" Los Isrealitas atravesaron el Jordan y se establecieron en la tierra prometida en su ultimo campamento (Campamento No. 42) al final del exodo , lo cual nos indica simbolicamente la libertad y conquista a la que esta llamada la iglesia al salir de la religión a una vida de libertad, en una relación directa, vital y real con Cristo Jesús; Cristo es símbolo de la tierra promedita y la herencia de los hijos de Dios.

La santidad es la obra del Espíritu Santo en nosotros, separándonos del amor del mundo. La santidad es un cambio de naturaleza desde dentro como resultado de la obra de Dios en nosotros. No es lo que hacemos externamente, sino quienes somos por dentro, lo que importa a Dios.

28 de enero de 2012

ORGANIZACIÓN Y ESTRUCTURA


Peter Whyte

Sin estructura ninguna organización puede existir o ni-siquiera funcionar. Casi todas nuestras iglesias, en una forma o en otra, son organizaciones religiosas y deben tener estructuras para mantener y perpetuar sus existen­cias; no obstante, Jesús nunca comenzó ninguna organización religiosa.

Entonces, ¿cómo reconciliamos nuestros conceptos de iglesia hoy con el ejemplo y las enseñanzas de Jesucristo y sus apóstoles?

Como nuestro Rey es el primogénito de muchos hermanos, el primer Apóstol, nuestro Sumo Sacerdote, nuestro Pastor y nuestro único Señor y Maestro, entonces, ¿por qué su ejemplo no se sigue hoy?

Jesús nunca se hizo llamar Reverendo, ni se vistió con ropas especiales para hacer saber a todos que era un siervo de Dios, ni construyó un edificio donde dirigir sus servicios, ni sugirió que sus discípulos diezmaran para El, ni jamás tomó una ofrenda en sus reuniones.

Antes de su ministerio público trabajaba como carpintero para sostener a su madre y a sus hermanos y hermanas menores, después de la muerte de José, su padre. Tampoco estudió bajo los rabinos en Jerusalén, cuyas escuelas eran en su época el equivalente de los seminarios o institutos bíblicos actuales. Desde la edad de doce años, hasta cuando tenía cerca de treinta, vivió y trabajó en una pequeña aldea, pero TENIA COMPAÑERISMO CON DIOS EL PADRE.

Durante dieciocho años fue un miembro honorable, industrioso y dedicado de su comunidad, donde creció
"...en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres" (Luc. 2:52). Cuando finalmente comenzó a enseñar:
"Se maravillaban los judíos, diciendo:  ¿Cómo sabe éste letras, sin haber estudiado?" (Jn. 7:15).
            
No es sorprendente que los judíos se maravillaran porque aquí tenemos a Uno que sin haber pasado por sus métodos religiosos de instrucción, vino a convertirse en su maestro. Es obvio que Dios no necesita preparar a sus siervos por medio de los sistemas religiosos del mundo, a fin de producir un Apóstol, Profeta, Sacerdote y Rey. 

Si consultamos al Espíritu Santo y obedecemos las enseñanzas de Jesús, descubriremos que tener un compañerismo íntimo con Dios es el mejor modo para convertirnos en discípulos del Rey y su Reino. Infortunadamente el mundo ha influido a la Iglesia hasta tal punto que sólo nos sentimos seguros cuando pertenecemos a alguna organización o estructura visible y, sobre todo, cuando hay una cadena de mando claramente definida. Antes que podamos ser liberados de la falsa creencia que para seguir a Cristo uno debe ser miembro de determinada organización religiosa, estricto en sus pagos, debemos entender los orígenes y propósitos de las organizacio­nes y de las estructuras. 

Como Jesús creó todas las cosas, también creó las organizaciones y las estructuras. Se debe decir que las hizo muchísimo antes de crear al hombre, y que las diseñó para las huestes celestiales. Antes que los seres humanos existieran, los principados, las dominaciones, los tronos, las potestades, los gobernadores y todas las demás autoridades existían ya en los lugares celestiales. Para todos ellos Dios creó el sistema de "cadena de órdenes."    

Los ángeles se dividían en tres grandes grupos, cada uno dirigido por un arcángel. Tan grande era la autoridad de estos tres seres sobre sus huestes, que cuando se rebeló uno de ellos, Lucifer (= Lucero o Satanás), y fue expulsado de la Presencia de Dios, todos los ángeles que se encontraban bajo su mando, se fueron con él. Llegaron a la tierra y, desde el plano espiritual invisible, corrompen, influyen y procuran destruir al hombre, que es la más preciada obra de las criaturas hechas por Dios.      

Los hombres y las mujeres fueron creados por Dios a su imagen y en su semejanza. Somos creados para ser como  Dios, con libertad total de elección, creados para gobernar y no para ser dirigidos por satanás y los espíritus del mal, o por cualesquiera otras cosas que viven y se mueven sobre la tierra.

"Y los bendijo Dios [al hombre y a la mujer], y les dijo: Fructifi­cad

y multiplicaos; llenad la tierra y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar,

en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la

tierra" (Gen. 1:28).

Cuando Eva y Adán cayeron, rechazaron el Reino de Dios (el Gobierno de Dios) y abrieron el camino para que satanás introdujera su gobierno, que sólo opera por una estructura y organización de tipo piramidal, con órdenes que van de arriba hacia abajo.

La primera mención de un reino en la Biblia se refiere al establecido por Nimrod cuando fundó la ciudad de Babel (= Babilonia), según Génesis 10:8-10. Este fue el comienzo de los reinos de este mundo. Y luego, muy gradualmente, satanás introdujo su sistema babilónico de gobierno hasta tener a todo el mundo bajo la organización de sus estructuras sistematizadas.

Por medio de toda la historia del Antiguo Testamento vemos justamente cómo Dios desea un pueblo para El. Un pueblo que en forma por completo voluntaria se someta a su muy distinto tipo de gobierno, que funciona tan sólo con base en una relación de amor.  Es un amor que se origina en la Santísima Trinidad, fluye de modo incesante entre sus miembros, de ellos pasa a nosotros y regresa a Dios, de quien sale  a los espíritus de aquellos que han descubierto el gozo de servir a los demás y así glorificar a nuestro Creador.
   
Las estructuras de tipo autoritario, hasta las más sutiles que se puedan diseñar, son como dictaduras y tienen sus orígenes en el reino de satanás y se oponen al Reino de Dios.

Cuán triste debe estar nuestro Padre celestial al ver a sus hijos en las redes del sistema babilónico de gobierno y a los líderes que usan versículos de las Escrituras para promover sus conceptos mundanos de autoridad y sumisión.

Como a las religiones organizadas las controlan leyes similares a las de los gobiernos en el mundo, producen estatutos y declaraciones de fe, temas sobre los cuales todos deben estar de acuerdo y obedecer, si quieren calificar para que los consideren como posibles miembros.
           
Muchos cristianos bien intencionados, sin darse cuenta que viven en Babilonia, abordan a otros con preguntas como: "¿A qué iglesia perteneces?" o "¿A quién te sometes? ¿Quién es tu líder?"

Sus conceptos son tan mundanos que cuando cualquier otro miembro deja de inclinarse ante una jerarquía o no está de acuerdo con determinadas creen­cias o prácticas, inmediatamente lo aíslan o, mucho peor, con suma frecuen­cia lo rechazan. Los resultados de este comportamiento son: "miembros perdidos," divisiones, rupturas, brechas y grandes penas. Además por todas partes hay confusión, Babilonia reina, y el Reino de Dios se divide contra sí mismo.
     
Cuando Jesús llegó con su evangelio del Reino de Dios, vino a dar libertad a los cautivos del gobierno babilónico que había envuelto al pueblo de Dios y que había inundado e imbuido todo su sistema religioso.
              
En los primeros años la Iglesia era la familia de Dios, una comunidad redimida dentro de toda otra comunidad, sin estructuras, ni edificios especiales, ni oficinas centrales, ni estatutos, ni declaraciones de fe, ni jerarquías, ni juntas directivas, ni juntas misioneras, ni fondos para edificios, ni papas, ni arzobispos, ni sacerdotes, ni monjas, ni cuerpos gobernantes, ni presbiterios, ni reuniones de damas, ni ancianos, ni consistorios, ni escuelas dominicales, ni concilios, ni organizaciones paraeclesiásticas y sin todo aquello que se asocia hoy con el "cristianismo apropiado." Todas esas cosas parecen muy importantes a las mentes naturales de los hombres, pero son por completo irrelevantes en el Reino de Dios. Jesús es más que capaz de construir su Iglesia sin ellas que, de hecho, sólo son un obstáculo para El.
      
En la Iglesia primitiva todos experimentaban la verdadera vida de iglesia.  A ninguno de los jóvenes se le enviaba a una escuela especial para aprender sobre Dios y su Palabra. Su escuela era la comunidad donde estaban -la familia de Dios- todos los creyentes en una localidad.
       
Los apóstoles venían y vivían en ese lugar, y allí trabajaban para sostenerse por meses y hasta por años. Los apóstoles formaban a Cristo entre los discípulos al vivir con ellos, al demostrarlo a Él y al enseñarles a hacer todo cuanto Jesús les había ordenado. Luego se iban y dejaban la iglesia local para seguir sus propios caminos bajo la guía del Espíritu Santo. Ni siquiera tenían biblias para enseñar. Tampoco nunca se envió a ningún pastor desde una Oficina Central para dirigir y enseñar a la nueva iglesia.
      
Lentamente, a veces con muchos sufrimientos, por varios años, se formaban las vidas y dentro de esas comunidades, DIOS comenzaba a levantar apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros. El Espíritu Santo decidía los asuntos. Nunca hubo "ceremonias de grado" para producir "ministros del Evangelio," que pasarían a ser "Reverendos o Pastores," al aprobar los exámenes.
       
Las gentes, esas personas ordinarias a quienes las Escrituras llaman la Iglesia, comenzaron a reconocer los ministerios que funcionaban en su interior y decían: "Dios nos ha dado un pastor, un profeta o una profetisa." Estas palabras no son títulos, sino que con toda sencillez describen determina­das funciones de ciertos creyentes a quienes sólo Jesús puede dotar y capacitar.
      
El pastor o el profeta, o cualquier otro don del Cristo resucitado no se convertía en "parte del clero," sino simplemente funcionaba como parte del cuerpo, ni mejor ni más importante que la joven creyente que lavaba los pisos. ALLÍ NO SE OLVIDABAN LAS PALABRAS DE CRISTO:


"26Mas entre vosotros no será así, sino que el que quiera hacerse grande entre

vosotros, será vuestro servidor, 27y el que quiera ser el primero entre vosotros será

vuestro siervo; 28como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y

para dar su vida en rescate por muchos" (Mt. 20:26-28).

A todos los creyentes de un pueblo determinado se les conocía colectiva­mente como la iglesia. Sólo se agregaba el nombre del pueblo para identificar a los creyentes según la localidad; así tenemos la iglesia de Corinto, Roma, o Jerusalén. Desde el punto de vista individual se les conocía como discípulos, no como miembros de tal iglesia. Después de muchos años satanás introdujo el falso concepto que al edificio donde nos congregamos se le llame "iglesia." La iglesia se podía reunir, pero no "iban a la iglesia" y los discípulos quedarían asombrados si alguien les preguntara a qué iglesia pertenecían.

Sólo después de muchos años de experimentar la verdadera vida de iglesia, el Espíritu Santo haría salir de esas iglesias locales a los profetas, los apóstoles, los evangelistas, luego de ser ungidos por Dios, pero sin ser nombrados por los hombres. Iban sin biblias, ni sermones preparados, ni notas, pues el Espíritu Santo les dirigía. En lugar de dar conferencias, impartían VIDA.
                  
Cuando llegaban a cualquier pueblo donde hubiera otros creyentes, se les recibía de manera inmediata como parte de la Iglesia, porque no había diferencias, a no ser en el nombre de las distintas localidades. Se amaban y se servían entre sí, porque esa era la orden básica y más importante del Rey.
       
No había necesidad o lugar para las organizaciones o estructuras de las iglesias modernas, porque la relación entre una gran familia, unida por un mismo Espíritu, era todo cuanto importaba.
        
Los problemas, muy semejantes a los que se observan en el día de hoy, comenzaron a surgir cuando algunos judíos, cuya formación había tenido lugar en la manera acostumbrada y que se habían levantado en el sistema religioso israelita tradicional, procuraron imponer la circuncisión como un requisito indispensable para ser salvos (Hechos 15).
        
Los mayores opositores a la Palabra de Dios predicada por Pablo resultaban de quienes estaban en los sistemas religiosos  de la época, tanto en el judaísmo como entre los gentiles. Un ejemplo de esto se halla en el relato de los disturbios de Éfesoº que aparece en Hechos 19.
         
Gran número de escribas y fariseos creyeron en Cristo, pero como sus conceptos mundanos de las estructuras religiosas les seguían, satanás pudo introducir el espíritu de Babilonia a la Iglesia. Las estructuras, las organiza­ciones y la forma piramidal de control no pueden funcionar sin reglas y requisitos. Las tradiciones y las leyes fueron las mejores armas de satanás para confundir y atrapar las mentes no renovadas de muchos discípulos inmaduros, como lo demuestra la Carta a los Gálatas.
         
La vida en el Espíritu, que es la vida cristiana normal, es imposible si permitimos que las leyes y las reglas y las tradiciones de las estructuras religiosas nos encadenen y contengan. De ahí la advertencia del apóstol Pablo:

"2Guardaos de los perros, guardaos de los malos obreros, guardaos de los

 mutiladores del cuer­po. 3Porque nosotros somos la circuncisión, LOS QUE EN

 ESPÍRITU SERVIMOS A DIOS y nos gloriamos en Cristo Jesús, no teniendo confianza

 en la carne" (Fil. 3:2-3).
          
Cuando Jesús habló con la mujer samaritana que había tenido cinco maridos, le dijo con toda sencillez que Dios no necesitaba los lugares de adoración hechos por el hombre, incluyendo el templo de Salomón. Afirmó que Él sólo quiere adoración "en espíritu y en verdad," y este tipo de adoración puede tener lugar dondequiera que se encuentre la gente unida al Espíritu de Dios. Dios no necesita catedrales ni otros "lugares santos" para que su pueblo se reúna con Él. En contra del templo en el Antiguo Testamen­to, Jesús en el Nuevo Testamento, convirtió en templos de Dios los cuerpos de los creyentes.
"21Jesús le dijo: Mujer, créeme, que la hora viene cuando ni en este monte ni

en Jerusalén adoraréis al Padre. 22Vosotros adoráis lo que no sabéis; nosotros

adoramos lo que sabemos; porque la salvación viene de los judíos. 23Mas la

hora viene, Y AHORA ES CUANDO LOS VERDADEROS ADORADORES

ADORARAN AL PADRE EN ESPÍRITU Y EN VERDAD; porque también el Padre

tales adoradores busca que le adoren. 24Dios es ESPÍRITU; y los que le

adoran, EN ESPÍRITU Y EN VERDAD es necesario que adoren" (Jn. 4:21-24).
   
Los edificios de las iglesias, los templos, los santuarios y los demás "lugares santos" han tomado tal dominio sobre nuestras mentes, que no podemos imaginarnos cómo reunirnos sin ellos. Se han convertido en el centro de nuestra vida cristiana y sutilmente han reemplazado a nuestros hogares como los más importantes sitios de reunión. Mientras podemos adorar cuando nos congregamos en grandes números, el compañerismo sólo se experimenta con base en la intimidad y es imposible en una gran multitud. No se puede tener compañerismo con la espalda o con la nuca de alguien.

Cuando uso la palabra compañerismo, la empleo en el sentido del Nuevo Testamento que tiene un significado mucho más profundo que nuestra comprensión moderna, por lo general limitada a la idea de asistir a la iglesia.
          
El primer capítulo de 1 Juan merece un estudio detenido, pues el apóstol escribe sobre el compañerismo con el Padre, y desea que todos los cristianos lo experimenten y lo gocen. El compañerismo del Nuevo Testamento consiste en compartir todos los aspectos de nuestra vida, en relaciones profundamente íntimas, tanto con Dios como con otros creyentes.
        
Los servicios religiosos formales, conducidos por el clero, con audiencias pasivas, impiden al Espíritu Santo dirigir nuestras reuniones. Los edificios eclesiásticos, los bancos, los púlpitos, los altares, etc., sutilmente sirven para reforzar el dominio de Babilonia sobre la mente natural. Sirven de obstáculo al Espíritu de Dios y evitan que los santos cautivos en esas redes vengan a ser la Iglesia que Dios desea.
      
Pero no nos detienen para nacer de nuevo o para ser llenos del Espíritu. No nos impiden adorar juntos, ni nos detienen para escuchar prédicas, sermones o enseñanzas; sin embargo, las reuniones grandes o reuniones masivas, son sólo un aspecto muy limitado del compañerismo cristiano.
        
Los hijos de Dios permanecen como su familia, aunque elijan vivir en el cautiverio babilónico. Sin embargo, cuánto anhela Él que regresen a su Jerusalén espiritual, donde el espíritu del mundo no tiene cabida.

 Salid de Ella Pueblo Mio - Peter Whyte

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"Consuelo para los que están en este mundo, pero que no son de este mundo, y por tanto, son odiados y están cansados de él, es que no estarán para siempre en el mundo, ni por mucho tiempo más"
Matthew Henry