" Los Isrealitas atravesaron el Jordan y se establecieron en la tierra prometida en su ultimo campamento (Campamento No. 42) al final del exodo , lo cual nos indica simbolicamente la libertad y conquista a la que esta llamada la iglesia al salir de la religión a una vida de libertad, en una relación directa, vital y real con Cristo Jesús; Cristo es símbolo de la tierra promedita y la herencia de los hijos de Dios.

10 de febrero de 2013

YO PUES OS ASIGNO UN REINO


 
Davis y Clark

Lucas 22:14-30   Juan 13:1-17

Tendemos a caracterizar los capítulos y versículos de la Biblia por medio de sus énfasis. Llamamos a Hebreos 11 el capítulo de la fe, y 1 Corintios 13, el capítulo del amor. Desde nuestra óptica, Lucas 22 y Juan 13 deberían ser llamados los “capítulos de la autoridad”, si bien aquellos que hoy enseñan autoridad raramente se refieren a ellos. En vez de eso ellos se basan en enseñanzas del viejo pacto. Después de leer estos pasajes usted se preguntará qué tienen que ver ellos con la autoridad.

Lo que nosotros no captamos aquí es que nosotros todavía vemos a la autoridad como el mundo la ve. La palabra autoridad aparece solamente una vez en estos capítulos y en una forma negativa. Sin embargo, el fundamento de la autoridad del reino se establece y se demuestra a través de ellos. Estos capítulos registran eventos en el aposento alto que llevaron a Jesús a proclamar a sus discípulos aquello de “Yo, pues, os asigno un reino”.

La razón va a argumentar que esto necesariamente implica que a ciertas personas en la Iglesia se les ha dado autoridad para presidir por sobre la congregación. Así funciona la lógica natural. Pero si el reino de Cristo no es el ejemplo de gobierno en este mundo, el cual sirve como un modelo para virtualmente cada diseño mental de autoridad, entonces ¿qué es Su reino, o de acuerdo a qué modelo se basa? ¿Cuál es la naturaleza del reino que Jesús les dio a los doce? Para entender esto debemos tomar las palabras de Cristo “Yo, pues, os asigno un reino”, en su contexto. Estas palabras no se sostienen por sí mismas.

Revisar los eventos que llevaron a esta declaración es crucial para que entendamos esto. Debemos ir al aposento alto con Jesús y sus discípulos y ver los eventos que llevaron a esa proclamación. Allí descubriremos que el edicto de este reino fue dicho en respuesta a un argumento que surgió entre los discípulos mientras ellos estaban reclinados en la mesa.

Para tener una visión más amplia de lo que pasó en el aposento alto, armonizaremos lo dicho en Lucas y Juan. Es importante que usted lea estos capítulos completamente para tener una mejor perspectiva.

Lucas empieza así:

Cuando era la hora, se sentó a la mesa, y con él los apóstoles. Y les dijo: ¡Cuánto he deseado comer con vosotros esta pascua antes que padezca! Porque os digo que no la comeré más, hasta que se cumpla en el reino de Dios. Y habiendo tomado la copa, dio gracias, y dijo: Tomad esto, y repartidlo entre vosotros; porque os digo que no beberé más del fruto de la vid, hasta que el reino de Dios venga. Y tomó el pan y dio gracias, y lo partió y les dio, diciendo: Esto es mi cuerpo, que por vosotros es dado; haced esto en memoria de mí. De igual manera, después que hubo cenado, tomó la copa, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que por vosotros se derrama. Mas he aquí, la mano del que me entrega está conmigo en la mesa. A la verdad el Hijo del Hombre va, según lo que está determinado; pero ¡ay de aquel hombre por quien es entregado! Entonces ellos comenzaron a discutir entre sí, quién de ellos sería el que había de hacer esto. Hubo también entre ellos una disputa sobre quién de ellos sería el mayor.

Pero él les dijo: Los reyes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que sobre ellas tienen autoridad son llamados bienhechores; mas no así vosotros, sino sea el mayor entre vosotros como el más joven, y el que dirige, como el que sirve. Porque, ¿cuál es mayor, el que se sienta a la mesa, o el que sirve? ¿No es el que se sienta a la mesa? Más yo estoy entre vosotros como el que sirve. Pero vosotros sois los que habéis permanecido conmigo en mis pruebas. Yo, pues, os asigno un reino, como mi Padre me lo asignó a mí, para que comáis y bebáis a mi mesa en mi reino, y os sentéis en tronos juzgando a las doce tribus de Israel. (Luc. 22:14-30)

Es importante recordar que muchos creen que el evangelio de Juan - el cual fue escrito mucho después que los otros - fue escrito para incluir cosas que fueron dejadas de lado en las narraciones de los otros evangelios. Llenando lo huecos, Juan escribió:

Antes de la fiesta de la pascua, sabiendo Jesús que su hora había llegado para que pasase de este mundo al Padre, como había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin.

Y cuando cenaban, como el diablo ya había puesto en el corazón de Judas Iscariote, hijo de Simón, que le entregase, sabiendo Jesús que el Padre le había dado todas las cosas en las manos, y que había salido de Dios, y a Dios iba, se levantó de la cena, y se quitó su manto, y tomando una toalla, se la ciñó. Luego puso agua en un lebrillo, y comenzó a lavar los pies de los discípulos, y a enjugarlos con la toalla con que estaba ceñido. Entonces vino a Simón Pedro; y Pedro le dijo: Señor, ¿tú me lavas los pies? Respondió Jesús y le dijo: Lo que yo hago, tú no lo comprendes ahora; mas lo entenderás después. Pedro le dijo: No me lavarás los pies jamás. Jesús le respondió: Si no te lavare, no tendrás parte conmigo. Le dijo Simón Pedro: Señor, no sólo mis pies, sino también las manos y la cabeza. Jesús le dijo: El que está lavado, no necesita sino lavarse los pies, pues está todo limpio; y vosotros limpios estáis, aunque no todos. Porque sabía quién le iba a entregar; por eso dijo: No estáis limpios todos. Así que, después que les hubo lavado los pies, tomó su manto, volvió a la mesa, y les dijo: ¿Sabéis lo que os he hecho? Vosotros me llamáis Maestro, y Señor; y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros. Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis. De cierto, de cierto os digo: El siervo no es mayor que su señor, ni el enviado es mayor que el que le envió. Si sabéis estas cosas, bienaventurados seréis si las hiciereis. (Jn 13:1-17)

Vamos a considerar lo que recién leímos. El gran deseo de Cristo de compartir esta cena con Sus discípulos, que se evidencia en ambos evangelios, es muy significativo. Esto es algo que El ha venido esperando, con gran deseo, por mucho tiempo; lo cual implica que este evento fue previamente planeado en la eternidad. La palabra griega usada por Lucas para describir la intensidad del deseo de Cristo, es traducida pasión 31 veces y concupiscencia 3 veces por los traductores de la versión inglesa del Rey Jaime. (King James). Esto nos da una idea de la intensidad detrás de las palabras de Cristo: “¡Cuánto he deseado comer con vosotros esta pascua…!” Sin lugar a dudas esta cena en particular fue planeada en los cielos para enseñar algo que Jesús grandemente deseaba que sus discípulos entendieran.

En Juan 13:1, encontramos más indicios de esto. “…como había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin” (griego telos). ¿Qué significa esto? Ciertamente este no era el fin. La obra necesaria de la redención en la cruz aun no se había cumplido. El Cordero de Dios aun no había sido inmolado. La proclamación emancipadora “Consumado es” aun no se había pronunciada desde la cruz. ¿Qué pudo haber significado esto de “… los amó hasta el fin”?

La respuesta se encuentra en la definición de la palabra griega telos. W. E. Vine explica, “Telos significa… el asunto o resultado final de un estado o proceso… el punto máximo de un hecho…” Telos es el resultado final y la ultima expresión de una cosa. Jesús intensamente deseaba enseñar a sus discípulos la finalidad para la cual se relacionaban todas estas cosas. Con esto coronaría su acto final de servicio antes del tiempo de su sufrimiento. Los amó hasta el fin, en su máxima capacidad y haciendo esto, redefinió, para todas las generaciones, el Reino y sus autoridades. En ese aposento alto, Jesús demostró el reino, el cual El estaba por asignar a sus discípulos. Para entender completamente ese reino, primero debemos entender el reino que Dios asignó a Cristo, porque Jesús dijo: “Yo, pues, os asigno un reino, como mi Padre me lo asignó a mí…” ¿Así que, qué fue lo que hizo el Rey del Reino de Dios en presencia de los discípulos? Tomó la forma de siervo y lavó sus pies. Jesús estaba demostrando la naturaleza de su reino eterno ante ellos. Vamos a continuar teniendo este reino en mente.

Esta cena pascual empezó como de costumbre; por medio de la Cabeza de todos tomando la copa, y diciendo unas palabras. La aplicación que Jesús hizo no tenía sentido. Enseñó que el vino y el pan de esta antigua y tradicional cena representaban su cuerpo y su sangre, la cual pronto sería entregada y derramada por ellos. Sorprendentemente, mientras El estaba hablando de este gran misterio de humilde y obedientemente poner su vida por ellos, una disputa surgió entre sus discípulos. Ellos estaban discutiendo sobre si quién sería el mayor. Ellos evidentemente no oyeron ninguna de las palabras que Jesús estaba diciendo. El compartía los símbolos de una vida que iba a ser entregada por ellos mientras ellos discutían sobre si quién merecía las primeras sillas en sala de Su trono eterno.

¿Realmente ha cambiado algo de esto hoy en día? Si bien no abiertamente, tal asunto todavía encoleriza al pueblo de Dios. Tal ambición todavía obstruye el humilde servicio entre el pueblo de Dios, y, como un oscuro velo, esconde el verdadero significado del evangelio del reino de Dios para que el mundo no lo vea. ¿Cuán a menudo es ignorado el sacrificio de Jesús, o se habla mal de ello, debido a las manipulaciones eclesiásticas por posición y poder? Jesús se dirigió con respecto a esta ambición en sus discípulos diciéndoles que ellos tenían un mal ejemplo de autoridad y que no gobernarían como los reyes de los gentiles, como ellos suponían, sino que el mayor entre ellos sería exactamente como EL había sido ante sus ojos, el siervo de todos. El siervo no es mayor que su Maestro.

Como era costumbre, en la siguiente parte de esta cena ceremonial, la Cabeza de la casa se levantaba y se lavaba las manos como una muestra de piedad. Evidentemente, Jesús vio esta ocasión como el momento perfecto para demostrar aun más su punto. Se levantó de la mesa para lavarse, pero se quitó su manto y se puso la toalla de un siervo. Las cosas estaban desviándose radicalmente fuera de lo normal, y se iba a poner aun más extraño. Jesús llenó una palangana con agua y empezó a lavar los pies de los discípulos. Esto no tenía sentido. Las cabezas de familias simplemente no se inclinaban para hacer tareas tan bajas. Los siervos de la casa hacían este trabajo. ¿Qué es lo que estaba haciendo Jesús? ¿Estaba El deliberadamente tratando de ofender a sus discípulos? No.

El estaba demostrándoles la clase del reino que el Padre le había dado a EL. La reacción de Pedro de alguna manera refleja el punto de vista de todos los discípulos. El claramente no entendía lo que Jesús estaba haciendo y abiertamente manifestó su inconformidad. Pedro tal vez rápidamente se hubiese sometido si es que Jesús se hubiese puesto la capa de un rey e insistiera que otros se inclinen ante El a su servicio, pero esta toalla de siervo, y el asunto de lavarle los pies… ¡de ninguna manera! Puso en sus pensamientos aquello de lo cual el reino de Dios está en total desacuerdo.

¡Dios no permita que Pedro permita tal comportamiento! “¡No me lavarás los pies jamás!” exclamó, tal vez incómodo con el pensamiento de ver a su Señor realizando esa tarea indigna. ¡El no se prestaría a eso! El simplemente se negó a tener parte en algo tan humillante para la dignidad y rango del Mesías y de Su Reino. Todo el mundo sabía que el Mesías vendría como un León conquistador y que pulverizaría al aguila de Roma, ¡pero nunca vendría inclinándose y lavando pies como un simple esclavo de casa! La respuesta de Cristo al testarudo rechazo de Pedro fue aún más perpleja.

“Si no te lavare, no tendrás parte conmigo”. ¿Alguna vez se ha preguntado por qué Cristo dijo tal cosa? ¿Por qué descalificaría a Pedro su rechazo a que Jesús le lave los pies? ¿Después de todo lo que pasaron juntos, Pedro iba ahora a ser dejado de lado por rehusarse a poner sus pies en la palangana? ¿No parece esto ser un poco severo? No, no realmente.

Cuando consideramos que eso es la representación exacta del Espíritu y propósito detrás de la vida y ministerio de Jesús, podemos entender mejor Su insistencia en que Pedro se integre al asunto. Más aun, nadie puede tener parte con Jesús si no comprende en realidad lo que este acto de lavar los pies realmente representa en cuanto a compañerismo y participación. ¡Piense en esto! Si él, por medio de quien todas las cosas fueron creadas, se humilló a así mismo y se hizo Siervo de Su creación, ¿cómo deberíamos vivir nosotros que somos meras criaturas? El tomó la toalla de un siervo. ¿Debemos nosotros malgastar nuestras vidas pretendiendo encaminarnos hacia posiciones más elevadas? Pregúntese esto mientras consideramos de nuevo las palabras de Cristo a Pedro. “Si no te lavare, no tendrás parte conmigo.”

La palabra griega por tendrás en este pasaje, se refiere a personas unidas por los lazos naturales de sangre, matrimonio, o amistad. Denota estar bien unido a una persona o cosa. Habla de la base de una unión. La palabra griega traducida como parte es meros, que significa una parte debida o asignada a alguien; un lote, o destino. Jesús estaba diciendo “Si no te lavo los pies, no puedes estar unido a mi en compañerismo, o compartir mi propósito y destino”. ¿Por qué? Pedro se hubiese ido arrogantemente por un camino, mientras que Jesús se hubiese ido humildemente por otro. “Lo que yo hago, tú no lo comprendes ahora”; dijo Jesús, “mas lo entenderás después”.

Escondido dentro del ejemplo del humilde servicio de Cristo a sus discípulos, había un misterio aun por ser revelado, el requisito para la eficacia en el Reino de Dios, el requisito para tener parte con Jesús y el poder compartir su Reino y autoridad. ¿Qué era eso que los discípulos aprenderían? Ellos finalmente verían la autoridad como Cristo la vio, no como algo a ser aferrado, sino como para ser puesto o dado y confiado a Dios. Terminarían viendo la verdadera grandeza, no como el mundo la define, sino como Dios la define. Terminarían viendo que los grandes entre ellos son siervos, no figuradamente o solo en palabras, sino literalmente, y que los más grandes son los esclavos. Aquí se encuentra la autoridad a la que frecuentemente nos referiremos a través de las siguientes páginas de este libro.

Jesús asignó a los doce un reino exactamente igual al que el Padre le había dado a El. La parte (meros) o destino, y el reino que El les concedió, son sin lugar a dudas uno y el mismo. Jesús les asignó un reino exactamente igual (kath-oce), en proporción como, y en el mismo grado que el Padre le había dado a El. Este reino fue mostrado cuando el Rey mismo se inclinó como el esclavo de la casa, lavando sus pies, y no muchos días después, este mismo Rey tomaría la senda de la servidumbre hasta la cruz donde pondría Su vida por todos. Jesús requiere de todo aquel que ose seguirlo a esto: “niéguese a sí mismo, tome su cruz, y sígame”.

Esto ciertamente se aplicó a los doce. Mientras que no negamos que ellos se “sentarán en tronos a juzgar a las doce tribus de Israel”, fuertemente afirmamos que esto nunca tuvo la intención de que sucediera durante su estadía terrenal. Ni nada parecido sucederá en la nuestra, si es que escogemos seguirlo. La tierra es el lugar de prueba de los siervos, no el estrado de “seremos-reyes”. Solo aquellos que han vencido al maligno por medio de la sangre del Cordero y han menospreciado su vida hasta la muerte gobernarán y reinarán con el Hijo de Dios cuando Satanás sea expulsado de una vez y para siempre.

Entonces oí una gran voz en el cielo, que decía: Ahora ha venido la salvación, el poder, y el reino de nuestro Dios, y la autoridad de su Cristo; porque ha sido lanzado fuera el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba delante de nuestro Dios día y noche. Y ellos le han vencido por medio de la sangre del Cordero y de la palabra del testimonio de ellos, y menospreciaron sus vidas hasta la muerte. (Ap. 12:10-11)

Hasta tanto que ese gusano sea expulsado, él encontrará la forma de manifestarse en aquellos que gobiernan sobre la tierra, sea esto en los gobiernos humanos o en los gobiernos de la Iglesia.

¿Qué clase de reino recibieron y participaron los apóstoles mientras estuvieron aquí en la tierra? ¿Qué parte tuvieron ellos con Jesús? ¿Se sentaron ellos en tronos? No. Jesús no lo hizo, tampoco ellos. ¿Recibieron ellos honores como los reyes terrenales? No, Jesús no lo recibió, tampoco ellos. ¿Llevaron ellos vestiduras reales? No. Jesús no lo hizo, tampoco ellos. ¿Alguna vez una corona real estuvo sobre sus cabezas? ¡No! ¿Establecieron ellos una diócesis terrenal para ampliar el campo de su poder e influencias? ¡No! Jesús rechazó ser un rey terrenal y por lo tanto ellos también. ¿Vivieron ellos en castillos aristocráticos, como los reyes de este mundo? No. La historia nos cuenta de su reino. Al igual que su Señor, su estadía aquí en este mundo no fue llena de lujos. Al igual que su Señor, sus caminos estaban llenos de sufrimientos y muerte. Sí, ellos recibieron un reino exactamente igual al Suyo, un reino completo con la cruz.

En vez de ascender para gobernar, ellos siguieron a Cristo el Rey en una senda que los llevaba hacia abajo, ¡siempre abajo hasta asociarse con Sus sufrimientos, y al final hasta la muerte, el sepulcro y la gloriosa vida resucitada! En Juan 21:18-19, Jesús habló a Pedro de este reino. “De cierto, de cierto te digo: Cuando eras más joven, te ceñías, e ibas a donde querías; mas cuando ya seas viejo, extenderás tus manos, y te ceñirá otro, y te llevará a donde no quieras. Esto dijo, dando a entender con qué muerte había de glorificar a Dios”. La historia de la Iglesia nos cuenta que cuando ellos estaban por crucificar a Pedro, él pidió que lo crucifiquen cabeza para abajo porque él sabia que no era digno de morir como su Señor había muerto. Ciertamente Pedro bebió de la copa del Señor y es digno de ser llamado Su discípulo. ¿Lo somos nosotros? ¿Nos negaremos a nosotros mismos y le seguiremos?

Después de la conversión de Pablo en la ruta a Damasco, el Señor dijo a Ananías con respecto a Pablo, “…porque yo le mostraré cuánto le es necesario padecer por mi nombre” (Hch. 9:16). Años después Pablo escribió, “Porque según pienso, Dios nos ha exhibido a nosotros los apóstoles como postreros, como a sentenciados a muerte; pues hemos llegado a ser espectáculo al mundo, a los ángeles y a los hombres”. (1 Co. 4:9 Ver también 2 Cor. 11:24-28, Fil. 3:10). ¿Qué clase de reino es este? ¿Qué clase de reino es este donde aquellos que son llamados y comisionados a ser los líderes son exhibidos como los postreros, y sentenciados a muerte? Solo aquellos que beben de la copa de Cristo y son bautizados con el bautismo de Cristo pueden reinar con Cristo.

Pablo escribió. “Si sufrimos, también reinaremos con él…” (2 Tim. 2:12). Este sufrimiento es inicialmente un sufrimiento interno que ocurre cuando nos ponemos de lado de Cristo y nos volvemos aun de nuestra ambición carnal de promovernos a nosotros mismos y de obtener todo lo que queremos en esta vida. Este sufrimiento se vuelve externo cuando manifestamos al Cristo que mora en nosotros y tomamos la forma de siervos como él lo hizo y se volvió obediente hasta la muerte. El mundo ama solo a aquellos que alcanzaron grandeza en la cima, donde la autoridad se mide por el derecho o poder de dar órdenes o de implementar leyes. Solo aquellos que – por el poder de Dios – han vencido la oscura ambición en sus propios corazones de levantarse y gobernar, y han puesto su vida en servir, pueden tener parte con Cristo y compartir con Su autoridad.

 Yo Pues os Asigno un Reino - G.Davis y M.Clark

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La santidad es la obra del Espíritu Santo en nosotros, separándonos del amor del mundo. La santidad es un cambio de naturaleza desde dentro como resultado de la obra de Dios en nosotros. No es lo que hacemos externamente, sino quienes somos por dentro, lo que importa a Dios.

"Consuelo para los que están en este mundo, pero que no son de este mundo, y por tanto, son odiados y están cansados de él, es que no estarán para siempre en el mundo, ni por mucho tiempo más"
Matthew Henry