedecerlos como quien cumple con las condicio­nes del pacto de las obras, como quien ha de procurarse el perdón y favor de Dios por medio de sus obras o propia jus­ticia. De ninguna manera: por la misericordia de Dios en Cristo Jesús, ya estamos perdonados y aceptados. No nos re­gocijamos como si pudiésemos con nuestra propia obediencia obtener la vida, el libramiento de la muerte del pecado (lo que también tenemos por la gracia de Dios: a los que estába­mos muertos en nuestros delitos y pecados. El ha resucitado; y ahora estamos vivos a Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro); sino en andar según el pacto de la gracia, en amor santo y fe­liz obediencia Nos regocijamos de saber que “siendo justifi­cados por su gracia,” no en vano hemos recibido la gracia de Dios; que habiendo Dios reconciliádonos a sí gratuitamente (no en atención a nuestros deseos o a nuestra carrera, sino por la sangre del Cordero, corremos en el camino de sus manda­mientos con la fuerza que nos ha dado. El nos ha ceñido de for­taleza para la pelea, y por tanto, con gusto peleamos “la bue­na batalla de la fe.” Nos regocijamos en Aquel que mora en nuestros corazones, y por medio de la fe echamos mano de “la vida eterna.” Este es nuestro júbilo, que como nuestro Pa­dre hasta ahora obra, nosotros también hacemos las obras de Dios (no por nuestro poder o sabiduría, sino por el poder del Espíritu Santo, que se nos da abundantemente en Cristo Je­sús). Pluga a Dios obrar en nosotros todo lo que sea agradable en su presencia, y a El sea la gloria por los siglos de los siglos.

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SERMON 12 - John Wesley

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La santidad es la obra del Espíritu Santo en nosotros, separándonos del amor del mundo. La santidad es un cambio de naturaleza desde dentro como resultado de la obra de Dios en nosotros. No es lo que hacemos externamente, sino quienes somos por dentro, lo que importa a Dios.

"Consuelo para los que están en este mundo, pero que no son de este mundo, y por tanto, son odiados y están cansados de él, es que no estarán para siempre en el mundo, ni por mucho tiempo más"
Matthew Henry