" Los Isrealitas atravesaron el Jordan y se establecieron en la tierra prometida en su ultimo campamento (Campamento No. 42) al final del exodo , lo cual nos indica simbolicamente la libertad y conquista a la que esta llamada la iglesia al salir de la religión a una vida de libertad, en una relación directa, vital y real con Cristo Jesús; Cristo es símbolo de la tierra promedita y la herencia de los hijos de Dios.

9 de febrero de 2013

UNAS PALABRAS SOBRE EL REINO


Davis y Clark.

 
En las últimas décadas, el abuso de autoridad en la iglesia moderna de hoy en día, ha resultado en una inundación de libros y artículos sobre el tema. Muchos de estos bien intencionados autores, sin mala intención han afianzado la autoridad del reino en un contexto estrictamente prohibido por Jesucristo. Vanamente han tratado de armonizar la vida y enseñanzas del Siervo Cristo con el ilícito modelo de la autoridad vertical de arriba hacia abajo de los reyes de los Gentiles (Lucas 22:25).

Esta es una receta segura para el fracaso y el abuso. ¿Cómo así? Los abusos proceden de una mala interpretación del reino de Dios. Cuando escuchamos la palabra reino, imágenes de cortes y castillos, reyes y caballeros, guardias reales y ejércitos, inundan nuestra mente. Automáticamente pensamos en algo externo pomposo y poderoso.
 
Pero Dios tenía algo más en mente – un reino del corazón para el puro de corazón. Cuando fue preguntado por los Fariseos cuándo vendría el reino de Dios, Jesús contestó, “El reino de Dios no vendrá con advertencia, ni dirán: Helo aquí, o helo allí; porque he aquí el reino de Dios está entre vosotros”. (Luc. 17:21) El reino de Dios no es detectable por medio de los sentidos carnales. No viene con una apariencia externa al igual que las riquezas y éxitos del mundo. No se puede decir de Su Reino “¡Helo aquí!” o “¡Helo allí!”. Existe dentro del corazón de aquellos en donde el Rey mismo reina y ha fijado residencia. Lo mismo es cierto sobre la autoridad del reino. También opera callada y poderosamente dentro de la esfera del gobierno interno de Dios.

Sin importarles la profunda verdad establecida por Jesús, los hombres se esfuerzan para construir reinos visibles en Su nombre, con estructuras externas de autoridades visibles y edificios palaciegos donde la autoridad de ellos no pueda ser discutida. Ellos tratan de mezclar el modelo de autoridad de los reinos de este mundo – los cuales están bajo la influencia del príncipe de este mundo – con aquella del reino de Dios. Esto siempre lleva a peleas y abusos.

En respuesta a la pregunta de Pilato “¿Eres tú el rey de los Judíos?” Jesús dijo: “Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí” (Jn. 18:36). Abusos y peleas prevalecen dondequiera que exista esta mezcla no santa. No importa cuánta apariencia de santidad pueda tener por fuera. No importa cuán externamente santa pueda parecer, si su origen no es celestial, va a expresar la naturaleza del mundo, peleas por el señorío de ella. Si abrazamos las formas del mundo, también debemos usar el poder del mundo para aplicarlas.
 
Ejemplo: fuerza bruta.
Donde hay fuerza usted también encontrará resistencia. Fuerza y resistencia es igual a pelea. Si el reino de Dios no ha venido dentro de nosotros y somete nuestras pasiones internas que combaten en nuestros miembros, esa condición interior va a continuar expresándose a sí misma y la pelea persistirá destruyendo una congregación tras otra. “¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros?” (Stg. 4:1) “Nuestra guerras” - decía Erasmo - “la mayoría de las veces proceden ya sea por ambición, por rabia y malicia, por el mero deseo de poder incontrolable, o por alguna otra perturbación mental”.

Cuando los guardias del templo y el sumo sacerdote vinieron a apresar a Jesús, Pedro - todavía con la mentalidad de los reinos de este mundo - hizo lo que los siervos de los reinos de este mundo hacen: Sacó su espada y cortó la oreja del soldado. Históricamente, grandes derramamientos de sangre han resultado debido a esta mala interpretación del reino de Dios. Un historiador escribió: “He visto en todo el mundo Cristiano una licencia para combatir de la cual aun las naciones bárbaras se avergonzarían.” (Hugo Grotius – Prolegómeno) A menos que pensemos que hoy cristianos más iluminados están por encima de tal barbarie, debemos señalar que recientemente un tele evangelista propuso que la CIA[1] asesine al presidente de Venezuela debido a sus inclinaciones marxistas. ¡Pedro, guarda tu espada! ¡No sabes de qué espíritu eres!

Así que ¿cuál es la respuesta a la confusión del reino que vemos más y más en la Cristiandad de hoy en día? Tan simple como pueda parecer, Jesús es la respuesta. El es nuestro ejemplo. Jesús vino a mostrar a la humanidad el camino de regreso al no buscar dominar que Adán ejercitaba antes de la caída. ¿Cómo Jesús hizo esto? Si bien El era igual a Dios, se vació a sí mismo, no se hizo de reputación y tomó una humilde posición en lo último de la escala social. Modeló la grandeza del verdadero reino por medio de negar aquello que tanto el hombre quiere obtener - riquezas y poderes de este mundo - y tomó la forma que los hombres ambiciosos rechazan, la de siervo.

Desde allí El obedientemente se humilló a sí mismo aún hasta sufrir la muerte como un criminal en la cruz romana, no por sus propias trasgresiones, sino por las miserias y pecados de un mundo dispuesto a destruirlo a El mismo. Por esta razón, Dios lo exaltó y le dio toda la autoridad; como ejemplo, le dio un nombre que es sobre todo nombre (Fil. 2:6-11). Cualquiera que desee ser grande en el reino de Dios, debe seguir este mismo camino.

Y así la pregunta permanece; ¿Quién tiene la autoridad? Este mismo asunto está en el corazón de todos los conflictos en el mundo y en la Iglesia. ¿Quién tiene el derecho de estar en control?

Después de Su resurrección, Jesús dijo a Sus discípulos: “Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id…” (Mt. 28:18,19) Muchos hoy en día actúan como si Jesús hubiese dicho: “Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id e impónganla a todos… ¡usen la fuerza si es necesario!” Si bien los hombres hoy en día abiertamente profesan que las iglesias están fundadas sobre Cristo y sus enseñanzas, sus iglesias más bien nos recuerdan lo declarado por Agustín sobre la ciudad e Iglesia de Roma, “la cual  se gobierna a sí misma por su lascivia de gobierno (Agustín – La Ciudad de Dios, Introducción).

Cuando Jesús envió a sus discípulos al mundo, les dijo: “Id; he aquí yo os envío como corderos en medio de lobos.” (Lc 10:3) El no los envío a conquistar como leones. Cuando Juan tuvo su visión celestial del trono de Dios, leemos en Apocalipsis:

Y uno de los ancianos me dijo: No llores. He aquí que el León de la tribu de Judá, la raíz de David, ha vencido para abrir el libro y desatar sus siete sellos. Y miré, y vi que en medio del trono y de los cuatro seres vivientes, y en medio de los ancianos, estaba en pie un Cordero como inmolado… (Ap. 5:5,6)
 
Jesús no nos envió como los leones conquistadores, reyes de las junglas del mundo. A Juan ni siquiera le fue permitido ver a Jesús de esta forma, sino más bien el Modelo del Hijo aparecido al apóstol como un Cordero como inmolado. Esto es todo lo que él tenía que ver para entender el poder del reino de Dios. “¿Es Jesús un Rey? Si, pero un Rey que ha conquistado a Satanás poniendo su vida por sus amigos. Sus siervos conquistaron por medio de vivir vidas que no demostraron nada más que esto: ser ovejas en medio de lobos.
 
¿Cómo hemos sido arrastrados tan lejos del ejemplo y enseñanzas del Cordero; el Señor Jesucristo? Para contestar esta pregunta debemos echar una nueva mirada a la vida y enseñanzas de Jesús, especialmente a aquellos pasajes que tienen que ver con la autoridad. ¡Pensamos que usted puede quedar sorprendido de lo que El realmente dijo!

 Yo pues os Asigno un Reino - G.Davis y M.Clark

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La santidad es la obra del Espíritu Santo en nosotros, separándonos del amor del mundo. La santidad es un cambio de naturaleza desde dentro como resultado de la obra de Dios en nosotros. No es lo que hacemos externamente, sino quienes somos por dentro, lo que importa a Dios.

"Consuelo para los que están en este mundo, pero que no son de este mundo, y por tanto, son odiados y están cansados de él, es que no estarán para siempre en el mundo, ni por mucho tiempo más"
Matthew Henry