Los Israelitas atravesaron el Jordán y se establecieron en la tierra prometida en su último campamento (Campamento No. 42) al final del éxodo, lo cual nos indica simbólicamente la libertad y conquista a la que esta llamada la iglesia al salir de la religión a una vida de libertad, en una relación directa, vital y real con Cristo Jesús; Cristo es símbolo de la tierra prometida y la herencia de los hijos de Dios.

La santidad es la obra del Espíritu Santo en nosotros, separándonos del amor del mundo. La santidad es un cambio de naturaleza desde dentro como resultado de la obra de Dios en nosotros. No es lo que hacemos externamente, sino quienes somos por dentro, lo que importa a Dios.


20 de octubre de 2011

MI VIAJE AL AFRICA


Paris Reidhead

Si me preguntan por qué fui a África, les voy a decir que fui principalmente para “mejorar” la justicia de Dios. No pensaba que estuviera bien que nadie se fuera al infierno sin la oportunidad de ser salvo, así que fui “para darles a los pobres pecadores la oportunidad de irse al cielo”.

Ahora bien, no lo he explicado más, pero si analizan lo que acabo de decir, ¿saben qué es? Es humanismo. Yo simplemente estaba tratando de usar las provisiones de Jesucristo como un medio para mejorar las condiciones humanas de sufrimiento y pobreza.

Y cuando fui a África, descubrí que los africanos no eran unos paganos pobres e ignorantes corriendo por la selva, esperando que alguien les explicara cómo ir al cielo. ¡Eran monstruos de iniquidad! ¡Estaban viviendo en contra de y con un desprecio al conocimiento de Dios, mucho mayor de lo que imaginaba!

¡Ellos merecían el infierno, porque se rehusaban a caminar a la luz de sus conciencias, a la luz de la ley que ya tenían escrita sobre sus corazones con el testimonio de la naturaleza y la verdad!

Estaba tan enojado, que en una ocasión, al estar orando, le reclamé a Dios que me hubiera enviado con gente que no estaba esperando escuchar cómo llegar al cielo; pues cuando llegué ahí, me encontré con que ya sabían del cielo, y no querían ir allá porque amaban su pecado, preferían quedarse en él.

(El hermano Paris habla con gran pasión en este párrafo). Fui allá motivado por el humanismo. Había visto fotografías de leprosos, había visto fotografías de gente con llagas, había visto fotografías de funerales nativos... y yo no quería que mis semejantes humanos sufrieran eternamente en el infierno después de una existencia tan miserable en la tierra.

Pero fue allí, en África, donde Dios comenzó a arrancarme el recubrimiento de este humanismo.

Y fue ese día, cuando estuve orando en mi habitación, con la puerta cerrada, que luché con Dios. Porque ahí estaba yo, llegando a la conclusión, de que la gente que yo pensaba que era ignorante, y que quería saber cómo ir al cielo, y que estaba diciendo: “¡Que alguien venga a enseñarnos!”, en realidad no quería tomarse el tiempo de hablar conmigo ni con nadie más.

No estaban interesados en la Biblia, ni en Cristo; y amaban su pecado y querían seguir en él. Y fue en ese lugar, en ese momento, donde sentí que todo el asunto era una burla, una farsa, ¡y que me habían visto la cara!

18 de octubre de 2011

LIBERALISMO Y FUNDAMENTALISMO



Paris Reidhead

Alrededor de 1850, la Iglesia se dividió en dos grupos; uno de los cuales fue el de los liberales, que aceptaron la filosofía del humanismo, y trataron de obtener cierta fama diciéndole algo así a su generación: “Ja, ja, ...bueno, pues... no estamos seguros de que exista el cielo ni tampoco de que exista el infierno; pero sí sabemos que ¡tienes setenta años para vivir! Y también sabemos que puedes beneficiarte mucho con la poesía, con los pensamientos sublimes y con las ‘nobles aspiraciones’.

“Por lo tanto, es importante que vengas a la iglesia los domingos para que podamos leer un poco de poesía, y para que te demos algunos refranes y axiomas que te ayuden a vivir. No te podemos decir nada acerca de lo que va a suceder cuando mueras, pero sí te vamos a decir esto: si vienes todas las semanas y pagas y ayudas y te quedas con nosotros, vamos a ponerle amortiguadores a tu carreta y tu viaje será más cómodo. No podemos garantizarte lo que vaya a suceder cuando mueras, pero si vienes con nosotros, vamos a hacer que seas más feliz mientras vivas.”

Así que este tipo de pensamiento se convirtió en la esencia del liberalismo: tratar de poner un poco de azúcar en el amargo café de la travesía humana, para endulzarla un rato. Eso era todo lo que el liberalismo podía decir.

 Pero había otro grupo de personas que se habían mantenido lejos de los liberales (éste es el grupo al que yo pertenezco): los fundamentalistas. Cada uno de ellos decía: “¡Creo en que la Biblia fue inspirada por Dios! ¡Creo en la deidad de Jesucristo! ¡Creo en el infierno! ¡Creo en el cielo! ¡Creo en la muerte, en la sepultura y en la resurrección de Cristo!”

Pero recuerden: el ambiente es el humanismo. Y el humanismo dice que el fin principal de todo lo que existe es la felicidad del hombre. El humanismo es como el hedor que sale de un foso; lo contamina todo. El humanismo es como una enfermedad, como una epidemia; está por todos lados.

 Así que no pasó mucho tiempo antes de que las cosas cambiaran. Al principio, los fundamentalistas se reconocían entre sí, porque decían: “¡Yo creo estas cosas!” Eran hombres que en su mayoría se habían encontrado personalmente con Dios. Pero, poco después de haber dicho: “Éstas son las cosas que nos establecen como fundamentalistas”, la siguiente generación dijo: “¡Así es como cualquiera llega a ser un fundamentalista! ¡Es bueno que creas en la inspiración de la Biblia! ¡Cree en la deidad de Cristo! ¡Cree en su muerte, su sepultura y su resurrección! ¡Sé un fundamentalista!”

Hasta que, finalmente, el humanismo llegó a nuestra generación, en la que todo el plan de salvación se resume en aceptar algunas declaraciones de doctrina, y en la cual se considera cristiana a una persona porque puede decir que “sí” a cuatro o cinco preguntas que le hagan. Si sabe en qué momento decir que “sí”, alguien le da una palmada en la espalda, le estrecha la mano y le dice: “¡Hermano, eres salvo!”

13 de octubre de 2011

TROMPETAS: LLAMADO AL ARREPENTIMIENTO


Autor Anónimo
 
Siete fiestas debían guardar los israelitas en el Antiguo Pacto, pero tres de ellas eran las principales en Israel y tipificaban dispensaciones que se han venido cumpliendo a cabalidad; eran fiestas obligatorias para todo israelita y sombra de lo que había de venir: la Pascua, Pentecostés y Tabernáculos (Éxodo 23:14-17). Y, aunque eran siete, no dice la Escritura que siete veces debían comparecer ante El (Éxodo 34:23; Deuteronomio 16:16) sino que solamente tres veces al año debían comparecer ante el Señor.

La Fiesta de la Pascua se cumplió cuando el Cordero de Dios (Juan 1:29) fue inmolado por nosotros, para que el juicio y la ira de Dios pasaran por encima de nosotros, cayendo sobre ese Cordero bendito por los siglos como un sustituto nuestro. Tipifica la redención y rescate de Egipto, que es símbolo del mundo, por medio de ese sacrificio eterno (1ª Corintios 5:7).

 La Fiesta de Pentecostés se cumplió cuando cincuenta días después del sacrificio del Cordero de Dios, los comienzos, los primeros frutos fueron bautizados en Espíritu y Fuego (Hechos 2:1-3) convirtiéndose en las primicias de la Iglesia, el primer ramillete de ciento veinte nacidos de nuevo. Ciento veinte nuevas creaciones, a semejanza de la semilla plantada y con la misma imagen del Cristo resucitado, fueron espectáculo que notificó a principados y potestades en los cielos el misterio de que Dios iba a tener un pueblo con su misma naturaleza, que todos esos nacidos de nuevo iban a ser conforme a la misma imagen de su hermano Primogénito (Romanos 8:29).

Esta Fiesta-Dispensación comenzó con los hechos de los apóstoles y por casi dos mil años se ha extendido aun hasta nuestros días, fiesta que está llegando a su final, hasta que la levadura simbolizada en ella llene las tres medidas y todo quede leudado (Mateo 13:33; Levítico 23:15-17 “…cocidos con levadura…”); hasta que se cumplan los tiempos y entre la plenitud de los gentiles (Lucas 21:24; Romanos 11:25). Esta fiesta no era el todo del propósito eterno sino un escalón que nos llevaría a ese propósito final.

La tercera y última fiesta es la Fiesta de los Tabernáculos que tenía varias connotaciones: la de cosecha final a la salida del año (Éxodo 23:16b), pues era el  fin del calendario judío de labores agrícolas y el inicio del nuevo año (Éxodo 34:22b), era precedida por el toque de trompetas (Números 29:1), que introducía al pueblo de Israel al día sagrado de las reconciliaciones con Dios -para los judíos el más solemne pues era el único día en que el Sumo Sacerdote entraba en el Lugar Santísimo para reconciliar al pueblo por medio de la sangre a fin de estar a cuentas y en paz con Dios (Éxodo 30:10; Levítico 16:2-34), hoy se conoce como la fiesta del Yom Kipur, Día del Perdón y es el día más sagrado guardado por los judíos practicantes-.

Tabernáculos también significaba la fiesta del reposo, del descanso y regocijo después de la cosecha final, era la sombra que tipificaba ese reposo prometido que hace falta por cumplirse en nosotros (Hebreos 4:1-11); además, al salir a morar en cabañas o tabernáculos los israelitas eran el testimonio vivo ante los ojos del mundo de que eran peregrinos y advenedizos en esta tierra, de que eran extranjeros y esperaban la ciudadanía de la Nueva Jerusalén, la Jerusalén celestial, ciudad de Dios.

10 de octubre de 2011

RETIÑIRAN AMBOS OIDOS


Mensaje de Paz
(1ª Samuel 3:11; 2ª Reyes 21:12; Jeremías 19:3)
En días del profeta Samuel, Israel se llevó una tremenda decepción porque estaba completamente seguro de que el Señor de los Ejércitos estaba de parte de ellos y en contra de los “paganos” pueblos enemigos; sólo que cometieron un error de cálculo, hicieron cuentas falsas, “cuentas alegres”, suponiendo que Dios estaba de su lado por el hecho de tener el Arca del Pacto andando entre ellos, sin necesidad de una vida limpia delante de Él, sin necesidad de dar el fruto al agrado de Dios.

El pueblo de Israel estaba confiado en los ritos externos de la Ley y en las apariencias, confiado en cumplir unas ceremonias, confiados pues en la seguridad que les daba tener el Arca del Dios de Israel con ellos pero su corazón no era recto para con Dios. Fue entonces que Él le dijo al profeta Samuel que haría una cosa que quien la oyere le retiñirían ambos oídos (1ª de Samuel 3:11): que la gloria de Dios, simbolizada en el Arca del Pacto, caería en manos de los Gentiles, enemigos del pueblo de Israel y sería “secuestrada” por los Filisteos.

Esto era algo sacrílego para los oídos de cualquier israelita de ese tiempo, esto era un imposible para su teología, era un absurdo para sus creencias, el hecho de que Dios fuese a dejar caer el Arca del Pacto en manos de incircuncisos.


Tanto como si hoy alguien se levantara y dijera que la  presencia del Señor no está ya entre los Evangélicos y Protestantes, porque se han corrompido, porque han adulterado con otros dioses, que por no arrepentirse Dios los ha abandonado y los ha dejado a la dureza de su corazón: Quién creería ese anuncio? Israel se acostumbró al Arca del Pacto, se le volvió costumbre el Arca y ésta terminó siendo un fetiche, un amuleto; y creyó Israel que con sólo tenerla entre ellos, sin necesidad de andar en integridad, Dios estaba obligado a bendecirlos, a darles la victoria, Dios tenía que ampararlos y ellos contar con Su presencia.


Cuán equivocados estaban, porque cuando el culto al Señor se vuelve externo, se vuelve falsa religión y se torna costumbre, la gloria de Dios indefectiblemente se va.

La historia de esto se encuentra en el primer libro de Samuel capítulo 4 en donde finaliza con una muy terrible palabra: “Icabod”, que quiere decir “la gloria se ha ido” y “sin gloria” (1ª Samuel 4:21-22). Israel perdió la Gloria de Dios y quedó convertido en un pueblo Sin Gloria, es decir, sin la presencia de Dios, sin el respaldo del Señor, sin la guía del Altísimo, con la profesión de fe vacía, con el cascarón pero la esencia de adentro ausente. Dios ya no estaba con ellos, se les había apartado por su impiedad, los entregó a derrota delante de sus enemigos y permitió que el Arca fuera capturada por impíos.


En efecto, la gloria de Dios se fue de Silo, el lugar de la presencia de Dios en esos días, el sitio donde Dios se manifestaba, allí donde el Señor les había señalado para guiarlos, el lugar de encuentro con Dios (Salmo 78:60-61; Jeremías 7:12). 


Siglos más tarde, el Señor le dice a Israel que mire, que aprenda de lo que sucedió en Silo donde hizo morar su Nombre al principio, que vean el resultado de lo que era una profesión de fe externa, bonita y pomposa de labios pero de corazón falso, que meditaran en lo que sucedía cuando se “manosean” las cosas santas, que aprendieran qué pasa cuando se “usa” el nombre del Señor para provecho propio, para buscar las cosas de este mundo, aquellas de este reino y no del de Dios primeramente; lo que acontece cuando el corazón se corrompe y se acerca al Señor con reservas, con cartas tapadas, con motivaciones mezquinas, cuando vamos a ver qué partido sacamos para el yo, para fortalecer al viejo hombre, para nutrir al Adam caído, cuando en fin, el caminar nuestro en Cristo se torna una costumbre o una obligación.


6 de octubre de 2011

ISRAEL / JUDA / SION


Charles Elliott Newbold, Jr.

En los tiempos del Antiguo Testamento, Israel estaba dividida en dos reinos: el Norte, el Reino de Israel, a veces llamado por el nombre de su ciudad principal, Samaria, y el Sur, el Reino de Judá, que incluía la ciudad de Jerusalén.

El Reino del Norte, Israel, recibió de Dios el nombre de Ahola (Ezequiel 23:4). Fornicó hasta el punto de que Dios la entregó al olvido, para nunca más ser restaurada—sólo un remanente regresaría.

Ahola significa “ella tiene su propia tienda”. Este nombre probablemente tuviera que ver con el hecho de que Israel, bajo el reinado de Jeroboam, abandonara la adoración a Yahvé en Jerusalén y estableciera su propia adoración, justificando así la adoración idolátrica en Samaria (1ª Reyes 12:25-33).

El reino del Sur, Judá, recibió el nombre de Aholiba, (Ezequiel 23:4), semejante al de su hermana, y que significa “Mi tienda está en ella”. Este nombre pudo ser dado a Judá para dar a entender que el Templo estaba en Jerusalén como el verdadero centro de la adoración a Yahvé.

A pesar de este hecho y de haber visto lo que su hermana traicionera había hecho y lo que le había sucedido, Judá cometió las mismas atrocidades contra Dios. Y así, fue exiliada a Babilonia durante setenta años (Jer. 25:11).

Pero el llamado de Dios alcanzó a los cautivos en Babilonia. “Salid de en medio de ella, pueblo Mío” (Jer. 51:45). Hemos de regresar a Sión, el monte santo de Dios (Jer. 31:6). Sión es ese lugar en el que descansó el Tabernáculo de David, donde Jesús es lo único que hay.

El Reino del Norte, Israel, es semejante a los que se encuentran en el atrio exterior, el Cristianismo institucional, los que están llenos de idolatría, que no han de ser incluidos cuando la vara de medir de Dios sea puesta en la iglesia.

El Reino del Sur, Judá, es semejante a los Pentecostales y carismáticos que una vez vieron las atrocidades que cometió su hermana mayor, y salieron de ella para ser guiados por el Espíritu a un terreno más alto.

Sin embargo, no pasó mucho tiempo cuando se volvió tan institucional, tan egoísta, tan legalista y tan idólatra como su hermana. La única diferencia radica quizás en que tomó con ella, además de su lámpara, una vasija de aceite—el aceite del Espíritu Santo. Logró entrar como asistente de la esposa, pero no es la esposa (Mat. 25:1-13).

Eso es lo más lejos que ella llega. El clamor por subir a Sión no está en su corazón. Sólo un remanente regresó de Babilonia con Zorobabel, Esdras y Nehemías. La mayoría del resto se conformó con permanecer en la comodidad de sus ciudades Babilonias.

El camino no fue fácil para los que salieron de Babilonia para regresar a Jerusalén. Tuvieron que contender constantemente en la tierra con un enemigo amenazante que se mofaba de ellos todo el tiempo.

5 de octubre de 2011

LA ESPOSA


Charles Elliott Newbold, Jr.

Hay una sola narración desde el principio hasta el fin en la Biblia. Es una historia de amor entre un esposo y aquella a quien Él pretende hacer Su esposa. La historia comienza con una boda, una boda entre dos personas, un hombre y una mujer. “…y serán una sola carne” (Gén. 2:24).

Este primer hombre (Adán) fue hecho conforme a la imagen de Dios y fue planeado de Dios para ser como un hijo para Él.

Sin embargo, este primer hombre cayó de la comunión con su Padre-Creador cuando él Le desobedeció en el jardín de la vida. Habiendo caído, fue apartado de ese jardín de la vida para vivir bajo la maldición de la muerte. La muerte es la ausencia de la vida. Dios es vida y Adán ya no estaba por más tiempo en presencia de la Vida. “Porque la paga del pecado es muerte.” (Rom. 6:23).

Con esta historia comienza una historia de amor entre el Creador y Su ser creado.

Dios e Israel

A lo largo de la Biblia, vemos a Dios como al esposo y a Israel, como Su escogida, como Su esposa.

El ejemplo más impresionante de esto está registrado en Jeremías 3:6-8. Fue después de que Israel se dividiera entre el Reino del Norte, Israel, y el reino del Sur, Judá. El Señor habló a Jeremías en los días en que Josías era Rey, diciendo, “¿Has visto lo que ha hecho la rebelde Israel? Ella se va sobre todo monte alto y debajo de todo árbol frondoso, y allí fornica...”

“Y dije: Después de hacer todo esto, se volverá a Mí; pero no se volvió, y lo vio su hermana la rebelde Israel.”

“Ella vio que por haber fornicado la rebelde Israel, yo la había despedido y dado carta de repudio; pero no tuvo temor la rebelde Judá, su hermana, sino que también fue ella y fornicó.”

Dios había escogido a Israel a través de Abraham, Isaac y Jacob para ser para Él un pueblo escogido por Él mismo. “Porque eres pueblo santo a Jehová tu Dios, y Jehová te ha escogido para que le seas pueblo único de entre todos los pueblos que están sobre la tierra-”. (Deut. 14:2).

Pero por causa de su idolatría—por ir tras otros dioses, la cosa más grave de la que Dios ya les había advertido—Dios llamó ramera a Israel y a Judá. Esto lo describe vividamente Ezequiel 16. ¡Léelo!

Oseas el profeta, describe la relación de este esposo y esposa entre Dios e Israel en términos de su propia vida. Dios lo llamó a casarse con una ramera. Sin embargo, aunque ella le abandona para regresar a su condición de ramera, él muestra un gran amor por ella comprándola en la subasta.

En esta gran historia vemos a Dios como si cortejara a la ramera Israel para que regrese a su amor. Ella no está dispuesta a amarle, aparentemente incapaz de hacer eso, por lo que Él mismo la compra para Sí. Por supuesto, vemos esto ahora ante el hecho de la redención de Dios en Cristo Jesús nuestro Señor, que derramó Su preciosa sangre para comprarnos del pecado y librarnos de la idolatría.

28 de septiembre de 2011

ESTANDO EN LA BRECHA


Charles Elliott Newbold, Jr.

Ezequiel 22:30 dice: “Y busqué entre ellos hombre que hiciese vallado y que se pusiese en la brecha delante de mí, a favor de la tierra, para que yo no la destruyese; y no lo hallé”
Esta palabra me vino en 1983: “Busco a un hombre”; dice el Señor, “que esté por Mí en la brecha. Alguien que batalle contra el enemigo a favor de la Iglesia. Alguien que se atreva a ponerse toda la armadura de Dios, toda el atavío de la batalla, y ser todo lo que Yo requiera que él sea.”

“Requiero mucho de este hombre. Más de lo que él podría esperar ser en sí y de sí mismo.”

“Requiero que sea santo.”
“Requiero que sea puro de corazón.”

“Requiero que sea amoroso y humilde, amable, sabio y fuerte.”
“Requiero que sea conocedor de Mi Palabra y perfectamente obediente a la misma.”

“Requiero de Él la suprema alabanza de Dios.”
“Requiero de Él oración, la clase de oración que asciende a Mi trono donde yo puedo contestar en poder y fuerza”.

“Requiero de él perfecta obediencia a todo lo que Yo le digo que haga: que vaya donde yo digo, que haga lo que Yo digo que haga, y que sea lo que Yo digo que sea.”

“Requiero de él fe, la clase de fe que mueve montañas.”

“Requiero de él que ponga su vida a favor de los demás; que prefiera a los demás por encima de sí mismo, que no se preocupe por mañana ni por su vida.”

“Requiero de él que sea distinto, peculiar, escurridizo, incomprendido, despreciado de muchos, odiado, perseguido, abusado, y en medio de todo ello, requiero que dé la otra mejilla.”

“Requiero de él misericordia”.

“Requiero de él poder para echar fuera demonios, para sanar a los enfermos, para liberar a los cautivos, para proclamar el año agradable del Señor.”
“Requiero de él que sea perfectamente conformado a la imagen de Mi Hijo, cuyo nombre está por encima de todo nombre en los cielos, en la tierra y debajo de la tierra.”

“Requiero de él que sea como Jesús”.

“No sólo requiero todo esto de él, sino que también le daré la capacidad para satisfacer todas estas demandas. Le doy a Jesús”.

“Si se vuelve a Mí de todo su corazón, abandona todo lo demás en su corazón, hace a Jesús el Señor de su vida, depositaré la misma vida de Jesús en su corazón por mi Espíritu Santo; y entonces habré encontrado al hombre que he estado buscando. Y él estará en la brecha por Mí.”

“Los Crucificados” – Charles Elliott Newbold, Jr.

27 de septiembre de 2011

HEREDANDO EL REINO


Charles Elliott Newbold, Jr.

Entrar en el Reino de los Cielos es el hecho de entrar en un nuevo y completo ámbito de realidad. Ves las cosas de Dios, de ti mismo y de la vida, que nunca habías visto antes, conoces cosas que nunca antes habías conocido y comprendes cosas que nunca antes habían comprendido.

Para empezar, llegas al descubrimiento del reinado del Señor Jesucristo. Si alguna vez antes tuviste dudas al respecto, estar en el Reino y verle a través de ojos espirituales, quita toda duda. Esto la verdad es que llega por medio de conocimiento revelado.

Cuando el Padre abre tus ojos para que veas este nuevo ámbito de realidad, tienes fe para creer en el señorío de Jesucristo. Es decir, tienes fe para confiar en Él como Señor de toda tu vida. Hasta que no llegues a saber que sabes que Jesús es el Señor de todo, no habrás entrado completamente en el Reino de los Cielos.

Conforme a la escritura del Nuevo Testamento, podemos ver el Reino, podemos entrar al Reino y podemos heredar el Reino. La gente que está en el atrio externo de la Pascua a lo máximo podrá ver el Reino. Pero no disfrutará de los privilegios del entrar y de heredarlo.

Los que pasan de la Pascua a Pentecostés, no solo ven el Reino sino que entran en ello. El mero hecho de entrar en el Reino cambia la perspectiva que uno pueda tener sobre la realidad. Repentinamente, uno puede discernir asuntos espirituales. Las escrituras cobran vida y uno comienza a moverse en los dones del Espíritu y comienza a llevar más fruto del Espíritu.

Los que tienen hambre y sed de una vida completa en Cristo, no solo entran sino que comienzan a heredar el Reino. Hemos sido hechos herederos y co-herederos con Cristo. Es decir, todo lo que Él es, y todo lo que Él posee como el Señor de la gloria en Su Reino, es igualmente nuestro.

Esto no tiene ningún sentido en absoluto para la mente carnal del hombre no redimido que ni ha visto ni ha entrado al Reino. Cuando el pueblo de la Pascua comienza a hablar de su salvación, el pueblo del mundo se encoge en incredulidad. No tienen fundamento para creer en lo que no pueden ver.

26 de septiembre de 2011

LA OBRA ACABADA DE DIOS


Charles Elliott Newbold, Jr.

Con frecuencia, para poder ver y apreciar algo como un todo, primero tenemos que romperlo y ver todas sus partes. Eso es lo que en parte pretende hacer este estudio de los tres atrios y las fiestas.

Todas estas poderosas obras de Dios (justificación, santificación y glorificación, es decir, la salvación) fueron conseguidas por Jesús en Su obra acabada sobre la cruz. Cuando murió, la Biblia dice que el velo del templo se rasgó en dos (Mat. 27:51). Esto nos indica que ahora tenemos acceso al Padre por medio de la muerte de Jesucristo porque entró una vez y para siempre en el Lugar Santísimo como nuestro gran Sumo Sacerdote (Heb. 9:11-12; 10:19-22).

La única manera de que cualquiera de nosotros tengamos acceso al Padre es por medio de Jesucristo, que es “el camino, la verdad y la vida” (Juan 14:6). Y por causa de lo que hizo entonces, ahora estamos sentados con Él en lugares celestiales (Efe. 2:6). Podemos entrar confiadamente al trono ante Dios (Heb. 4:16).

No es como si tuviéramos que dar la talla sobre el fundamento de las obras para poder pasar de un grado a otro, hasta llegar a ese tercer grado. Es así como funcionan las órdenes secretas.

Dios quiso desde el principio que cada creyente llegara completamente a un lugar en el que Jesús fuera el Señor absoluto. No debería de suceder jamás que alguien se convierta primero, y sea “salvo”, recibiendo, tal y como es predicado, a “Jesús en el corazón como el Salvador”; y que después, semanas o meses, o años más tarde, sea convencido de tener que hacerle Señor. Jesús no es Salvador hasta que Él es Señor.

Sólo cuando Él es Señor, entramos en una relación correcta con Él. Sólo cuando Él es Señor, le autorizamos por nuestra libre voluntad, para obrar Su salvación en nosotros. “Si confesares con tu boca que Jesús es el Señor y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo.” (Rom. 10:9). La Biblia American Standard dice: “Si confiesas con tu boca a Jesús como Señor.” El Señorío es el prerrequisito para la salvación.

El Evangelio completo, completo

Cuánto más leemos la Biblia, más descubrimos el “ser” de Dios, que Dios “es” y que todas las cosas en Él son hechos consumados, y que lo único que hay que hacer es creer.

De nuevo lo digo, Efesios 2:8 es la plomada. “Porque por gracia sois salvos, por medio de la fe…” La gracia es la parte de Dios. La fe es la nuestra. Dios ya ha cumplido Su parte. Está acabada. Lo único que tenemos que hacer para aplicarlo a nuestras vidas es creer—no un asentamiento pasivo mental de Dios, de Jesucristo como el Hijo de Dios, sino una fe activa que viene por conocimiento de revelación y aviva nueva vida en nuestros espíritus.

24 de septiembre de 2011

EL CAMINO, LA VERDAD Y LA VIDA


Charles Elliott Newbold, Jr.

Tal y como queda registrado en Juan 14:2-6, Jesús confortó a Sus discípulos respecto de Su marcha diciéndoles que si se marchaba, como debía marcharse, prepararía un lugar para ellos en la casa de Su Padre, y vendría de nuevo y los recibiría diciéndoles, “para que dónde Yo estoy, vosotros también estéis”.

Continuó diciendo, “Y sabéis a dónde voy, y sabéis el camino”. Pero Tomás Le contestó, “Señor, no sabemos a dónde vas; ¿Cómo, pues, podemos saber el camino?” Jesús aprovecho la ocasión para explicar que Él mismo es “el camino, la verdad y la vida.”

Él es el Camino, la Verdad y la Vida, y sucede en ese mismo orden.

El Camino

Primero, Jesús es el Camino, el camino a la salvación. Nadie puede venir al Padre excepto a través de Jesús (Juan 14:6).

Él es claramente la puerta de las ovejas (Juan 10:7). Los hombres intentan entrar en el reino de Dios a través de otras muchas maneras. Pero son ladrones y salteadores (Juan 10:1). Nadie puede entrar al Reino de Dios a menos que esté dispuesto a humillarse en la muerte y pasar por la puerta que es la persona de Jesús: ser sepultado con Él en Su bautismo y levantado con Él en Su resurrección. (Rom. 6:4).

Este es el ministerio del atrio exterior: el sacrificio del Cordero de Dios, el Salvador del mundo. “Y llamarás Su nombre Jesús, porque Él salvará a Su pueblo de sus pecados.” (Mat. 1:21).

Él es el camino, el sendero, el sendero estrecho que lleva a la vida. “Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella; porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan.” (Mat. 7:13-14).

“Hay camino que al hombre le parece derecho; pero su fin es camino de muerte”. (Prov. 14:12).

Qué Jesús es el camino indisputable a Dios, para Dios es el debate de los hombres carnales hasta este día. Es un insulto a la mente carnal del hombre que se exalta sobre el conocimiento de Dios, que Dios pudiera ser de mente tan estrecha. Insulta al intelectual que quiere o bien creer que tiene dentro de sí mismo la capacidad para salvarse a Sí mismo, o que todas las religiones se canalizan hacia un Dios común.



21 de septiembre de 2011

AGUA EN VINO


Charles Elliott Newbold, Jr.

El surgimiento de los crucificados es lo que Dios está haciendo en el mundo hoy. Son el nuevo vino que está siendo vertido en odres nuevos.

Cuando Jesús obró el milagro en Caná (Juan 2), cambió el agua en vino. En la Biblia, generalmente el agua es un tipo de la palabra de Dios (Efe. 5:26), y el vino representa la sangre de Jesús, al hablar de Sí mismo con respecto a la cena del Señor: “De igual manera, después que hubo cenado, tomó la copa, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto) en mi sangre, que por vosotros se derrama” (Luc. 22:20).

Hasta que el agua de la palabra de Dios no se convierta en el vino de la sangre de Dios, no tendrá ningún valor redentor. Jesús era la Palabra hecha carne (Juan 1:1,14). También era el Cordero de Dios (Juan 1:36, Apoc. 5:5-10). Vino como la Palabra y murió como el Cordero. La Palabra se convirtió en la Sangre: el agua se hizo vino.

La naturaleza profética del evento

Creo que Juan está haciendo una declaración deliberada por el Espíritu Santo al preservar este milagro en Caná como “principio de señales que Jesús en Caná de Galilea, y manifestó su gloria…” (Juan 2:11). Sirve proféticamente tanto para la crucifixión de Jesús como para el surgimiento de los crucificados en estos últimos tiempos.

El hecho de que fuera en el contexto de una boda es significativo. La historia completa de la Biblia comienza y termina con una boda. En el principio Él hizo al hombre y desde Él, hizo una ayuda idónea y declaró, “serán una sola carne” (Gén. 2:24).

Efesios 5:22-23 traza una correlación entre el esposo y la esposa, Cristo y la iglesia. Dios y Cristo son vistos a lo largo de la Biblia como el esposo o el novio, mientras que Israel y la iglesia son vistos como Su esposa o su novia desposada. Israel y la iglesia son uno y una misma cosa desde el punto de vista de Dios. Siempre ha tenido una sola esposa a Sus ojos. No se divorció de una y se casó con otra. Se divorció de la Israel ramera (Jer. 3:8) pero le prometió restauración en Sión (Zac. 3:14-19).

Juan el Bautista, dijo en referencia a Jesús, “El que tiene a la esposa, es el esposo” (Juan 3:29).

19 de septiembre de 2011

EL VIEJO ORDEN/ EL NUEVO ORDEN



Charles Elliott Newbold, Jr.

Los crucificados son una nueva raza de Cristianos en el mundo hoy en día. Son un nuevo orden en contraste con un viejo orden de Cristianos.

El viejo orden de Cristianos está esencialmente bajo la ley—no necesariamente la ley del Antiguo Testamento, sino leyes de su propia creación. Son guardados por normas y reglas que les gobiernan porque no son gobernados ni motivados por el poder y la vida de Dios obrando dentro de ellos.

Dar

Bajo el viejo orden, el Cristiano tiene que ser empujado a dar. Bajo el nuevo orden, el cristiano es por naturaleza un dador. El viejo está bajo la ley de diezmar. El nuevo es el diezmo, es decir, todo lo que él es y tiene es una ofrenda de primicias para su Dios.

Todo lo que Él es y tiene es de Dios a su orden. No tiene que ser exhortado por el predicador para hacer o para dar nada. Está un paso al frente del predicador. Está constantemente en sintonía con el Espíritu Santo que le guía en todo lo que hace, dice o da.

Fidelidad

Bajo el viejo orden, el Cristiano tiene que ser exhortado a la fidelidad. Bajo el nuevo, es por naturaleza fiel. Viene y va y hace conforme a la voluntad de Su Padre.

Es fiel porque es confiado. Cree en Dios, pone su confianza en Dios y tiene confianza en Dios de que “todo ayuda a bien a los que aman a Dios, a los que conforme a Su propósito son llamados” (Rom. 8:28).

Porque confía en Dios, él mismo es digno de confianza. He descubierto a lo largo de los años que el que no puede confiar en los demás, no es digno de confianza él mismo. Tendemos a proyectar en los demás lo que vemos en nosotros mismos.

Las personas confiadas son personas fieles. Las personas fieles son personas obedientes. No es que son fieles y obedientes para hacer lo que se les dice; son fieles y obedientes para ser lo que se les ha hechos ser. Han sido formados y re-formados por su Creador para ser como Él es.

Iglesia

Ahora bien, esta importante distinción entre el viejo orden del Cristiano y el nuevo va a hacerse cada vez más evidente con el tiempo.

El Cristiano del viejo orden va a la iglesia. Ha sido programado para ir, exhortado a la fidelidad en la asistencia, animado en la participación de los programas, etc., La iglesia es lo que él hace. En la mayoría de los casos, es su religión.

18 de septiembre de 2011

GLORIFICACION


Charles Elliott Newbold, Jr.

No somos redimidos, santificados y glorificados para nosotros mismos, sino para Dios. Es Su redención, no la nuestra; Su santificación, no la nuestra; Su glorificación, no la nuestra. Aunque nosotros obtenemos los beneficios de cumplir Sus propósitos en toda la historia, debemos llegar al descubrimiento absoluto de que Él nos compró, y no nosotros a Él. No somos nuestros (1ª (Cor. 6:19-20). Somos Su posesión, vasijas en Su mano para hacer como a Él le agrade.

Cuando llegamos a esta realidad, tendremos que llegar a comprender lo que significa estar crucificados con Él. Del mismo modo que Jesús tuvo que llegar al final de Sí mismo, vaciándose (despojándose) (Fil. 2:7), para que Dios fuera glorificado por medio de Él, así hemos de seguirle en Su bautismo; es decir, dejar que el Espíritu Santo nos lleve al final de nosotros mismos para que Dios pueda ser glorificado a través de nosotros.

Para la alabanza de Su Gloria

Siempre sucede que cuando damos gloria a Dios, Dios nos concede Su gloria. Somos para la alabanza de Su gloria (Efe. 1:6,12).

La única manera de poder ser para la alabanza de Su gloria es darle gloria a Él. La única manera de poder darle gloria es por medio de la vida consagrada. “Humillaos delante del Señor y Él os exaltará”. (Santiago 4.10).

Todo lo que hacemos, lo hacemos para Él para que Él pueda ser satisfecho, para que Él pueda ser glorificado. Esto no es decir que hacemos algo para satisfacer a Dios por nuestra salvación. Sólo Jesús satisfizo a Dios por eso. Sin embargo, habiendo recibido redención, nos entregamos de tal forma a Él, que Él vive Su vida a través de nosotros. Cuánto más Él viva Su vida a través de nosotros, más es glorificado y más nos hacemos semejantes a Él. Por tanto, cuánto más nos hacemos semejantes a Él, más participamos de Su gloria.

De este modo, se sostiene que cualquiera que pierda Su vida por causa de Cristo, la hallará. Si pierdes tu vida en Él, serás hallado en Él. Puesto que Él es la resurrección y la vida, ese es el único lugar en el que podemos ser hallados--en Él.

Estando conectados apropiadamente

Esto nos lleva a la necesidad de estar en una relación apropiada con Dios. Necesitamos cultivar esta relación con Dios. Cuánto más estemos en una relación correcta con Él, más caminaremos en comunión y en armonía con Él.

Él es nuestro pacificador. Él es nuestra justicia, nuestra justificación, nuestra redención, nuestra santificación, nuestra provisión, nuestra sanidad, nuestra protección. Él es nuestra glorificación. Nada suyo nos sucede a menos que estemos en una relación correcta con Él.

17 de septiembre de 2011

SANTIFICACION


Charles Elliott Newbold, Jr.

Hay mucho más en el llamado de Dios a nuestras vidas que meramente recibir Su redención para que podamos ir al cielo al morir.

Consindera esto:

La iglesia verdadera es un pueblo obediente.

Comer Su carne y beber Su sangre (Juan 6:53-56) es poner nuestras vidas absolutamente para que Él cumpla Su absoluta y perfecta voluntad en nuestras vidas. Ninguna otra cosa importa.

El verdadero siervo es Jesús. Jesús estaba absolutamente consagrado a cumplir la voluntad de Su Padre.
Fue la voluntad de Su Padre lo que llevó a Jesús a Getsemaní.
Fue la voluntad de SU Padre lo que Le llevo ante Caifás y Pilatos.
Fue la voluntad de Su Padre que le crucificaran en aquella cruel cruz romana.
Fue la voluntad de Su Padre que muriera sobre la cruz y derramara Su sangre incorruptible por los pecados de un mundo corrupto.

La verdadera iglesia—aquellos que son verdaderos discípulos—son los que llevan las marcas de Su servidumbre (Gál. 6:17), que consideran sus propios vasijas muertas al pecado para que Él pueda reinar y gobernar como el Soberano en sus vidas.
La verdadera iglesia es un pueblo obediente.

Las tres dimensiones del Hombre

Hay tres dimensiones en el hombre. Es un alma viviente con un espíritu y mora en un cuerpo de carne. Ha sido redimido en su espíritu. Está siendo renovado en su alma, que consiste en su mente, voluntad y emociones. Pero su cuerpo de carne está corrupto y caído, y está sujeto a la corrupción y a la tumba. Sólo en esa gran resurrección de los muertos, los santos de Dios serán redimidos en sus cuerpos. En ese momento, recibirán para ellos mismo cuerpos glorificados (1ª Cor. 15:35-50).

Estas tres dimensiones están tocadas por las tres fiestas de Israel y los tres atrios del Tabernáculo. Obrando desde dentro hacia fuera, el espíritu del hombre está redimido y justificado en el cumplimiento de la Pascua. El alma (personalidad) del hombre está siendo renovada día a día, santificada, en el cumplimiento de Pentecostés. Después, en el cumplimiento de los Tabernáculos, cuando Sus santos sean atrapados en el aire y reunidos con Él, entonces recibirán sus cuerpos glorificados (1ª Cor. 15:49,52).

Las únicas sanidades de nuestros presentes cuerpos mortales son temporales: “Antes aunque este nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior no obstante se renueva de día en día” (2ª Cor. 4:16).

16 de septiembre de 2011

CONSUMIDOS


Charles Elliott Newbold, Jr.

¿No es interesante que Dios haya establecido fiestas (algo que tiene que ver con comer), como ocasiones para la adoracion de Israel, como representaciones de Su obra terminada en Cristo y como representaciones de la relación divina que tenemos en Él?

El cordero pascual, que tipifica la muerte de Jesucristo, que era el Cordero de Dios sin mancha y sin arruga, había de ser comido completamente por los hijos de Israel en la noche antes de su partida de Egipto. Toda carne que no fuera comida, había de ser consumida por el fuego. De cualquier modo, el sacrificio tenía que ser completamente consumido (Éxodo 12:5,10).

Más tarde, en el antiguo Israel, Dios ordenó que los sacerdotes levíticos habían de comer las ofrendas del Señor hechas por fuego, y declaró que esta sería su heredad entre sus hermanos (Jos. 13:14).

Dios quería desde el principio que la nación de Israel por completo fuera un reino de sacerdotes y una nación santa para Él (Éxodo 19:6). Más tarde, al fracasar en su obediencia a Dios, Él estableció a la tribu de los Levitas para ministrar como sacerdotes al Señor (Deut. 10:8).

En Cristo, todos los creyentes han cumplido el deseo de Dios de tener para Él mismo un “linaje escogido, real sacerdocio, nación santa…” (1ª Ped. 2:9). Dios abolió la necesidad de que solamente fueran unos pocos los que Le sirvieran como sacerdotes, y estableció el sacerdocio de cada creyente.

Cristo Jesús, el Cordero de Dios, se ha convertido en nuestra heredad como sacerdotes. Hemos de consumirle. En Juan 6:58, Jesús se identificó a Sí mismo con “ese pan que viene del cielo.” Él dijo a Sus discípulos que comieran Su carne y bebieran Su sangre (Juan 6:53-56). Esto era una declaración muy fuerte, y las Escrituras afirman que desde ese día en adelante, muchos dejaron de seguirle (Juan 6:60-66).

Una cosa es participar de la Cena del Señor que conmemora su muerte, pero otra muy distinta es participar de Él y participar de Su muerte por medio de nuestra propia vida entregada.

Al observar la progresión de estas fiestas en su relación con los tres atrios del Tabernáculo, y particularmente en referencia a estos crucificados, descubrimos cuatro cosas han de suceder para completar el proceso de santificación (separación).

"Consuelo para los que están en este mundo, pero que no son de este mundo, y por tanto, son odiados y están cansados de él, es que no estarán para siempre en el mundo, ni por mucho tiempo más"

Matthew Henry