" Los Isrealitas atravesaron el Jordan y se establecieron en la tierra prometida en su ultimo campamento (Campamento No. 42) al final del exodo , lo cual nos indica simbolicamente la libertad y conquista a la que esta llamada la iglesia al salir de la religión a una vida de libertad, en una relación directa, vital y real con Cristo Jesús; Cristo es símbolo de la tierra promedita y la herencia de los hijos de Dios.

14 de octubre de 2012

TRABAJAD PARA ENTRAR EN EL REPOSO


Davis y Clark

Consideremos detenidamente este pasaje que incluye una advertencia temible a todos los creyentes.

“Entre tanto que se dice: Si oyereis hoy su voz, No endurezcáis vuestros corazones, como en la provocación. ¿Quiénes fueron los que, habiendo oído, le provocaron? ¿No fueron todos los que salieron de Egipto por mano de Moisés? ¿Y con quiénes estuvo él disgustado cuarenta años? ¿No fue con los que pecaron, cuyos cuerpos cayeron en el desierto? ¿Y a quiénes juró que no entrarían en su reposo, sino a aquellos que desobedecieron?  Y vemos que no pudieron entrar a causa de incredulidad. Temamos, pues, no sea que permaneciendo aún la promesa de entrar en su reposo, alguno de vosotros parezca no haberlo alcanzado. Porque también a nosotros se nos ha anunciado la buena nueva como a ellos; pero no les aprovechó el oír la palabra, por no ir acompañada de fe en los que la oyeron.  Pero los que hemos creído entramos en el reposo, de la manera que dijo: Por tanto, juré en mi ira, no entrarán en mi reposo;  aunque las obras suyas estaban acabadas desde la fundación del mundo. Porque en cierto lugar dijo así del séptimo día: Y reposó Dios de todas sus obras en el séptimo día. Y otra vez aquí: No entrarán en mi reposo. Por lo tanto, puesto que falta que algunos entren en él, y aquellos a quienes primero se les anunció la buena nueva no entraron por causa de desobediencia.” (Hebreos 3:15:4-6).

Hemos mencionado anteriormente que Dios no está atado por el tiempo y que los efectos del tiempo llegaron por causa de la caída de Adán y Eva. Dios mora en el eterno ahora e invita al hombre a unirse a Él ahí. En su estado caído, el hombre es empujado a crear y luchar, a hacer la vista gorda y conspirar, a dejar su marca sobre la tierra. En su búsqueda de la inmortalidad, quiere dejar un legado por el que ser recordado. Para este hombre no hay reposo porque no conoce la vida eterna. Todo comenzó en el huerto de Dios, “Si coméis de este árbol, seréis como (independientes de) Dios, conociendo el bien y el mal”. Vieron que el árbol podía hacerlos sabios  y les permitiría independizarse de su Padre en cuanto a recibir dirección.

El hombre religioso es empujado a juzgar lo bueno y lo malo en las vidas de todos los que le rodean. Insiste en conocer a todos los hombres según la carne. Siempre está acusando o excusándose a sí mismo y a los demás (Romanos 2:15) como si fuera el Dios que juzga a los vivos y los muertos (2ª Timoteo 4:1). Siempre está intentando ordenar su entorno en un esfuerzo continuo de crear la armonía del Edén de Dios. Consecuentemente su vida está llena de trabajo y de lucha. Sus mejores esfuerzos para hacer el cielo aquí en la tierra siempre se convierten en un infierno viviente. Desde Agustín hasta Calvino, hasta el día de hoy, los que luchan por recrear “La Ciudad de Dios” establecieron el escenario para una tiranía y brutalidad impensables. Agustín tuvo que confesar, “la ciudad celestial (Roma), aunque debiera ser la señora de las naciones, es de por sí gobernada por su lascivia de gobierno”.

Todos sus mejores deseos no pueden levantarse por encima de su propio corazón caído y corrupto. La respuesta de Dios no está en más hacer, sino en reposar. El cielo en la tierra solo se encuentra cuando entramos en el reposo de Dios. Pero, ¿Qué dice el escritor de Hebreos, “procuremos, pues, entrar en Su reposo”? ¿Trabajar para reposar? No es esto un oxímoron?  ¿No están nuestras vidas ya bien llenas de trabajo tal y como están?

Nos referimos de nuevo a la historia en Génesis sobre un hombre llamado Jacob. Este hombre era un inquebrantado conspirador, edificador, sacudidor y movedor. Primero conspira para quitar la primogenitura y la herencia a su hermano mayor, y con la ayuda de su madre, consigue todo ello. Pero como resultado, tiene que huir por su vida porque su hermano Esaú era “un hombre de un hombre” y estaba lo suficientemente furioso como para matarlo.

Así que Jacob se encaminó al pueblo de su tío Labán en Babilonia. Ahí conoció a su cónyuge. Labán era astuto y engañó a Jacob para que trabajara para él entre sus rebaños durante veinte y un años, cuando lo único que Jacob quería era casarse con una de las hijas de Labán. Vayamos al corazón de esta historia.

Jacob finalmente se puso en marcha hacia su hogar con sus dos esposas, numerosos hijos , rebaños y pastores, solo para descubrir que su hermano Esaú venía a su encuentro con 400 hombres armados. No hay que preocuparse. Jacob, el que suplanta y mina, dispone de sus propias fuentes. Una vez más pone su mente conspiradora para comprar su salida de los problemas. No conocía el reposo. Ordenó y equilibró su universo interminablemente. Justo cuando comenzaba a tenerlo todo bajo control, el problema llamó a su puerta. Entonces Jacob tuvo gran temor, y se angustió; y distribuyó el pueblo que tenía consigo, y las ovejas y las vacas y los camellos, en dos campamentos. Y dijo: Si viene Esaú contra un campamento y lo ataca, el otro campamento escapará.

Pasad delante de mí, y poned espacio entre manada y manada.”  Y mandó al primero, diciendo: Si Esaú mi hermano te encontrare, y te preguntare, diciendo: ¿De quién eres? ¿y adónde vas? ¿y para quién es esto que llevas delante de ti? entonces dirás: Es un presente de tu siervo Jacob, que envía a mi señor Esaú; y he aquí también él viene tras nosotros. Y diréis también: He aquí tu siervo Jacob viene tras nosotros. Porque dijo: Apaciguaré su ira con el presente que va delante de mí, y después veré su rostro; quizá le seré acepto.” (Génesis 32:7,8,17,18,20).

A su manera cobarde y aprovechada, Jacob envió a sus pastores y rebaños por delante en olas sucesivas, tratando de apagar la ira del hermano al que había defraudado 21 años antes. Pero le vino la palabra de que Esaú no iba a ser apaciguado tan fácilmente. Esaú y sus ejércitos se acercaban aún. Conspirando aún, Jacob dividió a sus esposas e hijos en grupos. Génesis no dice esto pero podemos verle planificando enviar a sus concubinas y a Lea, su esposa menos favorecida y a sus hijos, para tener el primer encuentro con Esaú. Raquel, su amada esposa y sus hijos, directamente delante de él.

Pero algo sucedió a Jacob. Tuvo un encuentro con el Dios viviente. ¿Qué hizo entonces? Fiel a las formas, agarró al ángel del Señor y luchó con él toda la noche. Incluso entonces tomó el asunto en sus propias manos rehusando ceder a lo largo de toda la noche, demandando una bendición. Este hombre estaba tan desesperado por salvar su pellejo. Así que Dios bendijo a Jacob. ¡Lo dejó cojo para el resto de su vida! ¡Qué bendición!

Hasta entonces, había podido ser su propio Dios, dependiendo de su propia mente y de su propia fuerza para solucionar cualquier enredo en el que se hubiera metido. Pero no por más tiempo, porque ahora leemos de un hombre diferente con un corazón diferente. Por la mañana Jacob anduvo cojeando. En lugar de enviar a la mujer y a los hijos por delante de él, hacia el arroyo con el fin de apaciguar el deseo de guerra de su hermano y sus compinches, Jacob fue al arroyo para enfrentarse a la música que había delante de ellos.

¿Cuál fue el resultado? ¿Se cargó Esaú de un golpe a su hermano cojo? No. Cayeron el uno en los brazos del otro y se besaron. Esaú no estaba ahí para matar a su hermano sino para amarle. El que Jacob llamaba “Mi señor Esaú” solo quería recuperar a su hermano.

Finalmente Jacob había entrado en el reposo de Dios. Tanta obra, siempre tratando de evitar lo inevitable, siempre intentando evitar comprometerse, pero ahora vemos a un hombre que vive el resto de su vida sujeto a lo que Dios planee para él.

Dios nos va dejar luchar y esforzarnos por salvarnos a nosotros mismos, por edificar nuestros reinos, pero al final, si realmente somos Suyos, nos tocará en nuestro muslo, nos debilitará y nos llevará al lugar de Su misericordia. Él no va a permitir dioses extraños delante de Él. Él no quiere nuestro trabajo, lo que podemos hacer por Él o darle a Él. ¡El sólo nos quiere a nosotros! Él quiere echarse a nuestro cuello, besarnos y sostenernos en Sus brazos, y amarnos. Este proceso de llegar al final de nosotros mismos y finalmente entregarnos a Él en completa entrega es a lo que Él se refiere por “procuremos, pues, entrar en aquel reposo”.

Para participar de las obras que Dios pre-ordenó antes de la fundación del mundo y recibir los beneficios de la obra terminada de Cristo, primero tienes que cesar de tu propia obra. El proverbio africano, “Señor Jesús, haz que mi corazón se siente”, debería ser nuestra oración constante. ¡Señor, haz que mi corazón cese en su conspirar! ¡Haz que mi corazón se siente! Deja que mi corazón repose solo en Ti y no en un intelecto indómito y emprendedor! No sea yo como Israel, de quien dijiste, “Vuestra salvación os exige que os volváis a Mí y dejéis vuestros necios esfuerzos por salvaros a vosotros mismos. Vuestra fortaleza vendrá de estableceros en una dependencia completa de Mí—exactamente aquello que no habéis estado dispuestos a hacer… Habéis dicho, ¡Ni hablar! ¡Cabalgaremos! De acuerdo, ¡Cabalgaréis! Solo que no lo bastante. Habéis dicho, ¡Cabalgaremos sobre caballos veloces! ¿Creéis que vuestros perseguidores montan viejos jamelgos?

Pensadlo de nuevo: Mil de entre vosotros serán dispersados delante de un solo atacante. Ante cinco solamente, todos vosotros habréis huido. No quedará nada de vosotros—un poste en la colina sin estandarte, un poste junto con al camino con el estandarte rasgado”. Pero Dios no ha terminado. Está esperando para mostrar Su gracia para contigo. Está reuniendo fuerzas para mostrarte misericordia. DIOS se toma el tiempo de hacerlo todo bien—todo. Los que esperan a su alrededor son los que tienen suerte.” (Isaías 30:15-18).

Somos salvos cuando volvemos a Dios y descansamos en Él. En quietud y en confianza somos hechos fuertes. Esto es ajeno al Jacob que hay en el hombre. El hombre religioso ama huir—sobre el corcel ligero de la religiosidad—tratando de esquivar toda posible amenaza. ¡Corre, jinete, corre! El Señor está esperando. El espera hasta que nuestros perseguidores nos agoten, nuestros caballos se colapsen debajo de nosotros o recibamos una visión cegadora de Cristo que nos haga colgar las espuelas. Dios espera que regresemos, descansemos y esperamos tranquilamente en Él.

“Bienaventurados (felices, afortunados, a ser envidiados) todos los que Le esperan (ansiosamente), los que Le anhelan, Le buscan y Le desean (Su victoria, Su favor, Su amor, Su paz, Su gozo y Su inquebrantable compañía sin par)” (Isaías 30:18).  Él espera que asumamos esa postura que David describe en Sus Salmos graduales. “Dios, no estoy intentando gobernar al gallo, no quiero ser rey de la montaña, No me he metido en lo que no me importa ni he fantaseado con grandes planes. He mantenido mis pies sobre la tierra. He cultivado un corazón quieto. Como un bebé satisfecho en brazos de su madre, mi alma es como un bebé satisfecho. Espera, Israel, en DIOS. Espera con esperanza. Espera ahora, ¡Espera siempre!” (Salmos 131:1.3 parafraseado).

Nuestros corazones deben asentarse y reposar completamente en la elección de Dios. No escogimos a Cristo sino que Él nos escogió a nosotros y nos predestinó para ir y llevar fruto. Cuando llegamos a ver que Él nos escogió antes de la fundación del mundo, antes de que hubiéramos hecho nada bueno ni malo, noble o innoble, entonces nuestros corazones se asientan. ¡Qué misterio! Dios nos escogió antes de la fundación del mundo (Efesios 1:4-5) Dios dijo a Jeremías, “Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que nacieses te santifiqué, te di por profeta a las naciones.” (Jeremías 1:5). Si perteneces a Cristo, Dios te conoció y te llamó ANTES.

Incluso las obras que Él te ha llamado a hacer fueron “pre-ordenadas” (lee Efesios 2:10). Nada queda a nuestra discreción. Entramos en el reposos de Dios cuando cesamos de nuestras propias obras y nos entregamos al llamado que Dios preordenó para nuestras vidas.

El autor de Hebreos escribió del delicado equilibrio entre las obras y el reposo:

            Pero los que hemos creído entramos en el reposo, de la manera que dijo: Por tanto, juré en mi ira, No entrarán en mi reposo; aunque las obras suyas estaban acabadas desde la fundación del mundo. Porque en cierto lugar dijo así del séptimo día: Y reposó Dios de todas sus obras en el séptimo día. Y otra vez aquí: No entrarán en mi reposo. (Hebreos 4:3-5).

Vincent hace el siguiente comentario:

            El reposo de sabbath apunta hacia el reposo original de Dios y marca el descanso ideal—el descanso del ajuste perfecto de todas las cosas a Dios, como siguió a la consumación de su obra creativa cuando pronunció todas las cosas como buenas. Esto encaja con el pensamiento raíz de la Epístola, la restauración de todas las cosas al arquetipo de Dios.

“Dios vio que era bueno” y “consumado es” son dos aspectos de la misma moneda. Dios obra donde escasea Su bondad. No descansará hasta que toda área de nuestra vida refleje Su obra y justicia. Seguiremos en el día sexto, trabajando en nuestras fuerzas hasta que descansemos en la obra consumada de Dios, acabada desde la fundación del mundo.

La palabra trabajo implica una labor inacabada. La palabra reposo habla de cese de trabajo. Todo está acabado. En el capítulo diecisiete de Juan, Jesús oró, “Te he glorificado en la tierra, he acabado la obra que me diste que hiciese”. Ahora, Padre, glorifícame Tú con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese (Juan 17:4-5).

Pedro escribió, “Como todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder, mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia…” (2ª Pedro 1:3).

Solo si entras en las obras que fueron acabadas desde la fundación del mundo podrías conocer el reposo de Dios en el día séptimo. En el capítulo titulado “LO nuevo que es viejo” del excelente libro, Las Reacciones de Dios a las deserciones de los hombres, T.A. Sparks escribió:

Lo que desde el punto de vista del hombre ha sido siempre lo nuevo de Dios, desde Su propia perspectiva no ha sido nuevo en absoluto. “El Señor hace conocer todo esto desde tiempos antiguos” (Hechos 15:18). “Las obras suyas estaban acabadas desde la fundación del mundo.” (Hebreos 4:3).

En todas sus frescas revelaciones y actividades, Dios está obrando hacia atrás hacia una posición y diseño originales. Dios nunca abandona su premisa original… Dios tiene ante Él todo el tiempo la obra terminada y completada, y sabe exactamente en detalle lo que quiere. Debe tenerlo y lo tendrá. No se le puede negar eso y nunca se rendirá o tomará menos. Cuando haya un desvío o una escasez de lo mismo, habrá una reacción divina…

¿Cuál ha sido nuestra parte en todo esto? ¿Quién hace la obra? El Espíritu Santo obra AHORA para llevar todas las cosas a conformidad con la posición original de Dios, Su premisa y diseño. Nuestra parte es ser dirigidos por y entregados al Espíritu, permitiendo Su obra transformadora dentro de nosotros (lee Romanos 8:14). La obra es hecha por y a través del Espíritu. Pablo lo expresa así, “Pues nosotros por el Espíritu aguardamos por fe la esperanza de la justicia” (Gálatas 5:5).

Aquí vemos que es por el Espíritu que esperamos ansiosamente en fe el cumplimiento completo de la justicia. Esperamos porque ésta es la obra del Espíritu. Los judaizantes ponían su fe y esperanza en la actividad carnal y en las ordenanzas—circuncisión, observancia de la ley y toda una multitud de otros rituales, demasiado numerosos para mencionarlos aquí. Pablo argumenta a favor del respeto a la obra del Espíritu. Esperamos en fe que el Espíritu Santo de Dios gire y de a luz a las cosas preparatorias para el cumplimiento pleno de la justicia.

Hasta que no cesemos de nuestros esfuerzos carnales no podremos conocer la fe y la esperanza de que habló Pablo, porque es una obra del Espíritu. Recuerda, “Somos nosotros [creyentes verdaderos], y no ellos [los judaizantes esforzándose en la perversión del Evangelio] quienes hemos recibido la verdadera circuncisión, porque adoramos a Dios por Su Espíritu y nos gozamos en nuestra vida de unión con Cristo Jesús. No ponemos ninguna confianza en ceremonias externas” (Filipenses 3:3, énfasis en corchetes nuestro).

El hombre está obsesionado en perfeccionar la perfección—en crear lo nuevo y mejorado. Incluso intenta mejorar la obra consumada de Cristo. Los que vais a entrar en el reposo de Dios primero tenéis que cesar de vuestras propias obras. El reposo es el fin del trabajo. La religión está preocupada con hacer. “Tienes que dejar esto y comenzar a hacer eso, evitar a esos y asociarte con estos…” Si te involucras en tal auto-mejora, no puedes entrar en la obra terminada de Dios porque estarás resistiendo Su hechura en tu vida por medio de tus propias obras. ¡Las obras fueron terminadas (tiempo pasado) desde la fundación del mundo! Juan escribió del Logos, “Todas las cosas fueron hechas por Él. Sin Él, nada de lo que hay fue hecho” (Juan 1:3) ¿Cómo podemos añadir algo a eso?

Tenemos la tendencia a ver la muerte de Cristo en la cruz como una redención del último momento, un añadido que no estaba incluido en el plan original de Dios, una clase de medida de recurso provisional por causa de la caída de Adán. Luego leemos, “Y la adoraron todos los moradores de la tierra cuyos nombres no estaban escritos en el libro de la vida del Cordero que fue inmolado desde el principio del mundo” (Apocalipsis 13:8). ¡Está acabado! Estos pensamientos y eventos fueron todos incluidos en el consejo de Dios cuando dijo, “Hagamos al hombre a NUESTRA imagen y a NUESTRA semejanza.”

¡Las obras del Padre están completas y son muy buenas! ¡Todo lo que pertenece a la vida y a la piedad es nuestro si solo dejamos de intentarlo por nosotros mismos y en fe, abrazamos las obras que fueron acabadas desde la fundación del mundo y luego dejamos que el Espíritu nos lleve a su realización plena!

De la Ley al Reposo - G. Davis y M.Clark

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La santidad es la obra del Espíritu Santo en nosotros, separándonos del amor del mundo. La santidad es un cambio de naturaleza desde dentro como resultado de la obra de Dios en nosotros. No es lo que hacemos externamente, sino quienes somos por dentro, lo que importa a Dios.

"Consuelo para los que están en este mundo, pero que no son de este mundo, y por tanto, son odiados y están cansados de él, es que no estarán para siempre en el mundo, ni por mucho tiempo más"
Matthew Henry