" Los Isrealitas atravesaron el Jordan y se establecieron en la tierra prometida en su ultimo campamento (Campamento No. 42) al final del exodo , lo cual nos indica simbolicamente la libertad y conquista a la que esta llamada la iglesia al salir de la religión a una vida de libertad, en una relación directa, vital y real con Cristo Jesús; Cristo es símbolo de la tierra promedita y la herencia de los hijos de Dios.

La santidad es la obra del Espíritu Santo en nosotros, separándonos del amor del mundo. La santidad es un cambio de naturaleza desde dentro como resultado de la obra de Dios en nosotros. No es lo que hacemos externamente, sino quienes somos por dentro, lo que importa a Dios.

2 de septiembre de 2012

SOBRE EL SERMON DE NUESTRO SEÑOR EN LA MONTAÑA (III)

John Wesley

Bienaventurados los de limpio corazón: porque ellos ve­rán a Dios. Bienaventurados los pacificadores: porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los que pade­cen persecución por causa de la justicia: porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados sois, cuando os vitu­peraren, y os persiguieren, y dijeren de vosotros todo mal por mi causa, mintiendo. Gozaos y alegraos; porque vuestra mer­ced es grande en los cielos; que así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros (Mateo 5: 8-12).

I.     1. ¡Qué cosas tan excelentes se dicen del amor a nues­tro prójimo! Es “el cumplimiento de la ley,” “el fin del man­damiento.” Sin esto, todo lo que tenemos, todo lo que hacemos, todo lo que sufrimos, de nada vale en la presencia de Dios. Pe­ro es ese amor a nuestro prójimo que nace del amor a Dios, y el cual por sí mismo y de otra manera no vale nada. Precisa, por consiguiente, que examinemos bien la base sobre la cual descansa el amor a nuestro prójimo; si es que está edificado sobre el amor de Dios; si es que le amamos “porque él nos amó primero;” si somos limpios de corazón, porque esta es la base que nunca será removida. “Bienaventurados los de limpio co­razón: porque ellos verán a Dios.”

2.     Los de “limpio corazón” son aquellos a quienes Dios ha purificado “como él también es limpio;” que están purifi­cados de todo afecto impuro por medio de la fe en la sangre de Jesús. Quienes estando “limpios de toda inmundicia de car­ne y de espíritu, perfeccionan la santidad en el temor” amoroso de Dios. Por medio del poder de su gracia están purificados del orgullo por la más completa pureza de espíritu; de toda pasión mala y turbulenta, por la mansedumbre y la afabili­dad; de todo deseo, excepto el de agradar a Dios y gozar de El, por esa hambre y sed de justicia que absorben al presente su alma, de manera que ahora aman al Señor su Dios de todo su corazón, y de toda su alma, y de toda su mente y de todas sus fuerzas.

3.     Pero ¡en qué poco han tenido esta pureza de corazón los falsos maestros de todas épocas! Apenas han enseñado a los hombres a abstenerse de las impurezas exteriores que Dios ha prohibido y mencionado, pero no se han dirigido al cora­zón, y al no prevenirle en contra de las corrupciones exte­riores, de hecho las han autorizado.

El Señor nos dejó un ejemplo muy notable de esto en las palabras siguientes: “Oísteis que fue dicho: No adulterarás” (v. 27). Al explicar esto, esos guías ciegos de ciegos sólo in­sistían en que los hombres se abstuvieran del hecho exterior. “Mas yo os digo, que cualquiera que mira una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón” (v. 28). Por­que Dios ama la verdad en lo íntimo: escudriña el corazón y prueba los riñones, y si tu corazón mira la iniquidad, el Señor no te oirá.

4.     Dios no admite excusa alguna por conservar cual­quiera cosa que sirva de ocasión a la impureza. “Por tanto, si tu ojo derecho te fuere ocasión de caer, sácalo y échalo de ti: que mejor te es que se pierda uno de tus miembros, que no que todo tu cuerpo sea echado al infierno” (v. 29). Si al­gunas personas para ti tan queridas como tu ojo derecho, te son ocasión de que ofendas a Dios, despiertan en tu alma deseos impuros, no te tardes; sepárate de ellas cuanto antes.

“Y si tu mano derecha te fuere ocasión de caer, córtala y échala de ti: que mejor te es que se pierda uno de tus miem­bros, que no que todo tu cuerpo sea echado al infierno” (v. 30). Si alguien quien parece serte tan necesario como la mano de­recha te es ocasión de pecado, de deseos impuros; aunque no pase del corazón, aunque no tenga expresión en palabras o acciones, resuélvete a una separación completa y final. Rom­pe de un golpe esas relaciones. Déjalas por amor a Dios. Cual­quiera perdida de placeres, de propiedades, de amigos, es pre­ferible a la pérdida de tu alma.

Nada impropio será tomar dos medidas antes de resol­verse a una separación absoluta y final. Primera, hágase por expulsar el espíritu inmundo por medio del ayuno y la ora­ción, procurando abstenerse de toda palabra, mirada o he­cho que se sabe son ocasión de pecado. Segunda, si estos medios no son suficientes para librarte, pide consejo a aquel que cuida de tu alma, o si no, a aquellos que tienen experiencia en las cosas de Dios, respecto de cómo y cuándo deberás efectuar esa separación. Pero no pidas consejo a la sangre y la carne, no sea que caigas en “operación de error” y creas a la mentira.

5.     Empero, ni el matrimonio—estado tan honorable y santo como es—debe tomarse como pretexto para dar rienda suelta a nuestros deseos. En verdad fue dicho: “Cualquiera que repudiare a su mujer, déle carta de divorcio;” y todo que­daba arreglado, aunque él sólo alegara por causa que no la quería o que otra le gustaba más. “Mas yo os digo, que el que repudiare a su mujer, fuera de causa de fornicación” (es de­cir, por adulterio. —La palabra significa lascivia en general, ya en los casados, ya en los que no lo son—) “hace que ella adultere,” si se vuelve a casar; “Y el que se casare con la re­pudiada, comete adulterio” (vrs. 31, 32).

En estas palabras se prohíbe claramente toda clase de po­ligamia. Nuestro Señor expresamente declara que cualquie­ra mujer que se casa con otro cuando su marido vive, come­te adulterio. Igualmente, el hombre cuya esposa no ha muer­to, aunque estén divorciados—a no ser que el divorcio haya sido por causa de adulterio en cuyo caso únicamente, la Escri­tura no prohíbe en ningún lugar el casarse otra vez—y se casa otra vez, comete adulterio.

6.     Tal es la pureza de corazón que Dios exige y obra en los que creen en el Hijo de su amor. “Bienaventurados” los que de esta manera son limpios de corazón; “porque ellos verán a Dios.” El se manifestará a ellos, no sólo como no se manifiesta al mundo, sino como no se manifiesta siempre a sus criaturas. Los bendecirá con las comunicaciones más cla­ras de su Espíritu, con la más íntima “comunión del Padre y del Hijo.” Hará que su presencia vaya siempre delante de ellos y que la luz de su rostro los ilumine. La oración cons­tante de su corazón es: “Ruégote que me muestres tu gloria,” y la petición que le hacen les es concedida. Le ven por medio de la fe (el velo de la carne haciéndose, como quien dice, transparente), aun en estas sus obras más inferiores, en todo lo que está alrededor suyo; en todo lo que Dios ha criado y hecho. Lo ven en las alturas de arriba y las profundidades de abajo; lo ven llenándolo todo. Los de limpio corazón ven to­das las cosas llenas de Dios: lo ven en el firmamento de los cielos, moviéndose en el esplendor de la luna; en el sol que, como un gigante, se regocija al correr su curso. Le ven “po­niendo a las nubes por su carroza y andando sobre las alas del viento;” “preparando la lluvia para la tierra; haciendo a los montes producir hierba: el heno para las bestias y la hierba para servicio del hombre.” Ven al Creador de todas las cosas, sabiamente gobernándolo todo y “sustentando todas las cosas con la palabra de su potencia.” ¡Cuán grande es tu nombre en toda la tierra, oh Jehová, Señor nuestro!

7.     Los de limpio corazón ven más especialmente a Dios en todos los pormenores providenciales que se refieren a sus cuerpos y a sus almas. Siempre ven su mano extendida so­bre ellos para protegerlos, dándoles todas las cosas según me­dida y peso; contando los cabellos de su cabeza; estableciendo una muralla alrededor de ellos y de todo lo que poseen, y arreglando todas las circunstancias de su vida según la pro­fundidad de su sabiduría y misericordia.

8.     Empero ven a Dios de una manera más especial en sus ordenanzas, ya sea que se presenten en la gran congre­gación a tributar a Jehová “la gloria debida a su nombre” y a postrarse delante de Jehová “en la hermosura de su san­tidad,” o que “entren en sus cámaras” y allí abran sus cora­zones a su Padre “que está en secreto.” Ora escudriñen los Oráculos de Dios, ora escuchen a los embajadores de Cristo que proclaman las buenas nuevas de salvación. Ya sea que comiendo de ese pan y bebiendo de esa copa anuncien la muer­te de Cristo “hasta que venga” en las nubes del cielo. En todas estas ordenanzas que El estableció se aproximan a El tan de cerca como no se puede expresar. Lo ven, como quien dice, ca­ra a cara, y hablan con El “como un hombre habla con su ami­go;” lo cual es una preparación digna para las mansiones de arriba donde lo verán tal como El es.

9.     Mas, qué lejos estaban de ver a Dios los que habien­do oído “que fue dicho a los antiguos: No te perjurarás, mas pagarás al Señor tus juramentos” (v. 33), interpretaban es­tas palabras así: No te perjurarás cuando jures por el Se­ñor tu Dios; “pagarás al Señor” estos juramentos, pero otros juramentos no le interesan.

Así enseñaban los fariseos. No sólo permitían toda clase de juramentos en la conversación ordinaria, sino que consi­deraban el perjurio como una falta pequeña, con tal que no hubiesen jurado en el nombre especial de Dios. Nuestro Se­ñor, en este pasaje, prohíbe enteramente toda clase de ju­ramentos superfluos lo mismo que los perjurios, y muestra lo horrendo de ambos, por la misma terrible consideración de que toda criatura es de Dios, y de que El está presente en todas partes y sobre todas las cosas. “Mas yo os digo: No ju­réis en ninguna manera; ni por el cielo, porque es el trono de Dios” (v. 34); porque sería lo mismo que jurar por Aquel que se asienta sobre el círculo de los cielos. “Ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies” (v. 35), y está tan íntima­mente presente en la tierra como en el cielo. “Ni por Jerusa­lem, porque es la ciudad del gran Rey,” y Dios es bien cono­cido en sus palacios. “Ni por tu cabeza jurarás; porque no pue­des hacer un cabello blanco o negro” (v. 36); porque es muy claro que ni esto es tuyo, sino de Dios, el único que puede dis­poner de todas las cosas en el cielo y en la tierra. “Mas sea vuestro hablar, Sí, sí; No, no.”

Sea la conversación que te­néis los unos con los otros, una mera afirmación o negación (v. 37), “porque lo que es más de esto, de mal procede,” es del enemigo malo; procede del diablo y es una de las cualidades de sus hijos.

10.   Que el Señor no prohíbe aquí jurar o decir la ver­dad en un juicio cuando un magistrado nos pide que lo haga­mos, se desprende de: (1) la ocasión de esta parte de su dis­curso; el abuso que estaba denunciando, es decir: jurar en falso y los juramentos superfluos. El juramento ante un juez estaba fuera de la cuestión. (2) De las mismas palabras con que expresa su conclusión general: “Mas sea vuestro hablar, Sí, sí; No, no.” (3) De su propio ejemplo, porque El mismo contestó sobre juramento cuando se lo exigió el magistra­do. Cuando el Pontífice le dijo: “Te conjuro por el Dios vi­viente que nos digas si eres tú el Cristo, Hijo de Dios,” Jesús contestó inmediatamente y sin vacilar: “Tú lo has dicho” (es decir, tú has dicho la verdad) “y aún os digo (o más bien, sin embargo, yo os digo; que desde ahora habéis de ver al Hijo del Hombre sentado a la diestra de la potencia de Dios, y que viene en las nubes del cielo” (Mateo 26:63, 64). (4) Del ejem­plo de Dios el Padre quien, “queriendo mostrar más abun­dantemente a los herederos de la promesa la inmutabilidad de su consejo, interpuso juramento” (Hebreos 6:17). (5) Del ejemplo de Pablo, quien, según creemos, tenía el Espíritu de Dios y entendía bien lo que quiso decir el Maestro. “Testigo me es Dios,” dijo a los romanos, “que sin cesar me acuerdo de vosotros siempre en mis oraciones” (Romanos 1:9) a los corintios: “Mas yo llamo a Dios por testigo sobre mi alma, que por ser indulgente con vosotros no he pasado todavía a Corinto” (II Corintios 1:23); y a los filipenses: “Dios me es testigo de cómo os amo a todos vosotros en las entrañas de Jesucristo” (Filipenses 1:8). De lo que claramente se deduce que si el Apóstol conocía el significado de las palabras del Señor, éstas no prohibían jurar en ocasiones solemnes los unos a los otros, cuánto menos en la presencia de un magistrado. Y por último, (6) de la ascerción del gran apóstol respecto del juramento en general que no hubiera podido mencionar como cosa libre de culpa si nuestro Señor lo hubiese prohibido enteramente. “Porque los hombres ciertamente por el mayor que ellos juran,” por Uno mayor que ellos, “y el fin de todas sus controversias es el juramento para confirmación” (Hebreos 6:16).

11.   La gran lección que nuestro bendito Señor inculca aquí y que aclara con este ejemplo, es que Dios está en to­das las cosas y que debemos ver al Creador en cada criatura como en un espejo; que no debemos considerar ni usar de nada como si estuviera separado de Dios—lo que a la verdad es una especie de ateísmo práctico—sino ver, con la verdadera magnificencia del pensamiento, los cielos y la tierra y todo lo que en ellos hay, como contenidos en la palma de la mano de Dios, quien por medio de su presencia inmediata preser­va la existencia de todos, llena y mueve todo lo que existe y es, en el verdadero sentido de la palabra, el alma del uni­verso.

II.    1. Hasta aquí nuestro Señor se ha ocupado exclusi­vamente en enseñar la religión del corazón. Ha demostrado lo que deben ser los cristianos, y procede a enseñar lo que deben hacer también: cómo la justicia interior debe ejercitarse en la conducta exterior. “Bienaventurados los pacificado­res: porque ellos serán llamados hijos de Dios.”

2.     “Los pacificadores.” La palabra en el original es ?? e?????p????, y es cosa bien sabida que, en la Sagrada Escritura e????? significa toda clase de bondad, cualquiera bendición que se refiera al alma o al cuerpo, al tiempo o a la eternidad. Por consiguiente, cuando Pablo desea al principio de sus epís­tolas, gracia y paz a los romanos o a los corintios, es como si dijera: “Deseo que gocéis, como fruto de los libres, el amor y favor de Dios no merecidos; toda clase de bendiciones es­pirituales y temporales; todas las cosas buenas que Dios ha preparado para aquellos que le aman.”

3.     De lo que fácilmente podemos aprender cuán pleno es el sentido en que la palabra “pacificadores” debe tomarse.

En su significación literal se refiere a los que aman a Dios y a los que detestan y aborrecen profundamente toda clase de disputas y controversias, de diferencias y contenciones, quie­nes, por consiguiente, trabajan con todas sus fuerzas por evi­tar que se prenda este fuego del infierno, o cuando se ha pren­dido, que se esparza, o cuando se ha esparcido, que se extien­da aún más allá. Usan toda clase de medios inocentes y em­plean todas sus fuerzas, todo el talento que Dios les ha dado, bien por conservar la paz donde la hay, así como por restau­rarla donde no se encuentra. Consiste el gozo de su corazón en promover, fortalecer y desarrollar la buena voluntad en­tre los hombres y especialmente entre los hijos de Dios, por más que se diferencien en cosas de poca importancia; para que así como todos tienen “un Señor, una fe,” así corno todos “son llamados a una misma esperanza de su vocación,” de la misma manera todos anden como es digno de la vocación a que son llamados: “con toda humildad y mansedumbre; con paciencia; soportando los unos a los otros en amor; solícitos a guardar la unidad del Espíritu en el vinculo de la paz.”

4.     Empero en el sentido lato de la palabra, los pacifica­dores son aquellos que “hacen bien a todos los hombres” siem­pre que se presenta la oportunidad. Aquellos que poseídos del amor a Dios y a todo el género humano, no pueden limitar a su familia las expresiones de ese amor—a sus amigos, cono­cidos, partidos o a los que son de las mismas opiniones—ni aun a los que participan de la misma fe preciosa, sino que traspasan la línea de esos cortos círculos para hacer bien a todos los hombres; para manifestar, de un modo o de otro su amor a sus prójimos y a los extraños, a los amigos y a los enemigos. Hacen bien a todos según se presenta la ocasión, a saber, siempre que hay oportunidad; “redimiendo el tiempo” con tal fin; aprovechando todas las circunstancias, adelantan­do a cada hora sin perder un solo momento en el cual pueden hacer bien a los demás. No sólo hacen cierta clase de bien, sino el bien en general de todas las maneras posibles; emplean­do en ello todas sus habilidades de cualquiera clase que sean; todo su poder y facultades de alma y cuerpo; toda su for­tuna, sus intereses, su reputación. Deseando solamente que cuando su Señor venga, les diga: “Bien hecho, buen siervo y fiel.”

5.     Hacen el bien hasta donde les alcanzan sus fuerzas, y aun corporalmente. Se deleitan en partir su pan con el ham­briento y en cubrir al desnudo. ¿Es un extraño? Le hospedan y le favorecen conforme a sus necesidades. ¿Están algunos enfermos o en la cárcel? Los visitan, llevándoles la ayuda que más necesitan. Y todo esto lo hacen no como a los hombres, sino acordándose de Aquel que dijo: “En cuanto lo hicis­teis a uno de estos mis hermanos pequeñitos, a mí lo hi­cisteis.”

6.     ¡Cuánto más se regocijan cuando pueden hacer bien al alma de algún hombre! Este poder, a la verdad, pertenece a Dios. El es el único que puede convertir el corazón, sin la cual conversión cualquiera otro cambio es más vano que la misma vanidad. Sin embargo, Aquel que obra todo en todas las cosas, se complace en ayudar al hombre principalmente por medio del hombre; en comunicar su poder, su bendición y amor a cualquier hombre por medio de otro hombre. Por consiguiente, si bien es cierto que la ayuda se encuentra en la tierra porque Dios la da, no hay necesidad de que ningún hombre este ocioso en su viña

Los pacificadores no pueden estar sin quehacer. Siempre están ocupados en la viña como otros tantos instrumentos en manos de Dios, preparando el terreno para que el Maestro lo use, o sembrando la semilla del reino; regando lo que ya está sembrado, por si afortunadamente Dios da el crecimiento. Usan de toda diligencia—según la medida de gracia que han recibi­do—ya en reprender a los pecadores inconversos, en salvar a aquellos que marchan descuidados por la vía de la destruc­ción; ya en dar luz a los que habitan en tinieblas y están a punto de perecer por falta de conocimiento, o en consolar a los de poco ánimo, en alzar las manos caídas y las rodillas dé­biles o en traer lo que estaba estropeado y tirado fuera del ca­mino. No tienen menos celo en confirmar a los que ya están procurando entrar por la puerta angosta; en fortificar a los que ya están listos para correr con paciencia la carrera que les es propuesta; en afirmar en su santa fe a los que cono­cen a Aquel en quien han creído, exhortándoles a desarrollar el don que hay en ellos, para que creciendo diariamente en gracia, “les sea abundantemente administrada la entrada en el reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.”

7.    “Bienaventurados” los que de esta manera se ocupan constantemente en obras de fe y de amor, “porque ellos se­rán llamados,” es decir, ellos serán (un hebraísmo muy co­mún) “hijos de Dios.” El Señor continuará dándoles el Es­píritu de adopción. Más aún, lo derramará muy abundante­mente en sus corazones; los bendecirá con todas las bendiciones de sus hijos; los reconocerá como sus hijos ante los án­geles y los hombres; y “si hijos, también herederos: herede­ros de Dios y coherederos con Cristo.”

III.   1. Cualquiera se figuraría que una persona como la que acabamos de describir, tan llena de verdadera humil­dad, tan sinceramente seria, tan apacible y amable, tan li­bre de todo designio egoísta, tan devota a Dios, tan amante de los hombres debiera ser muy querida por el género hu­mano. Pero nuestro Señor conocía mejor la naturaleza hu­mana en su estado actual y por consiguiente, concluye la des­cripción del carácter de semejantes personas, diciendo qué clase de trato deben esperar en el mundo. “Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia: por­que de ellos es el reino de los cielos.”

2.     A fin de entender esto perfectamente, investiguemos, en primer lugar, quiénes son los que sufren persecución. Es­to podremos fácilmente aprender de Pablo: “Empero, como entonces el que era engendrado según la carne, perseguía al que había nacido según el Espíritu, así también ahora” (Gá­latas 4:29). “Y también,” dice el Apóstol, “todos los que quieren vivir píamente en Cristo Jesús, padecerán persecu­ción” (II Timoteo 3: 12). Lo mismo nos enseña Juan: “Her­manos míos, no os maravilléis si el mundo os aborrece. Nos­otros sabemos que hemos pasado de muerte a vida, en que amamos a los hermanos” (I Juan 3: 13, 14). Como si hubiera dicho: los hermanos, los cristianos, no pueden ser amados sino por aquellos que han pasado de muerte a vida.

Y nues­tro Señor Jesucristo dijo muy claramente: “Si el mundo os abo­rrece, sabed que a mí me aborreció antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo, mas porque no sois del mundo...por eso os aborrece el mundo. Acordaos de la palabra que yo os he dicho: No es el siervo mayor que su Señor. Si a mí me han perseguido, también a vosotros per­seguirán” (Juan 15: 18-20).

De todos estos pasajes de la Escritura, se deduce clara­mente quiénes son los perseguidos, a saber: los justos; los que son “nacidos del Espíritu;” todos los que quieren vivir pía­mente en Cristo Jesús; los que “han pasado de muerte a vida;” los que no “son del mundo;” todos los que son mansos y hu­mildes de corazón; que desean a Dios; que tienen hambre de su semejanza. Todos los que aman a Dios y a su prójimo, y quienes, por consiguiente, hacen bien a todos los hombres según se presenta la oportunidad.

3.     Si se preguntase, en segundo lugar: ¿por qué se les persigue? la contestación sería igualmente clara y obvia: es “por causa de la justicia;” porque son justos; porque son na­cidos del Espíritu Santo; porque quieren vivir “píamente en Cristo Jesús;” porque “no son del mundo.” Por más que se diga, esta es la verdadera causa; por pocas o muchas que sean sus debilidades, sin embargo, si no fuera por esto, los sopor­tarían y el mundo amaría lo suyo.

Se les persigue porque son pobres en espíritu, es decir, — dice el mundo—almas pobres en espíritu, ruines, tímidas, bue­nas para nada, indignas de vivir en el mundo porque lloran. Son tan lerdas, torpes, pesadas, que luego abaten el espíritu de cualquiera persona que las ve. Son meros espantajos que ahu­yentan la inocente alegría y destruyen el contento dondequiera que se presentan. Son seres mansos, bobos, inertes y dignos sólo de ser pisoteados porque tienen hambre y sed de justicia. Son un puñado de fanáticos medio dementes que buscan lo que no saben; quienes no se contentan con una religión ra­cional, sino que buscan como locos los transportes y movi­mientos del alma. Son misericordiosos, amantes de todo el mundo, amantes de los inicuos y de los mal agradecidos; ani­man toda clase de maldad y aun tientan a la gente a hacer lo malo impunemente. Hombres quienes, es de temerse, aún tienen que buscar su propia religión; muy débiles en sus prin­cipios porque son limpios de corazón—gente sin caridad que condena a todo el mundo, excepto a los de su modo de pensar; miserables blasfemos, que pretenden hacer aparecer a Dios como un mentiroso, y que viven sin pecar. Sobre todo se les persigue porque son pacificadores; porque se aprovechan de cuanta oportunidad se presenta para hacer bien a todos los hombres.

Esta es la gran razón por la que se les ha perseguido en todas las épocas, y así será hasta que todas las cosas sean res­tituidas Si limitasen su religión a ellos mismos, se les po­dría tolerar, pero lo que no se puede aguantar es esta propa­gación de sus errores, esta contaminación de los demás. Causan tantos perjuicios en el mundo, que ya no se les puede sufrir. Es verdad que hacen algunas cosas buenas, como ali­viar las necesidades de los pobres, pero aun esto es sólo con el fin de conquistar mayor número para su partido y por con­siguiente, hacer mayores perjuicios Así piensan y hablan con toda sinceridad los hombres del mundo. Mientras más prevalece el reino de Dios, mejor pueden los pacificadores propagar la humildad, la mansedumbre y todas las otras virtudes divi­nas, y en consecuencia, se hacen más perjuicios. Por lo tanto, más se encolerizan los hombres contra ellos y los persiguen con mayor vehemencia.

4.     Preguntemos, en tercer lugar, ¿quiénes son los per­seguidores? Pablo contesta: “los que son nacidos de la car­ne;” todos los que no son “nacidos del Espíritu,” o al menos, que no desean serlo. Todos los que ni siquiera procuran “vi­vir píamente en Cristo Jesús.” Todos los que no “han pasado de muerte a vida,” y quienes, por consiguiente, no pueden “amar a los hermanos;” “el mundo,” es decir, según las pala­bras de nuestro Salvador: aquellos que no “conocen al que me envió;” los que no conocen a Dios, al Dios que ama y perdona, por medio de la enseñanza de su Espíritu.

La razón es obvia: el espíritu del mundo está diametral­mente opuesto al Espíritu que es de Dios. Es preciso, por lo tanto, que los que son del mundo se opongan a aquellos que son de Dios. Existe entre ellos la más completa diferencia de opiniones, deseos, designios y disposiciones, y hasta ahora, el leopardo y el cabrito no pueden echarse juntos en paz. El soberbio, por la misma razón que es soberbio, no puede dejar de perseguir al humilde; el ligero y alegre al que llo­ra. Y así todos los demás, siendo la disimilitud de disposi­ciones, si es que no existe otra, un motivo de enemis­tad perpetua. Por consiguiente, aun cuando esta fuera la única causa, los hijos del diablo habrán de perseguir a los hijos de Dios.

 

5.     Si se pregunta, en cuarto lugar, ¿cómo los persegui­rán? se puede contestar en general que de la manera y hasta donde Aquel que tan sabiamente dispone todas las cosas lo crea conveniente para su gloria, para el desarrollo de sus hi­jos en la gracia y el establecimiento de su reino. Ninguna parte del gobierno divino del universo es tan admirable co­mo ésta. Nunca se carga su oído con las amenazas de los per­seguidores, ni las quejas de los perseguidos. Sus ojos están siempre abiertos y su mano extendida para dirigir los por­menores más insignificantes de la vida. Su sabiduría infalible determina cuándo ha de desatarse la tempestad, hasta dónde ha de rugir, qué dirección ha de seguir, cómo y cuándo ha de aplacarse. Los malos sólo son su espada: el instrumento que usa según le place y el cual, una vez obtenidos los fines de su providencia, se arroja en el fuego.

En tiempos especiales, como cuando el cristianismo se es­tableció primeramente y estaba echando raíces en la tierra; como cuando la doctrina pura de Cristo se empezó a enseñar otra vez en nuestra nación, Dios permitió que se levantase muy alta la tempestad y que sus hijos fuesen llamados a re­sistir hasta la sangre. La permitió en contra de sus apóstoles por una razón muy especial, para que su testimonio fuese más excepcional. Pero en los anales de la Iglesia encontramos otra razón muy diferente, por la que permitió las terribles perse­cuciones que se desataron en el tercero y cuarto siglos, a sa­ber: porque “el misterio de la iniquidad” obraba con tanto poder; por las corrupciones monstruosas que ya enton­ces prevalecían en la Iglesia, las que Dios castigó y al mis­mo tiempo trató de remediar con visitas tan severas como necesarias.

Tal vez pueda hacerse la misma observación respecto de la persecución en nuestra patria. Muy misericordioso se ha­bía mostrado Dios para con nuestra nación. Había derramado abundantes bendiciones sobre nosotros; nos había dado que gozásemos de paz interior, y con las potencias extranjeras. Teníamos un rey más bueno y sabio de lo que podía esperarse siendo joven y sobre todo, había hecho que la luz pura de su Evangelio se levantase entre nosotros para alumbrarnos. ¿Qué recompensa obtuvo? Esperaba justicia, “y he aquí cla­mor,” un clamor de opresión e injusticia, de ambición y mal­dad, de malicia, fraude y codicia. El grito de aquellos que aun entonces expiraban en medio de las llamas, llegó a los oídos del Señor de los ejércitos. Entonces fue cuando se levantó Dios a sostener su causa en contra de aquellos que detenían la verdad con injusticia. Entonces les vendió en manos de los perseguidores, en juicio mezclado con misericordia—aflic­ción que fue un castigo y al mismo tiempo una medicina para curar las graves recaídas de su pueblo.

6.   Empero rara vez permite Dios que la tormenta lle­gue al extremo de causar la tortura, la muerte, las cadenas o la prisión; mientras que, por otra parte, frecuentemente lla­ma a sus hijos a sufrir la persecución en menor grado. A me­nudo sus parientes se separan de ellos, sufren la pérdida de las amistades más queridas, descubren cuán ciertas son las palabras del Señor respecto del hecho, si no del designio de su venida. “¿Pensáis que he venido a la tierra a dar paz? No, os digo; mas disensión” (Lucas 12:51). De lo que naturalmente se sigue la pérdida en los negocios o del empleo, y por consiguiente, de los recursos. Todos estos pormenores, sin embargo, están bajo la sabia dirección de Dios, que a cada uno da lo que más le conviene.

7.     La persecución que alcanza a todos los hijos de Dios, es la que nuestro Señor describe en las palabras siguientes: “Bienaventurados sois, cuando os vituperaren y os persi­guieren,” cuando os persiguieren vituperándoos, “y dijeren de vosotros todo mal por mi causa, mintiendo.” Esto no pue­de dejar de ser, es la señal de nuestro discipulado; es uno de los sellos de nuestro llamamiento; es una herencia legada a todos los hijos de los hombres. Si no la tenemos, somos bastardos y no hijos. La vía del reino está trazada a través de la mala opinión, lo mismo que de la buena. Los mansos, los serios, los humildes, los amantes celosos de Dios y de los hom­bres gozan entre sus hermanos de buena reputación, pero ésta es mala en el mundo, que los considera y trata corno “la hez del mundo y el desecho de todos.”

8.     A la verdad, muchos han supuesto que antes de la conversión de todos los gentiles, cesará el escándalo de la cruz; que Dios hará que aun aquellos que todavía permanecen en sus pecados, amen y estimen a los cristianos. Y ciertamente que aun en estos tiempos, algunas veces suspende el despre­cio y la furia de los hombres; hasta a sus enemigos pacifica con él por un tiempo, y hace que encuentre gracia aun con sus más encarnizados perseguidores. Pero con excepción de este caso, el escándalo de la cruz no ha cesado, sino que se puede decir aún: Si yo agradara a los hombres, no sería siervo de Cristo. Que nadie crea esa agradable sugestión—agradable indudablemente a la carne y la sangre—que: “Los hombres malos sólo pretenden aborrecer y despreciar a los buenos, pe­ro en realidad de verdad los aman y estiman en sus corazones.” Nada de eso. Algunas veces podrán emplearlos, pero es en su propio provecho. Les tendrán confianza porque saben que sus costumbres no son como las de otros hombres; sin em­bargo, no los aman, a no ser hasta cierto punto, debido a que el Espíritu de Dios lucha con ellos.

Las palabras de nuestro Salvador son muy claras: “Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; mas porque no sois del mundo, por eso os abo­rrece el mundo.” Más aún, haciendo a un lado las excepcio­nes que puedan resultar de la gracia preveniente de Dios, o de la providencia especial de Dios, los aborrece tan sincera e intensamente como aborreció a su Maestro.

9.     Réstanos tan sólo preguntar: ¿Qué conducta deben observar los hijos de Dios respecto de la persecución? En primer lugar, no deben acarrearla sobre sí a propósito o a sabiendas, lo que sería contrario al ejemplo y a los consejos de nuestro Señor y sus apóstoles, quienes nos enseñan que lejos de buscar la persecución debemos evitarla hasta donde podamos sin perjuicio de nuestra conciencia; sin abandonar en lo mínimo esa justicia que debemos preferir más que a la misma vida. Así dice nuestro Señor expresamente: “Cuan­do os persiguieren en esta ciudad, huid a la otra,” el cual modo de evitar la persecución es el mejor cuando se puede poner en práctica.

10.   Sin embargo, no os figuréis que la podréis evitar siempre de esta o de otra manera. Si alguna vez os viene ese pensamiento ocioso, ahuyentadlo con aquella ferviente amo­nestación: “Acordaos de la palabra que yo os he dicho: no es el siervo mayor que su Señor...Si a mí me han perseguido, también a vosotros perseguirán; sed, pues, prudentes como serpientes, y sencillos como palomas.” Pero, ¿os protegerá esto de la persecución? De ninguna manera, a no ser que ten­gáis más prudencia que vuestro Maestro o seáis más inocen­tes que el Cordero de Dios.

No deseéis tampoco evitar ni escapar de ella por com­pleto, porque si así lo hiciereis no sois de los suyos. Si esca­páis la persecución perdéis la bendición, la bendición que reciben los que son perseguidos por causa de El. Si no os per­siguen por causa de la justicia, no podréis entrar en el reino de los cielos; “si sufrimos, también reinaremos con él; si ne­gáremos, él también nos negará.”

11.   Al contrario, “gozaos y alegraos,” cuando os persi­guieren por su causa, cuando os persiguieren con injurias y “dijeren de vosotros todo mal…mintiendo,” lo que no de­jarán de añadir a toda clase de persecución. Os calumnia para disculparse a sí mismos, “porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros,” a los que fueron eminentemente santos de corazón y de vida; más aún, a to­dos los justos que han existido desde el principio del mundo. Gozaos, puesto que por medio de esta señal sabéis a quién pertenecéis y porque “grande es vuestra recompensa en el cielo,” la recompensa comprada con la sangre del pacto, y li­bremente otorgada en proporción tanto a vuestros sufrimien­tos como a la santidad de vuestro corazón y vida. “Gozaos y alegraos,” sabiendo que “lo que al presente es momentáneo y leve de nuestra tribulación, nos obra un sobremanera alto y eterno peso de gloria.”

12.   Mientras tanto, no permitáis que ninguna clase de persecución os desvíe del camino de la humildad y la man­sedumbre. “Oísteis,” a la verdad, “que fue dicho a los an­tiguos: ojo por ojo, diente por diente;” y vuestros miserables maestros os han permitido, por consiguiente, que os venguéis, que devolváis mal por mal. “Mas yo os digo, no resistáis al mal;” no lo resistáis de ese modo, devolviendo lo mismo, sino que en lugar de hacer esto, “a cualquiera que te hiriere en tu mejilla diestra, vuélvele también la otra. Y al que quisiere ponerte a pleito y tomarte tu ropa, déjale también la capa, y cualquiera que te cargare por una milla, ve con él dos.”

Que tu mansedumbre sea invencible, y tu amor cual co­rresponde a esa humildad. “Al que te pidiere, dale; y al que quisiere tomar de ti prestado, no se lo rehúses.” Sólo que no debes dar lo que pertenece a otro, lo que no es tuyo. Por con­siguiente: (1) Procura no deber nada a nadie, porque lo que debes no es tuyo, sino de otro. (2) Provee para los de tu fa­milia, Dios te lo ha mandado, y lo que se necesite para man­tenerlos y educarlos, tampoco es tuyo. (3) Después da o pres­ta lo que te sobre de día en día, o de año en año, teniendo pre­sente que no puedes dar o prestar a todos, y que debes acor­darte, primeramente, de los que son de la casa de la fe.

13.   Nuestro bendito Señor describe más extensamente en los versículos siguientes, la humildad y el amor que debe­mos sentir, la amabilidad que debemos usar para con aquellos que nos persiguen por causa de la justicia. ¡Ojalá estuvieran grabadas sus palabras en nuestros corazones! “Oísteis que fue dicho: amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo” (Mateo 5: 43).

Dios, a la verdad, había dicho la primera parte solamente: “Amarás a tu prójimo;” los hijos del diablo añadieron la se­gunda: “y aborrecerás a tu enemigo.” “Mas yo os digo: (1) Amad a vuestros enemigos,” procurad tener buena voluntad a los que más predispuestos estén en contra de vosotros; que os deseen toda clase de males. (2) “Bendecid a los que os maldicen.”

¿Hay algunos cuya dureza de genio se deja sen­tir en sus palabras amargas, que constantemente os maldicen y os reprochan en vuestra presencia y dicen toda clase de mal en contra de vosotros, cuando estáis ausentes? Bendecidlos tanto más. Al conversar con ellos, procurad usar de un lenguaje afable y cariñoso; corregidlos, dándoles una buena lección, enseñándoles cómo debieron haber hablado, y al ha­blar de ellos, decid todo lo bueno que podáis sin faltar a la ver­dad o a la justicia. (3) “Haced bien a los que os aborrecen,” que vuestras obras demuestren que sois tan sinceros en vues­tro amor como ellos en su odio. Devolved bien por mal, “no seas vencido de lo malo; mas vence con el bien el mal.”

(4) Si no podéis hacer más, al menos, “orad por los que os ultrajan y os persiguen.” Nunca perderéis la facultad de hacer esto, ni pueden ellos evitarlo con su malicia y vio­lencia. Orad a Dios en lo más íntimo de vuestras almas, no sólo por los que hicieron esto una vez y ahora están arrepen­tidos, eso es cualquiera cosa. “Si siete veces al día tu hermano se volviere a ti, diciendo: pésame” (Lucas 17:4); es decir, si después de muchas ofensas, te da buenas razones para creer que ha cambiado verdadera y completamente, entonces le per­donarás de tal manera que confíes en él; lo abrazarás como si nunca hubiese pecado en contra de ti. Pero ora a Dios, lucha con Dios por aquellos que no se han arrepentido, que te calum­nian y te persiguen, perdónalos “no hasta siete, mas aun hasta setenta veces siete” (Mateo 18: 22). Ya sea que se arrepientan o no, ya sea que parezcan estar más y más lejos del arrepenti­miento, mostradles este ejemplo de amabilidad “para que seáis hijos,” para que probéis que sois los verdaderos hijos “de vuestro Padre que está en los cielos”—quien muestra su bon­dad derramando tales bendiciones sobre sus peores enemigos, hasta donde éstos pueden recibirlas—”Que hace que su so1 sal­ga sobre malos y buenos, y llueve sobre justos e injustos. Por­que si amareis a los que os aman ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen también lo mismo los publicanos?” (Mateo 5:46)—los que no pretenden ser religiosos, quienes según vosotros mismos sabéis, viven sin Dios en el mundo. “Y si abrazareis a vuestros hermanos solamente,” vuestros amigos o vuestro pa­rientes, si les mostráis afabilidad de palabra o en obras, “¿qué hacéis de más” que aquellos que no tienen ninguna religión? “¿No hacen también así los Gentiles?” (Mateo 5: 47). Seguid, pues, un ejemplo mejor que el de ellos en paciencia, en sufri­miento, en misericordia, en toda clase de beneficencia para con todos los hombres, aun para vuestros perseguidores más encarnizados. “Sed” cristianos “perfectos,” en tipo, ya que no en grado, “como vuestro Padre que está en los cielos es per­fecto” (Mateo 5:48).

IV.  ¡He aquí el cristianismo en su forma primitiva, como salió de los labios de su gran Autor! Esta es la religión genuina de Jesucristo. Así la presenta a quien tiene los ojos abiertos. Es la descripción de Dios hasta donde puede ser imitado por el hombre: descripción que Dios mismo hace. “¡Mirad, oh menospreciadores, y entonteceos, y desvaneceos!” O más bien, ¡admiraos y adorad! Exclamad más bien: ¿Es esta la religión de Jesús el Nazareno, la religión que he perse­guido? No permita Dios que siga yo luchando en su contra. Señor, ¿qué quieres que haga? ¡Qué belleza tan completa se revela! ¡Qué simetría tan perfecta! ¡Qué proporciones tan exactas en todas y cada una de las partes! ¡Qué deseable es la felicidad que aquí se describe! ¡Qué venerable, qué amable es la santidad! Este es el genio del cristianismo: su misma esen­cia. A la verdad, estas son las bases del cristianismo. Plazca a Dios que seamos no sólo oidores, semejantes al hombre que considera en un espejo su rostro natural y se ve, y luego se olvida qué tal era, sino que miremos atentamente en la per­fecta ley que es de la libertad y que perseveremos en ella. No descansemos sino hasta que todas y cada una de sus partes queden escritas en nuestros corazones; velemos, oremos, crea­mos, amemos, luchemos, hasta que todas sus partes aparezcan en nuestra alma, grabadas por el dedo de Dios; hasta que sea­mos santos, como también Aquel que nos ha llamado es santo; perfectos, como nuestro Padre que está en los cielos es per­fecto.

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 SERMON 23 - John Wesley

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Matthew Henry